(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Estudios y artículos literarios"

ESTUDIOS 



Y 

ARTÍCULOS LITERARIOS 



CALIXTO O Y U EL A 



ESTUDIOS 



Y ARTICULOS 



LITERARIOS 




BUENOS AIRES 

IMPRENTA DE PABLO E. CONI É HIJOS, ESPECIAL PARA OBRAS 
68o — CALLE PERÚ — 68o 



1889 



Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/estudiosyartculoOOoyue 



ÍNDICE 



Páginas 



Carta á Rafael Obligado sobre sus poesías i 

Marcelino Menéndez y Pelayo, sus poesías 35 

Noticia acerca de la vida y escritos del poeta catalán Manuel 

de Cabanyes 69 

Carlos Guido y Spano 115 

En la Ribera 121 

El Haz de Leña 171 

El Tanto por ciento 147 

La Pasionaria 159 

El Alcalde de Zalamea 175 

Cid Rodrigo de Vivar 189 

El Gran Galeoto 199 

Desde Toledo á Madrid 209 

Marta la Piadosa 219 

Un milagro en Egipto 233 

La hija del aire 245 

La temporada dramática del Politcama 255 

Fédora 267 

Fedra 277 

La Dama de las Camelias 287 

Frou-Frou 295 

Adriana Lecouvrcur 303 



V 1 



Estudios y Artículos 



Páginas 



llcmani 315 

Teodora 331 

La Esfinge 341 

Apuntes estéticos 351 

Derechos de autor 397 

Con motivo de Lohengrin 503 

Versos, Baladas y Nocturnos 5 1 5 

La España del presente 525 

Sobre Arte , 535 

Letras americanas 549 

España y Echegaray 563 



Van incluidos en este libro algunos estudios y 
artículos á todas luces inferiores al tema que los 
motiva, por inexperiencia unas veces, otras debido 
á las circunstancias en que fueron escritos. En tal 
caso se encuentran el relativo á Cabanyes ( mi primer 
ensayo de crítica ), el de Menéndez y Pelayo, y no 
pocas crónicas dramáticas, escritas, sin hipérbole, 
al correr de la pluma, según lo pedía el fin á que 
se destinaban. Cor servo, sin embargo, el primero, 
por si en algo puede contribuir á que se conozca en- 
tre nosotros un poeta tan injustamente olvidado ; el 
segundo, como homenaje, débil, pero sincero á un 
escritor ilustre, por quien se enlazan en mi espí- 
ritu, en abrazo estrechísimo, la admiración y el ca- 
riño ; y las últimas, porque, si cada una por sí es 
insuficiente, pienso que reunidas todas, como aquí 
aparecen, mutuamente se complementan y vigoran. 



^^^^^^^^^^^^^^^^ 



CARTA Á RAFAEL OBLIGADO 

SOBRE SUS POESÍAS 



Señor Don Rafael Obligado. 
Distinguido amigo : 

arde ya, y después de haber escuchado con 
fruición los aplausos tributados á su pre- 
cioso volumen de versos, vengo á mani- 
fertarle ingenuamente la impresión que en mí ha 
producido dicho volumen, y la idea que tengo del ta- 
lento poético de Vd. Hubiéralo hecho antes; pero el 
período de absorbente y empeñosísima labor porque 
acabo de pasar, ha dejado hasta ahora mi modesto 
juicio en el limbo de las intenciones. 




2 



Estudios y Artículos 



Elijo la forma epistolar, porque no quiero hablar 
con el público, sino con Vd. El publico es demasiado 
respetable para dirigirle la palabra á cada instante, 
y se halla, además, muy preocupado con la situación 
política, por lo cual se me figura que no está para 
versos, y mucho menos para críticas de versos. Pero 
entonces, {por qué doy publicidad á esta carta ? Por 
evitar á Vd. el trabajo de leer in extenso mi ende- 
moniada letra. Ni más ni menos. Alguna otra razón 
podría aducir; pero no lo juzgo necesario. 

De fijo, no faltará quien atribuya á la amistad y 
cariño que Vd. me inspira los elogios que tribute yo 
á sus poesías. Será esta, sin duda, una vulgaridad; 
pero justamente lo vulgar es lo que abunda. El ca- 
riño, la amistad íntima, cuando no se albergan 
en espíritus mezquinos, lejos de ofuscar el juicio, 
le alumbran y guían maravillosamente. Por lo mis- 
mo que me honro con su amistad de Vd. ; por lo 
mismo que le conozco y trato íntimamente, estoy en 
mejores condiciones que muchos otros para apreciar 
sus méritos, para saber cómo su poesía nace de 
su corazón. Declaro, pues, que no quiero, que no 
puedo hacer una crítica impar ci al, razonadora y 
fría de sus versos. Sería absurdo exigir que diser- 
tase fríamente sobre lo que siento con calor y brío. 
No : lo que yo me propongo es enviarle el testimo- 



Carta d Rafael Obligado 3 



nio de mi admiración apasionada. Pero no se alar- 
me Vd. No ofenderé su modestia ni su talento con 
las huecas, pomposas é infantiles alabanzas tan de 
moda en nuestros cenáculos literaturescos. 

Somos amigos, personal y literariamente. Esto, que 
para nosotros no tiene nada de particular, sé que lo 
tiene para muchos, que no aciertan á comprender 
cómo no tratamos de rompernos cordialmente la ca- 
beza. Y sin embargo, nada más espontáneo, nada 
más sincero que nuestra amistad. Literariamente, 
ella nació de un acuerdo tan perfecto de ideas artís- 
ticas (no digo absoluto, que esto nunca es posible), 
como quizás no haya otro ejemplo en nuestra tierra. 
Prescindiendo de pormenores, todo consiste en no ha- 
ber confundido yo su nacionalismo con el localismo 
estéril, y en no haber confundido Vd. mi amor al arte 
griego con el falso clasicismo que en los modernos 
tiempos usurpó su nombre. Si yo, precisamente por 
mi paganismo artístico, soy partidario acérrimo del 
arte nacional, y admirador de Echeverría, Vd., cabal- 
mente por su americanismo, es adorador y discípulo 
de los griegos (que en América hubieran sido tan 
americanos como Vd.), y admirador de fray Luis de 
León, á quien halla Vd., no sólo grande, sino subli- 
me. Hé ahí por donde vienen á hermanarse nuestras 
respectivas doctrinas. ¡ Y, no obstante, nos hemos pe- 



4 



Estadios y Artículos 



leado en verso ! Sí, pero valga la inocencia á los 
que no han sabido ver en nuestra Justa una mera 
broma, escrita cálamo cúrrente para desahogo de 
nuestro buen humor. Mas vamos á lo que importa : 
á sus poesías. 

Echeverría señala, sin duda alguna, el punto de 
partida de nuestra literatura nacional. Los cantores 
de la independencia, si bien acompañaron con sus 
himnos los triunfos de nuestros ejércitos, y fueron, en 
tal concepto, argentinos, desconocieron por completo 
las condiciones que al arte imponen la naturaleza 
corpórea y las modificaciones que las razas experi- 
mentan al derrramarse por diferentes regiones. Así, 
mientras en los campos de batalla se sella nuestra 
independencia política, el arte argentino pagaba ser- 
vil tributo, no ya al arte'español puro y genuino, con 
el cual tendrá siempre espontáneamente el nuestro 
analogía, sino al arte mezquino que entonces impe- 
raba en España, imitado del francés, que á su turno 
era imitación de mala ley del arte de griegos y la- 
tinos. Turbio y exiguo por extremo debía llegar á 
nosotros un raudal tan lejano ya de su fuente, y que 
para tantos labios había servido. Á esto se agrega 
que no hubo entre nuestros escritores en verso de 
esa época ni un solo poeta de altos alientos, capaz de 
salvar por su propio impulso, como en España lo 



Carta d Rafael Obligado 



S 



hiciera Quintana, los deteriorados y anacrónicos 
moldes de su misma escuela. Ninguno pasó de la 
medianía, por más que, aisladamente, ofrezcan tal 
cual rasgo admirable, digno de superiores ingenios. 
Ahora bien, Echeverría se presentó armado de otras 
armas, y, como Vd. lo ha dicho en el hermoso canto 
que le dedica, completó la obra de la emancipación, 
haciéndola extensiva á la esfera del arte. Por desgra- 
cia, no supo, ó más bien, no pudo contenerse en los 
naturales límites. El romanticismo francés en que se 
amamantara, y en cuyo nombre trajo la libertad al 
arte argentino, malogró en gran parte sus no comu- 
nes dotes de observador realista, y precisamente por 
haberse apartado de lo español y castizo más de lo 
que nuestra propia naturaleza consiente, no pudo 
ser suficientemente americano. 

Echeverría no acertó á librarse de la imitación ro- 
mántico-francesa, como se libró de la pseudo-clásica 
española, y pensando en francés, escribió en caste- 
llano de mediana ley. De aquí, y no de sus malas 
condiciones de versificador, como erróneamente se 
ha supuesto, nace lo encogido de su frase y de su 
verso, su íalta de fluidez, facilidad y soltura. Afran- 
cesado su pensamiento por influjo del deslumbrador 
romanticismo, ya no pudo hallar en moldes castella- 
nos su manifestación natural y espontánea. "Accp- 



6 



Estudios y Artículos 



temos de España su hermosa lengua", dice. Pero 
¡ qué ! ¿Puede aceptarse una lengua, rechazando á la 
vez de todo en todo el pensamiento, el modo de ima- 
ginar, y de sentir, y de expresar, que de consuno la 
engendraron, amamantaron y desarrollaron hasta el 
altísimo grado de perfección en que hoy se encuen- 
tra? La lengua no es un ropaje exterior, que pueda 
sacarse, ponerse y cambiarse á voluntad, sino la 
expansión inmediata que lleva embebida esencial- 
mente el alma del pueblo que la posee. Cervantes, 
Calderón, Lope, León, Quevedo viven y palpitan to- 
davía en las voces, modulaciones y giros de la lengua 
castellana, la cual sólo podrá ser natural instrumen- 
to de los pueblos que, si bien modificadas, conserven 
substancialmente índole ó afinidades españolas. Si 
Echeverría quiso renegar de esta índole y de estas 
afinidades naturales, debió ser lógico, y renegar tam- 
bién del idioma que es su consecuencia necesaria, 
proponiendo que hablásemos en francés ó en quichua. 
Y no se alegue la quimera de formar un nuevo dia- 
lecto desprendido del castellano: la historia nos en- 
seña que de los idiomas formados y fijados sólo pue- 
den salir jergas informes. Nosotros, pues, debemos 
optar uno de estos tres términos : ó el castellano 
(perfeccionado y colorido de diverso modo, si se 
quiere, pero incólume en su índole y esencia), ó el 



Carta, d Rafael Obligado 7 



francés, ó la jerga (esto es, el francés en castellano)... 
Creo que nos quedaremos con la última. 

Á la influencia del romanticismo se debe también 
el que los personajes principales de La Cautiva, 
Brian y María, en vez de seres reales de nuestros 
campos, sean entes ideales y vaporosos, y por añadi- 
dura, permítame Vd. la expresión neta, amancebados. 
Eso era más poético, según el falso idealismo román- 
tico-bohemio. Aun la tan admirada descripción del 
Desierto carece, á mi juicio, de suficiente colorido 
local. Esa pampa no es tan pampa como yo quisiera, 
pues predominan los rasgos del desierto en general. 
Cierto que esto es causado, en parte, por el objeto des- 
crito (no me refunfuñe), en sí mismo vago, sin líneas, 
sin contornos, sin diferencias, aunque solemne ; y 
que la pintura local de la pampa se acentúa en el 
curso de la obra. 

Vd. también ha escollado en esa dificultad, y más 
que Echeverría, en su poesía La Pampa, composi- 
ción insegura de principiante, por otra parte muy es- 
timable. 

Apresúrome á añadir á lo que sobre Echeverría 
dejo dicho, que todo ello no amengua el alto mérito 
de este escritor insigne, pues no fué culpa suya, sino 
de su tiempo. La libertad en el arte vestía entonces 
traje romántico, y, para nosotros, francés, y era muy 



8 



Estudios y Artículos 



difícil, si no imposible, reparar en la vestidura de 
tan suspirada señora, y acertar á dejarla en carnes, 
como hubiera sido menester. 

Esto último es justamente lo que Vd. ha hecho, y 
al afirmarlo, no creo dirigirle un elogio á expensas 
de su respetable antecesor y maestro, pues florece 
Vd. en época más serena y mucho más propicia á la 
verdadera libertad del arte. Á Echeverría la gloria 
de la iniciación de una grande obra ; á Vd. la de ha- 
berla depurado y perfeccionado. No obstante cono- 
cer Vd. y estimar, como toda persona de buen gusto, 
la literatura francesa, es el único poeta de nuestro 
país, que, de Echeverría acá, no se ha dejado domi- 
nar por su influjo. Ni el más leve soplo francés corre 
por las delicadas páginas de su libro. Tampoco hay 
en él nada italiano, nada inglés, nada alemán. En 
cambio, sin que Vd. lo haya solicitado (quizás des- 
conociéndolo), y con sólo dar libre rienda á su natu- 
raleza americana, á su carácter argentino, tiene su 
libro no poco de andaluz, patente en el ritmo blando 
y voluptuoso de sus versos y en su riquísimo colori- 
do. De ahí que maneje Vd. con tanta pureza, soltura 
y gallardía el castellano. Vd. lo conoce y cultiva 
como pocos entre nosotros, y en sus voces y en sus 
giros halla naturales ánforas su altivo pensamiento. 
Vd. piensa, con Víctor Hugo, que toda innovación 



Carta á Rafael Obligado 



contraria á la naturaleza de nuestra prosodia y al 
genio de nuestra lengua, debe ser señalada como un 
atentado á los primordiales principios del gusto, y 
juzga, con el mismo ilustre poeta, que des fautes de 
langue nerendront jamáis une pensée, y que lenéo- 
logisme nest quune triste ressource pour limpuis- 
sance. Impotentes : hé ahí el dictado que merecen 
los que, para alhagar y cohonestar su pereza ó su ig- 
norancia, desfiguran y corrompen nuestro idioma, 
en nombre de un pensamiento que se apellida moder- 
no, original y atrevido, siendo en realidad meneste- 
roso y raquítico. 

En un país de imitación francesa, como el nuestro, 
esa independencia de literaturas extranjeras contem- 
poráneas debía necesariamente acarrear á Vd., y le 
acarreó, el más injusto y menos meditado de los cargos. 
Se dijo, en efecto, que se negaba Vd. á nutrir su 
espíritu con la savia de los grandes maestros, para 
esterilizarse en un aislamiento oscuro y funesto, por 
contrario á la índole cosmopolita de nuestro país. 
Poca agudeza crítica demuestra tan manifiesta 
injusticia. Recibimos, es cierto, muy diversos ele- 
mentos é influencias, y necesitamos de la inmigra- 
ción para engrandecernos ; pero á condición de asi- 
milárnosla y fundirla en nuestra propia nacionalidad. 
Las naciones, como los individuos, sólo valen y sig- 



ÍO 



Estudios y Artículos 



niíican algo por su carácter, por su personalidad. Un 
país sin sello propio es como un escritor sin estilo: 
no es nadie. El cosmopolitismo no ha engendrado 
nunca, no engendrará jamás nada fecundo, ni en 
política, ni en literatura. 

Ahora bien, porque nosotros, como nación, desco- 
nozcamos estas verdades y borremos aturdidamente 
nuestro sello nacional, entregándonos á merced de 
extranjeros vientos, {es razonable exigir que proce- 
damos de idéntico modo en literatura? <¿ Hemos de 
amontonar errores sobre errores? <Noserá, más bien, 
digno de alabanza quien como Vd., por impulso de 
su espontaneidad artística, se rebele literariamente 
contra esa tendencia fatal y esterilizadora ? Es ridí- 
culo querer reducir al artista á ser cómplice pasivo 
de todos los errores de su país y de su época. No nie- 
go que sea muy difícil, si no imposible, en las actua- 
les circunstancias, un arte verdaderamente nacional 
entre nosotros: afirmo sólo que el arte, ó es nacio- 
nal, ó no es arte natural y fecundo ; y que es alta 
empresa reaccionar, como Vd. lo hace, contra un 
mal de circunstancias de que, en gran parte, nos- 
otros mismos tenemos la culpa. 

Por lo demás, Vd., lejos de aislarse y esterilizar 
su espíritu, le ha nutrido con los más exquisitos 
manjares, le ha bañado en las más puras y nativas 



Carta á Rafael Obligado 



T I 



fuentes, en las limpias aguas de la literatura hebrea 
y la literatura griega. Hé ahí la poderosa savia que 
ha levantado su espíritu á la casi inaccesible esfera 
de la sencilla hermosura. Beber inspiraciones en las 
literaturas extranjeras contemporáneas, distantes ya 
de la fuente común, es siempre peligroso, y casi 
siempre fatal; beberías en las fuentes mismas, don- 
de se contienen los elementos iniciales de nuestra 
propia civilización y de nuestra raza, es siempre sa- 
ludable y fecundo. " De todos los libros que corren 
en manos de los hombres, afirma exclusivamente 
Víctor Hugo, sólo dos deben ser estudiados por él : 
Homero y la Biblia. Ello consiste en que estos 
dos libros venerables, los primeros de todos por su 
fecha y su valor, casi tan antiguos como el mundo, 
son ellos mismos dos mundos para el pensamiento. " 

Vd. lo comprende así, y por eso, con ser tan ame- 
ricano, antes de comenzar á Rosa, que será su obra 
maestra, se dió Vd. con empeño á releer autores 
griegos. Por eso dice Vd., hablando de su Musa: 

No es romántica, amigos, 
Como decís, la niña ; 
No descolora con vinagre el rostro, 
Ni en derredor de los sepulcros gira. 



12 



Estudios y Artículos 



Aún hierve entre sus venas 

Roja sangre latina, 

IVIas calentada por el sol de fuego 

Que en la bandera de los Andes brilla. 

Hé ahí toda una doctrina artística. Lejos, pues, de 
ser un áspero salvaje americano, quiere Vd. fundir en 
la poesía argentina los dos elementos de belleza más 
valiosos que se conocen: el griego y el bíblico. Concibe 
Vd. el arte á la manera helénica, y suena en sus ver- 
sos el beso del Cantar de los Cantares, sin que ello 
ofusque en lo más mínimo, su enérgica espontaneidad 
americana, pues los rayos de aquellos soles soberanos, 
se han disuelto en su sangre y corren por sus venas. 

He dicho que concibe Vd. el arte á la manera grie- 
ga, y necesito probarlo, no sea que tal afirmación se 
atribuya á mi consabida neurosis. 

Todo el mundo sabe que lo que fundamentalmente 
distingue el arte griego del arte cristiano, es la 
tendencia á lo exterior y sensible, á la línea al 
relieve escultural, del primero, en tanto que el 
segundo prefiere los vagos dominios del espíritu, lo 
interno y psicológico. Las demás diferencias entre uno 
y otro arte, varias é importantes, sin duda, no son 
sino secuelas de esa diferencia primordial. Esas se- 
cuelas son, tocante al arte griego, un gran sello de 



Carta á Rafael Obligado 



i 3 



proporción y armonía, una marcadísima inclinación 
á herir la imaginación con formas vivas y tangibles, 
á determinarlo todo reduciéndolo á imagen, y hu- 
yendo con horror de lo abstracto é incoloro ; cierto 
plácido reposo, y el dar al arte grandísima impor- 
tancia dentro de sí mismo, sin necesidad de conver- 
tirlo en arma de combate. Y es lo más particular del 
caso, que, aun dentro de la civilización cristiana, los 
poetas y artistas de raza, aun los más religiosos, 
aun los más ajenos á los remedos y amaneramientos 
pseudo-clásicos, han concebido el arte de idéntica 
manera, y se han sentido irremisiblemente impulsa- 
dos á bañar su espíritu en la concepción griega de la 
belleza. Así León, que acertó á unir como nadie el 
espíritu cristiano de que se hallaba impregnado, con 
las cualidades del arte clásico ; así Andrés Chénier, 
tan elogiado de los mismos románticos; así Byron, 
que asegura preferir la armonía y proporciones ele- 
gantes del Partenón, á la colosal grandeza de las 
pirámides de Egipto, y cuyo amor por Grecia rayó 
en culto religioso ; así Goethe, que acusa al cristia- 
nismo de haber destruido la perfectísima armonía 
entre el espíritu y la forma, entre el cuerpo y el alma, 
y cuyos apetitos plásticos están de bulto en estas pala- 
bras suyas : " Debíamos hablar menos y dibujar 
más. Yo quisiera desprenderme absolutamente de la 



1 1 



Estudios y Artículos 



palabra y no hablar sino dibujando, como la natura- 
leza, creadora de todas las formas" ; así Foseólo, así 
Lcopardi, así Swinburne, así el psicólogo Campoa- 
mor, quien, sin ser clásico, afirma que " el arte 
será siempre pagano " ; así el gran ortodoxo Menén- 
dez y Pelayo, griego en arte hasta la médula de los 
huesos ; así el gran revolucionario Carducci, pa- 
gano crudo en el fondo y en la forma, quien, no 
contento con exclamar : Odio Vusata poesía, ni con 
añadir pasmosamente : 

A me la strofe vigile, balzantc 
Co'l plauso e il piede rítmico ne' cori : 
Per l'ala a voló io colgóla : si volge 
Ella e repugna; 

escribe un himno á Satanás, que es, en parte, un 
himno al mundo de los sentidos. 

Ahora bien, es imposible no hallar en la obra poé- 
tica de Vd. cierta comunidad con todos esos artistas 
de sangre pura, y la concepción de ese arte divino f se- 
llado eternamente á los profanos. En Vd. se halla 
la poesía como escultura y, sobre todo, como pintura, 
casi nunca como música. La línea, el relieve, la 
imagen son los señores absolutos de sus versos. 
El lenguaje de la inteligencia pura, el lenguaje 



Carta á Rafael Obligado 



abstracto, el alegato, el utilitarismo, el filosofismo, 
el trascendentalismo, corruptelas modernas de la 
poesía, brillan por su ausencia. Su libro es un tem- 
plo elevado al arte puro, y con todo eso trascenden- 
talísimo por alta manera, pues ha sacado Vd. el 
mármol para sus estatuas de la fecunda cantera de 
los sentimientos eternamente intensos y humanos : 
la patria, la familia, el amor, tales como son natu- 
ralmente sentidos por un argentino de raza latino- 
española. Jamás se hunde Vd. en profundidades 
psicológicas ; lo interior del espíritu lo manifiesta 
constantemente por signos exteriores : un gesto, una 
actitud, un movimiento. Veamos algunos ejem- 
plos tomados al acaso. 

Sorprende el poeta á una joven meciendo inge- 
nu amenté un nido de boyeros, i Qué hará? i Se hun- 
dirá en el alma de la inocente niña para estudiar allí 
sus instintos maternales ? Nada menos que eso. Se 
contentará con ponernos la acción ante los ojos, y 
hará otro tanto con el sentimiento de vergüenza que 
sucede á la sorpresa. Hace bien, nosotros nos encar- 
gamos de sacarlas consecuencias.... 

— " ¡ Ah, no duermen ! " se dijo, y con la pala 
Ingenuamente se entregó á mecerlos... 
Pero vióme de pronto, y encendida 
Abandonó su empeño. 



i6 



Estudios y Artículos 



Sucede desde ayer que mi vecina, 
Al volver lentamente de regreso, 
No me quiere mirar, ni me amenaza, 
Como antes, con el dedo. 

En otra poesía llega el amante adonde está su ama- 
da : < nos explicará el poeta los sentimientos de am- 
bos ? No, los pintará en sus acciones : 

No bien llega, el labio amado 
Toca la frente querida 
Y vuela un soplo de vida 
Por el ramaje callado... 
Un ¡ ay ! apenas lanzado, 
Como susurro de palma, 
Gira en la atmósfera en calma : 
Y ella, fingiéndole enojos, 
Alza á su dueño unos ojos 
Que son dos besos del alma. 

¿ Recuerda el poeta el objeto de su amor perdido ? 
Se lo imaginará así : 

Aún sueño verla inclinada 
En la gredosa colina, 
Donde en las tardes de Octubre 
Iba á juntar margaritas. 

Las agrupaba en su seno, 
Luego á mi encuentro venia, 
De su sombrero de paja 
Volando al aire las cintas. 



Carta á Rafael Obligado 



— "Son para ti," muchas veces, 
Burlándose, repetía; 
" ¿Ves ? las muy rojas son tuyas ; 
Estas más claras son mías. " 

¡ Qué modo tan sobrio, tan artístico, tan pagano, 
de pintar, en la última estrofa, el amor de la blan- 
cura á la blancura, que diría Guido ! 

Rinde el poeta el corazón de su amada, ^ le dirá 
ésta que le ama ? i Se perderá en vaguedades idea- 
listas ? No : la joven le dirá simplemente : Tómala, 
es toda tuya, entregándole la encendida rosa que po- 
co antes prendiera á sus cabellos. 

Hé aquí ahora algunos ejemplos de sus tendencias 
esculturales y pictóricas : 

'• Cuidado con los nidos ", nos decía 

Mi madre, en el umbral ; 
Pero digan horneros y zorzales 
Si les'valió la maternal piedad. 

Lejos ya de su vista, d un algarrobo 

Trepaba el más audaz, 
Y con los ojos de mil ansias llenos, 
Esperaban en grupo los demás. 



En agitado, en revoltoso grupo, 

Y alegre confusión, 
Los juncales rozando de la orilla, 
Con mis hermanas nnvegaba yo. 



7 



i8 



Estudios y Artículos 



Una, los brazos en el agua hundiendo, 

Tendíase a estribor, 
Y sonreía á la rizada espuma 
Que la canoa abandonaba en pos. 

Otra, impaciente, á la inclinada borda 

Lanzándose veloz, 
Entre sus manos victoriosa alzaba 
Del camalote la celeste flor. 

Esto se ve. 

Todos sus recuerdos del hogar son una sucesión 
de cuadros. Podría multiplicar los ejemplos, sin más 
trabajo que el fijar la vista en cualquier página de 
su libro ; pero creo que son bastantes los aducidos 
para probar plenamente mis afirmaciones. 

Empero, á ese paganismo artístico, no une Vd., 
como Carducci, la cruda aspereza de sabor materia- 
lista y sensual, propia de la civilización pagana. Por 
lo contrario, Vd., cediendo al blando influjo del cris- 
tianismo, impregna su concepción artística de aroma 
espiritual, delicado y puro. 

Sea el artista tan cristiano, tan espiritual, tan psi- 
cólogo como quiera: ello será muy propio de nues- 
tra gran civilización cristiana ; pero á condición de 
que lo espiritual y psicológico lo haga tangible por 
la línea pura y esbelta, y lo abrillante por el color. 



Carta á Rafael Obligado 



Así entiendo, así ha de entenderse, á mi juicio, el cla- 
sicismo moderno. 

Una vez establecida la filiación artística de su 
obra, las corrientes que sigue su numen, quiero 
manifestar á Vd. cuáles son, á mi entender, sus 
cualidades individuales, las que le dan sér y perso- 
nalidad propia. Ellas consisten, principalmente, en 
un grande amor á la naturaleza corpórea (todavía su 
paganismo) y en una apasionada ingenuidad de sen- 
timiento y de expresión. Cuando un viento suave 
vuela por su frente, Vd. siente íntimamente en ella 
una secreta caricia de la augusta madre, y en el 
aliento del pampero cree Vd. percibir el vigoroso 
impulso de la naturaleza patria, que le invita á excla- 
mar con altivez: ¡Soy argentino l La hierbecilla más 
insignificante es para Vd. objeto de secretísimo de- 
leite. Este amor de la naturaleza, desde sus grandes 
conjuntos hasta sus menores detalles, comunica á sus 
poesías una verdad de observación natural y una 
agreste fragancia absolutamente únicas entre nos- 
otros. Vd. nos da por vez primera, y de un modo ad- 
mirable, como el insigne Pereda en España, el sabor 
de la tierruca, que es el más deleitoso de todos los 
sabores. Y aun es de admirar que no dé Vd. nunca en 
el escollo que suele ofrecerse á este culto ardiente de 
la naturaleza: escollo de que no escapó Wodsworth : 



19 



20 



Estudios y Artículos 



La prolijidad de las descripciones, el abuso de la 
observación menuda. 

Son también cualidades suyas el orden de la com- 
posición y el esmero en la ejecución; el tomar el ar- 
te como labor seria del espíritu, no como frivolo pa- 
satiempo ó inspiración repentina y desordenada. Sabe 
Vd. que no se necesita ser incorrecto ni desmañado 
para ser poeta de inspiración ingenua y vuelo atre- 
vido. Los que lo ignoran, los que suponen entre esas 
cualidades un antagonismo absurdo, y están siem- 
pre prontos á mirar ceñudamente todo esmero, todo 
arte, toda lima, como reveladores de afectación y de 
esfuerzo, son siempre los impotentes, los que no 
aciertan á crear nada original y propio arrancado de 
sus entrañas (cosa que ha costado siempre sudores 
á los más insignes artistas), nada correcto ni inspi- 
rado. Estos tales, de quienes ya hace fecha que se 
burló Quintiliano, y que pertenecen al gremio que 
Hugo llama de los incompletos, hacen de cada de- 
fecto un mérito, de cada delirio un portento, de cada 
barbarismo un rasgo de genio. Dentro del sentido 
común, son gente al agua. Ignoran que el esmero y 
la lima, si bien son á veces el único asilo de los des- 
heredados de la inspiración, de los pedantes del ban- 
do opuesto, nacen, en los verdaderos artistas, de una 
organización exquisita, cuya sed de hermosura con 



Carta á Rafael Obligado 



21 



nada se satisface ni contenta, por lo cual, después 
de haber concebido en grande, aspiran á modelar y 
cincelar la palabra que ha de expresar sus concep- 
ciones, con el mismo diligente empeño con que el 
escultor modela y cincela el rico mármol de sus esta- 
tuas. Vd. no sólo planea sus composiciones en ge- 
neral, sino también cada una de sus estrofas, ha- 
ciendo que presente un todo armónico y de interés 
creciente. Sirva de ejemplo la segunda de estas ad- 
mirables décimas : 

Cuentan que en noche de aquellas, 
En que la Pampa se abisma 
En la extensión de sí misma 
Sin su corona de estrellas, 
Sobre las lomas más bellas, 
Donde hay más trébol risueño, 
Luce una antorcha sin dueño 
Entre una niebla indecisa, 
Para que temple la brisa 
Las blandas alas del sueño. 

Mas, si trocado el desmayo 
En tempestad de su seno, 
Estalla el cóncavo trueno, 
Que es la palabra del rayo, 
Hiere al ombú de soslayo 
Rojiza sierpe de llamas, 



22 



Estudios y Artículos 



Que, calcinando su ramas, 
Serpea, corre y asciende, 
Y en la alta copa desprende 
Brillante lluvia de escamas. 

Si tales son sus cualidades, i cuáles son sus defec- 
tos ? Dentro de la esfera que á su talento poético 
corresponde, pocos y accidentales. Aveces abusa Vd. 
del color, con detrimento del dibujo, y no combina 
convenientemente los matices. La misma riqueza de 
su paleta le ofusca entonces, haciéndole faltar á la 
debida economía. Otras veces su verso resulta alicaído 
y débil. Parece, en esos momentos, que su Pegaso, 
obedeciendo á un abatimiento interior del jinete, es" 
tira el pescuezo y desmaya las orejas; pero no tarda 
la espuela en hacerle recobrar todos sus bríos. En 
ocasiones, chocado Vd., sin duda, de nuestra falta de 
espíritu americano, incurre en un americanismo 
exagerado, como cuando pronuncia con orgullo el 
nombre de Atahualpa, cual si se tratara de cosa pro- 
pia. Créame Vd., amigo : si ese indio valiente resu- 
citara, y contara con poder suficiente para ello, no 
tardaría en arrojarnos á nosotros, incluso Vd. con 
todo su americanismo, al otro lado de los mares. Y 
lo peor es que procedería perfectamente, el muy bár- 
baro. 



Carta á Rafael Obligado 



23 



Yo desearía, pues, que ese amor que Vd. malgasta 
en los indígenas americanos, lo acumulara Vd. al que 
ya siente por su tradición y por su raza. 

Viniendo ya á sus composiciones en particular, yo 
estimo como superior á todas su canto á Echeverría. 
Y lo estimo así porque creo que ha vaciado Vd. en 
él todo su amor patrio, toda su alma, lo cual no su- 
cede en tanto grado en ha muerte del payador, que 
se le da por rival afortunado, y que á mi juicio le 
sigue en mérito. América, salvo algunas estrofas ad- 
mirables, se me figura un derroche de imaginación y 
colorido. Esta y La Pampa son hijas de impresio- 
nes demasiado irreflexivas para llegar á ser verda- 
deras obras de arte. Ha pagado Vd. tributo en am- 
bas á esa mal llamada espontaneidad que he comba- 
tido anteriormente. Más que creaciones libres y se- 
renas del espíritu, semejan descargas eléctricas de 
sus nervios. Es, sobre todo, de sentir que haya es- 
crito Vd. La Pampa siendo principiante todavía, 
j Con qué verdad nos la describiría Vd. hoy ! Y no 
que falte en ella gran verdad de impresiones, ni luz 
rembrandt en algunas estrofas, sino que carece de lo 
que abunda en sus demás composiciones, de colorido 
local. 

Entre sus poesías íntimas debo citar, como ver- 
daderas joyas, En la ribera, sobre la que ya tuve 



2 4 



Estudios y Artículos 



ocasión de escribir un juicio especial ; El hogar vacio, 
que no es posible leer con ojos secos ; El hogar pa- 
terno, en que ostenta Vd. cualidades pictóricas de 
primer orden ; Adolescente, á mi entender, una de 
las mejores del libro, visión de un tiempo feliz, em- 
pañada por las lágrimas del dolor presente ; quejido 
hondo y melancólico que oprime el corazón; Las 
quintas de mi tiempo, en que Vd., verdadero poeta, 
vuelve con amor los ojos á lo pasado, que, como 
todo lo que muere, se viste de cierto tinte ideal 
que no sabrán nunca sentir los espíritus prosaicos, 
siempre enfrascados en lo material y presente, sudo- 
rosos y jadeantes perseguidores de utilidades plebe- 
yas ; y por último, la deliciosa Flor del seibo, que 
Vd. me ha hecho el insigne honor de dedicarme, col- 
mando la medida de su bondad é indulgencia al co- 
locar versos míos á su frente. 

Con el nombre de Sa7itos Vega figuran en el 
volumen tres Tradiciones argentinas que forman 
serie. Son ellas una nota característica, que no podía 
faltar en la obra de un poeta tan nacional como Vd. 

Quizá no haya en toda América un país más es- 
caso de tradiciones y leyendas populares que el 
nuestro. En otros puntos del continente las hay nu- 
merosas y bellísimas del tiempo de la conquista. 
En cuanto á las leyendas puramente indígenas, no 



Carta d Rafael Obligado 



2$ 



pueden tener para nosotros un interés particular. 

De las pocas tradiciones que tenemos, Vd. ha 
aprovechado la más interesante, así por la rica veta 
de poesía que encierra, como por el estrecho lazo que 
la une á nosotros, al más poético y digno de nuestros 
tipos populares : el gaucho. Refléjase, además, en 
Santos Vega, de una manera espontáneamente sim- 
bólica, el gran período de transición, aún no ce- 
rrado para nosotros, de la vida poética y sencilla, 
casi primitiva, de la Pampa, al refinamiento de las 
grandes agrupaciones sociales, al espíritu de cultu- 
ra y mejoras materiales, á la vida normal y fija, y á 
la vez agitada y febril, de la civilización moderna. 
Ese espontáneo simbolismo se advierte en varios pa- 
sajes de sus Tradiciones : 

Cuando la tarde se inclina 
Sollozando al occidente, 
Corre una sombra doliente 
Sobre la Pampa argentina. * 
Y cuando el sol ilumina 
Con luz brillante y serena 
Del ancho campo la escena, 
La melancólica sombra 
Huye besando su alfombra 
Con el afán de la pena. 



Esa sombra melancólica, que huye ante la luz del 



26 



Estudios y Artículos 



sol, es Santos Vega, á quien Vd. da el verdadero 
carácter mítico, fantástico, que tiene en la imagi- 
nación popular, carácter que, como ya se ha obser- 
vado, ha sido desconocido y falseado por quienes 
antes de Vd. han querido explotar esa mina. En la 
Tradición segunda, un remolino interrumpe el canto 
del payador, y la composición termina con esta bien 
significativa estrofa : 

Luego, inflamando el vacio, 
Se levantó la alborada, 
Con esa blanca mirada 
Que hace chispear el rocío. 

Y cuando el sol en el río 
Vertió su lumbre primera, 
Se vió una sombra ligera 
En occidente ocultarse, 

Y el alto ombú balancearse 
Sobre una antigua tapera. 

De ahí que presente Vd. constantemente en escena 
á Santos Vega al declinar la tarde, ó bien ya entra- 
da la noche. Por eso escribe : 

" Yo soy la nube lejana 
(Vega en su canto decía) 
Que con la noche sombría 
Huye al venir la mañana ; 
Soy la luz que en tu ventana 



Carta d Rafael Obligado 



^7 



Filtra en manojos la luna ; 
La que de niña, en la cuna, 
Abrió tus ojos risueños ; 
La que dibuja tus sueños 
En la desierta laguna. " 

El simbolismo está todavía más manifiesto en 
la tradición tercera y última, titulada, La muerte del 
payador, que es sin duda la mejor de las tres, y una 
délas mejores composiciones del volumen. En ella, 
mezcla soberbia de himno y de lamento, muere San- 
tos Vega, después de ser vencido por el profético 
canto de su formidable adversario, en el cual palpita 
nuestro afán de engrandecimiento, de bullicio, de 
vida. 

En esta magnífica poesía suya, se ve hundirse el 
sol en el ocaso, cuyos tibios y melancólicos rayos 
impregnan el alma de tristeza infinita, y romper á 
la vez en el oriente otro sol circundado de lampos y 
esplendores. El contraste está magníficamente con- 
cebido y artísticamente ejecutado. 

Esta tradición demuestra lo que ya observé antes, 
que la exageración de su americanismo no es más que 
el natural resultado del menguado cosmopolitismo 
que nos infesta. Cuando éste no está presente á su 
espíritu, Vd. no tiene inconveniente alguno en tri- 



28 



Estudios y Artículos 



butar su aplauso a la nueva vida que nos trae la in- 
migración europea. No es difícil comprender, sin em- 
bargo, que la simpatía secreta del poeta está más 
con el viejo Santos que con Juan sin Ropa. Es propio 
de toda alma íntimamente poética, amar más, sentir 
mas lo que mucre que lo que nace, el crepúsculo 
que la aurora; y en tanto mayor grado, cuanto lo 
que se va es esencialmente poético, y lo que viene 
suficientemente prosaico. 

Por lo demás, el simbolismo de estas Tradiciones 
no daña en lo más mínimo á su espontaneidad, á la 
perfecta armonía entre la idea y la forma, imposible 
en la poesía reflexivamente simbólica, pues el símbo- 
lo se desprende virtualmente, en este caso, de la 
misma poética superstición que les sirve de base. 

Todo esto significa, en suma, que ha dado Vd. con 
la única veta de poesía épica posible en nuestro país 
y en nuestro tiempo : veta accidental y limitadísima, 
que sólo refleja aspectos parciales, pero la sola que, 
como la de El Estudiante de Salamanca, contiene la 
materia épica espontánea difusa en nuestra civiliza- 
ción, y puede ser naturalmente depurada y transfor- 
mada en arte. Estas tres tradiciones forman el 
vínculo más estrecho que une su libro con el medio 
ambiente en que se produce. 

La patria ; dentro de la patria, el hogar ; dentro 



Carta á Rafael Obligado 



29 



del hogar, el amor; todo ello llevado en ofrenda al 
arte exquisito y puro : tal es la síntesis de su libro. 

Pero, i cómo siente Vd. cada una de estas cosas ? 

Creo no engañarme al afirmar que, por más que 
la idea de -patria sea una idea complexa, ama Vd. 
principalmente en ella las tradiciones gloriosas y los 
grandes hombres que las encarnan, por un lado, y 
por otro, su naturaleza corpórea. Eso es lo que re- 
salta en sus versos de una manera evidente, y ahí 
suena la nota más vibrante y varonil de su poesía. 

El hogar es para Vd. un culto, un santuario se- 
cretísimo, engendrador, conservador y reanimador 
del fuego sagrado de todas las grandes virtudes, de 
todos los nobles afectos, de todas las santas creen- 
cias. No sé si son éstas en Vd. muy hondas y segu- 
ras, cosa difícil en los tiempos que corren ; pero 
es lo cierto, que ese culto del hogar, infundiéndole 
piadosos respetos, le ha preservado en todo tiempo 
de incurrir en esas vulgares, intemperantes y agrias 
declamaciones anti-religiosas, tan del gusto de los es- 
critores populacheros y tan ajenas á la verdadera poe- 
sía. Aunen el caso deque todo fuera ilusión, juzga 
Vd. que es un crimen, peor todavía, una torpe baje- 
za, empeñarse en arrebatar esas ilusiones á los que 
las acarician, para darles en cambio frías verdades 
materiales que dejan sin objeto las más nobles, ele- 



Estudios y Artículos 



vadas y puras aspiraciones del alma. ¡Y para ello 
se tomará por instrumento á la poesía ! ¡ Bendito 
sea esc caliente nido que de tanta abominación le ha 
preservado ! Su libro de versos será, por ello, el 
libro predilecto de todos los hogares honrados. 

En cuanto al amor, no es en Vd. un afecto avasa- 
llador y enérgico, sino un melancólico recuerdo de 
adolescente. Se ve, desde luego, que no dirige Vd. 
sus cantos eróticos á una persona viva, dueño de su 
corazón viril, sino á una cara memoria, cuyo objeto 
fué el aguijón de sus casi infantiles impresiones de 
ese género. Todas sus poesías amatorias están inspi- 
radas por ese recuerdo único. En En la ribera, el mur- 
mullo del agua le suena como un eco de 

El leve susurrar de su vestido. 
En El hogar vacío, 

Las limpias aguas del raudal cercano 

le hacen imaginar 

Que van llorando por su dueño ausente; 

y mira como efecto de su pérdida irreparable el que 
rueden por los patios 



Carta d Rafael Obligado yi 



Las hojas arrancadas 
De aquel naranjo que tu edad tenia ; 

En Primavera recuerda el momento en que, para 
entregársela, desprendió la rosa de sus lucientes 
cabellos, del mismo modo que la guirnalda de seibo 
en la poesía de este nombre; y, por último, en Ado- 
lescente, que lo dice y resume todo, exclama, hacién- 
donos recordar el hondo acento elegiaco de Ruiz 
Aguilera : 

¡ Lejos se oculta á mis ojos, 
Lejos se oculta mi vida, 
Copo de espuma llevado 
Por las corrientes dormidas ! 

Su blanca imagen las horas 
De mi pasado ilumina 
Vagando lejos, vagando 
Por las barrancas floridas. 



Y en su inocente recuerdo 
Mi pensamiento se abisma. 

Este recuerdo esfumado y tenue da á su poesía 
amatoria unción y suavidad delicadísimas: pero nó- 
tase en ella la falta de una manifestación intensa, 
decidida y varonil del drama íntimo de su espíritu, 
manifestación tan bien templada cuando vibra en 



Estudios y Artículos 



sus versos el sentimiento patrio, y que sólo será 
posible en la esfera de sus afectos secretos cuando su 
amoroso recuerdo de adolescente se trueque en pa- 
sión viva de la edad viril. Permítame Vd., pues, 
amigo mío, le diga, á riesgo de meterme en hondu- 
ras, que sería bueno se enamorase Vd. fuerte, pues 
ello, sin cambiar substancialmente su poesía, la 
modificaría, haciéndole presentar nuevos, luminosos 
é interesantísimos aspectos. 

Volviendo á la síntesis de su libro, no faltará 
quien halle estrechos sus horizontes, por aquella 
vulgaridad de que en él se señalan límites y fronte- 
ras. Los que tal digan no se habrán dado cuenta de 
lo que significan las palabras arte> belleza. El arte 
es manifestación de belleza, la belleza se manifiesta 
en la forma, la forma necesita límites y contornos, so 
pena de dejar de ser forma y convertirse en abstrac- 
ción. Esto es claro como la luz; pero se hace nece- 
sario repetirlo á los que hacen una Babel de sus ideas. 
Además, sólo un absurdo cosmopolitismo puede ha- 
llar estrecha la idea de patria y soñar, para los siglos 
futuros, con una sola patria para toda la humanidad. 
Los que tal piensan miden la grandeza, no por la 
intensidad, sino por la extensión. Tanta superficie 
más, tanta mayor grandeza. ¡ Grandeza de tamaño 
material, grandeza aritmética ! Es preciso no cono- 



Carta á Rafael Obligado 



3 3 



cer el corazón humano para ignorar que todo lo que 
el amor gana en extensión lo pierde en intensidad, y 
que, si es posible amar profundamente á una agru- 
pación determinada, unida por vínculos tradiciona- 
les, por glorias comunes, por comunidad de religión 
ó de lengua, no lo es amar del mismo modo al 
mundo entero. Digan lo que quieran, nosotros no 
nos hemos de meter nunca en el corazón á los chi- 
nos. Ahora bien, si es evidente que sólo los amores 
y entusiasmos profundos saben engendrar grandes 
acciones, es fuerza, ó renunciar á estas grandezas, ó 
rechazar el cosmopolitismo. Por mi parte, rechazo 
el cosmopolitismo. 

Una última cuestión: su libro de Vd. íes un he- 
cho natural en nuestro país? Seguramente. Es una 
digna manifestación artística de una nación joven, que 
se levanta llena de bríos y aspiraciones. Pero, por otra 
parte, i cómo explicar la formación de una obra 
poética inspirada por el sentimiento patrio, en un 
país mortalmente aquejado de cosmopolitismo, y falto, 
por ello, de vigoroso espíritu nacional? ¡ Ah ! hé ahí 
el elemento espontáneo del artista, que no cuenta 
entre los fenómenos de la historia natural, pero vive 
en el misterioso santuario del alma. Hé ahí lo impal- 
pable, que escapa y escapará siempre al análisis 
científico, y que ocupa, por eso mismo, la cúspide del 

3 



Estudios y Artículos 



arte. Por lo demás, el mismo poderoso soplo de sen- 
tido patriotismo que circula por las hojas de este vo- 
lumen, sirve, por contraste, para reconocer la enfer- 
medad de la época. 

He concluido. Ya era tiempo. Mucho más pudiera 
decir acerca de sus poesías ; pero me guardaré muy 
bien de abusar más largamente de su paciencia. La 
ya extrema extensión de esta carta acháquela Vd. á 
la importancia que atribuyo á su libro, que es, en mi 
sentir (sin que esto sea desconocer el mérito de apre- 
ciabilísimos ensayos), el primer libro de versos que, 
desde los de Guido Spano y Ricardo Gutiérrez, vie- 
ne á formar literatura, y destinado á vida duradera 
y fecunda. A tout seigneur, tout honneur. A Vd., le 
considero, si no el mayor, el más completo de nues- 
tros poetas, y, en cuanto la índole de estos tiempos 
lo admite, nuestro poeta nacional. 

Saluda á Vd. afectuosamente su cordial amigo 

Calixto Oyuela. 



Buenos Aires, Mayo 25 de 1885. 



MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO 



así constantemente enriquecido por los diversos mo- 
dos que cada cual tiene de sentirlo y comprenderlo, y 
de poner de manifiesto, por medio de la forma, la be- 
lleza que su mente concibe. Pero para ello es necesa- 
rio que el artista sea capaz de sentir poderosamente 
la belleza, y entónces, si acierta á manifestarla con 
ingenuidad y pureza, habrá traído al arte, como antes 



SUS POESÍAS 



" El que quiera saber cosas nuevas, 
" que estudie libros viejos. " 

(Palabras de Carlos Guido y Spano.) 




ué siempre propio de todo artista de valía el 
traer elementos nuevos al arte á que con- 
sagra su inteligencia y sus afanes. El arte es 



Estudios y Artículos 



decía, un elemento nuevo. Y esto que digo de lo fun- 
damental en el arte, se aplica igualmente á sus más 
exteriores manifestaciones. En efecto (viniendo á la 
literatura), en cada país, en cada época, existe un cír- 
culo de expresiones convencionales, acreditadas tal 
vez por escritores de fama, y tomadas de sus obras, 
que por motivo del continuo tributo á que se las so- 
mete, acaban por perder su primitiva fuerza y energía. 
Bien, pues, una de las cosas que más distinguen á 
un escritor original y por cuenta propia, es el aban- 
dono de esas formas, giros y expresiones convencio- 
nales, que él sustituye por otras nuevas, más íntima- 
mente en consonancia con la naturaleza de su espí- 
ritu. 

Si á esta piedra de toque sometemos las cualidades 
que como artista nos ofrece Menéndez y Pelayo, en 
su tomo de poesías recientemente publicado en Ma- 
drid, en edición elegantísima, el resultado no puede 
ser más favorable para el ilustre escritor santande- 
rino. 

Pero se dirá : i cómo puede ser esto cierto, siendo 
así que Menéndez es ante todo adorador fervoroso de 
la belleza antigua, y por tanto délas antiguas for- 
mas ? i cuando en el último tercio del siglo xix no 
tiene embarazo alguno en proclamarse clásico á car- 
ta cabal ? Por la sencilla razón de que Menéndez en- 



Marcelino Menéndez y Pelayo 



37 



tiende por manera altísima el clasicismo, y no como 
la turba de los literatos lo entiende. Porque para ser 
clásico como él lo es y quiere serlo, no se han de imi- 
tir servilmente las antiguas formas, surgidas espon- 
táneamente del espíritu, creencias y costumbres de 
los pueblos que las crearon ; sino que es menester 
infiltrar en las que libreménte broten de nuestro co- 
razón é inteligencia, el espíritu, esto es, las cualida- 
des que dieron á aquéllas su eterna y transparente 
hermosura. Esto lo ha expresado admirablemente Me- 
néndez diciendo que debemos echar añejo vino en odres 
nuevos. Es, pues, posible ser nuevo y viejo á un mis- 
mo tiempo, uniendo en fecundo lazo lo que de lo an- 
tiguo se desprende por su virtud de eterno é impere- 
cedero, con lo que se agita y hierve y fulgura en el 
olear incesante de la vida contemporánea. 

Mucho se ha adelantado en la poesía castellana 
respecto déla forma externa. El mecanismo de la ver- 
sificación ha alcanzado en nuestros días tanto pri- 
mor y cultura, que no es raro el ver á cualquier es- 
critor mediocre hacer versos más sonoros (como que 
suenan á hueco) y mejor construidos que los de fray 
Luis ó Garcilaso. Empero, la economía de la com- 
posición ; su rapidez, cualidad eminente del lirismo; 
la cristalización del pensamiento en formas esencial- 
mente puras y sencillas ; en suma, cuanto constituye 



Estudios y Art ículos 



el licor generoso de la poesía antigua, y su encanto 
perenne, tiende á desaparecer, por una parte, en la 
balumba de filosofismos y de la gárrula y declama- 
toria vocinglería de nuestro tiempo, y por otra en el 
derroche y la orgía de imaginaciones calenturientas, 
para las cuales el paroxismo y la epilepsia son las 
más grandes manifestaciones de la inspiración poé- 
tica. Quiera Dios que semejantes desvarios no lle- 
guen á triunfar definitivamente, y torne á ser el 
arte el culto de la belleza pura, superior á las diver- 
gencias de sectas ó de partido ; intensa y animada, al 
par que alta y serena. 

El clasicismo español adoleció siempre de dos vicios 
capitales : el ser de segunda mano, y el de convertir- 
se á menudo en imitador servil de los modelos que en 
mayor estima se tenían. Este clasicismo era esencial- 
mente latino, y como la literatura romana, en todo 
lo que tiene de grande y hermoso, era á su vez 
imitadora de la literatura griega, las ondas purí- 
simas de esta última llegaban hasta aquél privadas 
de su primitiva frescura y transparencia. Y ¡cosa 
singular! esta mal entendida imitación, esta depen- 
dencia excesiva, no provenía, como pudiera creerse, 
del asiduo y profundo estudio de los autores antiguos, 
sino, muy al contrario, de la manera superficial y 
deficiente con que se les manejaba. 



Marcelino Menéndez y Pelayo 39 



En efecto, los líricos españoles, si se exceptúa á 
Luis de León, en vez de penetrar profundamente, 
como Chénier, en el espíritu de la antigüedad, se li- 
mitaban á imitar ajustadamente sus formas externas, 
sin distinguir lo que en aquélla había de humano, 
de lo que era consecuencia de la edad histórica 
que atravesara, y por lo mismo, meramente relativo 
y caducable. 

Este género de clasicismo que, por lo demás, no se 
limitó á España, sino que imperó en Italia, Francia, 
y aun en Inglaterra y Alemania, poniéndose en abier- 
ta pugna con el desenvolvimiento natural del espíri- 
tu humano, y sus nuevas manifestaciones, acabó por 
convertirse en an vano y pedante formulismo, calum- 
niador de la pureza y sencillez antiguas, que ni por 
asomo comprendía, y fué al fin derribado para siem- 
pre al empuje violento de la revolución romántica, que 
estallando en Alemania, tuvo en Francia su más 
potente repercusión. 

Sin embargo, fuera de España, sin duda por la 
mayor seriedad de los estudios clásicos, no faltaron 
ingenios de primer orden, que acudiendo á las fuen- 
tes primitivas, es decir, á la literatura griega, pene- 
traran su espíritu y le trajeran á nuevo. Baste citar 
en Francia al incomparable autor de la Cautiva, y en 
Italia á Leopardi y al sombrío cantor de los Sepulcros. 



Estudios y Artículos 



No así en España. Allí el clasicismo de segunda 
mano se tornó de tercera, y á fines del pasado siglo, 
y á principios del presente, en vez de imitar á Hora- 
cio v á Virgilio, se imitaba á Herrera y á Garcilaso. 
Prueba de ello sea la escuela sevillana que contó á 
Lisia entre los suyos, y cuenta todavía a Cam- 
pillo. Quintana es una brillante excepción. 

En esta situación, y apagado completamente el in- 
cendio romántico, que significó para España una 
nueva explosión de su antigua y genial abundancia 
poética, aparece un joven sapientísimo en las lenguas 
y literaturas antiguas y modernas, poseedor de una 
vasta y sorprendente erudición histórica y filosófica, 
y para coronamiento y realce de todo esto, dotado de 
exquisitas facultades artísticas, y de amor profundí- 
simo por la belleza antigua, pura, primitiva, límpida 
y majestuosa, que como pocos comprende, é íntima- 
mente le penetra y embriaga. Este joven es Menéndez 
y Pelayo. Los que confunden todo clasicismo en una 
sola, necia é ignorante condenación, motéjanle de ve- 
tusto y reaccionario ; mas los que, como el agudo 
Leopoldo Alas, con ser sectarios avanzados de la 
renovación incesante en el arte, no por ello descono- 
cen el extraordinario realce que da lo antiguo sabia- 
mente aplicado á lo moderno, esos saludan con albo- 
rozo al que, tan magníficamente pertrechado, viene 



Marcelino Menéndez y Pelayo 41 



á ocupar un puesto propio y eminente en la literatura 
española contemporánea. 

No fuera justo, sin embargo (ni Menéndez me lo 
perdonaría), olvidar que en el presente siglo el clásico 
escritor montañés ha tenido en España un predecesor 
tan ilustre como desconocido. Me refiero al malogrado 
Cabanyes. Los que pagan servil tributo á eso que se 
llama aplauso popular, nieguen en buen hora su ad- 
miración y su cariño á quien nada le debió ni 
quiso deberle nunca. Por mi parte, siento una frui- 
ción íntima é inefable en venerar un nombre no 
profanado todavía por alabanzas vulgares. Sí, los res- 
plandores de la musa helena iluminaron la mente al- 
tiva de este excelente lírico, en cuyos viriles cantos, 
prematuramente interrumpidos, se siente palpitar el 
alma de un gran poeta. Menéndez y Pelayo, que viene 
á sucederle, y á realizar lo que la muerte impidió á 
Cabanyes, le ha rendido un leal tributo de admira- 
ción y cariño en el hermoso canto que se lee al frente 
de su colección de poesías. También deben contarse 
como predecesores de Menéndez, en la vía del verdade- 
ro clasicismo, á Leandro Moratín y al incomparable 
Valera, quien ha dado en la poesía muestra brillantí- 
sima de su exquisito y hondo sentido artístico. 

Una vez trazadas las líneas generales de la obra 
poética de Menéndez, sus propósitos y tendencias, 



42 



Estudios y Artículos 



vengamos á lo concreto, á fin de ver la manera cómo 
los ha realizado hasta ahora ; cuáles son sus cuali- 
dades, cuáles sus deficiencias. Empecemos por su 
oda á Cabanyes. 

Un amor melancólico hacia el poeta catalán, y una 
grande alteza de pensamiento, son, á mi juicio, las 
cualidades fundamentales de esta oda: 

¡ Feliz quien nunca en la inviolada lira 
Al poder tributó venal incienso, 
Ni elevó al solio de opresores viles 
Su profanado canto ! 

| Feliz quien nunca de la inquieta plebe 
El furor excitó, temió las iras, 
Ni arrastró de su Musa desgarrado 
El manto por las plazas ! 

Introducción soberbia y digna del libre poeta que 
la motiva. 

Recuerda y fulmina en seguida á los que mancha- 
ron los dones de la poesía con serviles lisonjas, y por 
una transición, tan rápida como natural, exclama 
hermosamente : 

¡ Hélade antigua ! generosas sombras, 
Píndaro, Homero, Sófocles, Esquilo, 
Que nunca infieles de la Urania Venus 
Fuisteis al puro culto, 



Marcelino Mencndez y Pelayo 43 



Abrid del templo las doradas puertas, 
¡ Paso al virgen mancebo laletano 
Que en sus hombros la túnica del genio 
Ostenta no manchada ! 

| Dulce Cabanyes ! En humilde tumba 
Cubre tus restos el materno suelo : 
Sobre ella vela el numen de la lira... 
El de la gloria duerme. 

Hace luego una rápida y artística reseña de los 
principales cantos de Cabanyes, y al recordar su pre- 
matura muerte, dice entristecido : 

Joven moriste... Apenas á la vida 
Se abrieron ¡ ay ! tus penetrantes ojos: 
Joven sucumbe el que los dioses aman, 
i Triste ley de los hados ! 

Recuerda entonces los claros ingenios muertos, 
como él, en sus mejores años, y añade : 

Jóvenes todos... como tú, Cabanyes, 
Vieron pasar en desplacer sus días, 
Con el estigma del dolor impreso 
En sus alzadas frentes. 

No fué en la tierra el fin de tu camino ; 
Aura del cielo enderezó tu nave 
A las de paz espléndidas moradas 
Donde inmortal reposas. 



-14 



Estudios v Artículos 



Estrofas de entonación y alteza admirables. En 
suma, lo bien sentido de este canto, su rapidez lírica, 
sus nobles pensamientos, su serenidad, su tersura de 
estilo, lo hacen, en mi sentir, uno de los mejores de 
la colección. 

Notable es también, y una de sus más vastas y bri- 
llantes inspiraciones, la epístola á sus amigos de 
Santander, con motivo de haberle regalado la Biblio- 
theca Graeca, de Fermín Didot. Resplandece en ella 
el amor ardiente de Menéndez por la belleza pagana, 
y la manera amplia y profunda como la siente y com- 
prende. Vése á la vez su entusiasmo por la familia 
greco-latina, y su airado desdén, hijo, no de la igno- 
rancia, sino de la pasión, por el nebuloso genio 
alemán ; y á todo ello enlaza armoniosamente su amor 
patrio, y su regocijo por la opulencia comercial de 
Cantabria, en cuya frente anhela ver unidos el lauro 
del comercio y el de las bellas artes. Da así amplitud, 
solidez y trascendencia á su concepción poética. 

Obsérvese su alborozo, ingenuamente expresado, al 
recibir los amados libros : 

¡ Que dicha, qué placer, cuánto tesoro ! 
¡ Gracias, amigos ! Ya mi estante oprimen 
Volúmenes sin cuento : ¡ qué delicia 
Es recorrer sus animadas hojas ! 
¡ Cómo á la mente atónita resurgen 



Marcelino Menéndez y Pelayo 45 



Los inmortales de la edad helena ! 

¡ Cómo habla la belleza en esos libros, 

Llenando de deleites y memorias 

El alma henchida de estupor sagrado ! 

La parte que se refiere á la Ilíada es admirable por 
la vida y animación que hierve en ella : 

Ved. . . Homero está aquí... bélico estruendo 
Del Escamandro en las riberas suena ; 
Teucros y Dáñaos, cual espesas moscas 
En torno de la leche, la llanura 
Invaden con sus carros : allí Aquiles, 
El de los pies ligeros, raudo vuela 
Agitando fatídicos corceles. 
Las troyanas esposas desde el muro 
Con horror le contemplan: sólo Héctor 
Combatirá por el Ilion sagrado : 
Miradle traspasar la puerta Scea ; 
Andrómaca, bañada en risa y lloro, 
En brazos lleva al pequeñuelo infante, 
Á quien asusta el yelmo empenachado 
De su padre feroz. ¡ Ved cómo arroja 
Fuego voraz á las aquivas naves ! 
¡ Ved cómo estrecha el suplicante Príamo 
Del ya piadoso Aquiles las rodillas, 
Y cómo lleva á sus ancianos labios 
La mano matadora de sus hijos ! 

¡ Pues qué si de la plácida Odisea 
Vago feliz por los amenos bosques !... 



46 



Estudios y Artículos 



Con igual brío, y dejando ver su acendrada edu- 
cación y gusto crítico, recorre rápidamente las di- 
versas fases de la poesía griega, y sus grandes maes- 
tros, poniendo a Homero como centro y foco sobera- 
no de todos ellos. Jamás se ha hecho, que yo sepa, 
resumen tan sentido y brillante, tan artístico, rápi- 
do y completo de la literatura griega, ni creo que, 
en esta especie de manifestaciones poéticas, tenga 
tan espléndida pieza más rival que la Epístola d Ho- 
racio, del mismo autor. 

Atrevidos y felicísimos son los versos en que habla 
del porvenir comercial de su ciudad nativa, hacién- 
donos recordar á Bello : 

Crezca en gloria y poder el pueblo tuyo, 
Dilátense tus muelles opulentos, 

Y traigan tus alígeros bajeles, 

En cambio al trigo que te da Castilla, 
De la tórrida caña el dulce jugo, 
Ó del café los vigilantes granos, 
O la hoja leve que en vapores sube 

Y como la esperanza se disipa. 

El final es efusivo y bellísimo por el íntimo amor 
que le inspira su dulce Cantabria, 



. . .tierra santa, 
La tierra de los montes y las olas, 



Marcelino Menéndez y Pe layo 47 



Donde ruego al Señor mis ojos cierre, 
Sonando, cual arrullo, en mis oidos 
Lento el rumor de su arenosa playa. 

Vengamos ahora á las poesías amatorias, que for- 
man una parte considerable del volumen que voy 
examinando ligeramente. Por desgracia, del punto 
de vista del sentimiento, no hay en ellas tanto que 
admirar como en las anteriores, i Es defecto substan- 
cial de Menéndez ? Á mi ver, sólo lo es de circuns- 
tancias. 

Bien desearía pasar por alto las que yo conceptúo 
deficiencias en la obra poética de Menéndez, para 
detenerme únicamente en lo mucho que en ella hay 
digno de sincero encomio. Eso sería más grato para 
mí, y estaría más en consonancia con el agrade- 
cimiento, cariño y veneración que mi ilustre amigo 
me inspira. Pero, si estos ligeros renglones han de 
ser algo más que una alabanza inconsciente, fuerza es 
ser imparcial y severo con quien á ello tiene derecho, 
poniendo, al lado del elogio, la censura. Por otra 
parte, me consta que al carácter franco y altivo de 
Menéndez serán mucho más aceptos los reparos de la 
crítica mesurada, que el sofocante incienso de la 
lisonja aduladora. 

El amor se le ha mostrado hasta ahora más como 



Estudios y Artículos 



numen inspirador ó concepto metafísico, que como 
afecto humano, directo y profundo. Menéndez ha 
amado más con la imaginación que con el corazón. 
Por eso, á pesar de la incontestable belleza artística 
de sus cantos amorosos, de cuño petrarquista, de ín- 
dole noblemente discursiva y caballeresca, no puede 
uno convencerse de que el poeta ame verdaderamente 
á la que es objeto de ellos. Sirvan de prueba los si- 
guientes versos : 

Amor, divino intérprete y ministro, 

Que al cielo lleva los humanos votos, 

Ó al hombre trae la inspiración sagrada ; 

Lazo que traba y une 

En síntesis armónica y fecunda 

El mundo real y el mundo de la idea : 

Amor es el demonio 

Que describe Platón ; mañoso, artero, 

Ágil y vigoroso, 

Porque heredó de Poros la firmeza, 
Hábil encantador, sofista y mago. 
Dura pobreza le educó á sus pechos, 
Y anda descalzo, sin hogar ni lumbre, 
Ansiando siempre por lo hermoso y bueno. 

Siempre he creído que una de las cosas que más des- 
lustran la poesía moderna es el uso inconsiderado que 
en ella se hace de lo puramente intelectual y abstracto, 



Marcelino Menéndez y Peí ayo 4Q 



siendo así que la hermosura y encanto del arte 
consiste en lo imaginado y sentido. La poesía vive 
principalmente del sentimiento y la imaginación, y 
todo lo que no sea formas vivas y pintorescas es 
ajeno á ella, si no contrario. Y este descuido es tanto 
más excepcional en Menéndez, cuanto por el conoci- 
miento y entendimiento que tiene déla poesía clásica, 
sabe perfectamente que su inimitable sencillez y fres- 
cura estriban en las formas ingenuas con que viste sus 
afectos é ideas, que surgen en ella por comunicación 
directa, y se nos manifiestan sin haber pasado por la 
árida región de las ideas abstractas. 

Estos versos, pues, nos dejan fríos, y convencidos 
de que el poeta no está realmente enamorado. De 
estarlo, en vez de razonar de tal manera, nos hubiera 
embriagado con el aroma de ese íntimo y delicado 
sentimiento, no relatándonos, como filósofo, los efec- 
tos del amor, sino mostrándonos su alma impresio- 
nada y embargada por ellos. 

No obstante, no sería justo desconocer que en oca- 
siones acierta con la verdadera inspiración amo- 
rosa. Léanse estos versos de su exquisita composi- 
ción, A Lidia, la mejor quizás que haya escrito en 
este género : 



Estudios y Artículos 



¡Oh, cuántas veces, 
La dulce maga de los montes mios, 
La de cerúleos penetrantes ojos, 
.Me trajo en el arrullo de la brisa, 
O en el clamor de mi natal ribera 
Su peregrina voz! ¡Cuántas su forma 
Vi dibujarse en el tendido cielo, 
O surgir de las ondas inclementes 
De nuestro mar, en moribunda tarde ! 

Bello, bellísimo. Hé ahí el amor como sentimiento, 
y no como idea, hondamente sentido y divinamente 
expresado. Si á esta altura se mantuviese siempre, 
poco ó nada dejaría que desear. 

Como belleza artística, esta oda es digna de todo 
encomio. Copiaré dos rasgos de primer orden : 

Bañarse en las corrientes de la vida, 

La tela trabajar del pensamiento, 

Cuando hay un alma que á la nuestra sigue 

Y con nosotros el bordado trama, 

Hilos de amor mezclando á la madeja ; 

Arrancar de sus labios tembladores 

La frase á medio hacer, envuelta en risa, etc. 

¡ Qué encanto, qué novedad de imagen ! ¡ Qué 
bueno fuera que los que de vetusto le motejan, apren- 
dieran antes á dar con rasgos tan sentidos, tan nue- 
vos, tan ajenos á ese empalagoso y manoseado con- 



Marcelino Menéndez y Pelayo 51 



vencionalismo, como el de los dos últimos versos ! 

Y un sueño la juzgué, mas no era sueño; 
Que en otras playas, en región distante, 
Su huella descubrí, y en la alta noche 
La vi pasar ceñida de hermosura, 

Bajo el sereno azul partenopeo, 

Ó en las bátavas nieblas reclinada. 

Ella encantó mis solitarias horas 

De escolar vagabundo. Ora la encuentro, 

Y no velada en misterioso enigma, 
Mas plástica y radiante. Eres aquella 
Que yo soñé, dulcísima señora : 
Risa perpetua, omnipotente gracia : 

Es de diosa tu andar : mora en tus labios 
La grata persuasión : rige tu mente 
La Urania Venus con lazada suave 
De inmortal secretísima armonía 
Que rica por tus miembros se difunde. 

Estos son versos de soberana hermosura, y dig- 
nos por todos conceptos de la Musa helena. 

De las demás poesías eróticas, con excepción de la 
titulada, Nueva primavera, puede decirse más ó 
menos lo mismo. Admirabilísimas por su belleza 
artística y por la serena elevación del pensamiento, y 
á retazos bien sentidas, dejan que desear en su con- 
junto, respecto de la intensidad de los afectos. Esto, 
lo repito, no es falta de calor de alma en Menéndez ; 



Estudios y Artículos 



ni tal cosa podría sospecharse en quien pone en sus 
ideas religiosas, políticas y literarias el sello de la 
pasión, si extremada é injusta á veces, siempre noble y 
generosa. Pruébalo, además, patentemente, la Nueva 
-primavera, su último canto amatorio. En toda ella se 
siente el calor y la intensidad del amor verdadero. El 
mismo poeta lo reconoce así cuando exclama : 

Nunca amé de esta suerte; ¿ y quién negara 

Admiración y amor á su belleza ? 

Belleza no de estatua 

En su divinidad alta y serena : 

Mármol que extingue en desnudeces castas 

El más osado impulso del deseo; 

Sino belleza irresistible, humana, 

Que no impera tan sólo 

En las lineas del torso peregrino, 

Ni se detiene en la gentil cabeza, 

Ni en los anillos de la forma muere: 

Halago que traspira 

De su voz, de sus ojos, de sus venas, 

De las místicas rayas de su mano, 

Y aun del ambiente mismo en que se mueve. 

¡ Oh, cuántos años de mi vida diera 
Por respirar tan encantado aroma, 
Por vivir de esa luz y de ese fuego ! 
¡ Quién confundiera nuestras vidas juntas 
Como dos gotas de la misma fuente, 
Como dos cuerdas de la misma lira ! 



Marcelino Menéndez y Pelayo $ 3 



Versos bellos y apasionados. Toda la oda está 
escrita por el mismo estilo. 

Cúmpleme ahora hablar de tres obras maestras de 
Menéndez: la Epístola á Horacio, la Elegía en la 
muerte de un amigo y La Galerna del Sábado de 
Gloria. Estas composiciones, con la Epístola á sus 
amigos de Santander, son, á mi juicio, de lo más 
limpio y excelso que ha producido la lírica española, 
y tienen, en su arranque, su efusión y sus formas, el 
fulgor y la estampa de lo eternamente glorioso. 

Es la primera una magnífica apoteosis del lírico 
latino, cuyo sér poético encierra con admirable poder 
comprensivo. Allí está el alma de Horacio, su obra 
toda, profundamente sentida y espléndidamente can- 
tada ; allí la veneración del discípulo al maestro, el 
himno del poeta al poeta, el amor del latino al latino. 
Contiene, además, esta Epístola, una franca y valiente 
profesión de fe literaria, artísticamente expuesta, 
bastante por sí sola para destruir y aniquilar cuantas 
vulgaridades se estampan hoy contra el clasicismo 
moderno. Rebosa de ella el entusiasmo más noble y 
puro, y da la medida de la pasión que es capaz de 
albergar el alma del joven poeta español. 

i Se quiere una síntesis brillante de la poesía hora- 
ciana ? Léase lo que sigue : 



54 



Estudios y A ¡ líenlos 



¡ Cuánta imagen fugaz y halagadora, 
Al armónico son de tus canciones, 
Brotando de La tierra y del Olimpo, 
Del escolar en torno revolaban, 
Que ante la dura faz de su maestro, 
De largas vestimentas adornado, 
Absorto contemplaba succdcrsc 
Del mundo antiguo los prestigios todos : 
Clámides ricas y patricias togas, 
Quirites y plebeyos, senadores, 
Filósofos, augures, cortesanas, 
Matronas de severo continente, 
Esclavas griegas de ligera estola, 
Sagaces y bellísimas libertas, 
Aroma y flor en lechos y triclinios, 
Múrrinos vasos, ánforas etruscas : 
En Olimpia, cien carros voladores ; 
En las ondas del Adria, la tormenta ; 
En el cielo, de Júpiter la mano, 
La Náyade en las aguas de la fuente, 
Y allá en el bosque tiburtino oculta 
La dulce granja del cantor de Ofanto, 
Por quien los áureos venusinos metros 
En copioso raudal se precipitan 
Al ancho mar de Pindaro y de Safo ! 

Escúchese ahora al greco-latino apasionado, adora- 
dor de su cielo y de sus ríos : 

¡ Lejos de mí las nieblas hiperbóreas ! 
I Quién te dijera que en la edad futura 



Marcelino Menéndez y Pelayo 



55 



De Teutones y Slavos el imperio, 

En la ley, en el arte y en la ciencia, 

Nuestra raza latina sentiría, 

Y que nombres por ti no pronunciables 

Porque en tu hermosa lengua mal sonaran, 

El habla de los dioses enturbiando 

Tu nombre borrarían ? 

Orgullosos 
Allá arrastren sus ondas imperiales 
El Danubio y el Rhin antes vencidos. 
Yo prefiero las pláeidas corrientes 
Del Tíber, del Cefiso, del Eurotas, 
Del Ebro patrio ó del ecuóreo Bctis. 
¡ Vén, libro viejo ; vén, alma de Horacio, 
Yo soy latino, y adorarte quiero ; 
Anímense tus hojas inmortales ! 



i Qué hermoso entusiasmo ! ¡ Qué versos regios ! 

Hé aquí sus doctrinas artísticas, á que antes me 
refería, engarzadas en una alta filosofía histórica y 
en una severa apreciación del estado moral del mundo 
contemporáneo: 



La antigüedad con poderoso aliento 

Reanime los espíritus cansados 

Y este hervor incesante de la idea, 

Esta vaga mortal melancolía 

Que al mundo enfermo y decadente oprime, 

Sus fuerzas agotando en el vacío, 

Por influjo de nieblas maldecidas 



56 



Estudios y Artículos 



Que abortó el Septentrión, ante su lumbre 

Disípense otra vez. J Torne el radiante 

Sol del Renacimiento á iluminarnos; 

Cual vencedor de bárbaras tinieblas 

Otro siglo lució sobre Occidente, 

Los pueblos despertando á nueva vida, 

Vida de luz, de amor y de esperanza ! 

Helenos y latinos agrupados, 

Una sola familia, un pueblo sólo, 

Por los lazos del arte y de la lengua, 

Unidos, formarán. Pero otra lumbre 

Antes encienda el ánimo del vate. 

El vierta añejo vino en odres nuevos, 

Y esa forma purísima pagana 

Labre con mano y corazón cristianos. 

La Elegía en la muerte de un amigo, es la poesía 
más tierna y profundamente sentida de Menéndez y 
Pelayo, y como lo dice Valera en su magnífico pró- 
logo al volumen que vengo estudiando, una de las 
más brillantes y finas joyas de la poesía española. 
Corre por toda ella una onda de melancolía profun- 
damente conmovedora, sin que el velo de dulce resig- 
nación que el poeta extiende piadosamente, impida 
comprender y sentir el sincero dolor que la ha inspi- 
rado. Este dolor, sin embargo, no conturba su alta 
serenidad, y hasta resuena en ella cierto acento triun- 
fal, propio de quien ve la muerte iluminada por 



Marcelino Menéndez y Pelayo 57 



el rayo victorioso de lo inmortal y lo eterno. Es 
menester leerla toda (y al que no lo haya hecho de 
todo corazón le compadezco); pero no puedo resistir 
al deseo de dar una idea de ella, transcribiendo su úl- 
tima estrofa, que toca verdaderamente en lo sublime. 

Yo le envidio más bien. ¡Qué hermosa muerte! 

¡Qué serena agonía, 

Cual sintiendo posarse 

Los labios del arcángel en sus labios! 

¡Morir, no en celda estrecha aprisionado, 

Sino á la luz del sol del Mediodía, 

Y sobre el mar, que ronco festejaba 

El vuelo triunfador del alma regia 

Subiendo libre al inmortal seguro! 

¡Morir entre los besos de su madre, 

En paz con Dios y en paz con los humanos, 

Mientras tronaba desde rota nube 

La bendición de Dios sobre los mares! 

Los labios del arcángel posándose sobre los del 
moribundo; esa muerte á la luz del sol; el mar fes- 
tejando roncamente la libre ascensión del alma á la 
mansión celeste; la madre que recibe entre besos los 
últimos suspiros del hijo adorado; y por cima de todo 
esto, la bendición de Dios tronando desde rota nube 
sobre los mares: es un cuadro estupendo, que no tiene 
nada que le supere en la lírica castellana. Ábrese sin 



$8 



Estudios y Artículos 



ostentación ni aparato, y se despliega luego majestuo- 
samente, sencillo, grave y solemne como el acorde de 
un órgano. 

El que en presencia de estos versos sublimes se 
niegue á reconocer en Menéndez las cualidades de 
poeta eminente, debe sellar sus labios in eternum 
en materia de belleza poética: no ha nacido para sa- 
borear el divino elixir de la poesía. 

Entre esta Elegía, y la Galerna del Sábado de 
Gloria, yo no sabría á cual dar la preferencia. Si la 
primera es más sentida, como debía serlo por el mo- 
tivo que la inspiró, en cambio, la segunda es más 
comprensiva, más amplia, de más aliento. El amor 
del poeta á su religión, á su raza, á sus montañas; 
la pintura sobria y vigorosa del paisaje; la alabanza 
á cuanto de noble y sano tiene la edad presente, la 
fe en lo porvenir, todo está en la Galerna magnífica- 
mente pensado, sentido y expresado. El alma en- 
tera del poeta alienta en ella. 

Sin embargo, es de sentirse que el autor, al in- 
cluirla en su colección, haya hecho una pequeña va- 
riante que, en vez de mejorarla, la deslustra un tanto. 
Pintando el paisaje agreste y soberbio déla costa can- 
tábrica, había dicho en la primera edición de la Ga- 
lerna: 



Marcelino Menéndez y Pelayo 59 



Y cual baño de Náyades la arena 
Que besa nuestro mar: y sus mugidos, 
Como de fiera en coso perseguida, 
Arrullo son á la gentil serrana, 
Pobre y altiva, y como pobre, hermosa. 

Como se ve, nada más artístico, más gentil que 
esta pintura de la serrana, tan altiva y hermosa en 
su pobreza. Nada estaba de más aquí, nada faltaba, y 
sin embargo, el poeta, no creyéndolo así, ha interpo 
lado en este pasaje un verso que á mí me disgusta 
sobremanera. Dice ahora: 

Y cual baño de Náyades la arena 
Que besa nuestro mar: y sus mugidos, 
Como de fiera en coso perseguida, 
Arrullo son á la gentil serrana, 
Amor de Roma y espantable al Vasco, 
Pobre y altiva, y como pobre, hermosa. 

Aquí no sólo hay exceso de circunstancias deter- 
minantes, sino que la segunda de las dos últimamente 
introducidas, es de una dureza tal, que destruye, ó 
por lo meno empaña, la natural delicadeza del cua- 
dro. Además, el período queda excesivamente largo, 
y, por lo mismo, desmayado. 

Tampoco me agrada que Menéndez haya introdu- 
cido de vez en cuando un consonante en las estrofas 



6o 



Estudios y Artículos 



sin rima. El verso libre tiene, cuando es diestramente 
manejado, un no se qué altivo c independiente, y el 
tropezar aquí y allí con un consonante, me produce 
cierto efecto de flojedad y falta de nervio, como si el 
poeta descendiese del elevado pedestal en que se co- 
locara, para irse detrás de la puerilidad del conso- 
nante. Y aún es esto más sensible, cuando el se- 
gundo verso de los dos aconsonantados termina frase. 
Lo tengo por completamente anti-estético. 

Pero ¡cuánta belleza imponente en esta oda! ¡Qué 
clasicismo tan acendrado y tan puro! ¡Qué pindárico 
entusiasmo! 

Conmovedora, por lo sencilla y tierna, es la súplica 
dirigida al cielo en favor de los infelices náufragos: 

. . . ¡que más bien perezcan 

Ante las rocas del amado puerto, 

Do lleve el viento el són de las campanas 

De la tierra natal, á sus oídos! 

Y luego: 

¡Salvados, si! Desde el salubre risco 
De San Pedro del Mar, un sacerdote 
Les dió la bendición. Nada más grande 
Ojos humanos contemplar pudieron, 
Cual lo que vió la moribunda gente, 
Al descender el celestial rocío 
Del divino perdón sobre su frente: 



Marcelino Menéndez y Pelayo 61 



Abrirse el cielo, serenarse el mundo, 
Entre Dios y la mar la Cruz alzada, 

Y descender con palmas y coronas 
Las sombras de sus mártires patronos, 
Las de los dos celtíberos guerreros. 
¡Muerte feliz entre la paz del cielo 

Y el beso de los mares!. . . 

Pintura sublime (digna de compararse con la que 
dejo transcrita de la Elegía), á la cual sigue inme- 
diatamente un rasgo terrible por su sencillez trá- 
gica: 

Cuando vengan 

Á acariciar la conocida playa, 

De barca y pescador traerán los restos 

En el cendal de su tejida espuma. 

Viene después un magnífico himno al trabajo, que 
concluye de este modo: 

¡Perenne lid con la materia inerte, 
Dura labor, pero victoria cierta! 
Otro estadio, otra edad, otra cuadriga, 
Piden en nueva edad cantares nuevos. 
Dadme el lauro de Olimpia y de Nemea, 

Y la frente del mártir del trabajo 
Ciña la palma de Elis triunfadora, 
Como al atleta coronar solía! 



62 



listudios y Artículos 



¡Esplendido! ¿Lo han oído bien los calumniadores 
del clasicismo genuino ? ¿Seguirán afirmando que es 
una escuela petrificada en la estéril contemplación de 
lo pasado, sin noción de lo presente, sin presenti- 
miento de lo futuro? Hasta el mismo Arturo Graf, 
sectario acérrimo de la renovación en el arte; despre- 
ciador de todo formulismo convencional que obligue al 
espíritu humano á encerrarse en moldes que no sean 
espontáneos, en su brillante estudio sobre el espíritu 
poético de nuestro tiempo, pone al clásico Leo- 
pardi como dechado de poesía lírica moderna. ¡Y 
continuarán todavía declamando contra las viejas 
ligaduras y los ideales reaccionarios, y comba- 
tiendo desesperadamente contra quimeras y fan- 
tasmas ! 

El clasicismo moderno no exige otra cosa sino la 
noble sencillez, la sobriedad de concepto y de estilo 
de los modelos clásicos, su nitidez, la pureza de su 
sereno relieve escultural, para lo cual es fuerza estu- 
diarlos asidua y profundamente en sus raudales más 
puros. Ellos dan al estilo una solidez y firmeza que 
sería vano buscar por otro camino ; nos inician en 
los hondos secretos de la armonía, y nos infunden 
veneración y amor por la límpida hermosura. 

Respecto de la llamada poesía moderna, sucede 
algo digno de no ser pasado en silencio. Esos impla- 



Marcelino Menéndez y Pelayo 6y 



cables críticos que no bien se les habla de clasicis- 
mo, pronuncian, á guisa de anatema, las palabras 
moldes, ligaduras, son los que parecen tener á éstos 
(no siendo clásicos, se entiende) más afición y cariño. 
Cada cual pretende que el poeta moderno, si ha de 
merecer el título de tal, vaya acorde con sus ideas par- 
ticulares. Quién le exige creyente, quién ateo, quién 
progresista, quién conservador. Para mí el poeta debe 
ser poeta. Tocante á esto, es fuerza reconocerlo, los 
más intolerantes son los liberales. Sintiéndose acom- 
pañados por las corrientes generales del siglo, afirman 
que todo poeta que no ensalce á ojos cerrados el pro- 
greso, la democracia, y demás palabras de moda, po- 
drá tener talento, pero no será un poeta moderno. 
Un poeta popular deberían decir, y estuvieran más 
en lo cierto. Pero, porque las ideas de un artista 
sean contrarias á las que en su época gozan de mayor 
boga, ¿no podrá resplandecer en sus obras imperece- 
dera hermosura ? i Por qué se ha de confundir el Arte 
con la Filosofía ? Del mismo choque de sus ideas con 
las ideas generales, i no resulta por ventura ese calor, 
esa vida, que el poeta debe recibir de su tiempo? <¿ No 
hay, además, cierta noble y altiva independencia en 
negarse á rendir inconsciente pleitesía á la turbamul- 
ta de las opiniones corrientes? Por otra parte, i ha 
llegado la razón humana á ver las cosas con claridad 



6 4 



Estudios y Artículos 



tan perfecta, que no sea ya admisible la divergencia 
de ideas en los más arduos y trascendentales proble- 
mas que desde remotas edades la traen preocupada 
y confusa? ¿No estamos presenciando, ahora mis- 
mo, las recias batallas que riñen, por un lado, el 
idealismo y el positivismo, y por otro, las doctrinas 
ultramontanas y liberales? Temerario fuera afirmar 
que Leopardi, por haberse negado á creer en el pro- 
greso, en el perfeccionamiento social, y demás doc- 
trinas que tan orgullosamente sustentamos, no es un 
gran poeta moderno, mil veces superior á tanto y 
tanto adulador del siglo. Refiriéndose á esta adula- 
ción, este estupendo lírico habla á aquél del modo 
siguiente : 

E ben fácil mi fora 

Imitar gli altri, e vaneggiando in prova 

Farmi agli orecchi tuoi cantando accetto : 

Ma il desprezzo piuttosto che si serra 

Di te nel petto mió, 

Mostrato avró quanto si possa aperto : 

Bench ' io sappia che obblio 

Preme chi troppo all' etd propria increbbe. 

Di questo mal, che teco 

Mi fia comune, assai finor mi rido. 



¿No es este un desdén sublime? Debe además te- 
nerse en cuenta que el pesimismo, ya se encierre en 



Marcelino Menéndez y Pelayo 65 



los límites de la tierra, como en los ascetas, ya tras- 
cienda á lo infinito y eterno, como en ciertos ateos, 
es en cierto modo ingénito en el espíritu humano. 
Por otra parte, la posteridad, cuyo fallo debe el poe- 
ta estimar mucho más que la popularidad contempo- 
ránea, para incluirle en el escaso número de los ver- 
daderos poetas, ha de atender, no al giro de sus 
ideas, sino á su inspiración y á la hermosura de sus 
creaciones. En mi sentir, pues, la poesía moderna 
no estriba en filosofar mucho ni poco, ni en declamar 
contra los sacerdotes, ni en creer en el progreso in- 
definido, ni en pensar en religión de tal ó cual ma- 
nera. Nada de eso. Toda persona de nuestra época 
que sepa pensar alto y sentir hondo, y poner de re- 
lieve ingenuamente, en forma artística, lo que piensa 
y lo que siente, será un poeta moderno, ya sea ultra- 
montano ó ateo, monárquico ó republicano, idealista ó 
positivista. Si así no fuera, habría tantas doctrinas ar- 
tísticas, legítimamente exclusivistas, cuantas ideas 
diversas y opuestas se revuelven en el cerebro de esta 
desventurada humanidad. Y no es así, pues, como dice 
Renán, el arte es el Olimpo donde todas las divisiones 
acaban, donde se operan todas las reconciliaciones, 
para extasiarse en la contemplación de la belleza 
superior. 

La versificación de Menéndez es naturalmente 

5 



66 



Estudios y Artículos 



Huida, elegante y sonora, sin que jamás se advierta 
estudio, rigidez ó dificultad de ningún género. Por 
lo contrario, campea en ella cierto tono familiar y 
descuidado, sumamente ameno y de buen gusto. 
Á fuer de clásico de buena ley, es enemigo de toda 
peinada elegancia académica; de los floridos y sono- 
ros períodos que nada dicen al corazón ni á la inteli- 
gencia; en cambio, le embelesa el arte sencillo, em- 
papado de realidad humana', aun cuando se presente 
envuelto en lisa y desatada vestidura. 

Su estilo es siempre sobrio y conciso ; sus adjeti- 
vos admirablemente nuevos y pintorescos, al modo 
horaciano ; y fácil y rápido el desenvolvimiento de 
la composición. Sus formas, esbeltas, serenas y trans- 
parentes, están iluminadas por el interno fulgor de 
una mente excelsa y de un corazón efusivo. En suma, 
posee las cualidades fundamentales del verdadero cla- 
sicismo, tan olvidadas del palabreador siglo presente, 
y que él tan ardientemente ama y admira. 

En cuanto al idioma, Menéndez es uno de los que 
mejor lo conocen y manejan hoy en España. Su len- 
guaje es puro, castizo, abundante, con sabor del buen 
tiempo, sin resabios arcaicos, ni pedantescos é in- 
útiles neologismos. 

En general, puede decirse que su poesía carece aún 
de esa luz, de ese fuego que resplandece en la que 



Marcelino Menéndez y Pelayo 67 



brota del contacto directo con la vida y las pasiones. 
Y esto se explica sin menoscabo de su ingenio, por el 
género de vida que ha llevado hasta ahora. Apli- 
cado desde sus primeros años á un estudio tan sabio 
como constante, y dotado de facultades artísticas de 
primer orden, ha recibido su inspiración de sus li- 
bros, y ha convertido en poesía las ideas y afectos 
surgidos en él á impulsos de la meditación y del es- 
tudio. Lo que ha pensado es todavía mucho más de 
lo que ha sentido, y así, esa frescura, ese vigor- de 
colorido que sólo nacen del corazón y de la comuni- 
cación directa con la naturaleza, se echan general- 
mente de menos en sus por otra parte incomparables 
creaciones. Por eso cuando su alma ha sido conmo- 
vida por la muerte de un sér querido, como en la 
Elegía, ó por la terrible catástrofe de los pescadores 
de la costa cantábrica, como en la Galerna, ha sabi- 
do arrancar á la lira notas íntimas y profundas, 
mostrándosenos rico de sentimiento y colorido. 

Harto hay, pues, que esperar de él todavía. Su 
obrá será más vasta y más completa. Del que mucho 
puede, se exige mucho. Sin menoscabo de las altas 
cualidades que ahora le adornan y realzan, cobrará 
más vigor poético ; habrá en sus versos menos pen- 
samiento abstracto, y en cambio, más pintura, ma- 
yor intensidad en los afectos; y si lo que hasta hoy 



68 



Estudias y Artículos 



ha producido es admirable y digno de ser envidiado 
por privilegiados ingenios, lo que está destinado á 
realizar en adelante le llevará á las más altas cum- 
bres de la poesía lírica, sin que, por varios conceptos, 
haya en España quien pueda serle equiparado. El es- 
píritu de Menéndez y Petayo, considerado en el con- 
junto de sus vastas y diversas manifestaciones, se re- 
sume y caracteriza, fundamentalmente, con estas tres 
palabras: ingenuo, poderoso, selecto. 



iS8f . 




NOTICIA 

ACERCA DE LA VIDA Y ESCRITOS DEL POETA CATALAN 

MANUEL DE CABANYES 



" i Hélade antigua ! generosas sombras, 
" Píndaro, Homero, Sófocles, Esquilo, 
" Que nunca infieles de la Urania Venus 
" Fuisteis al puro culto, 
" Abrid del templo de las doradas puertas : 
" ¡ paso al virgen mancebo laletano 
" Que en sus hombros la túnica del genio 
" Ostenta no manchada ! " 

Menéndez y Pelayo, Oda á la memoria de 
Cabanyes. 



o puede negarse que, si no la gloria en vida, 
al menos la fama postuma es generalmente 
justa con los grandes ingenios. Mientras 
viven, la envidia, hija de la medianía, pugna por 
arrojar sombras á la luz que la deslumhra y confun- 




7 o 



Estudios y Artículos 



de; pero luego que el sepulcro los recibe, los odios y 
rivalidades se calman; la antes combatida gloria, es 
quizá por ellos mismos opuesta á las que le sobrevi- 
ven ; y el que en la tierra fuera á la vez objeto de ido- 
latría para los unos, de aborrecimiento para los 
otros, acaba por ser, más allá de la tumba, la admi- 
ración y el orgullo de todos. 

Esta regla tiene, empero, excepciones, pues talen- 
tos de primer orden, sea por las condiciones especia- 
les de su índole y carácter, sea por la circunstan- 
cias que los rodean, y el medio en que se desarrollan 
y florecen, pasan á veces casi completamente in- 
advertidos por el mundo, y tarde ó nunca llega para 
sus nombres el momento de una reparación justa y 
solemne. 

Las anteriores reflexiones vienen naturalmente á 
mi espíritu al comenzar este escrito, en el cual me 
propongo presentar á los que se tomen la molestia 
de leerlo, la noble y simpática figura de Manuel de 
Cabanyes, insigne poeta catalán, muerto desdichada- 
mente á los veinte y cinco años de edad, el año de 
1833; tan poco conocido y apreciado aún en la pe- 
nínsula misma, como digno de serlo en todas partes 
por la elevación de su alma y el mérito eminente de 
su escasos, pero admirables escritos. 

Su fama no pasa aún de un reducido número de 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 7/ 



literatos y poetas (si bien de los más autorizados que 
abriga al presente España), en tanto que no pocas 
medianías adquieren allí gloria y renombre. 

Habiendo escrito en la época de gran decadencia 
política, social y literaria que siguió con escaso in- 
térvalo al glorioso levantamiento de su nación con- 
tra los avances de Napoleón I ; cuando, apaga- 
dos los robustos y varoniles ecos de Quintana, 
que años antes conmovieran tan hondamente las 
entrañas populares, no habían aún surgido á esplen- 
dorosa vida, con la restauración liberal de 1834, 
ni las regias concepciones, impregnadas de espa- 
ñol espíritu, del Duque de Rivas, ni las expansio- 
nes ardientes de Espronceda, ni las maravillosas 
tradiciones de Zorrilla; en medio de una sociedad 
insensible á las palpitaciones del entusiasmo y á 
todo esforzado pensamiento: sólo el vacío y la in- 
diferencia debía necesariamente hallar la musa 
pura y levantada de Cabanyes, en cuyos cantos 
palpitan nobles sentimientos, generosas aspiracio- 
nes, movimientos viriles, resignadas amarguras, 
tiernos y delicados ensueños. Agréguese á todo esto, 
una vida que se extingue en el momento mismo de 
alcanzar su desarrollo completo, dejando escasos si 
sazonados frutos confiados al corazón de una madre, 
y á las manos cariñosas de algunos amigos, y no 



72 



Estudios y Artículos 



sorprenderá ya tanto el injusto olvido que pesa sobre 
el nombre de un poeta dotado de estro ardiente y de 
originalidad vigorosa, al cual, por habérsele revelado 
en toda su pureza la bella forma pagana, Grecia y 
Roma hubiéranle contado con orgullo entre sus hi- 
jos predilectos, ciñendo su frente con el laurel de 
Apolo. 

Pero aún hay otra causa, no ya de circunstancias 
exteriores, sino intrínseca, y por lo mismo duradera, 
de la impopularidad de Cabanyes. Además de la 
inspiración y de la entelequia ó forma esencial, cua- 
lidades eminentes y fundamentales, existen en poe- 
sía otras, cuyo conjunto constituye lo que se llama 
la forma externa. Tales son la rima, la sonoridad 
del verso, las galas y joyas con que se viste y adorna 
el pensamiento ya encarnado en la forma íntima. 
Ahora bien, de estas condiciones, indispensables para 
la generalidad, que necesita ser previamente sedu- 
cida por el oído para apreciar con el corazón y la ca- 
beza, carece, extremadamente, Cabanyes. Él mismo 
nos lo dice: su musa, libre como su espíritu, 

... números sonoros 
Desdeña, y rima acorde... 

Es, pues, un atleta que tiene la audacia increíble 
de presentarse desnudo, si bien con desnudez hones- 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 73 



ta, en medio de una sociedad artificial en demasía, 
pagada y adoradora de encajes primorosos y deslum- 
bradores esmaltes. Así, sólo aquellos que sepan ven- 
cer la extrañeza primera que les inspire, ó los que 
(como el autor de estas líneas) amen esa misma des- 
nudez por más cercana á la naturaleza, y por consi- 
guiente, á la verdadera poesía, podrán contemplar 
y admirar la esplendidez de sus formas y el alma 
noble y poderosa en ellas encerrada. 

Cabanyes es un poeta clásico, pero clásico por alta 
manera, y no en la acepción vulgar, y justamente 
desacreditada, de la palabra. Para juzgar, pues, con 
acierto de sus producciones, considero necesario 
dilucidar previamente qué se ha entendido antes 
yqué se entiende ahora por clasicismo, según los 
principios de la crítica moderna. Trataré de ser 
lo más conciso que me sea posible, tanto para no 
fatigar la atención del lector con una teoría que 
no es nueva [aunque tampoco antigua), como para 
hacer cuanto antes lugar á las muestras que de al- 
gunas poesías de Cabanyes deseo dar á continua- 
ción. 

Fenecido el reinado de Augusto, época dorada de 
la literatura latina, comenzó ésta á precipitarse ha- 
cia una decadencia siempre creciente, que, consumán- 
dose con el derrumbamiento del imperio romano, dió 



74 



Estudios y Artículos 



por resultado el silencio de las letras clásicas du- 
rante los siglos de la edad media. 

Las lenguas vulgares, que debían formarse de la 
mezcla del latín corrompido con los dialectos bárba- 
ro- de las razas del Norte, no habían aún salido de 
de su período de gestación, y el saber, refugiado en 
los claustros, sólo se manifestaba, en la literatura, 
por pedantescas imitaciones de la antigüedad, arti- 
ficiosas y frías, como todo lo que no participa del 
calor y la vida de la nación ó del siglo á que pertenece. 
Pero alumbran los albores de la edad moderna (muy 
de cerca precedida por Dante y el Petrarca), y con 
ellos, se produce el movimiento literario que se co- 
noce en la historia con el glorioso nombre de Rena- 
cimiento, durante el cual, no únicamente se enrique- 
cen los romances vulgares con los tesoros de las 
lenguas sabias, sino que se tiene á gala imitar, en 
poesía, los pensamientos y formas de los antiguos 
griegos y latinos. 

Como consecuencia, adquirieron las letras el buen 
gusto y la elegancia ingénitos en dichas literaturas, 
pero se excedieron en la imitación, y asociaron 
malamente á las doctrinas puras y elevadas del cris- 
tianismo, el fárrago de las mitológicas ficciones que 
formaban el alma unas veces, y siempre el molde, 
de las literaturas imitadas; sin ver que las venta- 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 75 



jas que ofrecieran á los antiguos, como derivadas 
de su creencias religiosas, no podían menos de tro- 
carse en frialdad y amaneramiento, en pueblos ilu- 
minados por tan superiores doctrinas. 

Fuerza es disculpar, sin embargo, tan trascenden- 
tal error, común á los más insignes poetas de aque- 
lla época, teniendo en cuenta la seducción que debía 
ejercer en sus ánimos la primorosa pureza de las anti- 
guas formas; y la carencia de los elementos y datos 
que hoy poseemos para saber en qué debe consistir la 
imitación, ó más bien, la apropiación de la belleza clá- 
sica, que es, como lo han reconocido los siglos todos, 
el más perfecto tipo y trasunto de la belleza artística. 

Como quiera que sea, el mal fué arraigándose 
más y más á medida que la propia inspiración se 
apagaba, contribuyendo eficazmente á lo primero, el 
código inflexible de Boileau, que, á vueltas de no 
pocos sensatos y saludables preceptos, tendía, por 
la arbitrariedad, el rigor nimio ó la inaplicabilidad 
de muchos otros, á encerrar el pensamiento en un 
círculo de hierro. 

Boileau, enamorado de la antigua fábula, en vez 
de hallar las fuentes de la poesía en la verdad del 
sentimiento y en la sencillez de la expresión, decla- 
ra categóricamente que aquélla 

Se souticnt par la Fablc, et vit de fiction. 



7<5 



Est u d ios y A rt i culos 



¡ Cuántos males ocasionados al arte por este solo 
verso dotan autorizado escritor! Así se entronizó 
en Francia lo que con tanta justicia se llamó luego 
el fseudo-clasi cismo, que hizo su literatura del siglo 
de oro, admirable sí, por el buen gusto, elegancia y 
cultura de estilo, pero artificial, académica, y sin la 
vida propia y fecunda sólo reservada á la originali- 
dad que se inspira en las palpitaciones y aromas de la 
realidad misma. 

Fué, pues, legítima y saludable, si como todas 
exajerada, la revolución romántica, que vino á derri- 
bar tan falsas y perjudiciales doctrinas; á dar al 
arte su condición esencial é indispensable : la liber- 
tad ; y á franquear á la crítica nuevos y vastos ho- 
rizontes, haciéndola penetrar en la esencia misma 
de las inspiraciones, para determinar sus móviles 
y descubrir sus tendencias, y sobre todo, para 
apreciarlas mejor en su verdadero valor estético. 
Sin embargo, antes de que tal revolución se con- 
sumase, habían ya aparecido algunos felices inge- 
nios que entendían la apropiación de muy diversa 
manera, y practicaban un clasicismo de mucho más 
alta ley. 

El pseudo-clasicismo francés pasó á España con la 
dinastía de los Borbones, aprovechándose de la espan- 
tosa decadencia á que las letras españolas llegaran 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 77 



en la primera mitad del pasado siglo. Apagado 
hasta el más débil rayo de inspiración, muerto ó 
enervado ese espíritu nacional que tan poderoso 
impulso diera á España en él para ella gloriosísimo 
siglo xvi, la poesía castellana revolcábase misera- 
blemente en el cieno de una versificación insulsa 
y chabacana, en la que ni siquiera entraba el inge- 
nioso discreteo de algunos escritores del mejor 
tiempo ; y si ensayaba remontar el vuelo, sólo conse- 
guía dar en las vanas y disparatadas metáforas de 
Góngora el malo, sin tener ni por asomo su poética 
vena. Gerardo Lobo, poeta de fama entonces, encar- 
gado por el Cabildo de la Catedral de Salamanca, 
de escribir varias composiciones con motivo de la 
colocación del Santísimo Sacramento en aquella igle- 
sia, recibió de dicha corporación las siguientes ins- 
trucciones sobre la manera como debía manejarse en 
el asunto : 

"De esta nuestra fábrica (la catedral) se pudiera 
decir que forma con sus piedras un panegírico visi- 
ble de su autor, el Cabildo de la Santa Iglesia, ima- 
ginando las figuras del mármol como figuras de retó- 
rica, hipérboles de bulto, alegorías, prosopopeyas, 
etc. 1 ' 

El poeta, por su parte, no dejó de utilizar tan ori- 
ginales lecciones, y dijo del templo, que era orador 



78 



Estudios y Artículos 



de si mismo, y que se llevaba la cátedra de la agude- 
za retorica con sus tropos, sus frases y sus figuras ; 
llamó á la cúpula, prosopopeya, y á la iglesia toda, 
sinécdoque del arte y 

Catacresis marmóreo de la gloria, 

entre otros muchos peregrinos dislates (i). 

¡ Y esto hacía un poeta á quien no podían negarse 
prendas que le hubieran granjeado merecida fama 
á haber vivido en más felices tiempos! Natural era, 
pues, que los que anhelaban por ver levantada la 
poesía de tan triste abatimiento, mirasen como pro- 
videncial la introducción en España del gusto fran- 
cés, en el cual dichosamente se hermanaban la sen- 
satez y el buen gusto. De ahí que cuando la nueva 
escuela llegó á su completa sazón, en la segunda mi- 
tad del siglo, se viese brotar esa falanje de poetas 
pseudo-clásicos, algunos de un mérito relativo bas- 
tante subido, de inspiración no muy briosa, que em- 
pezó con Meléndez Valdés, y no concluyó hasta que 
Quintana, entonando vigorosos cantos de libertad y 
patria, hizo palpitar en sus versos la España entera, 

(i) Véase el Bosquejo histórico-critico de la poesía castellana del 
siglo XVIII, por D. Leopoldo Augusto de Cueto (Académico Espa- 
ñol). 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 79 



y retempló el antiguo espíritu nacional con elocuen- 
tes y magníficos cuadros de su pasada grandeza. 

Pero en la misma Francia, aunque cual exha- 
lación fugaz que fué á perderse en los antros som- 
bríos de San Lázaro, apareció un genio extraordina- 
rio, clásico puro y genuino, que pasando casi sin ser 
notado en medio de las sangrientas borrascas de la 
revolución, ha sido luego endiosado por los mismos 
románticos. Me refiero á Andrés Chénier, á quien 
Víctor Hugo llama, el último palafrenero divino del 
Pegaso. 

Ahora bien, <en qué consiste la radical diferencia 
que se observa entre uno y otro clasicismo? Pues con- 
siste en que, mientras el primero tiende á aislarse del 
elemento popular, de sus pasiones é ideales, y, ence- 
rrando el pensamiento, como en una camisola de fuer- 
za, en las externas formas antiguas, le priva de la 
espontaneidad, y quebranta esa unión íntima é indó- 
cil al análisis que debe existir entre el fondo y la 
forma ; mientras desvirtúa la índole esencial de la 
poesía clásica, cubriendo su naturalidad y sencilla 
rustiquez, con estudiados afeites y primores de inge- 
nio: el segundo aspira á unir en acertado consorcio 
el genio antiguo con el genio moderno, infundiendo 
en nuestras formas propias y en nuestros propios 
sentimientos é ideas esa preciada esencia, ese riquí- 



So 



Estudios y Artículos 



simo espíritu de sin par belleza encerrado en los pa- 
ganos moldes. 

i Está conforme esta doctrina con los principios 
filosóficos de la estética moderna? Por mi parte, creo 
que no sólo lo está, sino que es la verdadera y per- 
fecta, pues que las obras en ella basadas, participan 
á la vez de todas las ventajas, es decir de la pureza, 
transparencia y morbidez de las formas griegas, y de 
los sublimes y arrebatados vuelos del espíritu cris- 
tiano. 

La poesía griega, expresión de un pueblo eminen- 
temente artista y sensual, contento con la vida tal 
cual la disfrutaba, y por lo mismo, exento de aspi- 
raciones ideales ; nacido bajo un cielo límpido y son- 
riente, y en campos llenos de animación y hermosura, 
que él divinizaba poblándolos de dioses y de ninfas; 
que llevaba su adoración á la hermosura plástica has- 
ta absolver por medio del Areópago ateniense á la cul- 
pada Frine, porque habiéndose rasgado sus vestiduras 
al presentarse ante sus jueces, dejó en descubierto sus 
bellísimas formas: tal poesía, digo, debía necesaria- 
mente distinguirse, y se distinguió en efecto, por el 
culto de la forma, labrada en ella con perfección tan 
grande, que apenas si ha podido ser emulada algu- 
na vez por los poetas modernos. 

Por lo contrario, el espíritu cristiano, con creen- 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 81 



cías infinitamente superiores; mirando con indife- 
rencia, y aun angustiado y sombrío, el mundo cor- 
póreo que le rodea, para elevarse á la región invisi- 
ble de sus ideales ensueños-, lleno de una vaga, pero 
profunda aspiración hacia lo infinito; debía mani- 
festarse, y se manifestó en poesía, por el culto del es- 
píritu, con menoscabo de la forma, dejándose arreba- 
tar por ambiciosos vuelos á los antiguos vedados. 

Pero como la forma es la belleza, y en consecuen- 
cia, tan esencial á la obra artística, como el fuego 
ó inspiración que animarla debe; como su gran 
secreto estriba en herir vivamente la fantasía con 
imágenes sensibles, á fin de conmover más honda- 
mente el corazón, y penetrar con más fuerza en la 
inteligencia: de ahí la razón filosófica déla combina- 
ción de uno y otro elemento, que sirve de base y 
norma al clasicismo bien entendido. 

Para ello es menester, y la repito porque conside- 
ro esta observación fundamental, no comprimir el 
pensamiento en formas externas para nosotros estre- 
chas, sino infundir en las nuestras propias el espíritu 
de las antiguas; es menester, en fin, sirviéndome de 
una expresión que ha hecho fortuna, y admirable por 
su precisión gráfica, modelar con manos cristianas 
el mármol gentílico. 

Esto fué lo que concibió Goethe, el gran pagano, 

6 



Estudios y Artículos 



cuando, en el más bello episodio de su inmortal poe- 
ma, unió con los lazos de himeneo al doctor nigro- 
mante, emblema del genio moderno, ó si se quiere, 
del germánico, con la hermosa Elena, símbolo de la 
belleza de la forma griega, consorcio del que nace 
Euforión, en quien, aludiendo á Byron, personifica 
la moderna poesía. Eso es también lo realizado ya en 
el siglo xvi por el sublime Luis de León, el cual supo 
hallar el secreto de ser original aun á través de ajus- 
tadas imitaciones; por Chénier, que expresaba esta 
misma doctrina diciendo: 

Sur des penses nouveaux, faisons des vers antiques ; 

por Swinburne, Foseólo y el espléndido Leopardi, 
cuya portentosa originalidad nada ha perdido con 
arrebatar á los griegos sus tesoros todos; y finalmen- 
te, en la literatura castellana del presente siglo, por 
el eminente crítico D. Juan Valera, en su escogida 
colección de poesías, verdadera joya literaria, por 
Menéndez y Pelayo, y por el ilustre y olvidado Ca- 
banyes, cuya individualidad poética forma el objeto 
de las presentes líneas. 

Pasemos ahora á reseñar brevemente la vida del 
malogrado poeta, cosa indispensable si hemos de 
apreciar debidamente su talento. 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 8-3 



La vida de Cabanyes fué corta pero fecunda. Con- 
sagrada toda ella á un estudio serio y constante, llegó 
en corto tiempo á reunir un caudal de conocimientos 
que rara vez alcanzan los jóvenes de su edad. El do- 
minio de las lenguas griega y latina, le abrió los te- 
soros poéticos de las literaturas modelos, y el de los 
idiomas vivos púsole en contacto con las creaciones 
del genio moderno. Aplicóse asimismo con ardor á 
la filosofía y á la historia, sin cuya base la poesía no 
es generalmente más que un vano si brillante juego 
de la imaginación, pronto á desaparecer con el último 
eco armonioso de la rima. 

Tan asiduo trabajo fué fatal á-su poco robusta na- 
turaleza, y un año después de haberse graduado en 
derecho civil, y el mismo en que obtuvo el privilegio 
de abogado de los Reales Consejos de Zaragoza, fué 
presa de una violenta tisis que en menos de dos meses 
le llevó al sepulcro. Su temprana muerte, tronchando 
en flor las risueñas esperanzas que de su ingenio sólido 
y brillante concibieran, hundió á cuantos le conocían 
y rodeaban en la más acerba desolación, que el re- 
cuerdo de sus amables virtudes, de su carácter tierno 
y apacible, á la vez que generoso y viril, no hacía más 
que aumentar. 

Poco antes de morir, reunió sus composiciones 
que más perfectas juzgaba, y las dió á la estam- 



Estudios y Artículos 



pa, en un pequeño volumen titulado, Preludios 
de mi Urdy de los cuales, descando conocerla opinión 
de dos opuestas autoridades de esc tiempo, envió á 
Hermosilla y á Quintana sendos ejemplares. El pri- 
mero, helado preceptista y crítico atrabiliario, in- 
capaz de comprender tales bellezas, no obstante creer- 
se clásico, contestó á la consulta remitiéndole un cua- 
derno con mezquinas observaciones gramaticales. No 
así Quintana, ilustre crítico, al par que gran poeta, 
quien no contento con manifestar al amigo de Ca- 
banyes de cuyas manos los recibiera, que, en su con- 
cepto, los versos del poeta catalán eran muy superio- 
res á todos los que de ese tiempo conocía, escribió al 
autor mismo, diciéndole, entre otros elogios, lo si- 
guiente: "Hallo generalmente en ellas (las poesías) 
el mérito poco común de una composición sencilla, 
juiciosa é interesante, unida á pensamientos elevados, 
sentimientos enérgicos y miras grandes y nobles'". 

Muerto Cabanyes, nadie volvió á acordarse de sus 
inspirados cantos, hasta que en 1854, el notable 
literato catalán D. Manuel Milá y Fontanals, publicó 
tres artículos en el Diario de Barcelona, bajo el título 
de Una página en la historia literaria, con el objeto 
de renovar la memoria de su esclarecido comprovin- 
ciano; y en i8 58 hízose, bajo su dirección, con el 
nombre de Producciones escogidas de Cabanyes, una 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 8$ 



reimpresión de sus Preludios, aumentados con al 
gunas poesías y fragmentos de prosa, hasta entonces 
inéditos; entre ellos, un bosquejo de Historia de 
la Filosofía, lleno de erudición, que debía quizá 
servir de plantel para un trabajo completo. Final- 
mente, en estos últimos años, el célebre literato y 
poeta español Menéndez y Pelayo, recientemente re- 
cibido en la Academia, ha hecho de Cabanyes los 
mayores elogios, escrito á su memoria una hermosa 
y bien sentida oda, á la cual pertenecen las estrofas 
que sirven de epígrafe á este ensayo, y colocádole 
en el número de sus poetas predilectos. 

Algo encerrarán, pues, de extraordinario los es- 
critos del modesto lírico, cuando, á pesar de no haber 
sido arrullados por lo que se llama aura popular, 
muchas veces injusta, siempre voluble, son hoy ob- 
jeto de profunda admiración para tan notables crí- 
ticos y poetas. 

Apuntada ya, aunque con la rapidez y economía 
requeridas por los límites que me he trazado, la teo- 
ría poética de Cabanyes ; colocado en el punto de 
vista que he estimado conveniente para juzgarle con 
conciencia; y dados algunos antecedentes sobre su 
vida: voy ya, sin más demora, á poner ante los ojos 
del lector algunas muestras de sus notables inspira- 
ciones. 



86 



Estudios y Artículos 



Entre las obras poéticas de Cabanyes, que no ex- 
ceden de veinte y dos, contando algunos cortísimos 
fragmentos de epístolas, y la traducción en verso de 
la Mit ra de Alfieri, descuellan seis ó siete de superior 
mérito, algunas de las cuales pueden considerarse 
como verdaderas obras maestras. De ellas trataré con 
preferencia. 

La primera que figura en la colección es la titu- 
lada, Independencia de la poesía. Es una especie de 
profesión de fe poética, y lleva el sello de la altiva in- 
dependencia, la feliz osadía, la originalidad y la pu- 
reza de estilo de Cabanyes. Está escrita, como casi 
todas, en verso suelto ; pues deseoso de hallar la per- 
fección griega en la forma, y confiando, por otra 
parte, en sus fuerzas de poeta y en el vigor de sus 
versos, desdeñó, según su expresión, los halagos de la 
rima. Oigámosle : 

Como una casta ruborosa virgen 
Se alza mi musa, y tímida las cuerdas 
Pulsando de su arpa solitaria, 
Suelta la voz del canto. 

Lejos ¡ profanas gentes ! No su acento 
Del placer muelle corruptor del alma 
En ritmo cadencioso hará süave 
La funesta ponzoña. 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 87 



Lejos ¡ esclavos ! lejos : no sus gracias 
Cual vuestro honor trafteanse y se venden; 
No sangri-salpicados techos de oro 
Resonarán sus versos. 

En pobre independencia, ni las iras 
De los verdugos del pensar la espantan 
De sierva á fuer; ni, meretriz impura, 
Vil metal la corrompe. 

Fiera como los montes de su patria, 
Galas desecha que maldad cobijan: 
Las cumbres vaga en desnudez honesta ; 
Mas ¡ guay de quien la ultraje ! 

Sobre sus cantos la expresión del alma 
Vuela sin arte : números sonoros 
Desdeña y rima acorde : son sus versos 
Cual su espíritu libres. 

Es imposible que á la simple lectura de estos versos 
no se impongan al espíritu la virilidad del tono, la 
osadía de las ideas, la pureza y novedad de la ex- 
presión. 

Continúa luego el poeta diciendo que sus versos, 
aunque duros, nunca cubrirán de oprobio la faz de su 
patria, como avergonzaron á Roma los del cisne de 
Ofanto, al adular á su tirano. Á este propósito men- 
ciona con elogio las odas de Horacio en que celebra 



ss 



Estudios y Artículos 



las Deidades del Olimpo y los grandes héroes ro- 
manos, diciendo elocuentemente que 

... El eco 

Del Capitolio altivo aún los nombres 
Que el dispertó, tornaba 

Del rompedor de pactos inhonestos 
Régulo, de Camilo, del gran Paulo 
De su alma, heroica pródigo, y la muerte 
De Catón generosa. 

Alas recordando en seguida sus bajas adulaciones 
á Augusto, exclama con indignación tal vez algo retó- 
rica, pero no exenta de energía, acentuada por el 
hermoso rasgo con que la composición termina: 

Mas cuando en el silencio de la noche 
Sobre lesbianas cuerdas ensayaba 
En nuevo són, del triunviro inhumano 
La envilecida loa ; 

Se oyó, se oyó (me lo revela el genio) 
Tremenda voz de sombra invindicada 
Que " ¡ Maldito, gritó, maldito seas 
" Desertor de Filipos ! 

" Tan blando acento y á la par tan torpe 
" Tuyo había de ser, que el noble hierro 
" De la patria, en sus últimos instantes 
" Lanzando feamente, 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 89 



" ¡Deshonor ! á tus pies, hijo de esclavo, 
" Confiaste la salud : ¡ maldito seas ! " 
Y la terrible maldición las ondas 
Del Tlber murmuraban. 

La segunda de sus odas es la titulada El oro, no- 
table por la robustez de los pensamientos y de la ex- 
presión, y por el buen sentido filosófico que demues- 
tra al hablar de los desastrosos efectos que en España 
produjo el oro llevado de América. Véase la primera 
estrofa, en cuyo principio puede notarse una bien 
entendida imitación del Sic te diva, de Horacio (que 
es el autor de u quien, en cuanto á la forma, más pe- 
netrado se muestra), y que remata con un rasgo de 
gran concisión y valentía : 

Pacto infame, sacrilego, 
Con el Querub precito celebrara 

Aquel que á un metal pálido 
Primero dio valor inmerecido. 

Lanzó del hondo báratro 
El rey con mano avara el dón funesto, 

Y al ver en ansia férvida 
Arrojarse el mortal á devorarlo, 

¡Ay! sonrióse el pérfido, 
¡ Feroz sonrisa ! y dijo : " El orbe es mío. ' 

Prosigue luego : 



90 



Estudios y Artículos 



Bañada en santas lágrimas 
Con velo de dolor cubrió el semblante 

La Virtud, y al Empíreo 
En alas vagarosas tendió el vuelo ■ 

¿ Qué de entonces los vínculos 
Del Deudo y la Amistad ? la sacrosanta 

Fidelidad del tálamo ? 
La fe del Juramento? la Constancia 

Burladora de despotas ? 
¿Qué de entonces las leyes generosas 

Del Honor, y en las bélicas 
Lides el Entusiasmo de la Patria ? 

Ved cómo responde él mismo á las terribles pre- 
guntas que acaba de acumular con tan sencilla elo - 
cuencia : 

¡ Prole sacra de Númenes ! 
Despareciste ; solo, único el oro 

De los hombres fué el ídolo ; 
Y á porfía en sus aras ofrecieron 

Penas, trabajos ímprobos, 
Simulada virtud, torpeza, crimen... 

¡ Sitibundos hidrópicos, 
Cuanto más beben, más en sed se abrasan ! 

Ni mitigan el ávido 
Furor cuantos mineros desde el suelo 

Nebuloso del Anglia 
A la mansión sonora de Adamástor, 

Y de las playas Indicas 
Á los campos de Luso deleitosos, 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes gi 



La tierra oculta. Incógnitas 
Regiones sueñan en su afán, las buscan, 

Y á merced de los rábidos 
Vientos y embravecida mar incierta 

Lanzan los vasos frágiles. 

Esta idea pone de improviso á su acalorada fanta- 
sía el recuerdo de la conquista de América, y por 
medio de una bellísima transición exclama amarga 
mente : 

Tú viste ufana el temerario arrojo 

De tus hijos ¡ oh Hispania ! 
Tú de sus manos recibiste altiva, 

La corona de América... 
¡ Joya fatal ! jamás te ornara, oh Madre ! 

Y en extranjeras márgenes 
De tu seno arrancados no murieran 

Por la flecha del Indio 
Y ¡ oh dolor ! por la espada de Toledo 

Tus malogrados jóvenes : 
No en daño tuyo las peruanas sierras 

En raudales mortíferos 
Del ansiado metal ríos brotaran 

Que tus campiñas opimas 
Convirtiendo cual lava abrasadora, 

En desiertas, en áridas, 
Corrieron á engrasar extrañas gentes. 

El feliz contraste del metal ansiado que brota en 



Estudios v Artículos 



mortíferos raudales, estoque maestro de los que sólo 
se encuentran en Horacio. 

Recuerda luego angustiado la guerra encendida en- 
tre España y sus colonias, y concluye esta admirable 
poesía con un cuadro animado de la tremenda lucha: 

De los Pampas al Méjico 
Un clamor : " ¡ Libertad ! " fieros arrojan, 

Y los odiosos vínculos 
En insoldables lazos quebrantados, 

En las cimas de Océano 
Hunden ¡ay ! que jamás sus presas vuelve. 

Otra de las composiciones del malogrado poeta, en 
la cual se refleja con toda fuerza su poderosa indivi- 
dualidad, es la intitulada, A mi estrella, que supe- 
ra, sin duda alguna, á la anterior. No puede darse ma- 
yor altura y dignidad, que las que Cabanyes desplie- 
ga en esta oda, estampa de su alma, revelándose 
igualmente noble como hombre y como poeta. Em- 
pieza así : 

¡ Salve, luz de mi vida, 
Guiadora gentil de mi carrera, 

Estrella mia, salve ! 
Largo tiempo mis ojos te han buscado : 

En el zafir celeste 
Clavados largo tiempo, á tus brillantes 

Hermanas preguntaron, 



Vi i 2 y escritos de Matiuel de Cabanyes, 53 



;A ! y á su toz ninguna sonreía. 

Mas tú... yo te conozco 
Y tú me escucharás, Ninfa del Éter. 

Sobre tus áureas alas 
Á tu mortal desciende que te implora. 

Y asi de su destino 

La lev sobre su frente, con un rayo 

De tu corona escribe : 
Ciencias ranas que el alma ensoberbecen 

Y el corazón corrompen, 
Favor de plebe y dones de tiranos 

Este mortal desprecia : 
Ni asesirt: ce déspota?, r.i sierv: 

Será, ni de virtudes 
Enseñador, que ultrajan los mortales. 

Ó mofan, ni de leyes, 
Artífice, que á guisa de rameras 

C:r. desden i con saña 
Miran al infeliz, y al poderoso 

Cariñosas sonríen. 
; Hambres ! pensad, mas permitid que piense : 

Dejad pasar su carro, 
Que é. ei vuestra irr pedirá que rr.srcbs. 

De vuestra fantasía 
Los ídolos amad : él nada anhela 

De lo que amáis vosotros. 
Del corazón en el altar, do tiene 

Pocas nombres inscritos. 
Arde una llama pura, inmensa, eterna : 

¡ Hombres ! ella le basta ; 
Nada quiere de tos mas que el olvido. 



94 



Estudios y Arlíctilos 



¡Qué imponente majestad! ¡Qué gran carácter! 

Nada de huecas declamaciones, nada de retórica, 
nada de retumbantes epítetos, nada del fárrago mi- 
tológico de los falsos clásicos : todo es en esta com- 
posición sobrio y severo, y las ideas y sentimientos, 
arrancando del fondo del corazón, van á conmover 
poderosamente el del lector. Pero veamos con qué 
altiva sencillez se destaca todavía la figura del poeta 
por cima del mundo y sus miserias : 

Yo lejos de los hombres 
Levantaré mi choza solitaria, 

Y mis oscuros días 
Con tu luz regiré modesta y pura. 

Del perdón en las aguas 
Me lavaré, y envuelto en mi inocencia 
Veré caer y alzarse 

Y otra vez sucumbir reyes y pueblos : 

Por altos conductores 
Veré á una arena vil viles rebaños 
Guiar de humanas fieras, 

Y apedazarse, devorarse, el alma 

Saciar de los caudillos 
Con escenas (i) de matanza y de carnaje : 

(i) Extremada es, sin duda, esta licencia para nuestra lengua, como es 
asimismo algo duro el endecasílabo siguiente; pero ¿quién que no 
pertenezca á la familia de los críticos roedores, tratándose de inspira- 
ción tan alta, parará su atención en estos y otros leves lunares? 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 95 



¡ Horrorosas contiendas 
Que encienden sólo cuantas de infierno hijas 

Rabiosas pasiones, 
Desde que existe, al universo asuelan, 

En máscaras hermosas 
Siempre velado el lúbrico semblante ! 

I Yo lo veré con llanto ! 
Pero mi pecho latirá tranquilo. 

Del Ida allá en la cumbre 
Asi al Saturnio el gran cantor nos pinta 

El áspera refriega 
Contemplando de Teucros y de Aquivos : 

Caen los héroes ; rojas 
Con la sangre las límpidas corrientes 

El Janto y Simois vuelcan ; 
La faz llorosa y suplicantes manos 

Al Olimpo dirigen 
Las Dárdanas esposas y las madres ; 

De las Deidades mismas 
El feliz corazón palpita inquieto : 

Y calma goza eterna 
El Padre de los hombres y los dioses. 

No puedo leer jamás sin encanto esta bellísima 
imagen de uno de los más sublimes cuadros de Ho- 
mero. 

Ya se habrá notado, al ver la desnudez de formas 
de estas poesías, y esa especie de crudeza homérica 
que las distingue, que su autor ha bebido en las 
fuentes originales del clasicismo, el cual nada tiene 



96 



Jíshidios y Artículos 



que ver con las empalagosas perífrasis, ni con los 
acicalamientos del que por tan largos años le usurpó 
su nombre. 

La emoción religiosa tenía también una cuerda 
sonora en la lira de Cabanyes. Prueba de ello es su 
Misa Nueva, en asclepiadeos-adónicos, una de sus 
odas más notables, si ya no es que deba ser consi- 
derada como la mejor. La forma está, como en casi to- 
das, impregnada del espíritu horaciano ; la inspira- 
ción y las ideas se han tomado del Nuevo Testamen- 
to, de cuya dulce majestad participa la composición 
entera. Así Cabanyes une, en este como en sus de- 
más cantos principales, á la celeridad, concisión y 
errátil vuelo del antiguo lirismo, y á la elevada en- 
tonación de la verdadera oda, el sentimiento moderno, 
delicado y profundo. Aun á riesgo de extender sobra- 
damente estas transcripciones, no puedo menos de co- 
piar toda esta poesía (lo que sin duda me agradecerá 
el lector), pues no me atrevo á mutilar obra tan her- 
mosa, en la cual, como no hay nada que desechar, na- 
da hay tampoco que elegir. 

¿ Quién se adelanta modesto y tímido 
Cubierto en veste fúlgido-cándida 
Al tabernáculo, mansión terrena 
De Adonaí ? 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes gj 



Es Juan, oh fieles ; es el mancebo 
Que por los trámites marchó del justo 

Y entre los impíos guardó sin mácula 

Su corazón. 

Es... ¡ Oh ! postraos : la arpa de Sólima 
Suena del templo ya por las bóvedas, 
Ya Leví entona gloriosos cánticos 
A Jehovah. 

Postraos, fieles, y vuestro espíritu 

Y vuestro acento juntad al místico 
Cantar del vate que oyó la ínclita 

Hija de Sion. 

Y al Dios ahora cantad benéfico 
Que vuestros días colma de júbilo, 
Que del amado pueblo no olvídase 
En su penar. 

¡ Ah ! no le olvida, y un hijo escógese 
Entre sus hijos, á cuya súplica, 
Cuando en los áridos campos marchítese 
La dulce vid, 



Romperá el seno de nubes túrgidas 
Y hará de lo alto descender pródiga 
Lluvia que el pecho del cultor rústico 
Consolará. 



7 



9 S 



Estudios y Artículos 



Un hijo escógese cuyas plegarias 
Tornarán mansa la eterna cólera, 
Cuando ceñido de piedra y rayo 
Asolador, 

Sobre las alas del viento lóbregas 
Volará el Justo contra los réprobos 

Y so sus plantas truenos horrísonos 

Rebramarán. 

Bien como el arco señal de calma 
Que de los montes la yerma cúspide 
Une á las altas salas espléndidas 
Do mora el sol ; 

Asi él la tierra, mansión de angustias, 
Juntará al trono de Dios ingénito 

Y humanas preces bondoso el Numen 

Escuchará. 

El, cuando presa de genios túrbidos 
El orbe gima triste agitándose, 

Y en negros odios ardan los ánimos, 

Y ansia de lid, 

La ley de vida mansa y pacífica 
Dirá que el Cristo dió á las Apóstoles, 

Y á los mortales en santos vínculos 

Hermanará. 

Oh ! de su labio las infalibles 
Dulces promesas ¡cuán grato bálsamo 
Llevan al pecho del que sin mácula 
Siempre siguió 



Vida y escritos de Manuel de Cahanyes gcj 



De la justicia las sendas ásperas ! 
Y ¡ oh ! cuál le colma de dicha célica 
El pan angélico que sus purísimas 
Manos le dan ! 

Pero de duelos nuncio terrible 
Será, y de penas y ayes sin término 
Para el protervo que apacentóse 
De iniquidad ; 

Para el frenético que allá en su rabia 
" No hay Dios" dijera, y al hombre mísero 
De un Dios imagen, cual fuera líbica 
Encadenó ; 

Bajo sus plantas cual cieno fétido 
Le conculcaba, reía bárbaro 
De sus lamentos, y con su sangre 
Mató la sed ; 

Y ¡mal pecado! cubrió sus crímenes 
Con velos santos, fingióse méritos, 
Mientras que el impio no conocía 
Ni Dios ni ley. 

¡ Señor, conviértele !... Nuestras plegarias 
Une á las tuyas, oh sacerdote, 
De los perdones celestes nuevo 
Dispensador : 

Unelas, cuando del sacrificio 
En los misterios incomprensibles 
Velado en gloria vendrá á tus brazos 
El hombre-Dios. 



/ oo 



Estudios y Artículos 



A su presencia, del arpa armónica 
Callan las cuerdas : el sacro cántico 
LevI suspende, y humilde póstrase 
El pueblo fiel. 

Entre las muchas bellezas de esta oda, la compa- 
ración del sacerdote con el arco-iris me parece de 
singular y resplandeciente hermosura. 

Debo hacer notar, á propósito de esta oda como de 
las demás, la maestría de Cabanyes en el manejo de 
los esdrújulos, uno de los principales ornamentos de 
nuestro idioma, y su tino admirable en la elección 
de los epítetos, los cuales no son en sus obras de 
los ordinarios y de troquel, sino verdaderamente 
horádanos. 

La oda titulada Colombo, en endecasílabos sueltos, 
es también notable. En ella imagina el poeta que el 
Océano, al sentirse hendido por el intrépido héroe, 
se levanta para hablarle y anunciarle el próximo 
logro de sus maravillosas concepciones. Véanse los 
primeros versos : 

Por los dudosos mares do insepultos 
Vagan aún de Atlántida los hijos, 
Iberas quillas de Liguria un hombre 
Á ignotas playas conducía : el Héroe 
Sentado en el alcázar, ya los ojos 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes 101 



AI último confín del horizonte 

Giraba, ya á las páginas del cielo. 

No era temor : ligeras, vagas dudas 

(Que siempre al débil hombre un Dios envía) 

Su corazón brumaban ; cuando el Padre 

De las ondas Océano en calma breve 

Su ventoso escuadrón encadenando, 

Agorero de bien, asi le dijo : 

" Anímate y alienta, imperturbable 

Varón : cercano estás de tu derrota 

Al fin ansiado : ¡ anímate y alienta ! 

Pronto á tu vista desdoblado el mundo 

Será : de Iberia el estandarte pronto 

Sobre Aleghany flotará y los Andes ; 

Y con temor atónito el indiano 

Del león de España escuchará el rugido. 

¡ Loor á ti, caudillo ilustre ! ¡ Excelsa 

Nación, loor á ti, que de naufragios 

Despreciadora altiva, y de la muerte, 

Á la empresa clarísima te arrojas ! 

Y luego le hace exclamar, dirigiéndose á los difa- 
madores de España : 

" Cual víbora rastrera que del suelo 
No es poderosa á levantarse, ardientes 
Ojos de muerte llenos á la Reina 
Del aire vibra en vano, y de despecho 
Silba y de rabia ; espíritus villanos, 
Ignoble raza de envidiosos pueblos 
Tachar querrán la esclarecida hazaña 



102 



Estudios y Artículos 



Que no supieron intentar, y vicios 

Achacarán de un vil aventurero 

O de un torpe soldado... á un pueblo todo, 

Con indigno placer y siempre en balde. 

Asi del sol en la órbita esplendente 

Un oscuro mortal máculas busca, 

Y en su eje de diamante fijo en tanto, 

Mares de luz en derredor esparce 

El monarca del día, y al mezquino 

Que le miró deslumbra y le confunde. 

Hacia el fin de la composición, el Océano, por me- 
dio de una feliz reticencia, deja entrever al navegante, 
que, en premio de tan estupenda hazaña, verase un 
día cargado de hierros por la envidia forjados ; pero 
interrumpiéndose inmediatamente, concluye con el 
siguiente espléndido rasgo, consuelo digno del su- 
blime genovés : 

¡ Oh Colombo ! ¡ Colombo ! de la humana 
Vida son breves las más fieras cuitas, 
Mas sigue al grande eternidad de gloria ! 

La titulada A Cintio, de carácter íntimo, nos 
mostrará otra faz del poeta, en la cual no es me- 
nos feliz que en las anteriores. Hé aquí algunos tro- 
zos que dejan percibir un sentimiento tierno y bas- 
tante amargo : 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes ioj 



¡ A y ! de mi triste juventud, oh Cintio, 
¡ Cuál se arrastran inútiles los días 

Y sin placer ! Un tiempo de la gloria 
La brillante fantasma, su amargura 
Con esperanzas halagó mentidas : 
Tal, centella fugaz, artificiosa, 
Lanzada entre las sombras de la noche, 
Al inocente rapazuelo alegra, 

Y sus lágrimas calma mientras brilla : 
Mucre, y el lloro torna. 

Esta comparación compite en verdad, gracia y can- 
dorosa sencillez, con la bellísima donde Homero 
compara la facilidad con que Apolo, al frente de las 
troyanas huestes, derribó la muralla que los Aquivos 
construyeran cerca de sus naves, al 

... rapaz que en inocente juego 
Á la orilla del mar, de leve arena, 
Un valladar levanta, y con la mano 

Y los pies luego le derriba y rie. 

(Ilíada, libro XV, trad. de Hermosilla). 

Más adelante sigue Cabanyes : 

¿ De que, Cintio, sirvió qué esta existencia 
Del hondo caos la quietud dejase ? 
¿ Y á qué mi puro espíritu sucias carnes 
Vestir, y por veredas retorcidas, 



104 



Estudios y Artículos 



De bandidos sembradas y de monstruos, 

Buscar la patria y primitivo origen ? 

Amapola de vida momentánea 

La frente saca de la tierra un punto ; 

Viene el arado del gañán, la troncha, 

Y deja de existir. Gota lanzada 

Del matinal roció en la corriente 

Del Orinoco, á las inmensas ondas 

¿ De qué sirve ? Arrastrada á la par de ellas 

Irá á morir sin pro y desconocida. 

Breves y oscuros de la tierra al seno 

Así mis días correrán llevados : 

Sobre mi huesa la espinosa zarza 

Como antes crecerá, y el viajero 

Proseguirá sin percibir mis huellas. 



Pero ¿ qué importa ? ¿ Y piensas tú que envidio 

La suerte yo de aquellos que, ufanoso, 

Para divinizar el propio fango, 

El mortal á los cielos encarama? 

¡ Oh Cintio ! en su memoria embebecida 

No hace nada, lamente, sus ruidosas 

Acciones recordaba, y yo el hinojo 

Iba casi á doblar para adorarlos ; 

Cuando, " ¡ Detente ! en cariñoso acento 

Mi Genio me gritó : detén y escucha. 

Irremediable enfermo, trabajado 

De antiguos males es el mundo, y busca 

Medicamento en vano á sus dolencias. 

De su dolor en el angosto lecho, 

Manando podre y la razón furiosa, 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes ios 



Se agita, se carcome, se consume 

Revolcándose : ya en blasfemia impía 

Con labio inmundo al Eternal insulta, 

Ya humilde, arrepentido, prosternado, 

Demanda su piedad : ora á la fuerza 

Se abandona del mal sin esperanzas, 

Ora la ciencia de mentidos sabios 

Invoca. . . ¡ Oh sin ventura ! Á luengo agudo 

Padecer condenado, del momento 

Que inobediente de su Dios el hombre 

Fué al mandato primero, hasta el instante 

En que á la nada la creación tornando, 

Dirá la voz del Infalible : Basta. 

Ve aquí la eterna ley, y contra de ella. 

De esa estúpida chusma envilocida 

(Que por un pan de oprobio el honor suyo 

Vende, y su vida miserable) el vicio, 

La ignorancia y maldad es tan inútil 

Como del Macedonio las victorias, 

Los sueños de Platón y el celebrado 

Pensamiento de aquel que á los planetas 

Hizo danzar á guisa de la poma 

Que sus narices aplastó cayerído. " 

Dijo, y finió sus últimas razones 
Con risa estrepitosa : yo aturdido, 
Bien fuese de dolor ó de despecho, 
Bien de placer, humedecido el rostro 
Con el llanto sentí que derramaba. 



Rindió Cabanyes tributo, en esta composición, a 



Estudios y Artículos 



esa poesía del desaliento que tanta boga logró años 
atrás, en la que tan especial y extraordinariamente 
sobresalió Leopardi, y á la que pocos dejan de sen- 
tirse inclinados al contemplar la interminable rueda 
de las humanas miserias ; pero su tono no es el de 
la desesperación que maldice, sino el de la resigna- 
ción que consuela. 

La encantadora poesía amatoria A... no dudo 
será tenida por muchos, y quizá no sin razón, en 
concepto de la mejor. El sentimiento profundo, su 
suave y á la vez amarga melancolía : la originalidad, 
la dignidad, la pureza y la delicadeza incomparable 
de la expresión, la hacen, en mi sentir, una de las 
más tersas y hermosas poesías eróticas de la lírica 
española. La transcribo íntegra : 

Perdón, celeste Virgen, 

Si á tus honestos labios 
Arrebaté de amor costoso un si : 

Si á tu inocente pecho, 

Si á tus sueños tranquilos 
Turbé la calma plácida, perdón. 

Yo te adoré : y un ara 

De purísimo culto 
En el seno del alma te erigí : 

Que ni mi ardiente boca, 

Ni mis ojos de fuego, 
Ni un pensamiento vago profanó. 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes ioj 



\ Yo te adoré á ti sola ! 

Y ledo ya tejía 

Nupcial corona para orlar tu sien : 
Mas de repente en punzas, 
En punzas venenosas 

Vi tornarse en mis manos cada flor. 

¡ Lejos, fatal guirnalda ! 

De la dicha renuncio, 
Si al bien que adoro llanto ha de costar ; 

De mi dolor el cáliz 

Apuraré yo solo : 
Sé tú feliz ¡ oh amada ! y pene yo. 

¡ Sé tu feliz !... del pecho 
La infausta imagen borra 
De quien más que amador tu amigo fué : 

Y en urna funeraria 
La triste llama ahoga, 

Llama primera que en tu seno ardió. 

Sin una pobre choza, 
Sin un árbol antiguo 
Á cuya sombra el cuerpo adormecer, 
Yo arrastraré mi vida 
Como torrente inútil 
Entre jaras y breñas corre al mar. 

Mas solitario, errante 
Entre agitadas olas, 
So el templo santo, en desperada lid, 



Estudios y Artículos 



\ Oh Virgen ! donde quiera 
Al ánima afligida 
Dulzura tus memorias llevarán. 

Y cuando al fin mi espíritu 
Las odiadas cadenas 

Rompa que le atan á la arcilla vil ; 

Y sus alas despliegue, 

Y á volar se aperciba 

Á la eterna mansión del Sumo Bien ; 

¡ Angel mió ! en los coros 
Yo esperaré encontrarte 
Que himnos santos entonan al Señor; 

Y á tan plácida idea, 
Sobre el muricntc labio 

Sonrisa celestial florecerá. 

Cierto estoy de que no habrá un solo corazón for- 
mado para la poesía, que no se deje seducir por el 
encanto de estos dulcísimos versos. 

Hay otras poesías, no tan acabadas, pero en todas 
ellas brillan á cada instante relámpagos vivísimos de 
inspiración. Por ejemplo, la oda al Cólera morbo 
asiático, bella en conjunto, concluye con estas dos 
hermosas estrofas, aludiendo á la guerra de Por- 
tugal : 

¡ Crimen ! jlnfando crimen ! Una el habla, 
Unas las aras son : corre la sangre 
De un padre por las venas 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes iog 



De los dos contendores, 
Y una mujer en su materno gremio 
¡ Ay ! con dolor á entrambos concibiera. 

¡ Nudos bellos de amor ! Al golpe horrible 
Del hierro fratricida rotos caen : 

Se estremece Natura, 

j Ay ! ¿ y las ves ? Ya aullando 
Sobre tus torres, oh Ulysea, vagan 
Las furias del Montiel y las de Tebas. 

En la oda titulada El Estío, hay una apostrofe al 
Sol, digna de notarse. Á pesar de habérsele dirigido 
ya tantos versos por excelentes poetas, Cabanyes ha 
sabido encontrar para el astro-rey ideas tan nuevas 
como briosas. Obsérvese la plenitud y arranque lírico 
de las siguientes estrofas: 

¡ Astro mayor del firmamento, salve, 
Desparcidor de tempestades, fuente 
De luz, amor del mundo ! 
Sobre los cerros patrios 
Hijo yo del ardiente mediodía 
Vengo á adorarte ¡ oh Sol ! y en ti me gozo . 

¡ Divinidad ! de esos ardientes rayos 
Inspiradores de entusiasmo y vida 
¿ Por qué al poder inmenso 
Las testas de los héroes 
Lozanas otra vez no resucitan 
Como el fresco botón de la azucena? 



1 lO 



lisiadlos y Artículos 



Y las que yacen en silencio antiguo 
Ciudades de alto nombre entre rüinas, 
¿Por qué otra vez sus torres 

Y gigantes murallas, 

Cual de hojas nuevas pirenaico abeto, 
De activa muchedumbre no coronan ? 

¡ Qué patética solemnidad en los dos primeros ver- 
sos de esta última estrofa ! 

Enumera luego rápidamente los grandes imperios 
derrumbados al impulso incontrastable del tiempo, y, 
refiriéndose á Roma, exclama severamente : 

A esclavitud, asolación y muerte, 
j Oh Roma ! condenada desde el punto 
Que la virtud antigua 

Y severas costumbres 
Mofando, el oro y fútiles arreos 
Cual sierva persiana apeteciste. 

Hacia ti con deseos criminales 
La su vista de águila volviera 

Entonces de las Galias 

El domador, cual mira 
Hambriento azor de la región del éter 
La que va á devorar tímida garza. 

Vuelve luego á su asunto primero : 

j Astro del Orion ! Hermoso brillas 
En las noches de otoño, mas tu lumbre, 
Nuncia de tempestades, 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes m 



Llena de luto el alma 
Del labrador, que en tomo al duro lecho 
Enjambre ve de nudos parvulillos. 

Bellísima expresión, y tierna y encantadora ima- 
gen. 

Recordando en seguida los funestos presagios que 
precedieron á la caída de la república en Roma, to- 
ma pie de ahí para trazar un animado é imponente 
cuadro de ella. Júzguese por las siguientes rápidas 
pinceladas : 

¡ Consternación ! ! ! Desatentada inunda 
La ítala gente la ciudad eterna ; 
Los padres la abandonan, 
Y el héroe en quien su amparo 
Creyó encontrar. " ¡ Huyamos!... do los libres 
Allí Roma estará y allí la patria. " 

Mas ¡ ay de mi ! los libres han caldo ! 
Cual rápido huracán impetüoso, 
Desde tu amena margen, 
Oh Segre, á las comarcas 
Tésalas vuela el dictador impío, 
Y victoria fatal sigue sus huellas. 



Fué entonces cuando la indomada frente, 
Con la corona universal ceñida, 
Roma humillara al yugo : 



112 



Estudios y Artículos 



Lo vió vengada Grecia, 
Y un grito alzó de júbilo, que el eco 
Repitió de Numancia en las rüinas. 

Entonces, de gloriosa muerte huyendo, 
Muerte halló infame el adalid vencido ; 



Y esclavo prosternóse el orbe todo : 
Mas no Catón... 



Ni un solo acento pronunció : brumaban 
Ideas de dolor su alma sublime. 



Y á su destino obedeció... Y en balde 
Pensó el Liberticida entre la turba 

Verle de sus esclavos : 

En balde, que al implo 
Soberano poder da acaso el Numen, 
Pero el imperio de las almas nunca. 

De esta manera, y por medio de rápidas transicio- 
nes nos lleva el autor á través de un bellísimo des- 
orden hasta el fin de la oda. 

Hay entre las composiciones menores de Caba- 
nyes una canción á la luna, de mucho menor impor- 
tancia que las anteriores ; pero en la cual, no obs- 
tante, resplandecen la dulzura de sentimiento, la sen- 
cillez y pureza de estilo del poeta, y es una de las 
escasísimas aconsonantadas de la colección. Toda ella 



Vida y escritos de Manuel de Cabanyes ny 



parece iluminada por el suave y melancólico fulgor 
del astro nocturno. Empieza así : 

j Cuán dulces llegan al alma 
Tus rayos, oh de la noche 
Reina hermosa, 
Mientras por el cielo en calma 
Llevas tu argentado coche 
Silenciosa ! 

Dotó la naturaleza á Cabanyes de todas las cua- 
lidades fundamentales del verdadero poeta : inspira- 
ción alta y briosa, alma profundamente sensible, ima- 
ginación arrebatada y brillante, razón clara y sere- 
na ; y él desarrolló y coronó estas dotes con tenaz y 
consciente estudio, bebiendo en las purísimas fuen- 
tes de la antigüedad lo que hay en ellas de eterno, 
y desechando lo que envejece y caduca. En ellas 
aprendió á ser sobrio y severo, limpio y conciso, va- 
rio y flexible ; y uniendo al libre vuelo de la inspi- 
ración, el culto y el esmero de la forma interna, llegó 
á dar á sus creaciones los requisitos esenciales del 
verdadero lirismo. No es esto decir que sus obras 
no tengan defectos : temerario fuera el afirmar- 
lo. Los tienen, sin duda (especialmente en lo que 
se refiere á la expresión, á veces áspera, indócil, inar- 
mónica), pero no sólo escasísimos, si con sus bellezas 

8 



1 14 



Estudios y Artículos 



se comparan ; no sólo se ve patente que son más bien 
ocasionados por un exceso de fuego y osadía, sino 
que reclaman especial indulgencia, á causa del corto 
plazo concedido a los días del autor, i Qué no hu- 
biera hecho, en efecto, tan preclaro ingenio á haber 
alcanzado más avanzada edad ? 

Por mi parte, después de haber tributado á la 
memoria del poeta el homenaje de la admiración y 
simpatía que desde el primer instante me inspira- 
ron sus cantos, y la noble sencillez de su carácter, 
en ellos reflejada, sólo me resta hacer votos porque 
sean saboreados y estudiados por la nueva genera- 
ción literaria que en nuestra escena aparece, pues no 
ha sido otro el móvil que me ha guiado al empren- 
der este pequeño trabajo. ¡ Ojalá pueda contribuir 
también de esa manera á que, cual otro Andrés Ché- 
nier, llegue para Cabanyes el momento de una repa- 
ración solemne, que ciñendo su memoria con la au- 
reola de la inmortalidad, demuestre todavía una vez 
la verdad del hermoso pensamiento con que termina 
su canto á Colón : 

¡ Oh Colombo ! ¡ Colombo ! De la humana 
Vida son breves las más fieras cuitas, 
Mas sigue al grande eternidad de gloria 



i88r. 



CARLOS GUIDO y SPANO 




lguno de Vds. (hablo con mis lectores, 
pues yo también me doy el lujo de tener- 
los), cansado y fastidiado del mundanal 



ruido; del violento choque de pasiones las más 
veces bastardas, aunque se vistan de otra cosa ; del 
caldeado ambiente de la política; del prosaísmo abru- 
mador del comercio, etc., etc., anhela, poseedor de 
generoso y levantado espíritu, penetrar en un mun- 
do superior (se entiende, sin salir del nuestro), rico 
de imágenes puras y lozanas, donde la razón, no por 
fría, sino por alta, es serena, y donde todo es luz, fres- 
cura y armonía ? 

Si es así, tengo la galantería de invitarle á un 
pequeño paseo hacia morada tan bella y deleito- 
sa. No hay que ir muy lejos (cuando más, hasta la 
librería de Igón). 



Estudios y Artículos 



i Vamos ? Pues andando. 

Ya se me figura que diviso la fachada. ¿Qué ins- 
cripción tiene? 

— Patri carissimo. Héla ahí. 

Todo es entrar, y ya se siente uno fresco y tran- 
quilo. Vea Vd., esto parece mansión de hadas. 

No hay planta bella ó flor aromática que aquí no 
se hallen para encantarnos con su esbeltez ó embria- 
garnos con su perfume. Rosas, mirtos, azahares, 
lirios del valle, gomas olorosas, aromas orientales: 
todo se mezcla y se confunde en la atmósfera y pro- 
duce un ambiente que trasciende á gloria. Raudales 
frescos y limpios corren por entre elegantísimas pal- 
meras, las cuales, al verlos pasar, cimbrean graciosa- 
mente sus copas, no tanto por saludarlos, como por 
contemplarse en sus aguas transparentes con una 
especie de vanidoso alarde. Aquí y allá vense, en 
artístico desorden esparcidas, estatuas de admirable 
hermosura, de líneas puras y correctísimas, de ar- 
moniosas proporciones ; y por cima de este paraíso 
encantador, resplandece un sol de perenne primavera, 
cuya lumbre, ni muy ardiente, ni muy pálida, pene- 
trando por entre el follaje, va á reverberar en las 
ondas como puñados de brillantes. 

Pero no todo es luz y alegría. Hacia un extremo del 
jardín, la oscuridad atenúa un tanto los risueños coló- 



Carlos Guido y Spano 



n 7 



res del cuadro, y aun pueden verse algunas tumbas, 
triste y melancólicamente acariciadas por la sombra 
de un ciprés... 

— ¿No oye Vd. ? Parece que anda alguien. Siento 
pasos ligeros y menudos. Sin duda es una hada ó una 
ondina; quizá una ninfa. Veamos. 

¡Hola! ¡Hermosa joven! ¡Qué gallardía en el an- 
dar! ¡Qué gracia en sus movimientos! Tiene verdade- 
mente una figura artística. 

Dos grandes trenzas la caen al descuido por la es- 
palda; lleva en ellas una flor graciosamente prendida; 
su traje es sencillo, pero de gusto exquisito; su fren- 
te alta y despejada; su mirada... pero mirémosla 
bien antes de hablar de ella. 

Su mirar es apacible, y manifiesta una alma tierna 
y pudorosa. La pasión no es, sin duda, en ella 
fuego impetuoso que incendia y devora, sino calor 
dulce que reanima y fortifica ; y si el dolor la cau- 
tiva, en vez de hacerla revolcar por el suelo, me- 
sándose los cabellos, se desprenderá de sus pupilas 
en forma de resignada lágrima, en la cual la luz 
se quiebre en mil suaves matices, sin que ello 
indique una naturaleza fría, sino más bien una or- 
ganización demasiado artística y delicada para es- 
forzar su garganta y descomponer su rostro con los 
arrebatos violentos de intemperantes pasiones. La 



Estudios y Artículos 



vida es para ella hermosa y apetecible, porque, con el 
reflejo de su propio interno ser, la contempla ceñida 
de luz y de armonía. 

Ya que Vd., lector amigo, ha querido acompañar- 
me en este viaje á mundo tan adorable, quizá no 
tomará á mal que le relate, siquiera sea ligeramente, 
la historia ó leyenda extraordinaria que, respecto de 
esa joven que ve Vd. ahí, corre de boca en boca. 

Ha de saber Vd., pues, que según dicen, esta sin- 
gular hermosura vio la luz en una de las comarcas 
más sonrientes de la antigua Grecia, de donde, muy 
joven todavía se dirigió al Oriente. Roció allí sus 
cabellos y vestidos con la más preciada esencia de sus 
exquisitos perfumes, y trabando ternísimas relacio- 
nes — ¿con quién dirá Vd.? — pues con la Sulamita 
del Cantar de los Cantares, recibió de ella, en pren- 
da de inmortal cariño, aquel suavísimo nardo que 
despedía su olor en presencia del amado. Se agrega 
que, enamorada más tarde de la sonora lengua de 
Cervantes, se trasladó á las riberas del Tajo y del Be- 
tis, donde aprendió á manejarla con extraordinaria 
gracia y gallardía. Arribó luego á Francia (patria 
del buen gusto, si no del genio), y allí es fama que le 
placía sobremanera vestirse con las graciosas y lige- 
ras túnicas tan apreciadas en el país. Quiso también 
conocer á Italia, y en ella halló una segunda patria, 



Carlos Guido y Spano ng 



dulce y amorosa, que bañó su espíritu en las melo- 
días de sus cantos y el esplendor de su cielo. Por fin, 
cansada de tanto andar, decidió venir á establecerse 
definitivamente en esta nuestra hermosa y rica tie- 
rra, en la cual ha fabricado su aéreo palacio, ador- 
nándolo con todos los tesoros en tan sabia peregrina- 
ción acumulados, y haciéndo brotar en él, como por 
encanto, con verdadero entendimiento de hermosura, 
las fuentes, las plantas y las flores que ahora con- 
templa Vd. admirado y embebecido. 

Y diga Vd., señor hablador, ¿se sabe quién es esa 
peregrina joven? 

— Sí, señor ; esa joven es : la Musa de Carlos 
Guido y Spano. 



Enero, 1882. 



"EN LA RIBERA 




ausa profunda tristeza en todo ánimo aman- 
te de algo superior al oro y los ferro-carri- 
les, la indiferencia con que son acogidas las 



mejores producciones de nuestros poetas, las cuales, 
en unión nefanda con los más insípidos abortos de 
cualquier coplero, pasan por nuestros periódicos y 
revistas sin dejar tras de sí la más ligera huella. En 
esta por irrisión llamada Atenas del Plata, donde 
se arma grande alboroto por las cosas más huecas é 
insignificantes, no se levanta una voz (si no hay al- 
guna amistad ó fiesta pública de por medio) para se- 
ñalar á la admiración general las escasísimas produc- 
ciones que, descollando sobre las detestables ó media- 
nas que donde quiera se encuentran, son verdadera- 
mente dignas de incorporarse al cuerpo jóven, aun- 
que harto débil y enfermizo de nuestra literatura. 



122 



Esludios y Artículos 



Digo esto porque da grima y vergüenza que aquí, 
donde tanta declamación tiene su asiento, y tanto 
desatino su apología, pasen totalmente inadvertidas 
poesías que, como la titulada En la ribera, de Rafael 
Obligado, recientemente publicada en la Ilustración 
Argentina, reúnen prendas tales de delicadeza, na- 
turalidad é intensidad de afectos, que en cualquiera 
otra parte que no fuera esta fría, prosaica y ceremo- 
niosa ciudad de Buenos Aires, llamarían vivamente 
la atención de las personas entendidas. 

Otra razón hay, además, para que esta poesía pase 
como obra de escasos quilates entre nosotros, y es 
el extravío de nuestros gustos literarios, el cual, aun- 
que variando de formas, parece como que nos tuvie- 
se especial predilección y cariño. En efecto, del 
extravío pseudo-clásico de los tiempos de nuestra 
emancipación, pasamos al extravío romántico, y de 
éste, al extravío francés-naturalista de nuestros 
días. Y entre tanto, ¡ qué raras veces ha brotado en 
suelo argentino la planta fresca y lozana de la ver- 
dadera poesía, sin escolásticos amaneramientos, sin 
desgreñamientos licenciosos, sin pálidas y timoratas 
meticulosidades; pura, ingenua, sosegada y sencilla 
como la naturaleza! En cambio, ¡cuánto énfasis, 
cuánta bambolla, cuánto oropel, cuánta palabrería, 
cuánta falta de sentido estético ! 



En la ribera 



123 



Por eso el espíritu se dilata y embelesa con los 
dulces é ingenuos afectos que manan naturalmente 
de En la Ribera, como onda cristalina del es- 
condido manantial. Al leerla, yo me he sentido 
transportado á los tiempos felicísimos en que la poe- 
sía no se empleaba en resolver áridos problemas de 
filosofía, ni en balumbas políticas, ni en dar leccio- 
nes de catecismo, ni en combatir á los frailes : cosas 
todas, yo no lo dudo un instante, inspiradas por la 
Musa de la Decrepitud, pintarrajeada con colorete y 
albayalde; sino en la clara y limpia expresión de 
los afectos é imágenes; en la pintura de la natu- 
raleza, siempre varia en cuanto es siempre diversa- 
mente sentida ; y en recorrer artísticamente las fases 
complementarias de la naturaleza humana, ora hun- 
diéndose en las entrañas de la realidad, que arraiga 
en la tierra, como Shakspeare, ora, como el celeste 
Luis de León, alzándose al idealismo hasta tocar las 
estrellas. 

Tiempo es ya, por Dios, de desnudar á la poesía 
de tanto artificio, de tanto sentimiento retorcido y 
archi-culto, escondido en no sé qué repliegue del 
corazón, y de tantos ataques epilépticos que viciosa- 
mente nos hemos acostumbrado á tomar por inspira- 
dos y pindáricos vuelos. 

El arrebato violento é intemperante con que se 



I2 4 



Estudios y Artículos 



manifiestan los afectos (sobre todo, los tiernos) pro- 
duce casi siempre un efecto contrario al que se pre- 
sume, pues en vez de creerlos profundos y honda- 
mente arraigados en el alma, se nos imaginan el 
resultado de una ofuscación momentánea del poeta. 
Por lo contrario, la serenidad de expresión nos su- 
giere le idea de lo permanente y profundamente sen- 
tido. Así, no hay apostrofe desmandada y fulmi- 
nante que alcance á producirnos la impresión de los 
fúnebres y tranquilos versos en que Leopardi in- 
voca á la muerte como á una dulce y consoladora 
amiga 

Ahora bien, esto es lo que caracteriza la exquisita 
poesía de Obligado, de que quiero dar una idea. 
Emana de ella un sentimiento íntimo, vehemente, 
dulcísimo, engarzado en expresiones ingenuas, sen- 
cillas y naturales. Á esto se agrega un sabor bíblico 
delicioso, en nada amanerado, como que no proviene 
de fría imitación, sino de la índole ygenio del poeta. 
Por muchos conceptos es Obligado digno de enco- 
mio; pero lo que más le realza á mis ojos es el 
hermosísimo é inapreciable dictado de sencillo, que, 
entre los poetas argentinos, sólo comparte con Guido 
y Coronado. Esa es, en el arte, la cumbre de la 
montaña: mandar los veneros de la inspiración por 
el cauce de la sencillez y de la naturalidad. 



En la ribera 



Cuente otro los defectos, si los tiene, que mucho lo 
dudo, de esta poesía amatoria. Muy más grata será 
mi tarea : la de señalar al lector algunas de sus abun- 
dantes bellezas, para que si tiene la desgracia de no 
haberla leído, se apresure á hacerlo, seguro de que 
me lo agradecerá sinceramente. 

El asunto (¡escandalícense los sesudos y graves 
trascendent alistas ! ) no es más que un coloquio amo- 
roso á orillas del Paraná. Pero ¡ qué partido sabe 
sacar de él el poeta ! ¡ Cómo se unen y entretejen en 
su corazón el amor de la naturaleza y el amor huma- 
no ! Por eso su amada le parece más bella á la mar- 
gen de su río predilecto, y éste, y la naturaleza toda, 
mucho más hermosa y encendida con la presencia 
de su amada; y exclama. 

¡ Oh, cuánto eres hermosa, 
Mi amada, en este sitio ! 
Sólo por ti, y á reflejar tu frente, 
Corriendo baja el Paraná tranquilo. 

Versos divinos, llenos de esa armonía interna é 
inefable, patrimonio exclusivo de los verdaderos poe- 
tas, que no se sabe donde está precisamente, pero que 
se desprende de sus cantos como un efluvio miste- 
rioso. Si estos versos no superan á aquellos encan- 
tadores de León, en su incomparable Vida retirada, 



I2Ó 



lislitdiosy Artículos 



cuando al pintar el huerto plantado por su mano en 
la ladera del monte, dice : 

Y como codiciosa 
Por ver y acrecentar su hermosura, 
Desde la cumbre airosa 
Una fontana pura 

Hasta llegar corriendo se apresura ; 

puédese, al menos, afirmar que son dignos de equi- 
pararse con ellos, y que aquel altísimo y soberano 
poeta se hubiera regocijado en reconocerlos por 
suyos. 

Agrega en seguida : 

Para besar tu huella 
Fué siempre tan sumiso, 
Que, en viéndote llegar, hasta la playa 
Manda sus olas sin hacer rüido. 

Este último verso es insuperable : corre realmente 
como una ola mansa y tranquila, <j Quién que no 
sintiese íntimamente la naturaleza podría pintarla 
de esa manera ? 

Por eso, porque te ama, 
Somos grandes amigos ; 
Luego, sabe decirte aquellas cosas 
Que nunca brotan de los labios m ios. 



En la ribera i2j 



Yo no sé que puedan expresarse afectos tiernos de 
una manera más suave é intensa á la vez. Esto, ó 
mucho me engaño, ó es la esencia misma de la poe- 
sía, sin afeite ni disfraz de ningún género. Véase 
ahora la delicada y cariñosa observación de la na- 
turaleza, y la íntima unión, antes señalada, de ésta 
con la pasión que le domina : 

El año que tú faltas, 
La flor de sus seibos, 
Como cansada de esperar tus sienes, 
Cuelga sus ramos de carmín marchitos. 

Por la tersa corriente, 
Risueños y furtivos, 
Como sueltas guirnaldas, no navegan 
Los verdes camalotes florecidos. 



Pero llegas... y el agua, 

El bosque, el cielo mismo, 

Es como una explosión de mil colores, 

Y el aire rompe en sonorosos himnos. 

Estrofa admirable y verdaderamente regia, en su 
exquisita simplicidad. 

Busca luego el poeta una comparación con que ex- 
plicar esta luz, esta vida de que se reviste la natura- 
leza al acercarse su amada, y la encuentra felicí- 
sima : 



128 



lisliidios y Artículos 



Asi la Primavera, 
Del trópico vecino 

Desciende, y canta, repartiendo flores, 

Y colgando en las vides los racimos. 

Prosigue más adelante : 

¡ Cual suenan gratamente, 
Acordes, en un ritmo, 
Del agua el melancólico murmullo, 

Y el leve susurrar de tu vestido ! 

¡ Oh, si me fuera dado 
Guardar en mis oidos 
Para siempre, esta música del alma, 
Esta unión de tu sér y de mis rios 1 . . 

No sé si el poeta la habrá conservado como deseaba, 
aunque lo presumo ; pero sí afirmo que la música 
del alma de que estos versos están impregnados, no 
se borrará jamás del corazón de quien una vez los 
haya saboreado. 

¡ Es que el amor es dueño 
De todo paraíso ! 
¡ Es que toda belleza de la tierra 
Es un fragmento del Edén perdido ! 

Á medida que el poeta avanza en la expresión de 
sus sentimientos, va encendiéndose más y más en 



En la ribera 



I2Q 



ellos mismos, y ya en el éxtasis del amor, exclama 
vehementemente, con esa repetición nerviosa y en di- 
versas formas, propia del que desea con ardor lo 
que pide y teme no alcanzar nunca : 

¡ Amame, no me olvides, 
Amame con delirio ; 
Bésame con el beso de tus labios, 
Como la esposa del cantar divino ! 

Y luego, ya más confiado y sereno : 

Yo guardaré el secreto, 
Lo guardará este asilo, 
Donde, ingenuas, se besan las palomas 
Ante la augusta majestad del río. 

Rasgo ternísimo, que ofrece un contraste altamen- 
te poético. ¡ Estos son versos, esta es poesía ! 

¡Ah! si en vez de tanta hueca armonía de palabras, 
de tanta vana disputa, de tanta enfática y pedantes- 
ca metafísica, hablase más á menudo la poesía este 
lenguaje puro y sencillo del alma, qué realce, qué 
gloria para nuestras letras ! Vosotros, jóvenes que 
hacéis las primeras armas en las lides del arte, 
apresuraos á despojaros de todos esos falsos y des- 
lumbrantes ropajes ; huid, tanto por lo menos como 
de la Arcadia y sus pastores, de esa seca y árida pro- 

9 



Estudios y Artículos 



sa versificada que pretende cubrirse con el pomposo 
manto de poesía trascendental ; y si aspiráis á de- 
ar iras de vosotros algo duradero y fecundo, seguid, 
seguid el sendero que os señala la preciosa composi- 
ción que ha sido objeto de estas líneas, seguros de 
llegar con paso rápido á la escondida región de la 
eterna y verdadera poesía. 



Febrero, 1883. 




& íf&S th¿& Zr£$ 



"EL HAZ DE LEÑA" 



REPRESENTACIÓN DE RAFAEL CALVO. 



La verdad humana, por el mero 
hecho de serlo, aunque exterior- 
mente parezca prosaica, es más 
poética que toda ficción ; pero lo es 
solamente para quien sabe leer la 
poesía que hay en el fondo de lo 
que parece más insignificante y 
trivial. 

(Menéndez y Pelayo) 



Anteanoche volvió á presentarse en nuestra escena 
el distinguido actor español señor don Rafael Calvo, 
con la compañía que dirige. Cumplo con el deber 
de saludarle, felicitándome a la vez por la nueva 
ocasión que nos ofrece de admirar su talento y los 
inagotables tesoros del teatro español antiguo y 



Estudios y Artículos 



moderno. La obra elegida para el estreno ha sido 
El Haz de leña, de Núñez de Arce. Digamos algunas 
palabras á su respecto. 

El Haz de leña es un drama histórico basado en 
las desavenencias entre Felipe II y su hijo el prínci- 
pe don Carlos. Como se ve, el tema no es nuevo, 
ni mucho menos. Tratáronlo, entre otros, Quintana, 
en su fantasía titulada El Panteón del Escorial, 
Schiller, en su drama Don Carlos, y Alíieri, en su 
Philippo. ¡Pero de cuan diversa manera! Entre 
éstos y la obra del eminente poeta español contem- 
poráneo, media el abismo que separa lo falso de la 
verdad. 

Que Felipe II ha sido odiosamente calumniado por 
sus enemigos contemporáneos y postumos, cosa es 
que no puede ponerse en duda. Siendo Felipe el 
representante más acabado y grande del régimen 
derrumbado á fines del pasado siglo, los sostenedo- 
res de las ideas revolucionarias, y en pos de ellos, 
una historia ligera, parcial y desalumbrada, embria- 
gándose con las calumnias de los enemigos del 
monarca, le convirtieron en un ente vil y abo- 
minable, y le presentaron á la execración universal, 
como feroz asesino de su hijo Don Carlos y de su 
esposa doña Isabel de Borbón, por unos supuestos 
celos, tan infundados como ridículos. No hay para qué 



El Haz de leña 



i33 



detenerse á demostrar lo que es hoy de absoluta evi- 
dencia para todo el que no viva, en punto á histo- 
ria, en la perturbada atmósfera de las postrimerías de 
la última centuria y de los principios de la actual. 
Baste recordar que estos sucesos, ya sin interés algu- 
no, han sido puestos á plena luz por Llórente (auto- 
ridad nada sospechosa á este respecto) en su 
Historia de la Inquisición de España; por Prescott, 
y sobre todo, por la obra incontrovertible y maciza 
de Gachard. "El príncipe Don Carlos, dice el pri- 
mero, falleció el día 24 de Julio de 1568, á las cua- 
tro de la mañana. Felipe II, sin ser visto del Prín- 
cipe, le repitió la bendición paternal, que ya le había 
dado, á petición suya, por medio de Fr. Diego de 
Chaves. El Rey extendió el brazo para bendecir á 
su hijo, entre los hombros del Príncipe de Éboli y el 
Gran Prior de San Juan, que se hallaban en la cá- 
mara del Príncipe, encargados del cuidado de la 
persona de S. A. por orden de su augusto padre". 

El príncipe Carlos era, según evidentes testimo- 
nios históricos, de naturaleza enfermiza y mal confor- 
mado, de genio rebelde y colérico. Mantenía, además, 
relaciones secretas con los rebeldes de Flandes, 
y llegó en su insensatez hasta pretender dar 
muerte á su propio padre: ¿qué mucho que Felipe, 
severo c implacable, no por maldad, sino en cum- 



Estudios y Artículos 



plimiento ele los que el consideraba ineludibles debe- 
res, y en prosecución de la idea de unidad católica 
que le dominaba, qué mucho, digo, que encerrara al 
príncipe y lemandasc abrir un proceso? Lo único de 
que con razón puede acusársele es de haber descui- 
dado intcncionalmente la curación de su hijo, ya irre- 
mediablemente enfermo, consintiéndole la satisfac- 
ción de sus nocivos caprichos. Quería así evitarse la 
vergüenza de tan escandaloso proceso. 

Respecto á los supuestos amores de Carlos con 
Isabel, y al acto de violencia que, como se lee en el 
drama de Schiller, cometió Felipe, apropiándose la 
novia de su hijo, nada más falso ni más risible. 
Cuando el viejo Felipe se casó con Isabel de Borbón, 
contaba treinta y dos años, y su hijo, el galán, apues- 
to y enamorado mancebo, trece! (i). Muere la reina 
algún tiempo después : {envenenada miserablemente 
por su feroz marido? No señor (¡ lástima de romanti- 
cismo!), la reina murió... de parto! ¡Oh prosa, prosa 
vil, hasta cuándo has de seguir burlándote de tan 
tétricas y pavorosas fantasías, relegándolas al triste 
oficio de hacer dormir inquietos á los muchachos! 

(i) Acordóse el casamiento de Felipe con Isabel por el tratado de 
Cambréis, celebrado en Abril de 1559. Felipe II había nacido en 
Mayo de 1 527, y el príncipe en el año de 1 545 . 



El Haz de leña 



Podemos, pues, decir con la robusta musa del Duque 
de Frías : 

Esta es ¡oh mundo! la verdad entera : 
No hay que escuchar á la impostura impía; 
La voz de la verdad es duradera 
Más que el eco de pérfida falsía . 
Cuando del Duque de Alba la guerrera 
Espada á los rebeldes combatía, 
Hizo cundir por su marcial falanje 
Esa calumnia el Príncipe de Orange. 

Pero esa calumnia, despedazada en el terreno de la 
historia, se había refugiado, como en inexpugnable 
alcázar, en el teatro, en la novela, en la poesía, para 
lo cual no podía ser más adecuada. En él seguía re- 
sonando poderosamente, porque es más fácil arrojar 
lo que entra por las puertas de la inteligencia, que 
lo que asalta por las de la imaginación y el sentimien- 
to. Urgía, pues, perseguirla en su última guarida ; 
pero habiendo entrado en los dominios del arte por 
mano de Quintana, Schiller, Alfieri, etc., artista de 
alta valía y mente robusta había de ser el que se 
atreviese á expulsarla de ellos para siempre. El que 
tal empeño ha realizado ha sido, con efecto, digno de 
él por sus quilates artísticos, y para mayor lauro y 
honra insigne de su nobilísimo temple de alma, libe- 



Estudios y Ardea los 



ral, y por lo mismo, adversario de Felipe II y del 
régimen por él tan poderosamente sustentado. ¡Ho- 
nor al artista de la verdad y al hombre de conciencia 
recta! 

Tan cierto es que el arte, sin ser docente ni predi- 
cador de moral, debe asentarse sobre las sólidas 
basas de la verdad y del bien para ser sano y durade- 
ro, que las obras en que se falta á esta ley imprescin- 
dible, por mágicas y deslumbrantes que sean, llevan 
oculto en sus entrañas el germen corruptor que las 
devora. 

Así no es posible, sin hacer un esfuerzo violento 
para recordar que los autores obraban de buena fe, 
leer hoy con agrado el Philip-po de Alfieri, el Don 
Carlos de Schiller ó El Panteón del Escorial de 
Quintana. Y aun es denotar que según el gran poe- 
ta alemán, Felipe II aparece mucho más grande que 
en la fantasía del gran poeta español. En la obra de 
este último, el poderoso é incontrastable monarca, al 
cual no se ha de negar un sello de severa grandeza, 
se convierte en un monstruo vil y apocado, á la vez 
que el gran Carlos Quinto se muestra arrepentido de 
su política y de sus victorias. Esto es porque á Quin- 
tana le ofuscaba la pasión política y religiosa, en tan- 
to que á Schiller le extraviaba su sentimentalismo, 
del cual sólo llegó á libertarse en su tercera época, 



El Haz de leña 



*37 



con Guillermo Tell, en la cual, ascendiendo á la 
serenidad artística que le aconsejaba Goethe, tocó la 
cumbre de su gloria. 

Consideremos ahora, aunque ligeramente, la forma 
en que Núñez de Arce ha realizado su idea. Esto es 
lo que directamente interesa al arte. ¿Es una obra artís- 
tica de mérito? ¿Es un buen drama? En mi concepto 
no sólo es bueno, sino excelente, y uno de los mejores 
del teatro español moderno. Tiene, en primer lugar, 
el mérito no pequeño de presentarse libre de esa en- 
fermedad que ha invadido últimamente la escena es- 
pañola : el efectismo. Donde este impera, no hay ni 
puede haber arte legítimo y sano. El drama de 
Núñez de Arce no deslumhra, pues, con escenas y 
golpes inesperados y violentos ; pero la impresión 
que deja en el espectador culto y de buen gusto es 
mucho más duradera y profunda que la que se 
obtiene con aquellos ilícitos medios. Ha de notarse 
también, que estando escrito en verso, y á pesar de 
ser Núñez de Arce un lírico eminente, El Haz de 
leña está limpio de ese lirismo impertinente y am- 
puloso que tanto deslustra muchas piezas del teatro 
español. La locución es sobria, el lenguaje natural 
y verdadero, y el verso está puesto, no para servir de 
vehículo á arrebatos intemperantes, sino para inter- 
pretar con mayor viveza y energía la lucha y expío- 



Estudios y Artículos 



sión de las pasiones. Este drama, pues, así como el 
teatro todo de López de Ayala, es el mejor argumen- 
to para demostrar que el verso añade fuerza y be- 
lleza artística á las composiciones dramáticas (y que 
no debe, por tanto, desecharse) cuando es empleado 
con sobriedad y mesura. 

La acción se desenvuelve con aquella majestuosa 
sencillez que Núñez de Arce pone en todos sus poe- 
mas objetivos. El carácter de Felipe II está trazado 
de acuerdo con la realidad histórica ; pero con relie- 
ve y fuerza extraordinaria. Aparece allí severo, 
sombrío, reconcentrado, esclavo de lo que considera 
su deber, y de su gran idea de unidad religiosa, en la 
cual ve la única salvación posible para aquel colosal 
imperio formado por tan heterogéneos elementos, y 
en cuyo servicio está siempre dispuesto á descargar 
todo el rigor de su formidable brazo. Vense, además, 
en él, ó más bien, se adivinan, los afectos pater- 
nales, rechazados por su férrea voluntad (que no era 
menos implacable consigo mismo que con los demás) 
á lo más hondo y escondido de su alma. Por eso di- 
ce á Catalina, que le pide misericordia para su hijo 
enfermo : 



El Haz de leña 



¡39 



. . . Como tú misma 
Por él mi cariño aboga. 
Pero el rey esta ofendido, 
Porque conservar le toca 
La paz de la monarquía 
Que está bajo su custodia. 
Y mientras el rey no obtenga 
Pruebas de adhesión notorias, 
El padre, ahogando en el pecho 
La pena profunda y sorda, 
Llorará quizás. . . ¿Quién duda 
Que llorará? ¡Pero á solas! 

Pero donde Núñez de Arce ha realizado un verda- 
dero tour de forcé, desplegando una perspicacia psi- 
cológica y una delicadeza artística de primer orden, 
es en el carácter de Don Carlos. Difícil era, en verdad, 
sacar partido, conformándose con la verdad histórica, 
de un carácter como el del príncipe, sin importancia 
alguna, una vez derrumbado el castillo de naipes 
que á su respecto habían forjado la pasión política y 
religiosa y la fantasía extraviada. Núñez de Arce 
ha sabido, no obstante, vencer la dificultad de una 
manera sorprendente. Ha hundido su penetrante 
mirada de poeta en aquella naturaleza mezquina y 
febricitante, y esa realidad ha respondido á su inte- 
rrogación poderosa, y ha dado sones armoniosos, 
como la estatua de Memnón al sentirse acariciada por 



I.fO 



Estudios V Artículos 



los rayos del sol. Es que la realidad, por raquítica 
que aparezca, está siempre rica de poesía para los 
que saben contemplarla. El poeta ha hallado, pues, 
ciertos matices interesantes y altamente verosímiles, 
en aquella alma desatinada é insensata; ha encontra- 
do en la raíz de esos mismos delirios, ciertos prin- 
cipios, ciertos gérmenes de nobles sentimientos que 
han podido ser causa y origen de aquéllos. Por eso le 
hace exclamar, al soñarse vencedor de su padre: 

¡Oh, no será! Si propicio 
Premia el ciclo mis afanes, 
Yo atajaré los desmanes 
Y horrores del Santo Oficio ; 

por eso le hace recordar en seguida el auto de fe 
que presenció de niño, llenándole de asombro y 
espanto. Además, para hacerle todavía, sin falsear- 
le, más interesante á nuestros ojos, el poeta ha 
echado sobre sus faltas el finísimo velo del amor 
inconsciente de Catalina, carácter ingenuo y adorable, 
que ama al príncipe porque le ve desgraciado, sin 
detenerse á hacer el recuento de sus cualidades y 
vicios. Así el puro amor de Catalina realza al prín- 
cipe á nuestros ojos ; sin darnos cuenta de ello, le 
abona. Yo no tengo palabras para alabar la profun- 
da delicadeza de este detalle. Resulta así el príncipe 



El Haz de leña 141 



verdadero, más artístico y más simpático que el Don 
Carlos falso y convencional, noble, apuesto y enamo- 
rado, que nos pintan algunas de las obras á que an- 
tes he aludido. ¡Poder de la verdad y la poesía, 
dichosamente hermanadas en la mente de un verda- 
dero poeta! 

Réstame hablar del carácter de Cisneros, y aquí 
fuerza es reconocer que está la parte débil de la 
obra. Cisneros, hijo de Don Carlos de Sesso, lu- 
terano condenado á la hoguera por Felipe II, sabe 
que éste, al ser increpado por aquél al tiempo de 
morir, habíale contestado : Si mi hijo fuera co- 
mo vos, fio dudaría en echar el haz de leña á 
la hoguera, para quemarle; y anheloso de venganza, 
se propone hacer que el rey cumpla su promesa. 
Para ello empuja al príncipe por el sendero de la re- 
belión y del vicio, y le vende luego, haciendo sabedor 
á Felipe de sus traiciones. Trata, pues, de vengar 
á su padre de Felipe, haciendo á éste verdugo de 
su propio hijo, quien había colmado de favores al 
mismo Cisneros. El autor ha querido templar tanta 
depravación, no ^ólo dando por motivo de tal ven- 
ganza el recuerdo sagrado de un padre, y la pérdida 
de toda honra y bienestar, sino haciendo que á cada 
paso clame la conciencia misma de Cisneros con- 
tra tan inhumano proceder; pero á pesar de todo, el 



/ /_• lisiadlos y Artículos 



carácter resulta repugnante, y lo que es peor, vio- 
lento, y falto de esa realidad palpitante que circula 
por toda la pieza, y que es su más rico timbre y 
corona. Este defecto es grave, por cuanto sobre 
ese quicio gira toda la obra; pero por lo mismo me- 
rece disculpa, pues á él debemos la existencia de 
este de todos modos admirable drama. Un defecto 
de detalle pudiera también señalarse, y es la escena 
en que los gentiles hombres de cámara del prín- 
cipe pretenden maltratar y arrojar de ella á Cisne- 
ros. Esta escena huelga, porque en nada contribuye 
al desenvolvimiento de la acción. Por lo demás, el 
drama está lleno de versos admirables que una vez 
oídos no se olvidan jamás. 

Diré ahora algo acerca de la ejecución de El Haz 
de leña por la compañía de Calvo. cQué decir sobre 
este distinguido artista, que sea nuevo? Lo que de él 
pienso lo he manifestado ya en ocasiones diversas, y 
no habré de repetirme ahora. Baste, pues, afirmar 
que el papel de D. Carlos, que anteanoche estaba 
á su cargo, le ha dado ocasión de hacer una 
reaparición brillante entre nosotros." Calvo ha com- 
prendido bien el personaje que representaba, mos- 
trándosenos fiero, rebelde, insolente, y dejando 
entrever ciertos arranques generosos, ciertas cuerdas 
sensibles de su alma. Es digno de todo aplauso el 



El Haz de leña 



J 43 



empeño con que este artista estudia hasta los más 
delicados matices de los caracteres que encarna. Basa 
su interpretación artística en un estudio histórico y 
psicológico, única manera de no dejarse llevar á 
merced de la fantasía y de no incurrir en condenables 
exageraciones. Quizá la fatiga consiguiente á su 
reciente travesía le ha impedido desplegar anteano- 
che ampliamente todas sus facultades, y así hubieron 
de notarse ciertas inflexiones de voz algo forzadas, 
como cuando se lamenta y desespera porque sólo él 
no puede salir por la puerta que está franca para 
todos. Quizá convendría un tono más reconcentra- 
do, dado el carácter torvo é indomable del perso- 
naje. 

La señora Contreras, á quien tengo por una artista 
discreta, aunque de escasas facultades, tuvo anteano- 
che un momento verdaderamente feliz, cuando Cis- 
neros insiste en su sospecha de que ella le ha ven- 
dido. El público, comprendiéndolo así, aplaudióla 
calurosamente. 

El señor Jiménez nos hizo ver un Felipe II tal 
como la historia y el autor le pintan. Este artista 
se adapta admirablemente á los papeles majestuosos. 
Lástima que siendo sordo nuestro teatro para la re- 
citación dramática, y no conviniendo á su carácter el 
alzar mucho la voz, muchas de las palabras que Fe- 



144 



Estudios y Artículos 



lipc dice en tono bajo y velado, quedaban perdidas 
para gran parte del auditorio. 

En cuanto a D. Ricardo Calvo, se sabe que su 
cuerda está en los papeles cómicos, en los que es ad- 
mirable, por lo bien que sabe unir el decoro á la 
gracia. En los papeles serios no raya á la misma 
altura; pero entre éstos ninguno tan adecuado para 
él como el de Cisneros, por cuanto á su fondo serio, 
y aun trágico, se une la apariencia jocosa del far- 
sante. Así lució mucho en la intencionada relación 
de la farsa cuya invención explica delante de los 
gentiles hombres del príncipe. También merece ala- 
banza su actitud final, cuando exclama ante Felipe II 
y los que en aquel momento le acompañan : ¡Soy lu- 
terano! Estuvo soberbio, provocativo y fieramente 
sereno. 

Resumiendo, la representación de El Haz de leña 
ha sido buena y esmerada. No obstante, un espí- 
ritu exigente podría tachar dos pequeños pormenores. 
En el acto segundo, cuando Don Carlos se acerca á 
los nobles con quienes conspira, para informarlos de 
que todo se ha descubierto, debieran, como lo indica 
el autor, hablar con grande animación. Pudo notar- 
se que no sucedió así, sino que hubo calma excesiva 
en aquellos momentos. Al final de la pieza, Felipe 
II y los que con él entran deben rodear el cadáver del 



El Haz de leña 



príncipe, ocultándole al público, según lo quiere el 
autor. Creo que esto sería de mejor efecto, porque 
añade misterio y terror á la escena. Pero estos no 
son sino pequeños accidentes, que si bien atendibles, 
no destruyen el mérito de la representación. 

Siendo esta quizá la última vez que el señor Calvo 
se hará escuchar entre nosotros, terminaré pidiéndole 
una larga y brillante temporada, en la cual le he de 
seguir con mis observaciones, que pondrán por lo 
menos de manifiesto que son amigas y pueden mar- 
char juntas la admiración al talento y la imparciali- 
dad crítica. 



1884. 



la vida contemporánea, y la llamada alta comedia. Se- 
guramente que en las piezas históricas ó legendarias 
hay vasto campo para el lucimiento de ingenios pro- 
ceres, y la imaginación puede cobrar mayor vuelo y 
osadía ; pero tampoco ha de negarse que el especta- 
dor culto é ilustrado se ve, en estas últimas, constre- 
ñido á hacer mayores concesiones, á penetrar más en 
la esfera del convencionalismo. Con efecto, es punto 
menos que imposible, por profundos conocimientos 
históricos que el autor posea, que no incurra en cier- 
tos anacronismos, ya en la manera de presentar sus 



" EL TANTO POR CIENTO 



i? 



REPRESENTACIÓN DE RAFAEL CALVO 




eclaro que, entre las producciones dramá- 
ticas, ninguna se lleva tras si tan encade- 
nado mi albedrío como el drama que pinta 



/./ s Estudios y Artículos 



personajes, ya en las ideas y el lenguaje que les atri- 
buye. No se vive impunemente en un país y época 
determinados. Las ideas y pasiones que nos rodean 
influyen de tal modo sobre los más reacios á ellas, que 
s ienen á ser como á manera de un velo, á cuyo través 
sólo nos es dado contemplar los pensamientos que 
han rodado y las pasiones que han hervido en la men- 
te y en el corazón de las extintas generaciones . Ade- 
más, las grandes figuras históricas, cuyos nombres 
nos han sonado en los oídos desde nuestra infancia, 
envueltos en el poético prestigio que á todo comu- 
nica el silencio antiguo, según la expresión solemne 
del malogrado poeta catalán, parece como que se 
empequeñecen al presentarse ante nuestros ojos en- 
carnados en seres reales (cuya figura no siempre co- 
rresponde á la idea que de ellos nos formáramos) y en 
cuadros concretos y limitados, como por fuerza han 
de serlo los que se amoldan á la escena. 

Nada de esto en la alta comedia, ni en el drama con- 
temporáneo. Trátase en ellos del mundo que nos ro- 
dea; las ideas y afectos cuya oposición presenciamos, 
son los mismos que sentimos en nosotros ó á nuestro 
alrededor, y el lenguaje no es otro que el que palpita 
diariamente en nuestros labios. Por tal modo se esta- 
blece entre la escena y los espectadores un acuerdo 
simpático, una relación íntima, engendradora de ricos 



El tanto por ciento 



149 



y secretos deleites. Además, sin faltar el gran aliciente 
de la pasión arrebatada y el sentimiento encendido, 
hay en la comedia de carácter un no sé qué de culto, 
brillante y aristocrático, que es difícil hallar en otras 
especies dramáticas. 

Ahora bien, en la alta comedia, dudo mucho que 
tenga rival en España, en este siglo, Adelardo López 
de Ayala, una de cuyas mejores obras, EL tanto por 
ciento, hemos tenido ocasión de admirar anteanoche, 
muy bien desempeñada por la compañía de Rafael 
Calvo. 

López de Ayala es uno de los escasísimos artis- 
tas en quienes, merced á sus grandes facultades, la 
intención moral, manifiesta en sus creaciones, no 
daña casi á la belleza artística. Soy, he sido y con- 
tinuaré siendo hasta el último instante, sustentador 
declarado, entusiasta é intransigente del arte por la 
belleza. Creo que el arte tiene su fin dentro de sí 
mismo, y que no necesita andar á caza de mendrugos 
científicos ni filosóficos; creo asimismo que el simple 
resplandor de la hermosura alza y dignifica inmen- 
samente más el espíritu que todos los sermones de 
moral, todas las disquisiciones científicas y todos los 
documentos humanos ingertos en el árbol de la be- 
lleza, con los cuales sólo se consigue prostituirla, en- 
cadenarla y oscurecer su mejor timbre, que consiste 



Estudios y Artículos 



en el misterioso poder con que nos embarga y lleva 
tras sí, sin que nos espolee con ningún estímulo de 
utilidad. Con efecto, {cómo podrá negarse que el arte, 
puesto al servicio de la filosofía, no es otra cosa que 
la disociación de la idea y la forma en el acto crea- 
dor, las cuales deben brotar á un mismo tiempo de la 
mente del poeta? {Cómo es posible desconocer que la 
preocupación de un fin moral como que empaña y 
ofusca la limpidez de la concepción artística? {No será 
ésta mucho más perfecta y lúcida cuando sólo se 
atienda á la realización de la hermosura? Pero si esto 
es así, no ha de negarse tampoco que de una acción 
bien dispuesta puede desprenderse, virtualmente, en 
algunos casos, una saludable enseñanza; mas esta 
enseñanza ha de nacer de suyo, y ha de sacarla 
el espectador por sí mismo, sin que las ideas del au- 
tor se manifiesten, á modo de lección disciplinaria, 
por boca de ningún personaje. Los pensamientos 
filosóficos y trascendentales deben ser á las obras 
artísticas, lo que los nutritivos jugos de la tierra 
para las plantas : han de venir de muy hondo, y en 
silencio, y por ocultos caminos, sin que se echen de 
ver en los pétalos, ni en las hojas, ni en el aroma de 
las hermosas flores que ellos mismos engendran. 
{Sucede esto en las obras de López de Ayala? No 
completamente. La enseñanza moral nace en ellas 



El tanto por ciento 



con naturalidad de una trama admirablemente con- 
cebida y dispuesta; pero el autor no puede conte- 
nerse, y acaba por poner aquélla en boca del más 
simpático de sus personajes. Esto importa, en mi 
opinión, hablando con todo rigor artístico, un de- 
fecto: pero este defecto está oscurecido por el ex- 
traordinario talento del poeta, por manera que la 
anti-estética moraleja es rápidamente arrebatada por 
el torrente de hermosura que el autor generosamente 
derrama. 

Tres son las obras maestras de Ayala: Consuelo, 
El tejado de vidrio, El tanto por ciento. Si la pri- 
mera aventaja á las demás por sus delicadas tintas y 
por el carácter de Consuelo, magistralmente trazado; 
si ofrece la segunda una trama ingeniosísima, la úl- 
tima es notable por la belleza déla concepción, por la 
habilidad de los recursos dramáticos, por la intensi- 
dad de los afectos, por la fuerza sorprendente de las 
expresiones, por la grandeza déla inspiración, en fin. 
No dudo en afirmar que esta pieza no es solamente 
una de las mejores del teatro español, sino de todos 
los teatros del mundo. 

Las obras artísticas son verdaderamente tales 
cuando su poesía no reside tan sólo en los accidentes, 
en lo exterior, sino cuando el motivo que les da ser 
es esencialmente poético. ¿Y qué concepción más sen- 



Estudios y Artículos 



cilla y poética que la contraposición del digno amor 
que la Condesa y Pablo se tienen, en medio del sordo 
rumor de avaricia que por todas partes los circunda y 
acechar Ellose me imagina algo así como ciertas lim- 
pias y frescas melodías que se elevan sonrientes y 
tranquilas de entre tormentas orquestales, y que 
avasalladas y como devoradas por éstas algunos 
instantes, cobran al fin mayor brío y se derraman 
espléndidas por toda la masa instrumental. 

En el primer acto, que contiene una sencilla y hábil 
exposición, empéñase ya la acción con viveza y ener- 
gía, y el carácter de Roberto (interpretado con la ma- 
yor naturalidad y soltura por el señor Jiménez, quien 
cada día afirma más su reputación artística entre 
nosotros), muéstrase ya en todo su alcance y signifi- 
cado. En el acto segundo, de una perfección deses- 
perante, la acción llega á su mayor elevación y gran- 
deza; y cuando á causa del testimonio de inocencia 
ofrecido para ante Pablo á la Condesa por Petra y su 
esposo y los demás personajes comprometidos en el 
negocio de la dehesa, parece que llega á un término 
feliz, el autor, valiéndose de un habilísimo recurso, 
vuelve á enredar la intriga, y los buenos sentimien- 
tos próximos á manifestarse en aquellos sórdidos co- 
merciantes, tornan á sepultarse en la escoria del vil 
interés, nuevamente estimulado. Esta rápida transí- 



El tanto por ciento 



153 



ción de la escena en que la Condesa desesperada va 
á vindicarse en presencia de su amante, á la en que 
Roberto entra arrojando con su mercantilismo un 
manto de hielo sobre todo arranque generoso, es ver- 
daderamente magistral. La sensación que en el es- 
pectador produce es inesperada, y la tensión de espí- 
ritu en que se hallaba queda un instante mitigada 
para renacer con más fuerza en la escena siguiente, 
que es hermosísima. 

Cuando Pablo se ere? engañado por la Condesa, 
descarga sobre la inocente acusada frases aceradas, 
sangrientas, mezcla turbulenta de cólera y desprecio : 

Condesa ¡ Eh ! ... Basta... No se dilate... 

Pablo ¡ No ! que al fin quiere la suerte 



Condesa 



Que el engaño se despierte 
Y la traición se delate ! 
¡ Qué engaño !... 



Pablo 



Yo empobrecí 



Condesa 
Pablo 



Y usted me olvidó, señora. 
¡ Ah! 



Y ahora vuelve, y ahora 
Usted no es digna de mí ! 



Condesa 



Por Dios, Pablo, no consientas 
En la ruindad de esos seres, 
Fiscales de las mujeres, 
Rebuscadores de afrentas: 



Estudios y Artículos 



Que piensan en su maldad, 
Cuando nuestra vida exprimen, 
Que hasta encontrar algún crimen 
No han hallado la verdad. 



Pablo ...¡ Me ofreces tu mano ! 

Y todo se queda en calma 

Cuando mi esposa te llames. 

¡ Si piensan estas infames 

Que ya no hay amor, no hay alma ! 

En toda esta escena, intensamente dolorosa, Rafael 
Calvo se mostró rico de inspiración y sentimiento. 
La ira y el desprecio le embargaban, y descargaba 
rayos en vez de palabras sobre la cabeza de la acu- 
sada. 

Por su parte la señora Contreras dijo bien la esce- 
na en que pretendiendo sacar de los circunstantes su 
testimonio de inocencia, estos permanecen mudos, 
sellado el labio con el amor del oro. Y manifestó ver- 
dadero sentimiento de la situación cuando, dejando 
de lado la súplica, advierte que está pidiendo lo que 
nadie le puede quitar. Llena de dignidad y altivez 
pronunció aquellos hermosísimos versos : 

¿Y pensáis que estos agravios 
Me envilecen? ¡Qué sandez! 
¡Qué!... ¡La virtud, la honradez 
Dependen de infames labios! 



El tanto por ciento 



¡Soy honrada! y aunque vea 
El orbe lo que sucede, 
El orbe entero no puede 
Hacer que yo no lo sea! 
Si yo me debo quejar 
Á mi misma, á mi que vengo 
A pedirles lo que tengo, 
Lo que ellos no pueden dar. 
¡Mi honra! ¿quién os la pide, 
Si siempre me ha acompañado? 
¡La debo á Dios, que me ha dado 
El alma donde reside! 

Estos versos, exhalación pura y ardorosa de un 
espíritu vil é indignamente ultrajado, fueron dichos 
por la señora Contreras de una manera digna de ellos. 
El público, quizá embargado por la misma emoción 
que la distinguida artista le producía, no la aplaudió 
con el calor á que era acreedora. La señora Contreras 
será siempre en la comedia una artista discreta y 
simpática. 

Si El tanto por ciento es tan admirable por sus 
cualidades fundamentales, no lo es menos por sus pri- 
mores externos : tiene gran riqueza y naturalidad de 
formas, un diálogo vivo y bien sostenido y una ver- 
sificación fácil y esmerada á la vez. Verdad es que es- 
tas condiciones le son comunes con las demás come- 
dias de López de Ayala. 



Estudios y Artículos 



Si entre tantas perfecciones fuera permitido seña- 
lar algún ligero defecto, yo diría, no sin temor de 
equivocarme, que no es tal vez verosímil el que un 
hombre tan ducho 'según su propia expresión) como 
Roberto, se empeñe en comprar, y compre al fin, la 
parte que en el negocio de la dehesa tenían los perso- 
najes á que antes me he referido. Era evidente que 
siendo la esperanza del lucro lo que les impedía procla- 
mar la inocencia de la Condesa, una vez que aquélla 
hubiera desaparecido, bien podían hacerlo eficazmente, 
lo cual no convenía, por cierto, al astuto comerciante, 
hasta el momento mismo de celebrarse su boda con 
Isabel. Podían también, como en efecto sucede, des- 
cubrir á ésta el asunto de la dehesa de Pablo, y ponien- 
do en descubierto los manejos de Roberto, frustrar 
su casamiento, aun en el supuesto de que la Condesa 
lo hubiese aceptado sinceramente. Puede, no obstan- 
te, observarse, que el exceso de avaricia era motivo 
suficiente para ofuscarle, y él contaba, además, con 
que la Condesa, interesada, según suponía, en su for- 
tuna, no retrocedería por ningún motivo. 

Como quiera, el hecho es que esta comedia es un 
modelo de arte realista bien entendido. Sin dejar de 
estar arrancada de entrañas españolas, sin carecer 
del tinte de la época y del país en que fué escrita (con- 
dición ineludible de toda buena obra artística), posee 



El tanto por ciento 



'57 



un interés general, en razón de que ciertos fenómenos 
sociales tienen en la mayor parte de las naciones ci- 
vilizadas contemporáneas marcadas semejanzas. ¡Lás- 
tima grande que hoy que la novela española entra 
con Pereda, Galdós, Valera, Pardo Bazán, Alarcón 
y Palacio Valdés (aunque con notables diferencias 
en estos diversos escritores) por tan firme y despejado 
sendero, el teatro español parezca empeñado en vol- 
ver atrás, echándose en brazos, ora del socialismo 
de Los Miserables, ora en los de un romanticismo 
trasnochado, y casi siempre en los de un epiléptico 
efectismo! ¡Lástima grande que por ahí la empujen 
y precipiten ingenios de tanto lustre y valía, ro- 
bando lauros á la frente de su patria y á su propia 
frente! 



"LA PASIONARIA ' 



REPRESENTACIÓN DE RAFAEL CALVO 



rande era el deseo de nuestro público culto, 
de poder juzgar por sí mismo la última 
producción dramática de D. Leopoldo Ca- 
no, joven dramaturgo español, de la que tanto se ha 
hablado en los periódicos, y que con éxito tan inusi- 
tado se ha exhibido, según parece, en la escena ma- 
tritense. Al decir de sus admiradores, la obra alu- 
dida era algo verdaderamente extraordinario, origi- 
nal, potente. Nada parecido había producido el teatro 
español en los últimos años. 

Bien, pues, La Pasionaria ha sido interpretada 
anteanoche por la compañía del Sr. D. Rafael Calvo, 




i6o 



Estudios v Artículos 



y ya cada uno ha podido juzgarla con su criterio pro- 
pio. Como uno de esos unos soy yo, tócame decir ne- 
tamente La impresión que me ha producido, sin que 
pretenda, con aire dogmático, imponer á nadie mi 

juicio. Podrá ser éste tan erróneo como se quiera 

pero es el mío. 

No serán parte para modificar mi opinión, ni los 
aplausos resonantes de que viene precedida, ni el en- 
tusiasmo que su primera representación haya podido 
despertar entre nosotros. No hay duda de que lo que 
conmueve á públicos diversos, algo vale; pero tampoco 
la hay de que obras capaces de deslumbrar á una ma- 
sa de público, ligado por ciertas corrientes nerviosas, 
pueden no resistir el análisis de la crítica, no digo 
severa, sino sólo imparcial y mesurada. El público 
latino será siempre efectista, dígase lo que se quiera. 
El brillo exterior le deslumhrará siempre, aun cuando 
sirva sólo de vestidura á un cuerpo débil y enfermi- 
zo. Tratemos nosotros de no dejarnos seducir por él, 
al criticar La Pasionaria. 

Ante todo, ¿cuál es el carácter de este drama? No 
cabe negarlo : es un drama de tesis. Esto quiere de- 
cir sencillamente que, en su concepción, la idea, ha 
ido por un lado y la forma por otro; ó si se quiere, 
que la idea ha precedido á la forma, en vez de brotar 
junto con ella, de una manera indisoluble, según es 



La Pasionaria 



161 



propio de las grandes y verdaderas obras de arte (i ). 
Pero injusto fuera con el Sr. Cano, si no me apresu- 
rara á añadir que este error gravísimo, artísticamente 
hablando, le es común con muchos ingenios eminen- 
tes de nuestros días. Sólo que rara vez dejan éstos 
mismos de producir, en un momento feliz, una de 
esas obras puramente artísticas, en las cuales la idea 
y la forma nacen amorosamente entrelazadas de la 
mente inspirada del poeta, y suelen ser el rayo más 
puro de su gloria. 

Pero ees acaso la tesis de La Pasionaria una de 
esas tesis profundamente verdaderas, de interés 
general, que no exigen del poeta sacrificio alguno de 
la verdad y naturalidad de la acción? No, por des- 
gracia. Ni siquiera es una sola tesis, clara y perspi- 
cuamente concebida. Son dos tesis diversas: local, 
transitoria y controvertible la una ; general, pero 
falsa y absurda, la otra. De aquí que á través de todo 
el drama se note algo bamboleante é inseguro. El 
autor cabalga de pie sobre dos caballos á un tiempo, 

(i) Debo advertir que, sujetándome á un tecnicismo rigurosamente 
exacto y filosófico, llamo "idea" al pensamiento abstracto, en toda su 
generalidad (la iniquidad de cierta ley, en La Pasionaria ); y "forma" 
á la "determinación" de esa idea general (que no es arte) por medio 
del "asunto" elegido, de la "acción" y de los "caracteres". Llamar 
"forma" solamente al atavio exterior, es trocar los frenos. 

1 1 



IÚ2 



Estudios y Artículos 



y si en los dos primeros actos logra mantenerse á sal- 
vo, aunque inseguro, en el último se viene al suelo 
de cabeza, como veremos luego. 

La primera tesis en que el drama se basa es la si- 
guiente: El Rescripto del Rey, por el cual un padre 
puede legitimar á su hijo natural sin casarse con la 
mujer en quien le ha habido, y quedando libre de 
hacerlo con quien mejor le acomode, es inicuo. He di- 
cho que esta tesis es local, transitoria y controverti- 
ble, y voy á demostrarlo. 

Nuestro Código Civil, artículos i° y 2° del título 4 , 
Sección 2 a , establece: 

"Los hijos nacidos fuera de matrimonio, de padres 
que al tiempo de la concepción de aquellos pudieron 
casarse, aunque fuera con dispensa, quedan legitima- 
dos por el subsiguiente matrimonio de los padres." 

"En cuanto á los hijos que tuviesen su domicilio de 
origen en la República, este Código no admite otros 
modos de legitimación.'" 

Estos artículos concuerdan con el 3 3 1 del Código 
Francés, con el 327 del Holandés, con el 2 5 3 del 
Napolitano, con el 178 del de Vaud, y aun con Go- 
yena en el artículo 118. Pero en España hay el 
Rescripto del Rey ya aludido, establecido también, 
como Rescripto del Príncipe, en el Código Sardo. 
Ahora bien, ¿cómo puede interesarnos á nosotros un 



La Pasionaria 



drama cuyo principal objeto es combatir con gran in- 
dignación una ley que entre nosotros no existe? 

Que eso pase en España, no es bastante para dar 
índole nacional á la obra, porque sólo tiene índole 
nacional (que no excluye la general humana) lo que 
se arranca de las entrañas de una nacionalidad, no de 
su más exterior y leve corteza. Con efecto, de un día 
para otro, el tal Rescripto desaparece en España, y... 
tenga usted buenas noches, se acabó La Pasionaria. 
¿Quién podría tolerar su representación? ¡Ahí tenéis, 
filósofos-poetas epilépticos-socialistas, las consecuen- 
cias de vuestro decantado trascendentalismo! ¡Una 
obra de arte cuya vida depende de un Rescripto más 
ó menos! ¡Cuán distinto si le dierais por base la ver- 
dad y por cúspide la hermosura! ¡Si pintarais las lu- 
chas, las pasiones y los vicios sociales sin otro norte 
que la realización de belleza, que en sí misma lleva la 
utilidad! ¿No es útil el estudio y contemplación de la 
naturaleza? Y el arte que la refleja, interpreta y da 
relieve, sin violentarla ni hacerla servir á fines anto- 
jadizos, no ha de ser útil también? Pero sigamos ade- 
lante. 

La otra tesis, más general, que corre al lado de la 
primera, con grave perjuicio de la claridad de la con- 
cepción y de la firmeza en el desenvolvimiento de la 
acción, es esta: "La mujer seducida y convertida en 



t6 4 



Estudios y Artículos 



madre, no tiene medio alguno para obtener de su se- 
ductor la reparación de su honra y la legitimación 
de su hijo: luego la ley es inicua. 11 El hecho es cierto 
en muchos casos, pero la conclusión es absurda. No 
hay aquí iniquidad alguna en la ley, sino imposibili- 
dad, en el mayor número de casos, de comprobar el 
hecho. Si el hecho se probara, la ley obligaría al re- 
conocimiento. {Hay iniquidad, ni siquiera deficiencia 
en la ley, porque el juez no posea el dón de adivina- 
ción, y necesite de prueba legal para proceder? Hay 
aquí una deficiencia humana, y el legislador, que no 
puede hacer que no la haya, el legislador, que como 
ha dicho un jurisconsulto, no tiene sino la elección 
de los males, ha establecido como requisito indispen- 
sable, no la prueba de conciencia, sino la prueba le- 
gal. {Hay cordura en apellidar iniquidad á lo que 
constituye la más sólida é imprescindible garantía 
del orden social? Lo inicuo sería que la ley dejase á 
merced de cualquier viciosa calumniadora la honra, 
el estado y la fortuna de los individuos. 

Pero no paran aquí los líricos arranques de Mar- 
cial contra la ley. Todavía hay otra tesis accesoria, 
desarrollada en la escena 9 a del acto 2 , que con- 
siste en tildar de infame á la ley que castiga al que 
roba un alfiler y no al que roba la honra de una jo- 
ven. Pero la razón es obvia. El alfiler se toma sin 



La Pasionaria 



consentimiento de su dueño, y la honra de la mujer 
no. Sería odioso é intolerable que la ley se entrome- 
tiese á castigar esos actos secretos cometidos por mu- 
tuo convenio y placer. Á esto contesta Marcial que si 
la falta es de los dos, ¿por qué sufre la mujer el des- 
precio social y el hombre es bien admitido en todas 
partes? ¡Pero mi aturdido militar! iNo ve Vd. que 
aquí ya nada tiene que hacer la ley? (No ve Vd. que 
de esto sólo tiene culpa la opinión, que descarga 
su desprecio sobre la seducida y no sobre el seduc- 
tor? La ley no castiga á ninguno de los dos (salvo 
cuando la seducida es una menor, en el cual caso sí 
que se pena al hombre) ; la ley, por otra parte, no 
hace á la naturaleza humana : es ésta la que pro- 
duce á aquélla. Si la ley se dictara para ángeles 
sería muy diversa. 

Y aun me atrevo á afirmar que la opinión no va 
tan descaminada como se pretende, al ser más severa 
con la mujer en este punto. La mujer es, con efecto, 
la base del hogar, su ángel custodio, la que lleva en 
sus entrañas los hijos, y su castidad es, por lo mismo, 
mucho más sagrada (y su pérdida más lastimosa é 
irreparable), que la del hombre. Además, por su mis- 
ma naturaleza, las señales de la deshonra de la mujer 
son sensibles y chocantes. Su estado, que no sé por 
qué ha dado en llamarse interesante, el hijo que cría 



i66 



Estudios y Artículos 



á sus pechos, son otras tantas acusaciones públicas y 
vergonzosas. Y si quiere comprobarse esto por sí mis- 
mo evidente, supóngase que un hombre se atreviese 
á presentarse en sociedad con un hijo natural de la 
mano. ¿No causaría escándalo, no atraería sobre sí 
una inmediata condenación? Y si así no fuera, ¿por 
qué, siendo tantos los seductores, son tan escasos los 
que á dar tal espectáculo se atreven? Debe, por último, 
observarse que la mujer, cuando se entrega, sabe y 
conoce la manera de ser de la sociedad. 

Con lo que antecede creo queda irrefutablemente 
demostrado que las bases en que La Pasionaria se 
apoya son absolutamente pobres, inconsistentes y 
deleznables. Entro ahora á examinar su forma, sus 
condiciones artísticas. 

En cuanto á la acción, en los dos primeros actos es- 
tá hábilmente conducida, hasta el punto que casi llega 
á disimularse que sea un drama de tesis. Pero en el 
tercero, que es el último, el autor, ó falto de inspira- 
ción, ó sobrado de fiebre, no desata, sino que rompe 
la trama en mil pedazos, arrojándola á la cabeza del 
público, que ante semejante catástrofe queda ató- 
nito y desconcertado. La acción, pues, se precipita, 
cae y se despedaza miserablemente. Veamos cómo. 

El tan maltratado Rescripto del Rey, exige, para 
el reconocimiento del hijo por parte del padre, la 



La Pasionaria 



afirmación de la paternidad por parte de la madre, 
legalmente manifestada. Petra puede, pues, con arre- 
glo á la ley (á pesar de ser tan inicua), burlar la in- 
famia de Justo con sólo negarse á reconocerle por 
padre de Margarita. Pero esto, que era lo natural y 
verdadero, no convenía á la tesis del autor, en cuyas 
aras han de sacrificarse verdad, naturalidad, arte y 
demás pequeñeces que deben inclinar la cerviz ante 
las, según hemos visto, trascendentalísimas tesis. 
Para ello hace que en una escena traída por los cabe- 
llos (si las hubo alguna vez), Margarita, que es una pe- 
queñuela, diga á Justo, estando Petra escondida y es- 
cuchándole, que ya no quiere irse con ésta, porque no 
le puede dar las muñecas y vestidos que en su nueva 
casa le regalan. Sin más ni más, Petra, dando una 
importancia á esta declaración, que ninguna madre 
de este mundo le daría, consiente en firmar el docu- 
mento en que consta que Margarita es hija de Justo, 
perdiendo su hija para siempre y dando á su padre 
el triunfo de sus infamias, en premio, sin duda, de 
haberle sonsacado el cariño de la chicuela! Á renglón 
seguido, Margarita vuelve á ponerse del lado de Pe- 
tra (¡fíese V. de mequetrefes!), y ésta, al ver que la 
pierde, y exasperada porque Justo ha lastimado á su 
hija, mata á su seductor de una puñalada, y se enlo- 
quece. Vienen Marcial, el Juez, D. Perfecto, etc., y 



Estudios y Artículos 



el primero termina el drama arrojando (con la boca) 
la insignia de la autoridad a los pies de Petra, y, acu- 
sando de inicua á la ley, declara Juez d la mujer que 
mala. .Más cuerdo fuera que acusase la solemne ton- 
tería de Petra, que teniendo la venganza en sus manos, 
la entrega á Justo en premio de su última y criminal 
acción. Esto no es obra del talento, sino el delirio y 
la orgía de una imaginación enferma y calenturienta. 
Esto es absurdo, falso, y, en mi sentir, detestable. 

Las inverosimilitudes no escasean en La Pasiona- 
ria. En el primer acto se pone á Petra en conocimien- 
to del público contando doña Lucrecia que ha sido 
aquélla arrojada del templo, con su hija, por darse gol- 
pes de pecho y hacer muchos visajes. ¿En qué parte 
del mundo, señor Cano, sucede semejante cosa? (No 
es esto ya un lujo de calumnias á la sociedad? En el 
último acto, don Perfecto, impuesto de que Petra es 
hija suya, entra (escena última) pidiendo justicia con- 
tra ella. ¿Es esto posible? 

Entre los caracteres, el que primero merece fijar 
nuestra atención es Marcial. Este personaje tiene un 
fondo de sentimientos generosos que le hacen simpá- 
tico; pero es tan aturdido y alocado, que muchas ve- 
ces nos vemos forzados á dar la razón á los que le 
combaten. Su lirismo importuno é inocentón, así co- 
mo su desprecio á toda autoridad, llegan á hacerse 



La Pasionaria 



ióg 



intolerables. Marcial ha encontrado por la'calle á una 
mujer con su niña, á quien los vigilantes llevaban 
presa por mendigar sin autorización, y sin más ni 
más embiste contra ellos á sablazos y pone en libertad 
á la mujer. Si esto no es locura, que venga Dios y lo 
vea. Este lance, ante un público latino, y sobre todo, 
ante un público español, podrá ser aplaudido, á cau- 
sa del prurito de rebelión contra toda autoridad, con- 
tra todo freno, que inficiona á nuestra raza, hacién- 
dola inepta para el buen gobierno y la verdadera 
libertad; pero tengo para mí que ante un público in- 
glés sería silbado. No sé que haya cosa más puesta 
en razón que el prohibir la mendicidad discrecional, 
con la cual se expone el público á cada paso á ser in- 
dignamente explotado; pero Marcial juzga de distin- 
to modo, y no sólo es juez, sino ejecutor, por su 
omnipotente voluntad y su infalibilidad indisputable. 
¡Claro! ¿Qué importa que, como le observa el juez, 
él no tenga jurisdicción? cQué importa que, de pro- 
ceder todos lo mismo, 'a tranquilidad pública se tor- 
ne en una merienda de negros? El alegará en su 
favor... una botaratada: 

Contra todo delincuente 
Llevo aquí un juez competente 
(Por el corazón) 
Que no admite apelación. 



Estudios y Artículos 



Podría formarse un precioso ramillete de expresio- 
nes de M;n cia 1, tan peregrinas como éstas. Ya antes 
había dicho que 

El que sirve á la Justicia 
Ofende á la Autoridad ; 

porque la autoridad le dio su merecido, aunque hizo 
mal en soltarle tan pronto. Más adelante afirma muy 
orondo que para pasar por cuerdo en España es ne- 
cesario ser un desvergonzado, un calumniador, un 
ladrón. ¡Y los españoles aplauden estos brutales insul- 
tos! ¡Pobre Marcial! Estas calumnias contra la socie- 
dad no merecen ser tomadas en cuenta. Compadezcá- 
mosle. Quizá estaba ofuscado al decir tales lindezas. 
¡En un momento de rabia se dicen tantos disparates! 
Pero lo peor del caso es que á cada instante reincide 
en ellos. Todavía concluirá declarando que el delin- 
cuente ha sido la iniquidad de la ley; que la insignia 
del Juez debe caer por trofeo á los pies de una insen- 
sata ; que el Juez es cómplice de Justo (siendo así 
que poco antes había aquél demostrado lo contrario); 
que el verdadero Juez es... la mujer que mata! ¡Po- 
bre Marcial! Está loco, y loco de remate... lo cual no 
quiere decir que no diga algunas verdades, según lo 
reza el refrán. 



La Pasionaria 



El carácter de Angelina es inconsecuente. En el 
primer acto aparece como una mujer interesable y 
frivola, pero capaz de dolerse de las desgracias 
ajenas, y con cierto tinte simpático. En los dos res- 
tantes es un corazón de roca, una mujer por todos 
lados vil y despreciable. El de D. Perfecto es débil, 
inseguro y borroso, y el de Margarita doblemente exa- 
gerado. Al principio pone en su boca ideas y expre- 
siones patéticas y sentimentales, sumamente impro- 
pias de su edad. Véase, si no, lo que sigue: 

Margarita : ¿ Dónde voy ? 

Angelina : Á ver el mar. 

Margarita : Ya lo he visto antes de ahora. 

¿ Es mucha agua que se mueve ? 
Angelina : Y amarga cuando se bebe. 
Margarita : ¿ Como el agua que se llora ? 



Más adelante, preguntada por doña Lucrecia (quien 
había contado antes el caso de una modista que pro- 
metía matarse sí se le moría su hijo) en qué pensaba, 
contesta : 

En la mujer que se mata 
Si se la mucre su niño. 

Y bien, esta patética, precoz y sentimental criatura 
se convierte luego, merced á una muñeca y un vesti- 



Estudios y Artículos 



do, en un corazón duro que rechaza á su madre, á 
quien poco antes no cesaba de recordar y llamar. En 
uno y otro caso hay exageración evidente, y unir los 
dos extremos en una misma chicuela, con pocas ho- 
ras de intervalo, es inaceptable. 

Otra cosa incomprensible es que don Perfecto re- 
sulte padre de Petra. ¿Qué efecto produce este hecho 
en el desenvolvimiento del drama? Absolutamente 
ninguno. 

Pero si esta obra adolece de tan graves é insana- 
bles defectos, si es tan débil su contextura, y su ac- 
ción, en vez de desenvolverse, se precipita y estrella 
en lo absurdo {dónde se halla el secreto de su buen 
éxito? En primer lugar, en que está cubierta con el 
ropaje de relumbrón que tanto gusta á cierto pú- 
blico. Hay también (además de que, como antes ob- 
servé, la acción está hábilmente conducida en los 
primeros actos) algunas situaciones cómicas, como 
aquella en que se descubre que la prestamista 
usurera es la misma doña Lucrecia ; hay otras 
no mal concebidas, ni mal escritas. Abundan en 
boca de Marcial los dichos agudos, contundentes, en- 
fáticos y aparatosos, eomo que muchos principios de 
redondillas, y aun escenas enteras y descabelladas, 
no tienen más fin ni propósito que prepararlos 
y servirles de pedestal. En una palabra, la obra, 



La Pasionaria 



endeble y flaca en su esencia, está ejecutada ex- 
teriormente con vivacidad y energía, si bien no 
de aquellas que brotan espontáneamente del ta- 
lento inspirado, sino de esas otras de menos qui- 
lates, productos de la fiebre y del delirio. Es un 
drama febricitante y convulsivo. Añádase que la raza 
española es esencialmente revolucionaria, y está 
siempre dispuesta á aplaudir todo ataque á la autori- 
dad y al orden establecido, y no extrañará ya tanto 
el efímero triunfo de La Pasionaria. Pero estas fie- 
bres pasan, y la verdad serena vuelve á recobrar su 
imperio y á otorgar sólo el lauro de la inmortalidad 
á las obras que ella elevadamente inspira. La Pasio- 
naria, es, pues, en mi opinión, netamente formulada, 
un drama esencialmente malo, cubierto de un falso 
brillo. 

Tal vez piense alguno que hubiera sido más conve- 
niente esperar, para juzgar esta pieza, á que se amor- 
tiguara un tanto el ruido que ha producido. Yo pien- 
so de otra manera, y no vacilo en arrojar mi piedra 
allí donde más resuenan los aplausos, creyendo íum- 
plir así más acertadamente con el deber de dar la voz 
de alerta á los que incautamente pudieran dejarse 
arrastrar por esos perniciosos imanes. Somos un pue- 
blo joven y viril, y debemos aspirar á un arte más 
sano y más robusto. 



Estudios v Artículos 



Respecto de la representación de anteanoche, diré 
que el Sr. Calvo, aunque algo ronco, personificó bien 
a Marcial. No creo, sin embargo, quesea un papel de 
los más adecuados á su brillante talento. El señor Ji- 
ménez tampoco pudo desplegar, en el borroso carác- 
ter de don Perfecto, sus varias y apreciabilísimas 
facultades. La señora Contreras estuvo bien ; pero 
al volverse loca, sus gritos y sollozos eran tan fuertes, 
que fué imposible escuchar las palabras de Marcial, 
ni aun desde las primeras tertulias. 

En general, la representación ha sido buena. ¡Lás- 
tima no poder decir otro tanto de la obra! 




EL ALCALDE DE ZALAMEA" 



REPRESENTACIÓN DE RAFAEL CALVO 



Después de la segunda representación de La 
Pasionaria, subió á la escena del Teatro 
Nacional el admirable drama de Calderón 
titulado: El Alcalde de Zalamea. El salto es mortal. 
Desde el arte falso, de aparato y relumbrón, hasta el 
arte de la verdad iluminada por el genio. ¡ Y sin 
embargo, el público se siente mucho más entusias- 
mado con el primero que con el último! Bien hace el 
señor Calvo en repetir una y otra vez La Pasionaria, 
y bien hará si no nos vuelve á dar El Alcalde, ni nada 
que se le parezca. El eminente actor español debe 
hacerse la reflexión del gran Lope : 



Y pues el vulgo es el que paga, es justo 
Hablarle en nécio para darle gusto. 



Estudios y Artículos 



Notables vicisitudes ha experimentado la crítica 
calderoniana. Los titulados clásicos del siglo pasado 
y comienzos del presente pretendieron juzgarle con 
arreglo á cánones mal derivados del teatro antiguo, de 
aplicación imposible al moderno, y por otra parte, 
puramente externos. Para juzgar á Calderón contaban 
por los dedos las infracciones á las decantadas y fal- 
sas unidades, y las faltas de historia y geografía, que 
en los dramas ideales de Calderón, son meramente 
convencionales, como en muchos pasajes de Shak- 
speare. La revolución romántica, que tan impetuosa- 
mente dió al traste con tanto precepto ridículo, con 
tantas preocupaciones añejas, con tantas estrechas 
miras, reaccionó también contra ese mezquino juicio, 
y levantó el nombre de Calderón á las nubes. Como 
esta revolución tomó en Alemania, que fué su cuna, 
un tinte religioso y católico, halló en Calderón, el 
poeta católico por excelencia, la más espléndida ban- 
dera que pudiera desear, y de ahí que Guillermo 
Schlégel, el gran crítico que tan profundamente es- 
tudió el teatro antiguo y el de Shakspeare, acabase 
por colocar á Calderón por encima de todos. Esta 
reacción, no cabe negarlo, fué, como todas, extremada. 
Hoy la crítica, vuelta á un estado de equilibrio é im- 
parcialidad que antes no tenía, reconociendo en Cal- 
derón un genio de primer orden, superior en potencia, 



El Alcalde de Zalamea 



177 



intensidad y vuelo á todo el teatro francés, reconoce 
también que si por la grandeza de las concepciones 
merece el primer puesto en absoluto, en la ejecución 
no es posible, en general, tributarle esa misma ala- 
banza. Y como la ejecución, en lo que no es una mera 
exterioridad, es de tan elevada importancia en las 
obras artísticas, la crítica serena y razonada no pue- 
de poner en absoluto á Calderón sobre todos los dra- 
maturgos del mundo. No hay necesidad de tanto. 
Gloria inmensa es para este príncipe de la escena es- 
pañola, el poder ser llamado, en cuanto al conjunto, 
uno de los mayores, y en cuanto á la potencia de con- 
cepción, el mayor. 

Pero la crítica moderna, si bien mucho más amplia 
y sólida que la antigua, no está libre de pasión ni de 
extravío, y así Calderón es blanco hoy todavía, por 
una parte, del espíritu anti-religioso de la época, en- 
carnado en algunas valientes y altas personalidades; 
y por otra, de la saña y desdén injustos y absurdos, 
pero evidentes, con que la crítica francesa (salvo hon- 
rosas excepciones) mira todo lo que es gloria y orna- 
mento del genial espíritu español, más rico y esplén- 
dido, aunque también (y quizá por eso mismo) más 
despilfarrado, que el ingenio francés. 

Carducci, espíritu audaz y vigorosísimo, poeta 
realista y clásico en el verdadero sentido de la pa- 



Estudios y Artículos 



labra, encarnación violenta y rabiosa del espíritu 
anti-religíoso, no menos ilustre crítico que poeta; 
al juzgar á Calderón, casi parece no ver en él al 
poeta, sino al católico; no al intérprete y represen- 
tante de una gran nacionalidad, próxima á derrum- 
barse, pero todavía soberana y potente, y como tal 
estupendo, sino al órgano del absolutismo y la hogue- 
ra. Extraviado por la pasión, se olvida, pues, de la 
buena crítica, que manda juzgar á cada uno según el 
medio en que vive, y llega en su obcecación hasta afir- 
mar que el célebre monólogo final de Segismundo, en 
La Vida es sueño, esa síntesis poderosa y profunda 
del escepticismo humano de todos los tiempos (desde 
Salomón, que rodeado de riquezas y placeres excla- 
maba: vanitas vanitatum, et omnia vanttas), es sólo 
un consuelo que el poeta, sintiendo próxima la ruina 
de su patria, le propina antes de bajar ésta á la tum- 
ba, á fin de que, juzgando un mero sueño la vida, 
fuese á vivir resignada y tranquila el sueño de la 
muerte. Esto es pequeño, é indigno del criterio del 
alto poeta italiano. 

En cuanto á la antipatía francesa, nosotros, que 
nos hemos vuelto unos insulsos imitadores de la fri- 
volidad parisiense (no de loque en Francia hay de 
sensato y cuerdo); nosotros que hemos decidido em- 
badurnar de francés el castellano, llamando rancio y 



El Alcalde de Zalamea 



arcaico todo escrito español en donde no se observa 
la mezquina sintáxis francesa, único medio de inger- 
tar en el castellano las ideas modernas (según el sa- 
bio sentir de los que ni por las tapas le conocen : ¿qué 
importa que haya Valeras en el mundo?... ¡con no 
leerlos!..); nosotros, digo, nos hemos contaminado del 
necio desdén francés para con la literatura española, y 
esta es la hora en que se pretende desenterrar la anti- 
gua y mezquina crítica pseudo-clásica(eso no es rancio 
ni arcaico) para descargarla sobre la cabeza de Cal- 
derón. ¡Bien por los galicultistas! Pero dejemos estas 
vulgaridades. 

He dicho que Calderón no suele ser tan perfecto en 
la ejecución de sus dramas como es grande en sus 
concepciones; pero como para darnos una prueba de 
que cuando quería alcanzaba á ser perfecto, y aun 
perfectísimo, en la ejecución misma, nos ha dejado El 
Alcalde de Zalamea. 

Este drama tiene antecedentes en Lope de Vega, 
pero entre éstos y la obra de Calderón media un 
abismo. Por otra parte el carácter de Pedro Crespo 
pertenece al último por completo. 

En esta obra incomparable, en que la crítica no tie- 
ne nada que hacer, sino es exponer sus bellezas, el 
interés que en la curiosidad despierta el enredo y la 
intriga de otros dramas calderonianos, no ha usurpa- 



'So Estudios v Artículos 



do el puesto al legítimo placer estético que ha de bus- 
carse en el drama. Toda la acción se desenvuelve con 
sobriedad y sencillez; nada falta, nada está de más. 
1 .1 is caracteres, punto en que Calderón, como casi to- 
dos los grandes dramaturgos españoles, se detiene 
con poco esmero y escasa fuerza analítica, son en el 
drama de que trato, admirables, maravillosos, dig- 
nos de Shakspeare. Nada más humano, más español, 
y más individual á un mismo tiempo, que el carácter 
de Pedro Crespo. Hay en él una mezcla admirable 
de altivez y respeto, de energía y templanza, de se- 
veridad y ternura, de honor incorruptible y villanes- 
ca socarronería, que asombran y maravillan. Bueno 
fuera que meditasen un poco en él los que juzgan dar 
pruebas de carácter armándose de procacidad y de 
insolencia. Este carácter, como toda la obra, es un 
dechado de arte realista, acabado y grande. ¡Y esto 
en el más idealista de los poetas! 

Otro carácter no menos notable y bien dibujado 
que el primero, es el de don Lope de Figueroa. Hé 
aquí cómo se expresa á su respecto el crítico francés 
Viel-Castel: 

"Hállase toda la valiente originalidad de Calderón 
en el modo de concebir el papel de don Lope de Fi- 
gueroa. Tenía que pintar un personaje histórico: don 
Lope era uno de los más ilustres caudillos de aquellas 



El Alcalde de Zalamea 181 



tropas que en el siglo xvi pusieron tan alta la gloria 
de las armas españolas. Ignoramos si Calderón ha 
sacado de la tradición los rasgos que ha prestado á 
don Lope; pero nos le muestra tan animado y vivo, 
que no puede uno resolverse á mirarle como pura 
ficción poética. El afecto y temor unidos que inspira 
á sus soldados; sus preocupaciones militares, mezcla- 
das con tanta rectitud, bondad y grandeza; su urba- 
nidad noble y fina, que vence, sin poder contenerlos 
del todo, los arranques de impaciencia brusca á que 
sus achaques le llevan: este es ciertamente el ideal 
del antiguo guerrero: no conocemos en el teatro ca- 
rácter más acabado ni mejor sostenido. 11 

Pero en este drama no sólo los caracteres principa- 
les son dignos de admiración, sino hasta los de segun- 
do y tercer orden. Todos son de una realidad palpi- 
tante. El capitán don Alvaro es una viva encarnación, 
por contraste con Figueroa, del soldado, no por sed 
de gloria, sino por sed de aventuras. Fiado en sus 
fueros militares, no retrocede ante ninguna tropelía, 
y llega á ser, según la enérgica expresión de don 
Lope, bandido con uniforme. Este tipo, muy propio 
del tiempo en que la acción se desenvuelve, es toda- 
vía y será por mucho tiempo, sobre todo en época de 
guerra, de una verdad indisputable. 

Digno de mención es también el carácter de don 



Estudios v Artículos 



Mendo, hidalgo arruinado, tan orgulloso de sus per- 
gaminos, como vacío de bolsillo y de estómago. Este 
personaje, también de una gran verdad, forma mag- 
nifico contraste con el Alcalde, así como don Lope con 
don Alvaro, y completa admirablemente el cuadro; 
pero después del primer acto, huelga evidentemente 
en la trama, y por eso, sin duda, López de Ayala le ha 
omitido en su excelente refundición. 

Entre tantas perfecciones, dos escenas notaré espe- 
cialmente admirables en este drama. 

Es una la última del acto segundo, en la cual Pe- 
dro Crespo, su hija Isabel y su sobrina Inés, des- 
pués de la tierna despedida de Juan, se quedan con- 
templando desde la ventana, al amanecer, tristes y 
melancólicos, la senda blanca de nieve por donde éste 
acaba de marcharse. Es este un cuadro íntimo de ho- 
gar, tan verdadero, conmovedor y sencillo, que hace 
asomar las lágrimas á los ojos. 

Tal escena es de una simplicidad homérica, porque 
el romántico Calderón se transforma, en este drama, 
en un poeta realista y clásico. En presencia de ella, 
siéntese más repugnancia que nunca por esos dramas 
de efectismo y bambolla, que con todas sus retorsio- 
nes, no alcanzan jamás á producir, ni con mucho, una 
emoción verdadera y profunda. Esa es la cima del 
arte. 



El Alcalde de Zalamea 183 



La otra escena es la en que Crespo, recién nom- 
brado Alcalde, pone á un lado su vara, y suplica á 
don Alvaro, de rodillas, que restaure, casándose con 
Isabel, el honor que le ha manchado. Para esto le 
ofrece entregarle su hacienda toda, y hasta venderse 
él y su hijo como esclavos para aumentar el dote. 
La súplica ternísima del anciano, á quien le ha ajado, 
y á quien puede perder para siempre, toca en lo 
sublime. Pero don Alvaro contesta negándose con in- 
solencia, y entonces el suplicante humilde se torna 
en juez implacable, y la justicia, admirablemente her- 
manada con la venganza personal, se cumple rigoro- 
samente. Nada hay que añadir á la exposición de 
tan magistrales escenas. 

Debe también notarse, por cuanto contribuye á 
dar riqueza humana al carácter del Alcalde, la escena 
en que éste manda poner preso á su propio hijo. 
Cualquier autor efectista, ó menos conocedor del 
corazón humano, habría aprovechado la ocasión 
para hacer que su héroe ostentase toda la firmeza 
incontrastable de su integridad ; Calderón, por lo 
contrario, la aprovecha audazmente para mostrarnos 
á Crespo más humano y más real que nunca. Por 
eso, cuando le observan á éste que es demasiado rigor 
el prender á Juan, exclama alto : 



Estudios y Artículos 



Y aun á mi padre también 
Con tal rigor le tratara; 

pero luego añade para sí socarronamente : 

Aquesto es asegurar 
Su vida, y han de pensar 
Que es la justicia más rara 
Del mundo 

Yo le hallaré la disculpa. 

Este drama, como se ve, es de todo en todo realista. 
Pero ¡ qué realismo tan acendrado y tan grande ! El 
honor no es, como en otros dramas del mismo Calde- 
rón, convencional y mal entendido, ni lo sustenta un 
caballero; sino legítimo y mantenido incólume por 
un villano. D'Esmenard, traductor francés de El 
Alcalde de Zalamea, dice con este motivo : " Fué 
valor el poner en escena un hidalguillo para cubrirle 
de ridículo, y un oficial para entregarle á la justicia 
civil, despojándole del privilegio de ser juzgado por 
los tribunales militares : esto era atacar á la vez á la 
nobleza y al ejército, que en todos los países monár- 
quicos forman dos clases temibles". 

Este drama demuestra también cuán grande es el 
error de los que piensan todavía que los fueros 
municipales de España perecieron en Villalar con 



El Alcalde de Zalamea, 185 



Padilla, aplastados bajo el cetro de la casa de Austria. 
El espíritu municipal se conservó en España con 
vigor. Felipe II (bajo cuyo reinado pasa la acción! no 
quebrantó en lo esencial los fueros de Aragón, y los 
de Cataluña y Valencia conservaron toda su exten- 
sión y fuerza hasta el advenimiento de la casa de 
Borbón, que aniquilando los fueros tradicionales, 
introdujo el sistema centralista francés. Esto es ya 
de notoriedad histórica. Prueba, además, este drama, 
que el espíritu monárquico no consistía en España 
en esa adoración servil al esplendor de la corte, como 
sucedía en Francia en tiempo de Luis XIV, sino en 
el espíritu religioso, que miraba, y con razón, á la 
casa de Austria, como á la más potente y decidida 
sostenedora del ideal católico. No había, pues, ni 
sombra de servilismo en el entusiasmo español por 
la monarquía, y los límites de este entusiasmo los 
indica Calderón, por medio de Crespo, en estos cua- 
tro versos, cifra y compendio del alma española de 
aquellos tiempos : 

Al Rey la hacienda y la vida 
Se ha de dar ; pero el honor 
Es patrimonio del alma, 
Y el alma sólo es de Dios. 



He dicho que este es un drama realista y clásico. 



Estudios v Artículos 



I Ion efecto, en el no hay rastros de esc convenciona- 
lismo de Calderón, no falta suya, sino consecuencia 
ine\ itable de ser el gran intérprete de una civilización 
en cierto modo convencional y amanerada, cual era la 
de España entonces. Y permítaseme una observación 
que justifica plenamente mis doctrinas literarias. 
Calderón, sin nada que le ligase con la antigüedad ; 
representante de una civilización que nada tenía de 
común con la antigua; monarca de un teatro abso- 
lutamente indígena y original, llega en su creación 
mas perfecta á hacer un drama clásico en el verda- 
dero sentido de la palabra ; llega á escribir como lo 
hubiera hecho un gran dramaturgo griego, si en su 
tiempo y en España hubiese nacido ; es decir, alcanza 
el ideal de serenidad, verdad y sencillez que es el ma- 
yor timbre de la literatura helénica. Esto significa que 
por cualquier senda que se camine, al llegar á la per- 
fección se llega al clasicismo legítimo. De aquí esa soli- 
dez que se advierte en todo el drama, y esa lozanía pe- 
renne de que se nos muestra revestido. Á esta solidez 
contribuye muy principalmente la base sobre que la 
obra se sustenta, i Cuál es ella ? ¿Socialista, revolu- 
cionaria, delirante acaso? No ; la base consiste en el 
honor, sentimiento noble, moral, eternamente hu- 
mano, modificado luego por el carácter español y por 
el individual de Crespo. Y este es también, según 



El Alcalde de Zalamea 187 



observa Stapfer, el secreto de esa solidez envidiable 
del arte antiguo. "Shakspeare, dice este excelente 
crítico francés, hace uso de un término sumamente 
curioso para designar todo lo hueco y falso, lo que 
sólo tiene una vana apariencia : modern, dice algunas 
veces, en ocasiones que nosostros diríamos vacío ó 
jactancioso. ¡ Indirecto, pero expresivo homenaje tri- 
butado á la sólida hermosura de lo antiguo ! " 

El único lunar que puede hallarse en el Alcalde de 
Zalamea es el lenguaje empleado por Inés en la dra- 
mática escena del bosque, harto impropio de tan te- 
rrible situación. Y no porque Calderón deje de poner 
en boca de ella, en el relato de su deshonra, expre- 
siones sencillas, eficaces y oportunas, como cuando 
Inés no se atreve á desatar á Crespo, 

Porque si una vez te miras 
Con manos y sin honor, 
Me darán muerte tus iras ; 

y aquellas otras en que dice 

Que ya no pedia al cielo 
Socorro, sino justicia; 

sino porque en seguida paga tributo al mal gusto de 
su tiempo, perdiéndose en encarecimientos pomposos 



i88 



Estudios y Artículos 



que natía añaden á tan concisas y enérgicas expre- 
siones. Este pequeño lunar ha desaparecido en la 
refundición, que es excelente (para que no haya regla 
sin excepción), si bien llega hasta añadir alguna 
escena que, aunque de sabor calderoniano, no se 
halla ni apuntada en el original. Esto es, en mi con- 
cepto, ultrapasar los límites en que debe encerrarse 
un re fundidor respetuoso. 

La representación de El Alcalde de Zalamea ha 
sido digna de tan grande obra. Rafael Calvo ha sa- 
bido hacer ver, en el carácter de Crespo, desde sus 
arranques más enérgicos hasta sus más delicados 
matices. El eminente actor español se ha mostrado 
á la altura de su talento y de su merecida fama. En 
la escena de los " respetos " estuvo felicísimo. Re- 
ciba mis más entusiastas aplausos. El señor Jimé- 
nez hizo un don Lope irreprochable : con esto está 
dicho todo. 

La representación de El Alcalde de Zalamea dejará 
recuerdo indeleble en las personas de buen gusto que 
á ella han asistido. En presencia de obra tan magní- 
fica y perfecta no hay sino abandonar el escalpelo de 
la crítica para arrojar coronas á la memoria del poeta 
inmortal. 



"CID RODRIGO DE VIVAR" 



REPRESENTACIÓN DE RAFAEL CALVO 




roñicas y leyendas están de acuerdo en que 
habiendo el Cid muerto al conde Gómez de 
Gormaz, en venganza de la injuria hecha 



por éste á Diego Láinez, se casó luego con la hija 
del conde, Jimena Gómez, por haberlo ella así exi- 
gido del rey D. Fernando. Así se lee en la Crónica 
rimada del Cid, y, con alguna variante, en el ro- 
mancero del Cid, muchos de cuyos romances se 
encuentran originariamente en aquélla, en forma 
harto más rústica. Así se lee también en Ma- 
riana. Estos datos, y el admirable carácter del Cid, 
que se refleja en su romancero, fué lo único que pudo 
aprovechar Guillén de Castro en sus Mocedades del 
Cid, obra admirable, no obstante su desarreglo, llena 
de viril y robusta poesía, en la que por primera vez 



Estudios y Artículos 



se empicaba en el teatro tan magnífico asunto. Apro- 
vechó también Guillen de Castro algunos romances, 
que introdujo en su obra, en lo cual obró acertada- 
mente, pues logró dar á su asunto mayor frescura y 
colorido. Pero lo que pertenece por completo á Gui- 
llen de Castro (además de la disposición y ejecución 
del asunto) es el carácter de Jimena. Este es su ma- 
yor título de gloria. El romancero del Cid, fuera del 
rasgo antes citado fy que no sé si le favorece mucho), 
no nos presenta á Jimena sino después de su desposo- 
rio con Rodrigo de Vivar. El aspecto por el cual Gui- 
llén de Castro la pinta, desenvolviendo su carácter, 
es, pues, una creación tan original como admirable. 

Corneille, que imitó este drama, introduciendo así 
en Francia la tragedia, como introdujo la comedia 
por medio de Le Menteur (imitación, no por cierto 
mejorada, de La Verdad sospechosa), nada pudo 
añadir á este carácter, que es en su Cid un simple 
traslado del original español. Cuanto hay de funda- 
mentalmente bello en la obra de Corneille existía ya 
en el drama originario. Así lo reconoce Voltaire, y 
así lo reconoció Corneille mismo al tratar de explicar 
el éxito portentoso que El Cid obtuvo en Francia. 
Dice: 

..."Me atrevo á afirmar que este feliz poema no ha 
obtenido un éxito tan extraordinario sino porque en 



Cid Rodrigo de Vivar kji 



él se ven las dos condiciones capitales que este gran 
maestro (Aristóteles) exige á las excelentes trage- 
dias... La primera es que el que sufre y es persegui- 
do no sea del todo malvado, ni virtuoso del todo; 
sino un hombre más virtuoso que malvado, quién, 
por algún rasgo de debilidad humana, que no sea un 
crimen, da en una desgracia que no merece; la otra, 
que la persecución y el peligro no provengan de un 
enemigo, ni de un indiferente, sino de una persona 
que debe amar al que padece y ser amada de él. Hé 
aquí, hablando francamente, la verdadera y sola 
causa de todo el buen éxito de El Cid, al cual no es 
posible negarle esas condiciones sin cegarse uno mis- 
mo para ser con él injusto. " 

Y bien, estos dos fundamentos en que se basan las 
excelencias de El Cid, se hallan exactamente en "Las 
Mocedades." Pero si Corneille toma lo fundamental 
de su obra del drama citado (sin perjuicio de traducir 
algunos bellísimos pormenores) no es menos despre- 
ocupado para imitar la disposición de las escenas ni 
para traducir algunas casi ad fiedem literae. {Qué 
es, pues, lo que pertenece á Corneille en El Cid} 
Nada más que una mayor regularidad, un sello más 
artístico en el estilo, y una variante en el desenlace. 
Pero si ha ganado en algo la obra del gran drama- 
turgo francés, no puede dudarse de que ha sido sa- 



rpa 



Estudios y Artículos 



orificando en parte la viveza, frescura y colorido 
que rebosan en el original. En la tragedia francesa 
vemos la belleza interior del alma del Cid; pero en la 
comedia española se nos muestra más rico de atribu- 
tos externos, le vemos más vivo y patente, más de- 
terminado por las condiciones de nacionalidad y de 
época, y más conforme, por lo tanto, con la idea que 
á su respecto nos hemos forjado: en una palabra, 
más legendario y más poético. En prueba de ello, 
señálese en El Cid una pintura tan viva y sintética 
de Rodrigo como esta de Las Mocedades: 

Doña Urraca 

Será un bravo caballero, 
Galán, bizarro y valiente. 

J i MENA 

Luce en él gallardamente 
Entre lo hermoso lo fiero. 

Doña Urraca 

¡ Con qué brio, qué pujanza, 
Gala, esfuerzo y maravilla 
Afianzándose en la silla 
Rompió en el aire una lanza ! 

Respecto del desenlace en ambos dramas, sucede al- 
go curioso. Dice Corneille que habiéndole parecido 



Cid Rodrigo de Vivar 



repugnante (á pesar de ser tradicional) el que Jimena 
consienta sin reserva en casarse con el Cid, como su- 
cede en Guillén de Castro, ideó uno más decoroso, 
haciendo que Jimena aceptase para más adelante el 
matrimonio. Siendo posible que sobreviniera algún 
obstáculo en el largo tiempo que había de transcurrir, 
su aceptación parece más decorosa, y concuerda me- 
jor con las persecuciones, que en cumplimiento de su 
honor y desagravio de la memoria de su padre, ha- 
bía emprendido contra su adorado Rodrigo. Habilidad 
hubo en esto, por cierto, y tal íinal es muy superior 
al indecoroso de Diamante; pero queda, á pesar de 
todo, muy por debajo del de Guillén de Castro. Con 
efecto, mucho más digno y verosímil es que Jimena 
acepte sin reservas el ser esposa del Cid, á los tres 
años de la muerte de su padre (tiempo que dura la 
acción en el original español), y después de haberse 
ilustrado con mil hazañas diversas, que no su acep- 
tación á plazo, á las veinticuatro horas de haber Ro- 
drigo dado muerte al conde don Gómez. Esto último 
es absurdo é inaceptable, dado el gran carácter de Ji- 
mena; pero la culpa aquí, más que de Corneille, es de 
la unidad de tiempo, cuya observancia, en este como 
en muchos otros casos, conduce á lo absurdo. 

En este siglo, dos autores españoles han vuelto á 
poner al Cid en escena: Hartzenbusch y Fernández 

13 



Estudios V Articulas 



y González. El primero toma como nudo de su trama 
la Jura de Santa Gadea (que es su título), y desechan- 
do lo aceptado por crónicas y leyendas, liga á aquél 
hecho memorable los amores del Cid con Jimena 
Díaz, que nada tiene que ver con Jimena Gómez, 
cuyo padre pereció á manos del Cid. Esto es lo rigo- 
rosamente histórico, según puede verse en la Histo- 
ria del Cid, por el Padre Risco. "El matrimonio 
de Rodrigo Díaz, dice este autor, con doña Jimena 
Gómez, no es otra cosa que una de las muchas patra- 
ñas que se han adoptado en nuestras crónicas contra 
la autoridad de los monumentos más auténticos, que 
sólo dan á Rodrigo por mujer á doña Jimena Díaz. " 

En cuanto á Fernández y González, es el autor del 
drama Cid Rodrigo de Vivar, recientemente puesto 
en escena por la compañía de D. Rafael Calvo. De él 
me cumple decir algunas palabras. 

Sé de muchas personas que al solo nombre de Fer- 
nández y González se han sentido escandalizadas. No 
podían comprender cómo el Sr. Calvo se atrevía á 
poner en escena una obra de autor tan justamente 
desprestigiado. Sólo la ceguedad ó la ligereza de jui- 
cio han podido ocasionar tales espasmos. Nadie podrá 
negar con justicia á Fernández y González grande y 
extraordinario talento. Sus primeras obras fueron la 
más hermosa promesa de una gran gloria literaria. 



Cid Rodrigo de Vivar 



Manifestaba imaginación poderosísima, fantasía ca- 
paz de grandes concepciones. Por desgracia, tan 
feliz promesa no llegó á cumplirse. El extravío de 
esa misma imaginación, por una parte, y por otra la 
necesidad, que le obligó á descender á la novela por 
entregas, ahogaron cuanto bueno había en él, prosti- 
tuyeron su ingenio, y en vez de ascender á la cima del 
arte, se despeñó en el precipicio de las más grotescas 
y detestables imitaciones de Dumas, padre. 

Pero porque tal haya sucedido ¿se han de descono- 
cer y negar á libro cerrado los aciertos de su primera 
época? Contra tamaña injusticia bastará presentar el 
drama que es ocasión de estas líneas, Cid Rodrigo 
de Vivar. Veamos cómo ha tratado este malogrado 
poeta el asunto creado por Guillén de Castro é imita- 
do por Corneille. 

Desde luego advertimos notable diferencia en el ca- 
rácter de Jimena. En el original español y en la imi- 
tación francesa este personaje es víctima de una lucha 
sin tregua entre su amor por Rodrigo, que se man- 
tiene potente aun después de la muerte de su padre, y 
el deber en que juzga hallarse de vengar dicha muer- 
te, pidiendo al rey, incansablemente, justicia contra el 
matador. Cuando se encuentra con éste, su amor se 
desborda y no tiene reparo en confesárselo, sin re- 
nunciar por eso á una venganza que estima necesa- 



Estudios y Artículos 



ría hasta para hacerse digna del amor de Rodrigo. Del 
mismo modo, el Cid había muerto al conde en la per- 
suasión de que. de no hacerlo, su afrenta no vengada 
le haría indigno del amor de Jimena. La ingenuidad 
de esta llega hasta confesar al Cid, que si bien le per- 
seguirá sin tregua, deseano obtener resultado alguno 
en su persecución. Esto da lugar á una lucha sorda 
y tenaz en el cima de Jimena, llena de peripecias, en 
la que el amor acaba por sobreponerse y triunfar. 

No es este el carácter de la lucha que sostiene la 
Jimena de Fernández y González. Ella persigue á 
Rodrigo, más que por satisfacción de su honra, por 
anhelo real de venganza, contradicho y combatido 
por su amor, no menos poderoso. Por esto se guar- 
da bien de confesar á Rodrigo un cariño de que se 
avergüenza, y que desearía desterrar de su corazón; 
y, al revés de lo que pasa á la Jimena primitiva, si 
en ausencia del Cid siente la voz del amor, su vista 
la exaspera, y hace resonar más poderoso el grito de 
la venganza. En la Jimena de Guillen de Castro, la 
lucha se traba, pues, entre una pasión y un deber ; 
en la de Fernández y González se empeña entre dos 
pasiones (aunque el final sea uno mismo : el triunfo 
del amor). En la primera hay más grandeza moral, 
en la segunda un ímpetu más bravio. En aquélla 
hay más detenimiento analítico, en ésta más vigor 



Cid Rodrigo de Vivar 



197 



sintético. La antigua despierta más simpatía y es 
más profunda ; la moderna conmueve más y es más 
dramática. Puesto á decidirme por una ú otra, daría 
mi preferencia á la primera, pero sin negar por ello 
mi admiración á la última. 

Ni Guillén de Castro ni Corneille pusieron ante 
los ojos del espectador el desafío del Cid con el con- 
de Gormaz. En el sentir del segundo, esto hubiera 
sido menoscabar la simpatía que debe el Cid inspirar, 
infundiendo á la vez compasión hacia el ofensor de su 
padre. Fernández y González se ha atrevido á hacer- 
lo, sin embargo, y ha salido airoso de la prueba. La 
escena del duelo delante de los secuaces de ambos 
contendientes ; la muerte del conde ; la desesperación 
de Jimena, que en ese momento acude, y la maldi- 
ción tremenda que, cegada por el dolor y la cólera, 
lanza sobre su adorado Rodrigo ; son otros tantos 
incidentes admirables, dramáticos, y de seguro efecto. 

El autor moderno ha querido salvar la repugnan- 
cia del desenlace á que se refiere Corneille, haciendo 
que el conde, previendo su muerte, deje escrita una 
disposición por la que ordena á Jimena que acepte la 
mano del Cid, si éste la solicita. Esto salva, en efecto, 
lo repugnante del matrimonio; pero por medio de un 
recurso externo y de convención, y á costa del carácter 
del conde, que resulta así un tanto débil y decaído. 



Estudios y Artículos 



La pieza está, en general, dignamente presentada, 
v llena de antiguo sabor caballeresco. El carácter del 
( ¡id, vigorosamente acentuado, sin imitaciones servi- 
les, sobrepasa en ocasiones al de sus antecesores. Los 
romances antiguos que pone en su boca (como con 
otros hizo Guillen de Castro) son una prueba de feliz 
instinto, pues contribuyen en gran manera á dar al 
héroe su verdadero colorido. Nada daña esto á la 
originalidad posible en esta clase de asuntos. Abun- 
dan las expresiones brillantes y los versos magníficos, 
siendo, sobre todos, de notar los que dice el Cid, 
al relatar sus victorias : 

Y una vez sobre la silla, 
Se iba ensanchando Castilla 
Delante de mi caballo. 



"EL GRAN GALEOTO" 



REPRESENTACIÓN DE RAFAEL CALVO 



la clase de temas gastados pertenecen los dra- 
mas de Echegaray. La plebe literaria, los 
críticos-roedores, los verdaderos críticos, 
todos han dado ya su fallo á su respecto. Es casi impo- 
sible, por lo tanto, decir algo nuevo, ni en son de alaban- 
za, ni en sonde vituperio. Para la primera, nosólo Eche- 
garay es un coloso, sino que cuanto sale de su pluma 
es una maravilla. Los segundosse contentan con mor- 
derle los talones. Los últimos han puesto las cosas en 
su punto, reconociendo su indisputable talento, pero 
señalando denodadamente sus grandes extravíos. 

Para mí, Revilla ha pronunciado la última pala- 
bra: Echegaray es una gran fantasía divorciada de 
la realidad. En esta definición puede hallarse la 




JOO 



Estudios y Artículos 



razón de sus aciertos y de sus desbarros; de ese po- 
der que deslumhra, de esa fuerza que sacude, y de 
esa falsedad y violencia que estragan todos, ó casi 
todos sus dramas. Sea deficiencia ingénita, sea falta 
de observación de la realidad, debida á la índole de 
sus estudios favoritos, el hecho es que Echegaray 
necesita, para desplegar sus fuerzas, sacar violenta- 
mente el arte de la verdad, y llevarlo á un mundo 
caprichoso y convencional, pero en el cual sabe mos- 
trarnos, á veces, apariencias esplendorosas. Con- 
cebida una idea dramática, la desarrolla, anuda y 
desata con arreglo á una ley inflexible sugerida por 
su poder de abstracción, sin tener en cuenta las mil 
y mil modificaciones y desviaciones que la natu- 
raleza, infinitamente varia y caprichosa, le haría 
experimentar, aun en el supuesto de que dicha idea 
fuese originariamente exacta. El arte de Echegaray 
es un arte rígido en su esencia, y como nada hay 
menos rígido que la naturaleza humana, el arte 
de Echegaray viene á ser fundamentalmente falso. 
Aceptada esta falsedad por el espectador (cosa que él 
consigue hasta de sus enemigos, merced al ímpetu 
con que se desvía, sin dar lugar á la reflexión), ya 
no es posible negarse al prestigio de su talento, al 
brillo, á la magia de sus situaciones, á la intensidad 
de su lenguaje. Si consigue arrancarnos de la verdad, 



El Gran Galeoto 



201 



nos arroja con mano potente en la vorágine del deli- 
rio, y una vez en ella, á su antojo nos estremece y 
sacude. 

Pero si, en la esfera de lo falso, no puede negárse- 
le este poder extraordinario, tampoco es posible disi- 
mular los grandes defectos que aun en ella le acom- 
pañan. Hay en sus obras un romanticismo fuera 
de sazón, un abuso grande de lo terrorífico y es- 
pasmódico; los recursos de que se vale son muchas 
veces grotescos, de brocha gorda; no tiene flexibili- 
dad, gracia, finura, delicadeza artística, y lo que es 
peor, ignora el secreto de conmover interiormente el 
espíritu con suavidad y dulzura. 

Su forma externa carece de fluidez, facilidad y lim- 
pieza. Su versificación es áspera y escabrosa; su esti- 
lo rígido, aunque de mucho relieve. Suele también 
poner en boca de sus personajes tiradas bombásticas, 
hinchadas, á las que malamente se da el nombre de 
lirismo. En vez de pintar la naturaleza, la violenta 
para su uso particular, y lejos de poseer ese dón de 
observación fina y penetrante que su difícil arte re- 
quiere, sus obras no son casi nunca más que la ma- 
nifestación, en forma dramática, de sus creencias y 
opiniones personales. En una palabra, no es un 
poeta dramático de raza, pues carece de su sello ar- 
tístico y de sus cualidades esenciales. Es, más bien, 



JO 2 



Estudios y Artículos 



si se me permite la metáfora, un gran bandolero de 
los dominios del arte. 

Una de sus mejores obras es El Gran Galeoto. 
Otras presentan quizá tales ó cuales escenas su- 
periores á cualquiera de las de aquélla ; más casi 
ninguna le alcanza en su conjunto. Yo sólo le 
antepongo O locura ó santidad y Un milagro en 
Egipto. Una de las cosas que hacen más acep- 
table y simpático el de que ahora trato, es la idea 
en que se basa, á todas luces verdadera. La idea de 
la culpa, como dice muy bien Teodora, sugerida 
por la murmuración y la calumnia, mancha por sí so- 
la, y puede llegar, en determinadas circunstancias, á 
engendrar su realidad correspondiente. Hay aquí una 
exacta observación psicológica. Echegaray ha drama- 
tizado esta idea con fuerza y brillo extraordinario; 
pero, como siempre, no ha podido hallar ese brillo y 
esa fuerza sino sacando aquélla de quicio y llevándola 
á conclusiones violentas y exageradas. Puesto que la 
idea es exacta, claro está que Ernesto y Teodora pu- 
dieron llegar á cometer el crimen que la vil murmu- 
ración les imputaba; pero una vez en la situación á 
que el autor los lleva; muerto desastrosamente don 
Julián, después de haber execrado á los dos seres que 
más quería, y por los que era también amado, ¿cabe 
la unión entre dos almas tan nobles y generosas como 



El Gran Galeoto 



203 



Teodora y Ernesto? {Cabe otra cosa que llanto y se- 
paración eterna? {No es tal desenlace violentísimo? 
Para el que medita con el drama en la mano, sí; pero 
el que presencia en el teatro las escenas finales del 
drama, no puede sustraerse á su fascinación, al relie- 
ve del cuadro, á la fuerza estupenda de las expresio- 
nes de Ernesto, al sello, en fin de poder y de vida 
que aun en lo falso sabe poner el celebrado drama- 
turgo español. Nunca lo falso se presentó con más 
viveza de colorido, con mayor relieve; mas, por eso 
mismo, nunca existió un autor más peligroso que 
Echegaray, quien á poco andar puede convertirse en 
una gran calamidad para las letras españolas. Nada 
más dañoso que el talento descaminado. Si Góngo- 
ra no hubiera sido tan gran poeta, no habría logrado 
tanto eco su culteranismo, que, como el de Víctor 
Hugo, tiene no sé qué de seductor y atrayente. 

Fuera de esto, no es posible aceptar como recurso 
dramático la escena en que Teodora acude á casa de 
Ernesto, ni su subsiguiente escondite en las habita- 
ciones del mismo, sin más objeto que el de preparar 
la sorpresa de D. Julián y la catástrofe que es su 
consecuencia. Tal recurso es pobre, inverosímil y 
harto gastado. Por lo demás, hay en el prólogo y en 
el primer acto escenas escritas con mucha naturali- 
dad y soltura. La versificación, si bien abrupta toda- 



204 



Es tud ios y A rt i cu los 



vía. lo es menos que la de las obras anteriores de 
Echegaray. 

Esta obra, tal como es, con sus cualidades y de- 
fectos, es una de las que mejor cuadran á la compañía 
que actúa en el Teatro Nacional. El Sr. Jiménez ha- 
ce un don Julián admirable, lleno de naturalidad y 
desenvoltura, sobre todo en el prólogo y en el primer 
acto. La señora Contreras es una pasable Teodora, y 
Ricardo Calvo un excelente Pepito, como el mismo 
autor lo ha reconocido. 

En cuanto á Rafael Calvo, creo que, fuera del Don 
Alvaro, nunca despliega mejor sus facultades que en 
los dramas de Echegaray. Esto influye, sin duda, en 
la predilección que tiene por este autor. Este inspi- 
rado artista, de índole apasionada y ardiente, no se 
halla verdaderamente en su centro, no puede mani- 
festar todo su poder, sino en medio del fuego y las 
llamaradas. Cierto que, si bien con las desigualdades 
inherentes á esta clase de temperamentos, en todos 
los papeles sabe mostrarse dignamente; pero sólo es 
grande en los papeles que requieren brillantez y 
fuerza, en los arranques impetuosos, en los desbor- 
des de pasión. 

Y es porque sólo entonces el carácter que encarna 
está íntimamente en consonancia con su carácter 
propio, con el modo de sentir apasionado que le es 



El Gran Galeoto 



20$ 



peculiar, con la pompa de su imaginación verdadera- 
mente andaluza. Si en los papeles reflexivos se des- 
empeña bien, es por un esfuerzo de su talento y de su 
estudio; en tanto que si raya á mucho mayor altura 
en los impetuosos y arrebatados, lo debe á su inspi- 
ración espontánea, que es grande y sincera, y en- 
cuentra en ellos como un desahogo natural y fá- 
cil salida. Para juzgar, pues, en todo su valor á Rafael 
Calvo, es menester verle en esos momentos supremos 
en que deja desbordar, á través del personaje que re- 
presenta, su propia naturaleza. Así es fácil que pase 
mucho tiempo antes que veamos á quien pueda riva- 
lizar con él en las últimas escenas del Don Alvaro, 
en el último acto de Mar sin orillas, en el acto se- 
gundo de La vida es sueño, en las escenas finales de 
El Gran Galeoto. y otras por el mismo estilo. Á esta 
condición reúne este artista un arte insuperable en el 
decir de los versos, que en sus labios suenan armo- 
niosísimos y aparecen como vestidos de luz resplande- 
ciente. Digan cuanto quieran los partidarios del pro- 
saísmo francés, esto enamorará siempre á oídos espa- 
ñoles y americanos. ¿Para cuándo se dejan las diferen- 
cias de raza y de temperamento? El arte es eminente- 
mente local, y ha de tener siempre, si es legítimo y 
sincero, sabor al terruño, sea en lo esencial, sea en el 
colorido. Esto no estorba lo general y humano, que 



Estudios v Artículos 



se hallará siempre que se profundice el carácter de 
cualquier raza o nacionalidad, á la manera que se en- 
cuentra el agua debajo de las más diversas superficies. 

Cuando se reflexiona en lo que ha sido en otro 
tiempo, y aun en parte del presente siglo, el arte dra- 
mático español, y se considera luego el estado en que 
actualmente se encuentra, es imposible no sentirse 
poseído de profunda tristeza. En el siglo xvn empe- 
zó por dar al mundo, con Lope de Vega, el verdade- 
ro rumbo del arte dramático moderno, por oposición 
á la forma muerta de la tragedia antigua. Se ilustró 
luego con una inmortal falanje de genios dramáti- 
cos, cada uno de los cuales bastaba para dar gloria 
inmensa á una literatura; sirvió de maestro y guía á 
todos los teatros de Europa, y llegó á su mayor pro- 
fundidad y vigor sintético con Calderón. Este teatro, 
si cede en perfección artística al griego, en universa- 
lidad humana y análisis de caracteres al de Shak- 
speare, es, sin embargo, el más rico, el más vario y 
el más original de todos. 

Con menos abundancia y esplendor, aunque con 
más arreglo, cordura y decoro, renació brioso en este 
siglo con Bretón, el duque de Rivas, García Gutié- 
rrez, Zorrilla, Hartzenbusch, Ayala, Tamayo y otros 
que inmediatamente les siguen en mérito. Y bien: 
{cuál era el estado de este teatro admirable antes de 



El Gran Galeoto 



20 7 



aparecer Echegaray? El más triste del mundo. Algu- 
nos de esos grandes ingenios habían desaparecido ; 
otros, como Gutiérrez y Tamayo, enmudecían, y con- 
tinúan (i) aún en silencio. La escena estaba en poder 
de la medianía en cuanto al talento, y de la mojiga- 
tería más melindrosa en cuanto á la moral. Y no 
es por cierto muy superior hoy el estado de la 
poesía dramática en los demás teatros europeos. La 
creciente afición por la ópera (harto imperfecta toda- 
vía como creación artística) de una parte, y de otra, 
la tendencia á considerar el teatro como un ameno y 
frivolo pasatiempo, extraño á esa atención seria que 
exigen las verdaderas obras artísticas, dañan al de- 
sarrollo y florecimiento actual del arte dramático. 

Con respecto á España, la decadencia á que me refe- 
ría explica en gran parte el buen éxito de las obras de 
Echegaray. Pretendía á deshora galvanizar el roman- 
ticismo ; personificaba el extravío, la violencia, el de- 
lirio ; más semejaba un corsario que un almirante ; 
pero este corsario poseía más genio y brío que todos 
los grumetes que se habían enseñoreado de la escena. 
Al lado de éstos, Echegaray debió de parecer un colo- 
so. Era la fuerza extraviada y brutal, pero era al cabo 



(i) Esto se escribía poco antes de morir García Gutiérrez. 



Estudios y Artículos 



la fuerza, que en el arte valdrá siempre más que 
la debilidad bien dirigida. 

Desgraciadamente, la fuerza de Echegaray no es 
la fuerza que crea, sino la fuerza que destruye. Su 
luz no es la que ilumina y calienta, sino la que incen- 
dia y abrasa. Ha entrado como una tromba en la es- 
cena española, y al pulverizar las sabandijas que en 
ella pululaban, ha echado también por tierra las 
grandes y sanas tradiciones de los Ayalas y Tama- 
yos, y, como el ángel de la destrucción, se ha sentado 
fiero y vencedor sobre sus ruinas. Tras él han llega- 
do sus imitadores, que sin tener su fantasía, exa- 
geran sus defectos. Los más, siguiendo distintos 
rumbos, se lanzan desaforadamente á los dramas de 
tesis, que resuelven á tajos y mandobles ; algunos se 
van tras de teorías socialistas, proponiendo para los 
males sociales remedios peregrinos ; no falta quien 
pretenda ser romántico y naturalista á la vez : todos 
deliran, y olvidando que el fin primordial del arte es 
producir belleza, cultivan un arte epiléptico, enfer- 
mizo y estéril. ¡ Arte sano y verdadero y fecundo de 
la gloriosísima escena española, descanza en paz ! 




REPRESENTACIÓN DE RAFAEL CALVO. 



omo si hubiese querido dar elocuentísima res- 
puesta á las lamentaciones de mi última Cró- 
nica, sobre el estado decadente del teatro es- 
pañol, el señor Calvo ha puesto en escena, en las no- 
ches del Sábado y Domingo últimos, dos piezas del 
teatro antiguo. Si hubo en ello intención, de todo co- 
razón se lo agradezco ; en caso contrario, bendigo la 
coincidencia que tan oportunamente ha aplicado el 
bálsamo á la herida. 

Cuando busco entre los grandes dramaturgos es- 
pañoles del siglo xvii al que merece el primer pues- 
to en absoluto, al que reúne en sí, en grado eminente, 
las principales cualidades de los demás, el único qui- 
zá que me impide pronunciar decididamente el nom- 

14 




2/0 Estudios y Artículos 



bre de Calderón, es Tirso de Molina. Este nombre, 
dado que no pueda colocarse por encima de todos, 
es bastante para estorbar esc honor a otro cual- 
quiera. Si Calderón es el poeta nacional por exce- 
lencia, el dotado de mayor profundidad, el más 
comprensivo, nadie iguala á Tirso en poder caracte- 
rístico, nadie puede presentar un rival de don Juan 
Tenorio. Supera también á todos en gracia y viveza, 
en el arte y colorido con que trata á la gente menuda 
y rústica. Pero lo que le hace aun más extraor- 
dinario es su flexibilidad maravillosa. Increíble pa- 
rece el brillo y desenvoltura con que recorre todos 
los géneros. Si en Don Gil de las calzas verdes se 
muestra consumado maestro de la intriga y la gracia ; 
si nos seduce la viveza y frescura de La Villana de 
Yallecas y de Marta la piadosa : muéstrase vigoro- 
so y elevado en el drama histórico La Prudencia en 
la mujer, terrible y trágico en La Venganza de Ta- 
mar. profundo y atrevido en la estupenda concepción 
de El Condenado por desconfiado, i Dónde algo más 
gráfico y agudo que el discurso del alcalde á la reina 
en el drama histórico citado > i Dónde algo más 
noblemente sencillo que la escena entre la reina y el 
mercader de Segovia? Hasta de los más triviales 
asuntos sabe hacer Tirso comedias divertidísimas, y 
esto es precisamente lo que sucede con la que ahora 



Desde Toledo d Madrid 



211 



me ha de ocupar brevemente, titulada Desde Tole- 
do d Madrid. 

Don Luis, prometido, aunque no amado, de Doña 
Mayor, que vive en Toledo, va á buscarla desde 
Madrid, que es donde debe celebrarse la boda, sin 
pérdida de tiempo. Don Baltasar, futuro heredero de 
una pingüe renta y un marquesado t por una rara ca- 
sualidad la conoce, se enamora de ella, y al verse 
correspondido, se propone estorbar á todo trance la 
concertada unión. Para ello se disfraza de sobrestan- 
te de ganado, como él dice, acompaña á los viajeros 
en tal calidad, y después de varios incidentes, logra 
cumplidamente su objeto. Á esto se reduce toda la 
intriga. El asunto, pues, es de lo más trivial que pue- 
de imaginarse. Pero nada hay pequeño para el verda- 
dero talento, el cual de un mínimun de materia dra- 
mática puede sacar bellezas no sospechadas por el 
vulgo de los escritores. 

No hay en esta comedia nada patético ni conmove- 
dor, ni estudio de carácter, ni cosa alguna que excite 
grandemente la curiosidad. ¿ Por qué es, pues, tan 
agradable ? Porque la musa retozona de Tirso ha 
derramado en ella sus tesoros de gracia, naturalidad 
y frescura ; porque nos parece estar viendo un viaje 
de aquellos tiempos ; porque los tipos de don Alonso, 
viejo regañón y complaciente á la vez con los melin- 



212 



Estudios v Artículos 



dres de su hija ; don Luis, caballero pagado de su al- 
curnia y de su porte ; doña Mayor, enamorada y pi- 
caresca, y sobre todo, don Baltasar, travieso y ami- 
go de aventuras, si bien no pueden llamarse verdade- 
ros caracteres, tienen tanta viveza y colorido en medio 
de su ligereza, que seducen y divierten sobremanera. 
Verdad es que doña Mayor da pruebas de sobrada 
desenvoltura al informar á don Baltasar de su situa- 
ción y aceptar sus galanteos en las críticas circuns- 
tancias en que le ve por vez primera ; pero fuera de 
que Tirso tendía, casi siempre, á pintar fáciles y de- 
cididas á las mujeres (¡ sabe Dios las quisicosas que 
le habrían confiado en confesión !), no hay que per- 
der de vista que en esta obra no se trata de estudiar 
caracteres, ni de guardar una verosimilitud escrupu- 
losa, sino de entretener agradablemente al espectador 
con un cuadro vivo y pintoresco. 

En don Baltasar nos pinta Tirso dos tipos á la 
vez : el de galante y enamorado aventurero, lleno de 
trazas ingeniosas y atrevidos ardides, en lo que 
realmente es, y el de rústico, mitad crédulo, mitad 
socarrón, dispuesto siempre á protestar contra el que 
confunda su oficio con otro más humilde, en lo que 
simula. Véase, si no, el siguiente diálogo : 



Desde Toledo d Madrid 



21 j 



Don Luis 

... poned el coche, 

Hermano mozo de muías. 

Don Baltasar 
Hablemos bien, si es que sabe. 

DON LUIS 

¿ No es vuestro nombre este ? 

DON BALTASAR 

Lucas 

Berrio soy en mi casa, 
Gracias á taita y al cura : 
Tíos tengo familiares, 

Y un hermano que aún estudia 
En Alcalá, y un pariente 

Que es racionero de Murcia. 

DON LUIS 

Todo eso es calificado. 

Y á propósito : ¿ Qué injuria 
Os hago dándoos el nombre 
De vuestro oficio ? 

DON BALTASAR 

Ninguna 

Si el de mi oficio me diera. 

DON LUIS 

¿ No curáis cabalgaduras ? 

DON BALTASAR 

No, mas soy su sobrestante. 



214 



Estudios v Artículos 



DON LUIS 

¿ Por vuestra vida ? 

DON BALTASAR 

Y la suya. 

DON LUIS 

¿ Que también hay diferencia 
En esos cargos ? 

DON BALTASAR 

Y mucha . 
Los que en calzones de lienzo, 
Montcrilla con la punta 
Al cogote, y alpargates, 
A pata en invierno sudan, 
Son mancebos de camino ; 
Mas los que en cabalgadura 
Acompañan, con espuela, 
Sombrero, calza de ahuja, 
Su borceguí encima de ella, 
Manga ó jubón de carnuza, 
Capotillo de rájela, 
Valona y liga que cruza, 
Espada y daga de ganchos; 
Estos tales se entetulan 
Sobrestantes del ganado. 
No tengamos barahunda : 
Hablar como se ha de hablar 
Y Cristo con todos. 



Desde Toledo d Madrid 



Pero nada hay más cómico en toda la pieza que la 
escena en que don Alonso y don Luis fingen consen- 
tir, por burlarse de don Baltasar, á quien juzgan un 
rústico tonto capaz de pretender la mano de doña 
Mayor, en el matrimonio de ambos. Aquellos juramen- 
tos de amor que todos, incluso el novio, celebran 
como farsa divertida, y que son, sin embargo, dichos 
de verdad por los amantes, son de un efecto cómico 
exquisito. Aquí también aprovecha Tirso la ocasión 
de pintar, con la superioridad que sólo él posee en 
esta materia, el tipo de baja condición social. 

DON ALONSO 

Pues yo no lo contradigo 
Ya que todos me lo alaban . 

DON BALTASAR 

Tenganse ; ¿ luego pensaban 
Que e^tá acabado conmigo ? 
Sepamos primeramente 
El dote que me han de dar. 

DON ALONSO 

Si Mayor me ha de heredar, 
No hay en eso inconveniente. 
Decidnos vos vuestra hacienda. 

DON BALTASAR 

¿ Piensan que el casarse es paja ? 
Quien destaja no baraja. 



Estudios y Artículos 



Yo tengo, porque lo entienda, 

Un solar en Lavapiés, 

Que según mi hermano dijo, 

En murándosele un hijo, 

Se ha de partir entre tres ; 

En Torrejón dos majuelos 

Que agora se han de plantar ; 

Item más, un melonar 

Que he comprado en Cicnpozuclos. 

Y si acierta la calaña 

No es la ganancia pequeña ; 
Item más, tengo una haceña 

Y una casa en la montaña, 
Que aunque se las llevó el rio, 
Fácil alzarse podrán. 

¿ No es bueno el coche en que van ? 
Pues la mitad de él es mío ; 
Tres muías y un macho romo, 

Y mi soldada cumplida, 
Para la Pascua Florida 
Treinta ducados. 

DON ALONSO 

¡ Y cómo 
¡ Que es caudaloso el mancebo ! 

DON BALTASAR 

Sendos vestidos de paño, 
Sin este que compré antaño ; 
Tres jubones, este nuevo, 



Desde Toledo d Madrid 



217 



Y dos que echándoles mangas 
Harán también su fegura. 

DON ALONSO 

¡ Como quiera es la ventura ! 
¡ Andaos á caza de gangas, 

Y dejad perder tal yerno ! 

DON BALTASAR 

Tengo cinco camisones, 
Dos sombreros, tres valones, 

Y un gabán para el invierno; 
En Indias un par de tíos, 

Un sobrino colegial, 

Y el dotor del hospital 

Es deudo de deudos mios ; 
Un familiar viejo y rico 
De la santa Esquisición. .. 
Quedábaseme un [echón 
Tamaño como un borrico, 
Además del racionero 
De Murcia, que dije ya. 
¿ Es barro esto ? 

He querido copiar estos versos, dichos con gracia 
suprema por Rafael Calvo, porque ellos dan idea 
exacta de la índole de esta comedia, y justifican lo 
que acabo de exponer. Esta obra no se presta á un 
análisis crítico; no es más que un feliz desahogo de 
una musa picaresca; pero si no mueve poderosamen- 



Estudios y Artículos 



te los afectos; si no pone caracteres de relieve; si no 
es. en fin, una obra elevada ni grande, es, no obstan- 
te y no es poco decir, una de las piezas más diver- 
tidas del teatro español. 

La refundición, aunque debida á Bretón y á Hart- 
zenbusch, no es nada respetuosa. Los tres actos se 
han convertido en cinco; y no sólo se le han agregado 
escenas, sino que todo el último acto pertenece á 
los refundidores. Conozco las razones que se aducen 
en favor de este modo de refundir; pero no puedo 
menos de mirar con repugnancia estas enmiendas á 
tan grandes maestros. 



"MARTA LA PIADOSA" 



REPRESENTACIÓN DE RAFAEL CALVO 



P 



úsose en escena el Sábado en el Teatro Nacio- 
nal una délas piezas más cómicas y picantes 
debidas á la traviesa musa de Tirso de Mo- 



lina: Marta la Piadosa. Es á la vez comedia de intriga 
y de carácter, y este dualismo, que rara vez se realiza, 
hace á esta pieza doblemente interesante. Tirso es, en 
general, el que mayor poder característico manifiesta, 
entre todos los grandes dramaturgos españoles. En va- 
rias piezas suyas acierta á dar carácter á sus persona- 
jes, casi como por instinto, no obstante que el objeto 
de ellas no sea más que el de presentar un cómico é 
ingenioso enredo. Veré de dar una ligera idea del 
asunto de laque es motivo de estas líneas. 

Marta y Lucía, hijas ambas de don Gómez, están 



o 



Estudios y Artículos 



enamoradas de don Felipe (siendo sólo la primera 
correspondida), apuesto galán que ha dado muerte 
en duelo á un hermano de las mismas jóvenes. El 
viejo don Gómez, hondamente herido por la muerte 
de su hijo, busca con ansia al matador, á fin de en- 
tregarle á la justicia. Por otra parte, seducido por el 
interés, trata de casar á Marta con el capitán de 
Urbina, viejo pretendiente, de una misma edad con 
don Gómez, pero extremadamente rico; pues, según 
dice el último, 

Años que están tan dorados 
Reverenciarlos conviene. 

Desde un principio, dibújanse clara y distin- 
tamente los caracteres. En primer término aparece 
Marta, carácter admirable, disimuladora astuta y 
habilísima de sus sentimientos, que encubre con un 
fingido espiritualismo y un aparente aborrecimien- 
to de los hombres. Ya veremos más adelante cómo 
este disimulo toma el color de una devoción ardien- 
te y severísima. 

El carácter de don Gómez es también interesante 
por la variedad de sus elementos. Al afecto de padre, 
al sentimiento de su honor, que le incitan á tomar 
venganza de don Felipe (todo lo cual entra per- 



Marta la Piadosa 



221 



fectamente en la esfera de los sentimientos de la 
época), se une el interés desmedido por el dinero, 
que avasalla su espíritu, estimulándole á casar á su 
hija con Urbina, y el sentimiento religioso, propio 
también de la época, y que, según veremos, viene á 
complicarse con los otros y á influir en su voluntad. 
Estos diversos elementos están bien manejados en 
toda la pieza y hacen vivo é interesante al per- 
sonaje. 

Lucía es ya un carácter secundario. Á su decidido 
amor por don Felipe, une cierta bobería de que 
Marta sabe sacar buen partido para engañarla repe- 
tidas veces. Este carácter llega hasta ser frivolo con 
exceso, lo cual es defecto común en Tirso. 

No se crea, por lo dicho, que en esta pieza haya un 
prolijo y paciente estudio de caracteres. Nada de eso. 
Los que merecen tal nombre, aun el de Marta mis- 
ma, que es el mejor de todos, y excelente en sí mis- 
mo, como que brotan instintivamente, por más que 
la intriga que forma la acción de la comedia sea una 
consecuencia de ellos. 

Viendo Marta que su padre trata realmente de 
casarla con el capitán, y no siendo de su carácter la 
resistencia franca á tan sagrado mandato, sino el 
disimulo y la hipocresía, finge que tenía hecho, de 
tiempo atrás, voto de castidad que no puede violar 



Estudios v Artículos 



sin faltar á su religión y á su fe. Don Gómez, aun- 
que fastidiado por ello, no se atreve (ni su religiosi- 
dad se lo permitiría) á torcer la santa vocación de su 
hija, que arde en deseos, según dice, de consagrarse 
á Dios y practicar la caridad, aunque sin entrar de 
monja, que á tanto no alcanzan las bromas. Confía, 
además, el buen viejo en que Marta no ha de persistir 
largo tiempo en su resolución, y en que el ejemplo 
de su hermana Lucía, á quien piensa casar con el so- 
brino de Urbina, joven animoso que tiene el grado de 
alférez, la incitará por fin al matrimonio. 

Entre tanto, Marta halla modo de verse con su 
amante don Felipe, merced á la libertad de que goza 
como beata, y combina con él y su travieso amigo 
Pastrana el medio de verse continuamente en la 
propia casa de don Gómez. Para ello, disfrázase don 
Felipe de estudiante pobre y enfermo de perlesía, y 
en tal disfraz, penetra en casa de Marta, quien con- 
sigue de don Gómez, no sin trabajo, quedé alojamien- 
to al huésped y la permita atenderle con solicitud y 
esmero. Ya imaginará el lector el entusiasmo con 
que Marta se dedica á su pobre enfermo, el cual, á 
su vez, se compromete á enseñarle latín, para ser 
útil en algo, Marta encuentra esto perfectamente, 
pues afirma que le mortifica el rezar en latín sin 
comprender el sentido. Por su parte Lucía, que ha 



Marta la Piadosa 



conocido á Don Felipe, guarda secreto, aunque 
celosa de su hermana, por no comprometer la vida 
de su amado. Las escenas á que esta ingeniosa 
situación da lugar son de una fuerza cómica in- 
superable. Los efectos cómicos se suceden unos áotros 
en progresión continua. 

Desde luego merece notarse la escena de los latines. 
Queriendo don Gómez cerciorarse de los adelantos 
de su hija, encomiados por el falso estudiante, pídele 
á éste que la haga declinar en su presencia, ante el 
cual deseo, Marta, naturalmente, se ve en grandes 
apuros. Esta escena, de una gracia extraordinaria, 
sería hoy imposible de representar, por lo desver- 
gonzado, según dice Marta, de la palabra latina que 
don Felipe le indica. En la refundición ha sido su- 
primida. 

Todavía es muy superior á ella la escena en que 
Marta es sorprendida por don Gómez y Urbina lan- 
zando furiosa un vive Dios á don Felipe, á quien 
amenazaba descubrir por sus aparentes amores con 
Lucía. Advirtiendo que la han escuchado jurar, finge 
inmediatamente, con la más fina destreza, haber to- 
mado en la boca esas palabras para echárselas en cara 
á don Felipe, como si éste las acabara de pronunciar. 
Hay aquí un doble juego ingeniosísimo, pues al par 
que consigue convertir en cómica admiración la na- 



Estudios y Artículos 



cicntc sospecha de don Gómez, tal expediente le per- 
mite continuar en su furia contra su amante, aunque, 
al parecer, por diverso motivo. 

Invitado don Felipe, por don Gómez, á justificarse, 
lo hace de la siguiente donosísima manera: 

Quiso á voces 
Decir el acusativo 
De zelus, zeli, y juntalle 
Amor, amoris. — No son 
De una declinación. 

Y ella, acusativo, y dalle, 

Y declinar á los dos. 
Yo, llegándome á enojar, 
Dije: ¡ No ha de declinar 
Esos nombres, vive Dios ! 

Y porque aquesto juré, 

Ya veis los dos lo que pasa. — 
Pues no he de estar más en casa. 

MARTA 

Es verdad, por eso fué. 

Como Marta había llegado hasta poner las manos 
en don Felipe, al parecer por haberse atrevido á jurar 
en su presencia, pero en realidad por sus celos, finge 
éste que quiere salir inmediatamente de la casa, y 
entonces Marta se esfuerza en calmarle, que no es 
justo, dice, sea ella ocasión de despedir á nadie. 



Marta la Piadosa 



22$ 



Pero don Felipe, que quiere hacerse de rogar, conti- 
núa, como empezando á ceder: 

DON FELIPE 

¡ En mi persona 
Las manos ! ¡ Á un licenciado 
En gramática, ordenado 
De grados y de corona ! 

DOÑA MARTA 

¿ Ordenado estaba hermano ? 
Ignórelo : ya me pesa. 
Perdóneme. 

DON FELIPE 

Si me besa 
De rodillas esta mano. 

DOÑA MARTA 

Mortificaréme en eso. (Arrodíllase) . 

URBINA 

¡ Qué nunca vista humildad ! 
doña marta (aparte) 

Si ello va á decir verdad, 
A la miel me supo el beso. 



Pero nada de un efecto cómico más subido que el 
viaje que por indicación de Pastrana emprende don 
Gómez, juzgando preso en Sevilla á don Felipe, en 



226 



Estudios y Artículos 



tanto que 1c da albergue en su propia casa. Desen- 
gañado en el camino por un amigo, vuelve furioso 
a castigar á los que de él se burlan; pero, al fin, con- 
movido por la noticia de la gran herencia que acaba 
de recibir don Felipe, consiente en admitirle por yerno. 

Observando superficialmente las cosas, podría acu- 
sarse á esta pieza de inverosímil y repugnante. Inve- 
rosímil, porque no es fácil que en la vida real sucedan 
tales lances; y repugnante, porque no es dable ad- 
mitir decorosamente ese amor decidido de dos herma- 
nas, á quien acaba de dar muerte al hermano de ellas; 
y mucho menos que le alberguen en su casa con tan 
atrevidos engaños. Pero para desvanecer uno y otro 
cargo, basta tener en cuenta el tiempo á que la pieza 
se refiere, y sus costumbres. 

Así, en cuanto á la inverosimilitud, debe observar- 
se que entonces la falta de un sistema policial severo 
y reglamentado, como el nuestro, dejaba ancho campo 
á la acción personal, y lanzaba fácilmente á los hom- 
bres en lances tan arriesgados que hoy nos parecen 
inverosímiles. Además, el espíritu español era enton- 
ces esencialmente aventurero y osado, y así se ma- 
nifiesta en casi todas las piezas de costumbres escritas 
en esa época. Nada más delicado que esto de la ve- 
rosimilitud, si se ha de juzgar con recto criterio; na- 
da que requiera mayor cuidado por parte del crítico, 



Marta, la Piadosa 



227 



por lo mismo que es esencialmente relativa. La di- 
ficultad estriba en descubrir con perspicacia el tipo á 
que ha de referirse la verosimilitud en cada caso. Así, 
yo no concibo sino como mojigatería retórica ó es- 
trecho juicio de preceptista, el que se hayan tachado 
de inverosímiles, por grostescos, el diálogo de los se- 
pultureros y las sarcásticas chanzas de Hamlet al en- 
trar en conversación con ellos, al principio del acto V 
de la tragedia de ese nombre. Á mi juicio, nada hay 
más concorde con el carácter del noble y desventu- 
rado príncipe, ni con la tremenda situación en que 
se encuentra, que esos dardos y sarcasmos con que 
desahoga su triste y sombrío espíritu. Loque sí hallo 
grotesco y altamente inverosímil es la gresca de 
Hamlet con Laertes en la tumba de Ofelia, en el acto 
mismo de su entierro. 

Con respecto á la tacha de repugnante, puede ha- 
cerse una observación análoga. Matar en duelo era 
cosa que á cada paso sucedía, y no era mirada, en 
el concepto público, como una acción criminal. Si 
un pariente del muerto perseguía al matador, lo ha- 
cía por espíritu de venganza, por desagravio del 
honor, más que por deseo de justicia. Pero las mu- 
jeres estaban en muy distinto caso. La índole de la 
época y la frecuencia del hecho hacían menos extraño 
el que se enamoraran del mismo que las había priva- 



22S 



Estudios y Artículos 



do de un deudo cercano, y la violencia irreflexiva, 
natural en la pasión amorosa, podía disculpar en 
mucha parte su conducta. Hoy tal cosa nos repug- 
naría, y por eso el autor de la refundición que hemos 
escuchado el sábado, ha obrado atinadamente al 
hacer que Marta, en vez de hija, sea sobrina de don 
Gómez, y por tanto, prima solamente del muerto. 

He dicho que Marta es un verdadero carácter. Aña- 
do ahora que es imposible, en presencia de él, no re- 
cordar el Tartuffe. Pero ¡cuánta ventaja lleva en 
esta comparación el gran dramaturgo español al prín- 
cipe de la escena francesa ! El teatro de Moliere, 
nc obstante su arte exquisito, adolece del grave defec- 
to de que en vez de caracteres, nos presenta vicios 
personificados. No hay hombres como el Avaro, el 
Misántropo ó el Hipócrita. No hay hombre que sea 
avaro ó hipócrita por los cuatro costados, y solamente 
hipócrita ó avaro, sin que otros elementos humanos 
vengan á modificar en un sentido ó en otro su pasión 
dominante y á determinarle como sér individual y vivo. 
De ahí ese carácter un tanto frío del teatro de Molié- 
re, no obstante que esas personificaciones estén he- 
chas de mano maestra; de ahí ese tinte de enseñanza 
moral, francamente manifestado, que perjudica á la 
pureza del efecto estético; de ahí, por fin, que odie- 
mos á Harpagón como se odia la avaricia; que nos re- 



María la Piadosa 



229 



pugne Tartuffe como nos repugna la hipocresía, sin 
que consigamos grabar en nuestra imaginación esos 
tipos con la eficacia y viveza de los seres reales. No 
así Marta la Piadosa. Es hipócrita, es falsa devota, 
y, sin embargo, nos es simpática. Hé ahí la gran difi- 
cultad. {Cómo una persona que vemos á través de 
un vicio tan repugnante, nos interesa y lleva nuestra 
simpatía? Por los demás elementos humanos que en- 
tran en ella, que la modifican, la invididualizan, y en 
vez de darnos la hipócrita, nos dan una hipócrita. 
Marta, en efecto, si bien por naturaleza dada al 
disimulo, y á echar sobre sus sentimientos el velo de 
un fingido esplritualismo, entra de lleno en la hipo- 
cresía y la falsa devoción por un motivo humano y ge- 
neroso en sí mismo: por librarse de un aborrecido 
matrimonio, y con la esperanza de satisfacer una pasión 
amorosa. Por eso su hipocresía, aunque acabada, y 
sostenida con grandes embustes, nos hace cierta gra- 
cia, y no obsta á la simpatía que nos inspira. Lo mis- 
mo consigue Alarcón, en La Verdad sospechosa, con 
el embustero. Se dirá que de ese modo no se logrará 
nunca inspirar, por medio del teatro, aversión á los 
vicios. Es evidente. Pero {quién ha dicho que ese 
sea el objeto del arte ? i Por qué ha de convertírsele 
en cátedra de moral, á expensas de la verdad huma- 
na ? {Por qué ha de haber arte pedagógico ? { Ha de 



Est u d ios y A rlicu los 



sacrificarse el efecto estético á la utilidad social? Pero 
aunque así debiera ser, yo pregunto : ¿cuántos hipó- 
critas menos ha habido en el mundo por causa de 
Tartuffc? ¿Cuántos avaros menos por causa de Har- 
pagón } El que quiera ser sincero me responder á 
que ninguno. Así, pues, ni ese pretexto disculpa al 
arte pedagógico. Es menester desengañarse: la co- 
media no tiene por objeto corregir, sino pintar las 
costumbres. Por haberlo comprendido así los gran- 
des dramaturgos españoles del siglo xvn, las piezas 
del teatro español, de la índole de Marta la Piadosa, 
riéndose de todo alarde doctrinal, rebosan de gracia, 
de viveza, de frescura y juventud perenne. 

La refundición que de esta comedia ha puesto en 
escena Rafael Calvo, si tiene los aciertos antes seña- 
lados, encierra, en mi sentir, no pocas profanaciones 
sacrilegas. El refundidor ha hecho tartamudo á Pas- 
trana, sin necesidad ninguna; ha trocado el tipo sim- 
pático y caballeresco del alférez, en un imbécil mama- 
rracho, que sólo sirve para hacer desear que se ausen- 
te; y ha introducido algunas modificaciones de detalle 
con detrimento de la gracia y fuerza del original. 
Citaré tan sólo los versos siguientes, que pone la pie- 
za original en boca de Marta, de gran verdad y gracia, 
suprimidos sin motivo alguno por el refundidor: 



Marta la Piadosa 



231 



Linda sangre y humor cría, 
Pastrana, la hipocresía. 
Nunca tuve libertad, 
Mientras que viví á lo damo, 
Como agora : si intentaba 
Salir fuera, me costaba 
Una riña ; ya no llamo 
Á la dueña, al escudero, 
Ni aguardo la silla y coche; 
Ni me riñen si á la noche 
Vuelvo : voy adonde quiero. 



En cambio, en la refundición, queriendo, sin duda, 
acentuar más la hipocresía de Marta, se ha puesto 
en su boca una traducción libre (dirigida á Lucía), de 
estos conocidos versos del Tartuffe: 

Oui, mon frére, je suis un méchant, un coupable, 
Un malheureux pécheur, tout plcin d'iniquité, 
Le plus grand scélérat qui jamáis ait été. 
Chaqué instant dema vie cst chargé de souillures ; 
Ellen'est qu'un amas de crimes et d'ordures ; 
Et je vois que le ciel, pour ma punition, 
Me veut mortifier en cette occasion. 
De quelque grand forfait qu'on me puisse reprendre, 
Je n'ai garde d'avoir l'orgueil de m'en defendre. 
Croyez ce qu'on vous dit, armez votre courroux, 
Et comme un criminel chassez-moi de chez vous ; 
Je nc saurois avoir tant de honte en partage, 
Que je n'en aic cncor mérité d'avantagc. 



Estudias v Artículos 



La traducción libre de estos versos, lejos de pro- 
ducir el efecto que el refundidor imaginó sin duda, 
rompen la armonía del carácter de Marta. No es 
aplicable á él todo lo que puede atribuirse á la 
hipocresía, ideal y abstractamente considerada. 

Estos abusos provienen de ser muy contados los 
refundidores que comprenden que el límite de las 
variantes debe ser la necesidad. Todo cuanto choque 
de un modo violento al público actual; todo lo que, 
teniendo razón de ser en el tiempo en que la pieza 
se compuso, es, para nosotros, ó superfluo, ó cansado; 
todo lo que sin perjuicio pueda contribuir al mayor 
arreglo y regularidad de la representación, puede y 
debe suprimirse, modificarse y adoptarse, respectiva- 
mente. Todo lo demás es profanación y prurito de 
lucir ingenio. ¡Perdone Dios en la otra vida á los 
que se hacen reos de tales pecados en esta! Por for- 
tuna, sé de buena fuente que en breve se representarán 
en el Teatro Nacional La Hija del aire, de Calderón, 
y La Verdad sospechosa, de Alarcón, tales cuales 
fueron concebidas por sus autores, salvo algunos de- 
talles justificados. ¡ Loado sea Dios! 

Debo decir, para terminar, que la representación 
de Marta la Piadosa ha sido muy buena, excelente. 




33 



"UN MILAGRO EN EGIPTO 



soberbio y brillante. Por eso, yo. que soy apasionado 
del talento, y, sobretodo, del talento creador, quizá 
más que de la verdad misma (confieso mi debilidad, ó 
lo que sea), he necesitado hacer un esfuerzo grande 
para señalar sus graves defectos como dramaturgo, 
sus deficiencias, y más que nada, su para mí inacep- 
table manera dramática. 

He sentido dolor al contemplar ese ingenio privile- 
giado, excepcional y grande, divorciado de la ver- 
dad y de la naturaleza, y llevado por su misma 
poderosísima fantasía á la esfera de la exageración 



REPRESENTACIÓN DE RAFAEL CALVO 




ihay algo evidente éindiscutibleen este mun- 
do, es el talento de don José Echegaray. 
Y no talento así como quiera, sino talento 



- u 



Estudios y Artículos 



y del delirio. Pero ha llegado un instante en que esa 
fantasía ambiciosa ha dado con un asunto por sí mis- 
mo imponente, que al ofrecerle imágenes grandiosas 
y vastas perspectivas, saciaba su sed de lo colosal y lo 
enorme, sin necesidad de forzar ni exagerar nada, 
ó casi nada. Esc asunto era la monumental civi- 
lización egipcia, compendiada y sintetizada en un 
episodio de base histórica; y la obra que de él ha 
surgido lleva por título, Un milagro en Egipto, 
estudio trágico, como acertadamente lo llama su 
autor, y que Rafael Calvo acaba de representar por 
primera vez entre nosotros. 

Ante todo, conviene preguntar: {es esta una obra 
absolutamente arqueológica, y por lo tanto un sim- 
ple esfuerzo de imaginación y de estudio, sin raíz en 
los afectos é ideas que nos son propios, sin inspiración 
espontánea? No vacilo en afirmar que no. Verdad es 
que la arqueología, entra por mucho en esta tragedia; 
que el autor ha estudiado á fondo la civilización 
egipcia, para representarnos tan fielmente como fuera 
posible el modo de pensar, sentir y proceder de aque- 
llas remotas generaciones (exactitud y esmero dignos 
del mayor encomio), á la manera de Ebers en su no- 
vela Uarda; que los personajes de su obra discurren 
magníficamente acerca de los hondos misterios de 
la teología egipcia, lo cual pasará siempre inadver- 



Un Milagro en Egipto 



2 3S 



tido para la masa del público; que la misma fideli- 
dad observada en la pintura de aquel pueblo mis- 
terioso, comunica á la obra cierta rigidez, cierta 
lentitud de acción, cierta pesadez maciza, si se me 
permite la frase, por cuanto nada más rígido, lento, 
pesado y macizo que la civilización egipcia: todo esto 
es verdad; pero no lo es menos que el episodio que 
le sirve de base, admirablemente elegido, así como 
el delicado idilio que en medio de aquellas bárbaras 
fuerzas se desarrolla, el uno por la vía de la in- 
teligencia y de la vida exterior, el otro por la senda 
del corazón y de los afectos íntimos, trascienden 
hasta las modernas edades, y hacen sincera, ca- 
lurosa y legítima la inspiración del autor, si bien, 
por las circunstancias primeramente enumeradas, 
siempre esta tragedia interesará más al hombre cul- 
to é ilustrado que la lea, que á la masa de público 
congregado para escuchar su representación. Es 
decir, que en este como en muchos otros casos, la 
misma altura de la obra daña á su popularidad; 
pues así como un pensamiento clarísimo puede no 
ser entendido si no se poseen los previos conocimien- 
tos que su comprensión requiere; del mismo modo, 
una inspiración sincera y calurosa puede no conmo- 
ver á quien no está preparado para recibirla. 

El episodio á que me refiero, y que forma el asunto 



Estudios y Artículos 



de la obra, es la lucha de Ramsés II con el sacerdocio, 
esto es, el combate de la potestad militar y civil, 
apoyada principalmente en las armas, con la potes- 
tad religiosa, sustentada principalmente en las con- 
ciencias. ¡Lucha tremenda y pavorosa, engendradora 
de incendios y tempestades, común á muchas 
épocas históricas, y que hoy mismo, aquí, entre 
nosotros, aunque con formas diversas, tiene justa- 
mente alarmados los espíritus! 

En el primer acto de la tragedia el guante de 
desafío queda arrojado. Dice el gran sacerdote: 

Lo que soñó con dolor 

Y con asombro y con llanto. 
Estoy viendo con espanto, 

Y observando con horror. 
La verdad, Ramsés, te pido : 
Que has entregado, se ve, 
Tus creencias y tu fe 

Y tus dioses al olvido. 

Á lo que responde fieramente el Faraón: 

Y yo observo que de recio 
En ti la insolencia labra. 
Olvido no es la palabra : 

¡ Los he entregado al desprecio ! 

En el acto segundo la lucha se trueca en pacto de 



Un Milagro en Egipto 237 



mutua conveniencia, i Por qué ? Porque Ramsés, 
que no obstante su fiereza y sus alardes irreligiosos, 
tiene dudas terribles en el fondo de su conciencia, ha 
visto un instante entre el incendio de su palacio, 
azuzado por el gran sacerdote, la imagen salvadora 
de Néfer, la amada de su juventud, á quien juzgaba 
muerta, y tomando por prodigio lo que era un hecho 
natural, como ahora veremos, vuelve á sus creencias 
y trata de reconciliarse con el sacerdocio. Entre tan- 
to, la aparecida no era otra que Nefthis, hija de Néfer 
y de un hebreo, vivo retrato de su madre, y amante 
de Agir, hijo del sumo pontífice. Desde ese momen- 
to, tanto el Faraón como Amení, el gran sacerdote, 
empiezan á labrar la desventura de los amantes. Este 
procura la muerte de Nefthis, porque si Ramsés 
llega á verla, advertirá la realidad de lo que tomó 
por milagro, volverá á su impiedad y tomará del 
sacerdocio espantosa venganza; aquél, porque siendo 
Nefthis el retrato de Néfer, tratará de satisfacer en la 
primera la pasión que le inspirara la segunda. La 
alianza de las dos potestades la expresa Echegaray 
por modo soberbio al poner en boca de Ramsés esta 
tremenda imagen: 

Juntándonos ios dos, monstruo divino 
Formamos, y no existe quien nos venza. 
¿ No viste el cocodrillo en el estanque 



Estudios y Artículos 



Con las horribles fauces entreabiertas ? 
Tú serás la mandíbula de abajo, 
La de arriba mi fama y mi fiereza : 
Cuanto caiga en el hueco se tritura 
Con la enorme tenaza de ambas piezas. 

En el tercer acto, que es el mejor de los tres, sucede 
lo que es lógico y natural que suceda, dados los an- 
tecedentes de los dos primeros. Ramsés sospecha 
que se le engaña, y tiene más fijo que nunca el re- 
cuerdo de su amada. Agir, queriendo evitar á 
toda costa que el Faraón vea á Nefthis, consiente 
en que Amení la oculte en el camarín de Osiris. 
Nada más natural que confiar en su propio padre. 
Pero éste, decidido á deshacerse de Nefthis á todo 
trance, hace arder en el citado camarín una mezcla 
venenosa que ocasiona la muerte de la desdichada 
hebrea. Agir, desesperado, loco al saber el engaño 
de que había sido víctima, y la muerte de Nefthis, á 
la cual él mismo, por la astucia de Amení, había 
inocentemente contribuido; llevado de su natural 
violento y su dolor sin límites, da muerte á su pro- 
pio padre. Llega Ramsés, y al saber lo que pasa 
y que realmente existe el trasunto de Néfer, con- 
dena á muerte á Agir, y da orden de derribar el 
templo, pues sabe que en él está Néfthis escondida: 
sólo hallará su cadáver. 



Un Milagro en Egipto 



2 39 



Todo esto es lógico y está perfectamente jus- 
tificado. No podía suceder de otro modo. Pero no 
sólo es bueno este acto por contener un legítimo 
desenlace, sino que, como he dicho y trataré de 
probar, es el mejor de los tres. 

En primer lugar, en él la lucha de las pasiones 
adquiere tal intensidad, que cobrando mayor 
animación y vida, nos toca y penetra más el corazón. 
Las circunstancias de época y de lugar, desfavora- 
bles en este caso al interés artístico, al calor de la 
obra, por hallarse demasiado distantes de nosotros 
en tiempo y en carácter, quedan como amortiguadas 
por la explosión de sentimientos humanos y univer- 
sales: el amor, el dolor. El idilio de Nefthis y Agir 
llega á sus más tiernas y delicadas modulaciones, y 
ofrece un contraste espléndido con el desencadenado 
huracán de ambiciones incontrastables. 

En segundo lugar, considerándolo en sus detalles, 
encierra este acto las escenas más bellas y culminan- 
tes de toda la obra, así como las descripciones más 
intensamente poéticas y las más brillantes imágenes. 
Citaré, respecto de lo primero, la escena entre 
Amení y Nefthis, y la que pasa luego entre Agir y 
Amení. Nada más artístico ni conmovedor que la 
ternura y agradecimiento que el primero manifiesta 
al segundo, juzgando que le ha salvado á Nefthis, en 



240 



Estudios y Artículos 



los mismos instantes en que Nefthis se está muriendo, 
envenenada por el gran sacerdote, á dos pasos de dis- 
tancia. Nada más terrible y bien manejado que la 
furia de Agir, al saber la verdad. Respecto de lo 
segundo, basta recordar la relación que hace Nefthis 
a Amení de sus amorosos recuerdos, y la soberbia 
relación de Agir, ante Ramsés y el sacerdote sumo, 
de la aparición de Moisés al pie del Sinaí. La pin- 
tura del gran legislador de los hebreos es magnífica, 
y poética sobre toda ponderación aquella cruz for- 
mada á su espalda por el rayo del sol naciente y la 
nube blanca. 

Esta pieza es rica en caracteres. El de Ramsés es 
de primer orden. Conquistador ambicioso, guerrero 
insigne, feroz y descreído, es al mismo tiempo supers- 
ticioso en ciertas ocasiones, y en cierto modo accesible 
á los afectos tiernos. Es más bien déspota que tirano. 
Cuando no contradicen su ambición colosal, es hasta 
bondadoso. Es, en suma, un carácter humano, 
complexo, puesto de relieve con gran fuerza plás- 
tica. 

El carácter del sacerdote es también de mano maes- 
tra. Inflexible y severo, no se conmueve ante nin- 
guna desgracia personal. No es cruel por gusto, sin 
embargo, sino porque está persuadido que la vida y 
la felicidad de los individuos nada valen cuando 



Un Milagro en Egipto 



241 



están de por medio los grandes intereses de la reli- 
gión, base del Estado. 

Agir y Nefthis son dos caracteres bellísimos. En- 
amorado é impetuoso el primero, tierna, delicada, 
soñadora, sin rayar en sensiblera, la segunda, for- 
man ambos una melodía deliciosa que dulcifica la 
terrible lucha entre el rey y el pontífice. Nefthis, no 
obstante, es, por la ligereza con que está tocada, 
más bien un esbozo admirable que un verdadero 
carácter. 

Las dotes de versificación y estilo son en esta pieza 
de mucho más quilates que en las demás obras de 
Echegaray, y las bellezas de detalle, los magníficos 
versos, las imágenes brillantes y grandiosas han 
sido derramadas á manos llenas con profusión 
lujosísima por toda la obra. Son dignas de men- 
cionarse, además de lo ya enumerado, la pintura que 
en el primer acto hace Ramsés de su poderío, sus 
combates y sus triunfos; la explicación que del día 
y de la noche da Amení á Ramsés; la relación de 
Agir, en donde cuenta la historia de su amor con 
Nefthis, y la explosión del mismo cuando su padre le 
dice que jamás será suya la hebrea. Hela aquí : 

¿ Y lo repites tú... que yo á mi Nefthis !... 

Que ella !... mi amor !... Ah, no !... si no te creo ! 

16 



Estudios y Artículos 



Si está á mi alcance ! ... allí ! ... tras ese muro ! ... 

Abro ! ... la cojo ! ... contra mi la estrecho ! ... 

Mi caballo ! ... sobre ¿1 ! ... Ncfthis es mia ! ... 

Con este brazo su divino cuerpo ! ... 

Aqui las riendas ! ... los talones hundo ! ... 

Aire ! ... espacio ! ... la noche ! ... y campo abierto ! ... 

¿De qué sirve el jamás que me dijiste, 

Si me basta querer... y digo, quiero ? 

En este arrebato, bastante apropiado á las cir- 
cunstancias, Rafael Calvo derramó todo el raudal 
de su inspiración. Mostróse en ella insigne y 
poderoso artista. El público en masa se sintió com- 
movido, y durante algunos momentos interrumpió la 
representación con nutridas y repetidas salvas de 
aplausos. 

Ricardo Calvo hizo un Ramsés bastante bueno y 
el señor Jiménez un sumo pontífice lleno de majes- 
tad. Los trajes y decoraciones han sido dignamente 
presentados. 

Creo, en suma, que este estudio, basado, en cuanto 
al fondo, en los datos más serios que suministran 
notabilísimos egiptólogos contemporáneos, es lo más 
artístico y verdadero que Echegaray ha escrito, aun- 
que no sea lo más espontáneo y caluroso. Los mismos 
defectos de este poeta se convierten en él en cualida- 
des. Con efecto, si Echegaray carece, en general, de 



Un Milagro en Egipto 243 



flexibilidad, de gracia, de desenvoltura, poco ó nada 
necesitaba de tales prendas al pintar la civilización 
egipcia. En cambio, si ésta fué grandiosa, monumen- 
tal, imponente, algo colosal y titánico centellea tam- 
bién en la frente del famoso dramaturgo español. 



" LA HIJA DEL AIRE " 



REPRESENTACIÓN DE RAFAEL CALVO 




uien pretenda conocer y juzgar á los gran- 
des escritores del antiguo teatro español, 
con arreglo al modo de trabajar propio de 



los autores modernos, no llegará nunca, ni á cono- 
cerlos á fondo, ni á juzgarlos con acierto. 

El poeta que concibe hoy una acción dramática, 
la estudia y considera atentamente en todos sus as- 
pectos ; trata de sacar de ella todo el partido posi- 
ble, aguza el ingenio y atiende, sobre todo, al efecto. 
Además, el arreglo y disposición de las escenas, la 
conveniencia, lo que puede llamarse el mecanismo 
dramático, ha adelantado tanto, que cualquier autor 
mediocre de nuestros días ofrece, en muchos casos, 
mayor esmero que los Lopes y Calderones. 



Estudios y Artículos 



| Qué distinto en el antiguo teatro español! Lo 
importante era concebir una idea dramática ; la eje- 
cución era lo de menos : se efectuaba cálamo cúrrente, 
y á merced de una inspiración grande, pero necesaria- 
mente desigual y caprichosa. Además, la prodigiosa 
exuberancia de esas imaginaciones frescas y verda- 
deramente orientales, la necesidad de dar curso á los 
torrentes armoniosos que de aquellas espléndidas 
fantasías desbordaban, eran otras tantas causas de 
irregularidad en la trabazón escénica, de la enorme 
extensión de ciertos monólogos y del decaimiento, á 
veces, del interés dramático. 

No cabe duda de que para obtener la posible per- 
fección artística, el procedimiento moderno es muy 
preferible, excepto en lo del efectismo \ pero tampoco 
pueden dejarse de admirar, echándolos de menos, 
aquel concebir brillante, facilísimo y esencialmente 
poético; aquel fulgor, menos sostenido, pero mil ve- 
ces más intenso que el moderno, y esa encantadora 
ingenuidad con que se ascendía hasta la sublimidad 
ó el delirio. De mí sé decir que siento un encanto in- 
definible y una profunda admiración en presencia del 
candor y la total ausencia de efectismo con que se des- 
arrollan y terminan las más culminantes escenas, los 
dramas más soberbios. Por lo contrario, el arte dra- 
mático moderno está todo contaminado de este vicio. 



La Hija del aire 



2 47 



No se busca la belleza en sí, pura é ingenua, sino el 
aplauso arrancado al público por sorpresa y con en- 
gaño. Más que conmover y deleitar, se procura des- 
lumhrar y aturdir. Esto demuestra y explica la gran 
decadencia del arte dramático contemporáneo. El 
efectismo, cuando llega á cierto grado, es el síntoma 
infalible de todas las decadencias artísticas. 

Ocúrrenseme estas reflexiones, con motivo de la 
representación de La Hija del aire, de Calderón, por 
la compañía de Rafael Calvo. Su concepción es be- 
llísima, el tema perfectamente elegido, y muy propio 
de la rica fantasía del gran dramaturgo. Por des- 
gracia, el modo con que está tratado sólo responde 
en parte á la riqueza del asunto. Dividida la obra en 
dos partes, que forman dos dramas distintos, la pri- 
mera carece de un final adecuado, por quedar sus- 
penso el verdadero desenlace dramático para la se- 
gunda, cuya representación no es posible por lo 
excesivamente largo de la obra, y porque no tiene 
condiciones para ello. En la necesidad, pues, de dar 
sólo la primera, resulta que el espectador no puede 
quedar satisfecho con un desenlace que confía á sólo 
su imaginación las grandes consecuencias de la am- 
bición naciente de Semíramis. 

Niño torna á Nínive después de haber obtenido 
brillantes y decisivas victorias sobre naciones diver- 



Estudios v Artículos 



sas. Menón, su general favorito, halla, en las inme- 
diaciones de A.scalón, á Semíramis, encerrada en una 
m uta por el sacerdote Tircsias, quien por tal modo 
quiere evitar los funestos agüeros que habían presi- 
dido al nacimiento de aquélla. Libértala Menón, y 
locamente enamorado de su belleza extraordinaria, 
la lleva consigo á una quinta cercana á Nínive. Al 
rey Niño, cazando, se le desboca el caballo, y pasa 
cerca de Semíramis, quien le salva. Enamorado tam- 
bién de ella, ordena á Menón desista de sus preten- 
siones. Niégase éste, y puesto el caso á la decisión de 
La misma Semíramis, prefiere ambiciosa el rey triun- 
fante, al valido en desgracia, quien, ciego por cas- 
tigo del rey, predice á Niño que morirá á manos de 
su misma esposa. 

La acción de esta primera parte queda demasiado 
en suspenso para representarla sola, y queriendo re- 
mover, en parte, este inconveniente, y dar al final 
mayor fuerza, Echegaray ha alargado la escena úl- 
tima, haciendo que Menón, después de su vaticinio, 
se arroje al Tigris, según cuenta Lidoro que sucedió, 
en la segunda parte á que antes me he referido. 

El primer acto, algo lánguido y frío, no es más 
que una larga preparación de la verdadera acción dra- 
mática que se desorrolla en el segundo. En éste, la 
acción se precipita rápida é impetuosa, produciéndo- 



La Hija del aire 



249 



se una lucha interesante y patética, llena de color y 
de vida. Este acto es hermosísimo, y todo él está im- 
pregnado de gran sabor calderoniano. Debe notarse 
especialmente la escena en que Niño halla en el monte 
á Semíramis con Menón, que se empeña en ocultár- 
sela, mientras Arsidas lucha por llevarla á su presen- 
cia, á fin de granjearse el favor del rey; así como la 
siguiente, en que Niño, que no quiere aparecer ti- 
rano, exige de Menón que renuncie voluntariamente 
á su amada. Bellísima es también la pintura que an- 
tes de estas escenas hace Menón á Niño de Semíra- 
mis. Pocas veces el artificio gongórico se ha presen- 
tado de una manera tan seductora y brillante. 

En la escena entre Menón y Niño, á que antes 
aludía, á las exigencias de éste para que olvide á 
Semíramis, responde aquel con el siguiente razo- 
namiento, elocuentemente calderoniano : 

En nuestro cuerpo está el alma 
Sin tener determinado 
Lugar: si muevo la planta, 
Alma hay allí , alma también 
Hay en la mano al mandarla. 
Sucede, pues, que me corte 
La planta ó la mano, ¿falta 
Con la porción de aquel cuerpo 
Aquella porción que estaba 



lisiadlos y Artículos 



Del alma allí? No. ¿Qué se hace? 
Á su estado á incorporarla 
Se reduce. Alma es en mi 
Mi amor; lugar no se halla 
Donde no este : y asi, aunque hoy 
Á pedazos le deshaga 
Cortándome las acciones 
De verla, oírla y hablarla, 
En la razón que me queda, 
A la imitación del alma, 
Siempre se ha de hallar mi amor 
Tan cabal como se estaba. 

El tercer acto, superior al primero, es inferior al 
segundo. La acción decae en vivacidad y energía, si 
bien hay en él una escena digna de ser notada, por 
la semejanza que tiene con otra de una obra célebre. 
Me refiero á la escena entre Semíramis y Menón, que 
fingiendo despreciarse mutuamente, por orden de 
Niño é Irene, que ocultos los escuchan, vuelven á 
llamarse después de haberse despedido, y no atre- 
viéndose á confesar que desean reconciliarse, fingen 
haberlo hecho para despreciarse más. Esta escena 
recuerda la verdaderamente deliciosa del Tartuffe 
entre Mariana y Valerio. 

En cuanto á los personajes, Semíramis sólo es el 
esbozo de un gran carácter. Los de Menón y Niño 
son interesantes. 



La Hija del aire 



La acción cómica entre Chato y Sirene es impro- 
pia del asunto, pero, considerada en sí misma, ofrece 
rasgos cómicos picantes, que el señor Revilla exage- 
ró. Dicha acción era, por otra parte, indispensable 
en toda comedia española de aquel tiempo. 

Inútil fuera buscar sabor local en este drama. Ca- 
rece de él, como carecen todos los dramas de Calde- 
rón cuya acción no pasa en España. El genio de 
Calderón era tan profundamente nacional, que don- 
de quiera que clavara su garra, quedaba indeleble- 
mente grabado el sello de lo español puro y genuino. 
Por eso es, y continuará siendo, por excelencia, el 
gran poeta nacional de España. 

Rafael Calvo hizo un Menón acabado. Es necesario 
oírle la hermosa pintura de Semíramis, de que he 
hablado. No puede extremarse más el arte de pintar 
y desplegar, de una manera casi plástica, ante la ima- 
ginación del que escucha, el cuadro concebido por el 
poeta. 

Con esta ligera Crónica queda terminada la serie 
en que me propuse seguir con observaciones y jui- 
cios las principales obras que el señor Calvo pusiera 
en escena. Escritas todas las Crónicas al correr de la 
pluma, por exigirlo así el fin á que iban encamina- 
das, no podrían ofrecer ni profundidad ni brillo, aun 
cuando no fueran tan cortos mi ingenio y humani- 



Estudios y Artículos 



dades. Pero el no poder realizar lo más, no es motivo 
para dejar de hacer lo posible dentro de las circuns- 
tancias que nos rodean. 

Próximamente, Rafael Calvo nos abandonará en 
busca de nueva escena para sus triunfos. Quiero, 
pues, al despedirme, agradecerle en nombre de nues- 
tra naciente cultura literaria su benéfica permanencia 
entre nosotros. Antes de su venida, los más ricos teso- 
ros del teatro español antiguo y moderno, eran poco 
menos que el libro de los siete sellos para la genera- 
lidad. Aun los que algo conocían de ellos por la lec- 
tura, estaban muy lejos de poder apreciarlos en todo 
su sabor. De las obras dramáticas sólo puede juzgarse 
con acierto escuchando su representación. Entonces 
se las ve de relieve y en todo el esplendor de su her- 
mosura. Al ausentarse, Calvo deja en nuestro criterio 
altamente colocado el genio dramático español, y en 
nuestras almas el recuerdo imperecedero de tantos 
dulces instantes pasados en ese delicioso arroba- 
miento que la belleza infunde. De hoy más, al traer 
á nuestra memoria sus representaciones triunfales, 
nos parecerá ver desfilar ante nuestros ojos los hé- 
roes, ya serios, ya traviesos, generosos ó malvados, 
melancólicos ó risueños, de Lope, Tirso, Calderón, 
el duque de Rivas, García Gutiérrez, Ayala, Tama- 
yo; y creeremos oír, ó nuevamente se desplegarán 



La Hija del aire 



ante nuestra imaginación excitada, la música sonora 
de tantos versos armoniosos, el fulgor de tantas 
imágenes resplandecientes, el acento soberbio de Fa- 
raón, el fiero rugido de Segismundo, la voz firme y 
justiciera de Pedro Crespo, el hondo lamento de Don 
Alvaro, la enamorada expansión de Manrique, ó la es- 
pléndida pintura de Semíramis en boca de Menón ; 
y todo ello, mezclado y confundido por la distancia, 
vendrá á nuestro espíritu como ráfagas de hermosura 
destinadas á ennoblecerlo y sublimarlo. ¡ Misterioso 
efecto del poder de crear y del poder de interpretar, 
artísticamente complementados ! 

Todo esto ha realizado Rafael Calvo con sus dig- 
nos compañeros, en las dos veces que nos ha visitado, 
á pesar del serio contratiempo que en esta última le 
ha conturbado, y todo esto hemos de agradecerle los 
que profesamos amor ardiente á la belleza pura y 
elevada. 

Entiendo, no obstante, que no será esta la última 
vez que nos visite. Después de recorrer todos los 
países americanos de habla castellana, piensa volver 
á despedirse definitivamente de nosotros, antes de 
regresar á España. ¡ Que el viento de gloria y de 
fortuna que le trajo á nuestras playas vuelva á ha- 
cerle pasar por ellas antes de dejarle en el caliente 
nido de la patria ! 




LA TEMPORADA 

DRAMÁTICA DEL POLITEAMA 

REPRESENTACIONES DE ELEONORA DUSE 




ermina hoy la serie de representaciones 
dramáticas últimamente inaugurada en el 
Politeama, que tan poderosamente ha lla- 



mado á sí la atención pública. 

i Qué se ha dicho á su respecto? i Qué quilates ar- 
tísticos alcanza su repertorio ? i Qué juicio merecen 
sus principales artistas? Tales serán los temas de mi 
conversación en este ligerísimo resumen. 

Desde luego, un hecho se ofrece al observador : la 
crítica artística, con respecto á los actores, ha sido es- 
casísima; tocante al repertorio, nula. Por lo general, 
todo se ha reducido á una docena de sueltos enco- 
miásticos. 



2 5 Ó 



Estudios y Artículos 



Tres son, á mi juicio, las causas principales que 
han conspirado á este triple resultado: primera, nues- 
tra falta de afición y preparación literaria y artística; 
segunda, la contienda electoral; tercera, la frivolidad 
insubstancial de la mayor parte de las piezas que han 
formado el repertorio de la compañía del Politeama. 
De las dos primeras no hay para qué hablar ; sólo 
tomaré en cuenta la tercera, por lo que en sí misma 
significa. 

Las palabras de orden entre los admiradores de la 
compañía han sido estas : verdad, naturalidad, rea- 
lismo. En principio, no hay por qué lastimarse de 
ello. La verdad, la naturalidad, la realidad (amplia- 
mente entendida), son condiciones necesarias de todo 
verdadero arte : fuera de ellas, no lo hay ni puede 
haberlo. Pero ocurre observar que si la naturalidad es 
base del arte, no es su cúspide, y que es muy posible 
ser artista natural y mediocre á ún mismo tiempo. 
La naturalidad, más aún que una cualidad artística, 
es una cualidad humana. Cualquier artista distin- 
guido comprende que no hay motivo para andar y 
hablar en la escena del teatro de un modo diverso 
que en la escena del mundo; y si, á pesar de ello, no 
es natural, en la primera, se debe á que tampoco lo 
es en la segunda. He conocido personalmente artis- 
tas tachados de afectación y artificio en las tablas, 



La temporada dramática del Politeama 257 



que no eran más naturales en la representación de la 
tragi-comedia humana, i Eran afectados ? Sí, pero 
lo eran naturalmente. Y al que quiera ver en esto 
una rematada paradoja, le escandalizaré todavía más 
diciéndole que he oído ladrar perros del modo más 
anti-natural imaginable (muchos entes racionales sue- 
len hacerlo mejor). Deducción rigorosa: la naturaleza 
se divierte á veces en faltarse descaradamente á sí 
misma. 

Por otra parte, la naturalidad es cualidad eminen- 
temente relativa, y así lo que es afectado tratándose 
de representar costumbres sociales contemporáneas, 
puede no serlo cuando de tragedias ó dramas histó- 
ricos se trata. La perspectiva histórica tiene sus fue- 
ros, y puesto que nuestra imaginación sólo ve en los 
grandes personajes de lo pasado lo saliente, lo abul- 
tado, lo estatuario, fuerza es interpretarlos así sobre 
la escena, si se quiere rendir homenaje á la naturali- 
dad bien entendida. Nadie se acuerda de las rabietas 
que hubo de tener Napoleón, ni de sus travesuras ó 
humoradas ; pero todos nos le representamos en nues- 
tra mente montado en su corcel generoso de bata lia. 
ó hundido en Santa Elena en las más dolorosas, gra- 
ves y profundas meditaciones. 

Véase por aquí cuán injustos son los que, para tri- 
butar elogios á la señora Duse, juzgan necesario de- 

17 



258 Estudios y Artículos 



primir el arte de Rossi, de Salvini y la Ristori, ape- 
llidándolo poco natural y exagerado. No, ese arte es 
también naturalísimo ; sólo que siendo diversa la es- 
tera en que se desenvuelve, diverso ha de ser también 
el criterio con que su naturalidad se juzgue. Lo de- 
más sería confundir lo natural, con lo común ú ordi- 
nario. 

Y esto precisamente sucede también con el realis- 
mo. Es verdaderamente lamentable la manera estre- 
cha y mezquina con que se le entiende generalmente 
entre nosotros. ¡ Baste decir que, con arreglo á los 
cánones que en su nombre se propagan, el escritor 
más grande y profundamente realista que ha pisado 
sobre la tierra, Shakspeare, resulta falso y exagerado. 
Ello nace de no distinguir lo que es por naturaleza 
distinto. Los que confunden el realismo con lo común 
ú ordinario, piensan que sólo es realista, que sólo es 
verdadero el arte que toma sus elementos de las cos- 
tumbres sociales que vemos continuamente á nuestro 
alrededor. Sentada esta premisa, la consecuencia es 
lógica; las pasiones de un Otelo, de un Macbeth, de 
un Segismundo, salen fuera de la realidad, c Cuándo 
vemos en torno nuestro tipos como esos ? 

Olvidan, los que eso dicen, que no sólo es real lo 
externo sino también lo interno; no sólo lo social, si- 
no también lo psicológico; y que, si al pintar las eos- 



La temporada dramática del Politeama 25Q 



lumbres es menester encerrarse dentro de lo que ve- 
mos y palpamos en los actos exteriores de la vida, 
el poeta psicólogo, sin dejar de ser realista, puede y 
debe crear tipos, no falsos ni exagerados, sino sim- 
plemente extraordinarios (como los crea también la 
naturaleza cuando quiere hacer alarde dé su poder) 
en cuyas almas proceres las pasiones que han de ser 
objeto de su análisis y pintura puedan recorrer una 
grande escala. No : los personajes de Divorgons, de 
Denise ó Fernanda, y todos sus congéneres del mun- 
do ó de la escena (lo mismo da), son almas comunes, 
en las cuales poco ó nada tendría que hacer el formi- 
dable escalpelo realista de un Shakspeare. El gran 
inglés no pinta costumbres, sino almas humanas, y 
de almas grandes necesita poderosas para el bien ó 
para el mal, perc poderosas siempre. Y tan reales 
resultan los tipos de esta clase de autores, que Otelo 
y Don Quijote tienen para nosotros realidad más 
viva y palpitante que los mismos héroes de la his- 
toria. 

Decir que Otelo, ó Yago, ó Shylok son tipos exage- 
rados, vale tanto como afirmar que lo son Nerón ó 
Luis XI. i Por qué no podría el poeta crear con ver- 
dad un César, un Alejandro, ó un Cristóbal Colón ? 
i Será digno de vituperio porque rivalice en poder 
creador con la naturaleza? Por lo contrario, digan lo 



2ÓO 



Estudios y Artículos 



que quieran los realistas novísimos, ese será siempre 
el arte grande, el arte fecundo, el arte eterno. Y ese 
es también el único en que los artistas dramáticos 
pueden fundar una reputación sólida y duradera. Un 
actor distinguido es capaz de representar dignamente 
los papeles del teatro francés contemporáneo; pero 
sólo un artista de genio puede hacerse aplaudir en el 
de Hamlet ú Otelo. Y es que para transfundirse en 
estas grandes creaciones es menester ser grande. 
Cualquier pianista mediano puede ejecutar perfec- 
tamente una polka ó una habanera corriente; pero 
i quiénes sino los Rubinsteins se atreven con buen 
éxito á la poderosa música de Bethoven? 

Sin incurrir, pues, en el pedantismo erudito de los 
que nada conceden á la edad presente, renunciemos á 
ese pueril amor propio que nos lleva á tener en me- 
nos cuanto forma el patrimonio de la edad pasada. 
Una cosa es el arte, otra la moda. 

Si, por motivos peculiares de la época que atra- 
vesamos, la lírica moderna triunfa y pone su silla 
sobre la antigua, no es menos cierto que, por esos 
mismos motivos, los dramaturgos de nuestros días 
son verdaderos pigmeos al lado de los antiguos, grie- 
gos, ingleses, franceses y españoles. 

Cuéntense en buen hora las tentativas dramáticas 
de la falanje naturalista, que confunde el arte con la 



La temporada dramática del Politeama 261 



anatomía y la fisiología ; que imágina hacer obra de 
artista emporcándose los dedos con el pus de las 
llagas sociales, que encona en vez de curar, sin com- 
prender que, aun concediéndoselo todo, su obra 
sería benéfica, pero jamás artística; siempre resul- 
tará que un sólo análisis psicológico de Shakspeare, 
una sola concepción sintética de Calderón, valen cien 
mil veces más, artísticamente, que todas las virue- 
las de Nana y todos los brutales apetitos de Teresa 
Raquin. 

El teatro contemporáneo muere de anemia. Al ar- 
te á la vez grande y verdadero y sano de los antiguos, 
ha sucedido el arte enfermizo y débil de la frivolidad 
brillante. Diviértese el último en hacer pininos y ca- 
rantoñas de sprit y de buen tono, que, al fin y al pos- 
tre, es lo que el público pide y paga, y en cuanto á lo 
fundamental é intenso... tenga Vd. buenas noches, 
i Sea ! Pero, al menos, respétese por pudor la memo- 
ria veneranda del arte dramático de otras épocas. 

Dije, al comenzar, que una de las causas de la falta 
de crítica artística en esta temporada era, á mi juicio, 
la insubstancial frivolidad de la mayor parte del re- 
pertorio presentado. Con efecto, el gasto principal lo 
ha hecho Sardou, hábil pirotécnico de la dramática, 
y nada más. Pero i puede hacerse de ello un cargo á 
los directores de la compañía? El teatro francés con- 



262 Estudios V Artículos 



temporáneo es superficial, malsano, no se presta para 
las grandes interpretaciones... pero... no hay ahora 
otro mejor. El teatro ingles no existe; el italiano ve- 
geta ; el español, antes tan glorioso, no hace muchos 
años tan digno, lleva hoy lá vida miserable del epi- 
léptico, del febricitante ó del anémico. Por otra parte, 
la masa del público no tiene ni puede tener la prepa- 
ración necesaria para comprender y gustar las gran- 
des obras de otras épocas ; el teatro es arte, pero es 
también espectáculo, y, como tal, sujeto al gusto rei- 
nante, á los caprichos de la moda ; es, además, empre- 
sa, que necesita cubrir sus gastos y realizar ganan- 
cias : i con qué derecho se exigiría, pues, de los ar- 
tistas el culto constante del arte elevado y puro ? 

Todo esto es muy cierto, pero todavía no exime 
completamente de censura á la compañía, por cuanto 
han podido escogerse dentro del mismo teatro fran- 
cés contemporáneo obras superiores á las general- 
mente representadas. De Augier, sólo se ha dado una 
pieza; de Dumas, salvo una, las más débiles. Ade- 
más {por qué no poner á contribución algunas obras 
del teatro español de la época anterior á la actual ? 
Un drama nuevo, Virginia (tragedia magnífica, lim- 
pia de todo el énfasis y falsa solemnidad de las imi- 
taciones pseudo-clásicas), La Bola de nieve, Lances 
de honor, y otras grandes piezas de Tamayo, así como 



La temporada dramática del Politeama 263 



las tres obras maestras, modernísimas, del insigne 
Ayala, contribuirían en gran manera á dar variedad 
y realce al en deble repertorio de la compañía del 
Politeama. 

Viniendo ya á los artistas, nada tengo que obser- 
var á las opiniones vertidas, relativas al Sr. Rossi y 
al Sr. Ando. Me adhiero gustoso á los juicios favo- 
rables que han merecido repetidas veces. Con respec- 
to á la señora Duse, sin dejar de admirarla con en- 
tusiasmo, debo hacer algunas observaciones. 

Se ha dicho que es actriz verista y revolucionaria. 
Para mí no es ni una ni otra cosa. Creo simple- 
mente que es una artista de temperamento eminente- 
mente romántico, influida y modificada por la ten- 
dencia positivista de nuestra época. De la unión ar- 
mónica de estos dos, al parecer, contrarios elementos, 
resulta su hermosa y resaltante originalidad. Es muy 
natural, sin duda, pero su realismo, que no ha de 
confundirse con la naturalidad, es completamente ex- 
terno y convencional: no pasa de llevarse las manos 
á la cabeza, meterse un dedo en la boca y sentarse de 
través en las sillas. Por eso la crítica le ha censurado 
su preocupación de la verdad, y por eso tiende ella 
misma de día en día á olvidarse de todos esos estu- 
diados rasgos, y hace bien. Pero de lo que no puede 
desprenderse nunca, porque es ingénita en ella, es 



Estudios y Ar líenlos 



de SU sensibilidad exquisita, nerviosa y soñadora, que 
es el gran secreto de su seducción y su prestigio. No 
deslumhra, no habla á la imaginación, lo cual es, sin 
duda, una deficiencia ; pero se va apoderando suave- 
mente de nuestra sensibilidad hasta declararse dueño 
y señora de ella. Desde entonces no hay más remedio 
que aplaudir y llorar. La impresión que produce en 
el espectador gana en intensidad lo que pierde en bri- 
llantez. La Dama de las camelias podrá interpretarse 
de un modo más pintoresco, pero no más sentido y 
conmovedor que ella lo hace. Y por lo mismo que esa 
sensibilidad es en ella verdadera y profunda, es tam- 
bién sobria, serena, sin espasmos ni arrebatos intem- 
pestivos, propios de quien quiere manifestar lo que 
no siente ó siente á medias. Es regla general : todo 
el que posee á fondo una cualidad cualquiera, gracia, 
fuerza, brillo, ternura, pone serenidad y naturalidad 
en el modo de manifestarla exteriormente. 

La sobriedad con que la Dusé muere tísica en el 
último acto de La Dama de las camelias es digna 
del más alto encomio. Siempre he sentido repugnan- 
cia por esa escena y todas sus análogas. Juzgo en ab- 
soluto anti-artísticas las enfermedades y agonías la- 
boriosas en las tablas : son ellas otras tantas mate- 
rialidades groseras y repugnantes, que cambian la in- 
terpretación artística y libre, en remedo ó copia foto- 



La temporada dramática del Politeama 26$ 



gráfica. La Duse, al cortar algunas escenas del acto 
mencionado, y mantener la ejecución en límites pru- 
dentes, ha dado pruebas de profunda delicadeza ar- 
tística. 

Tengo hecha para mi gobierno una clasificación 
general, aplicable á toda clase de artistas, y es la si- 
guiente. Hay artistas grandes, pero sin aroma; se 
parecen á la camelia; ejemplo: Quintana. Otros, sin 
ser precisamente grandes, exhalan aroma exquisito, y 
nos seducen más que los primeros; son comparables 
á la violeta ; ejemplo : Alfredo de Musset. Existen, 
por fin, otros que son grandes y aromados, como 
ciertas rosas; ejemplos: León, Byron, Leopardi. 

Ahora bien, si la señora Duse (salvando, de un salto 
mortal, la distancia que separa al artista creador, del 
mero intérprete) no ha alcanzado aún la última cate- 
goría, es indudable que tiene adquiridos plenos de- 
rechos á la del medio, es decir, que pertenece al corto 
número de aquellos artistas esenciales que, grandes 
ó no, dejan perfumado el ambiente por donde pasan, 
y no caen jamás de la memoria de quien tuvo una 
vez la suerte de escucharlos. Rica de ese dón secretí- 
simo que hace más elocuente la mirada que la pala- 
bra, su recuerdo vivirá aún fresco y lozano, cuando 
el viento se haya llevado el último menudo polvo de 
muchas frías grandezas. 



"FÉDORA" 



REPRESENTACIÓN DE SARA BERNHARDT 



O 



bserva con mucha razón Sainte-Beuve que 
el crítico sólo procede rigorosamente en con- 
ciencia cuando aplica su criterio á las obras 



literarias escritas en su propio idioma. Sólo entonces 
posee todos los elementos y datos necesarios para lle- 
nar con originalidad y acierto su delicadísimo minis- 
terio. Reflexión tan sensata hubiera bastado á disua- 
dirme de mi empeño de entrarme de rondón en el 
campo de la literatura dramática francesa contempo- 
ránea, si no debieran tener estas crónicas que hoy 
inauguro un tono y carácter muy diversos de los que 
corresponderían á una crítica seria y trascendente. 
Aunque yo tuviera dotes suficientes para ella, no 
creo que tal cosa fuera lo que el público lector agrá- 



268 



Estudios y Artículos 



decería más en estas columnas. Casi me atrevería 
asimismo á añadir que lo considero imposible, tra- 
tándose de obras dramáticas contemporáneas amenas 
y divertidas muchas veces, pero tan faltas de médula 
y substancia, tan livianas y vaporosas, que no hay 
medio de dejar en ellas estampadas las señales de 
un abrazo viril. Crónicas, pues, y nada más que 
crónicas, serán estas, salpicadas de juicios y observa- 
ciones independientes, eso sí, pero de primer ímpetu 
y ligeros, como la mayor parte de las obras destina- 
das á provocarlos, que, en verdad, sería algo pedan- 
tesco ó cursi tomar demasiado en serio. 

La pieza de estreno de Sarah Bernhardt ha sido, 
como estaba anunciado, la Fédora, de Sardou. An- 
tes de hablar de la afamada artista, digamos dos pa- 
labras acerca del autor y de la obra. 

De los dramaturgos que hoy viven, ninguno más 
celebrado, ninguno más famoso que Victoriano Sar- 
dou. No sólo la masa del público, en cuya inteligen- 
cia no creo ni creeré nunca, así sea el que asiste á la 
í; Comedia Francesa", sino también escritores y crí- 
ticos distinguidos parecen haber tomado á empeño el 
poner por las nubes al autor de Fédora. Si algún 
hecho es capaz de hacerme rematadamente escéptico 
en punto á crítica literaria, es este, sin duda al- 
guna. ¡Cómo! ¡Tanto aplauso y tanta gloria para un 



Fédora 



269 



mero fabricante de piezas de teatro, para un discípulo 
de Scribe! Sardou será, ciertamente, un divertido y 
hábil metteur en scéne, ¡ pero un escritor, un artista, 
un dramaturgo! Yo admiro sinceramente su indis- 
putable ingenio, su maravilloso instinto para hallar 
y preparar situaciones de efecto y golpes de teatro, 
su habilidad para poner á contribución las aventuras 
sociales de la vida contemporánea, su movimiento 
escénico tan ponderado, su diálago chispeante, todo 
lo que constituye, en fin, el mecanismo dramático; 
pero este mecanismo, excelente, sin duda, cuando 
se pone al servicio del arte verdadero, del arte huma- 
no, poco ó nada vale cuando carece de alma. Esta 
consiste en la análisis de los caracteres y en la pintura 
y desenvolvimiento lógico y natural de las pasiones. 
Como mecanismo dramático <qué válen el Hamlet ó 
el Misántropo ? Nada absolutamente. Pero poseen, 
en cambio, lo que falta en absoluto á Sardou, nada 
menos que estas tres cosas: verdad, profundidad, 
estilo. 

Pero acerquémonos un poco á la crítica endiosadora 
de Sardou, y veamos en qué basa sus ditirambos. 
Desde luego, advertimos que las llaves maestras de 
esa crítica son las siguientes: "habilidad, destreza, 
movimiento, diversión, sftrit". Sobre esos rieles 
rueda la ruidosa máquina de los elogios sardouria- 



Estudios y Artículos 



nos. Si. sin duda, Sardou es un autor muy divertido; 
pero es el caso que la vida no lo es; que tiene más de 
trágica que de cómica, y que hasta en lo cómico hay 
cierta amarga levadura, palpitante en las comedias 
de Moliere; y como el drama es la pintura de la vida, 
es evidente que un autor meramente divertido no 
puede ser un eximio autor dramático. Ese bendito 
sf>rit francés, esa ingeniosidad española del buen 
tiempo, ¡ cuántas obras ha menoscabado, cuántos ta- 
lentos ha perdido! 

Por otra parte, y por fortuna, nada más transitorio. 
Ese aplauso de hoy, esa bulla, se paga con el des- 
dén ó el olvido de mañana. Lo divertido es superficial, 
y lo superficial pasa y se borra. Sardou no pinta in- 
tensamente al hombre de nuestra época, ni la época 
misma : nos divierte siempre y nos interesa á veces 
con lo que halla en su superficie. Cuando esa super- 
ficie cambie { á quién divertirá su pintura ? c Quién 
se acordará del autor ni de la obra ? Ayer era Dumas, 
padre, el gran amuseur ; hoy es Sardou. Sardou en- 
tierra hoy á Dumas ; otro mañana enterrará á Sar- 
dou : es un simple juego de sepultureros. Pero < quién 
dará sepultura á Shakspeare ó á Calderón? {Quién 
á Corneille ó á Racine, no obstante haber cultivado 
una tragedia convencional ? Y en la comedia, {quién 
enterrará á Moliere, ó á Tirso, ó á Moreto, ó á Gol- 



Fédora 



2 7 l 



doni? Vivos están y quedarán vivos, porque junto 
y á través del relieve de su tiempo, en lo cómico 
como en lo trágico, supieron ver y pintar lo eterna- 
mente verdadero y humano. No tuvieron esprit como 
característica; tuvieron genio ó vigoroso talento. 

Pero i por qué triunfa Sardou ? i Por qué esta ad- 
miración por un autor de segundo orden? Por dos 
razones : porque es la encarnación viva de la superfi- 
cialidad parisiense, de cettte fagon commode de se ti- 
rer des questions les plus graves par une pirouette, y 
que ha provocado este arranque curioso al robusto 
espíritu de Zola: Oh! étre béte, bravement béte, quel- 
le santé et quelle largeur, au sortir d'une page de 
M. Sardón ! Y porque es también la encarnación tí- 
pica del espíritu dramático contemporáneo, que mata 
al teatro como arte serio, y lo transforma en una 
diversión elegante y en un excelente digestivo. Los 
verdaderos talentos de hoy no cultivan el drama : 
son novelistas ó líricos. 

En Fédora, con excepción del primer acto, ó pró- 
logo, de gran movimiento, Sardou ha querido ser 
más sobrio de habilidades mecánicas, presentando una 
acción más sencilla que de costumbre : no ha logrado 
ser, por ello, ni más verdadero, ni más profundo. 

Fédora, superior, sin duda, en interés y efecto, á 
las demás obras del mismo género del autor, no pasa 



/ isl it d ios y A rt í cu los 



de ser un drama de aventuras, en que el hecho rudo 
y la emoción violenta se llevan por delante la análisis 
de los caracteres y el desenvolvimiento lógico de las 
pasiones. Por otra parte, todo su grande interés es- 
triba, como es costumbre de Sardou, en un supuesto 
falso c imposible. 

La concepción es, sin duda alguna, dramática é 
interesante, aunque no del todo original : una prin- 
cesa rusa que persigue al supuesto matador de su 
novio, quien le es grandemente simpático, á pesar de 
sus sospechas, y que, al tiempo de entregarlo á la 
justicia, sabe que su prometido fué muerto por ha- 
berle sido infiel, seduciendo á la mujer del primero. 
Es casi el mismo asunto aprovechado antes por un 
obscuro dramarturgo francés, M. Belot, en una pieza 
titulada : Le árame de la rué de la Paix. Sardou, 
sin embargo, ha perfeccionado la idea, pues en el 
original, el matador procede impulsado por causas 
mucho menos legítimas que Ipanof, y hasta repug- 
nantes. Nada importa, por lo demás, tomar un asun- 
to de otro drama, como podría tomarse de un suceso 
conocido de la vida real, con tal de interpretarlo de 
una manera original y poderosa. En tal caso, la ori- 
ginalidad no puede serle justamente disputada al se- 
gundo autor. Pero <¿ha hecho esto Sardou? Es indu- 
dable que ha dado mayor interés á la fábula; mas, 



Fédora 



27J 



á mi juicio, el defecto capital del drama está en ha- 
ber quedado en estado de fábula, de aventuras. 
Nada de análisis poderosas, ninguna pincelada in- 
tensa: es el Sardou de siempre; cuando da con una 
concepción hermosa, la malogra. Sarcey tiene, quizá, 
alguna razón al decir que Fédora es una obra supe- 
rior dentro de un género secundario. 

Se ha hablado de las inverosimilitudes de esta 
pieza. Yo disculparía todas, menos una que me pa- 
rece fundamental, y que pone á las claras cómo lo 
que Sardou posee no es arte, sino artificio. Me re- 
fiero al obstinado silencio de Fédora, con respecto á 
sus actos anteriores, después de haber salvado á 
Ipanof y huido con él á Londres. 

Ese silencio es absolutamente falso y absurdo. Lo 
natural, lo humano, era que Fédora, enamorada ya 
vivamente de Loris, y convencida de la dignidad de 
su conducta, así como de la infidelidad y miras inte- 
resadas de su primer amante, confesara ingenuamen- 
te á Loris sus planes secretos, bien justificados, por 
cierto, y salvándose así de una catástrofe inmi- 
nente, se pusieran ambos de acuerdo para evitar 
las malas consecuencias de los pasos ya dados. Pero 
que Fédora salve á Loris y huya con él á Londres, 
sin explicarle nada y sin que éste nada le pregunte, 
es simplemente artificioso y absurdo. Y bien, en 



-77 



Estudios y Artículos 



este absurdo y en este artificio reposa todo el drama. 

Y vengamos ya á la gran novedad artística : al 
estreno de Sara Bernhardt. 

Desde luego, he de ser completamente independien- 
te en mis opiniones, sin dejarme dominar por los 
monstruosos ditirambos y extrañas leyendas de que la 
Bernhardt viene precedida. Soy grande y entusiasta 
admirador del talento; pero me repugnan sobre ma- 
nera los elogios ciegos y epilépticos, que no dejan lu- 
gar alguno á las apreciaciones serenas. Criticar, no 
es disparar cohetes y bombas. 

No es posible dar una opinión definitiva con res- 
pecto á una artista que sólo se ha oído una vez. Me 
limitaré, pues, por hoy, á expresar mi primera im- 
presión, muy sujeta, por cierto, á modificaciones 
ulteriores. 

Sara Bernhardt no me ha parecido el sér fantástico, 
extravagante, único, de que tanto se nos ha hablado. 
Es una artista de grandes facultades, aunque efec- 
tista y excesivamente nerviosa, que pertenece al mis- 
mo género de la Dusse. Creo que no tiene más que 
ésta, ni tanto, el dón de la ternura y las lágrimas, 
aunque su acción es más pintoresca y deslumhra 
más la imaginación. 

Su voz no es de oro, como se ha dicho, ni siquiera 
de plata; pero su inspiración es grande y súbita, y 



Fédora 



275 



se manifiesta, no de una manera serena y constante, 
sino á modo de relámpagos. Su mayor secreto con- 
siste en su personalidad poderosa, que absorbe en sí 
el carácter que representa, en vez de trasfundirse en 
él. En la esfera de un arte clásico, sereno y normal, 
esto sería un defecto, pero dentro de las condiciones 
del teatro moderno, tan superficial y tan débil, es una 
verdadera fortuna. Sin duda, vale más Sara Bern- 
hardt que Fédora : felicitémonos mil veces por ello. 

Puede decirse de ella, con toda verdad, lo que de la 
Champmeslé, la célebre trágica de Racine, decía 
Mme. de Sévigné : Je rí ai rien ou'i de fiareil au 
théatre ; cest la comédienne que Ion va voir et non 
■pas la comédie. 

Sus momentos más felices en la representación de 
anoche han sido el final del tercer acto, en su lucha 
por detener á Loris, y sobre todo, el final del cuarto, 
al verse descubierta. La muerte fué magistral, aun- 
que el caer sobre el sofá y rodar en seguida de allí 
al suelo, me parece puro efectismo. 

Lo demás de la compañía, mediocre, con excepción 
del señor Garnier, á todas luces detestable. No ha- 
bla, sino que da gritos como puñetazos. ¡ Y que este- 
mos condenados á escucharle siempre, como primer 
actor, al lado de Sara Bernhardt! 

Un incidente enojoso se produjo en el teatro. 



2 7 6 



Estudios y Artículos 



Aplaudió el público después del primer acto, servil- 
mente, pues no había aún motivo, y la actriz no salió. 
Aplaudió depués del segundo y el tercero, ya con 
razón, y tampoco se dignó la artista dar las gracias 
presentándose en la escena. Tal proceder disgustó á 
una parte del público, que convirtió los aplausos en 
silbidos. Ese fué el saludo que recibió Sara Bern- 
hardt al presentarse al principio del último acto. La 
escena final, sin embargo, hizo olvidar esas rencillas, 
y la artista fué estruendosa y triunfalmente acla- 
mada. 



" FEDRA" 



REPRESENTACIÓN DE SARA BERNHARDT 




A segunda representación de Sara Bern- 
hardt, si bien es dudoso que haya solazado 
mucho al público en general, ofrecía un 



grande y nuevo atractivo para nuestros aficionados á 
las letras (no se ofenda alguno si no digo literatos). 
¡Una de las más célebres tragedias clásicas del siglo 
de Luis XIV, representada, en el idioma original, por 
Sara Bernhardt! Esto hacía soñar con la Rachel y 
con Taima, suspendiendo por un momento el curso 
de nuestra vida mercantil y prosaica, y lo que es más, 
haciéndonos olvidar á Sardou y á sus fieles. Miradas 
las cosas por este lado, nada más halagüeño. Sólo 
falta averiguar si miradas por los otros sucedía lo 
mismo. 



Estudios y Artículos 



Es difícil empresa el hablar, aunque sea en cróni- 
cas teatrales, de obras tan diversamente discutidas 
y tan minuciosamente analizadas, como las que for- 
man el repertorio clásico francés. Su importancia 
absoluta y relativa; la sanción del tiempo, que hace 
de ellas algo como objetos sagrados; los grandes crí- 
ticos que sobre ellas han discurrido; la época, tan 
distinta á la nuestra, que reflejan; todo conspira á 
hacer espinosa la tarea. Sólo me consuela la idea de 
que, si todo está dicho, no todo está leído, especial- 
mente entre nosotros, y que son tan erróneas y tan 
contradictorias las ideas que vulgarmente se tienen 
á este respecto, que no estará de más aplicarles ahora 
un oportuno correctivo. 

Pocos momentos antes de comenzar la representa- 
ción de Fedra en el Politeama, algunos amigos y 
conocidos que saben mis impenitentes aficiones clási- 
cas, me daban golpecitos en el hombro, diciéndome : 
" Esta es la suya, amigo Oyuela, aquí está Vd. en 
su elemento. ¡Cómo gozará Vd., oyendo, por fin, en 
el teatro una de las obras maestras de su literatura 
predilecta ! " — " c Pero quién ha dicho á Vd. que lo 
es?" — "¡Cómo! ¿No es Vd. clásico?" — "Sí, sin 
duda, y sin restricciones. 11 — "{Y entonces Por for- 
tuna, principiaba en ese instante el espectáculo, mer- 
ced á lo cual me vi libre de esos moscones importunos. 



Fedra 



279 



Mentira parece que, hoy todavía, personas media- 
namente instruidas confundan el arte de museo, arti- 
ficioso y contrahecho, de la tragedia francesa del siglo 
xvn, con el arte grande, libre, espontáneo, bañado 
por la luz del sol y las auras primaverales, de los 
antiguos griegos, con el arte verdaderamente clá- 
sico. No advierten que, precisamente por ser el pri- 
mero imitación del segundo, ha perdido todo el sabor 
de originalidad y vida propia que forma el en- 
canto más poderoso del arte sereno, armonioso y 
resplandeciente de aquellos hijos legítimos de las 
Musas. Y en el teatro es precisamente más absurda 
esta imitación, porque es el género más íntimamente 
ligado á la época y civilización en que se produce. 

La majestad y solemnidad de la tragedia en Grecia 
estaba magníficamente en armonía con el alcance 
social y religioso que se la daba, con los grandes 
asuntos nacionales que le servían de médula y la 
convertían en un espectáculo público eminentemente 
nacional y sagrado. Los personajes hablaban en la 
plaza pública, delante de la muchedumbre, represen- 
tada por el coro, y era entonces natural y necesario 
que pusiesen esmero en sus expresiones y midiesen 
sus palabras. Pero, i no es absurdo, falso, y hasta 
ridículo, que, suprimido el coro, cambiadas las con- 
diciones de la escena, se haya no ya imitado, sino 



lisiadlos v Artículos 



exagerado y falseado el estilo trágico, haciendo hablar 
á los personajes, encerrados entre cuatro paredes y 
en lo íntimo de la familia, en un constante y solem- 
ne estilo oratorio ? 

La tragedia francesa no es, en rigor, una imitación, 
sino una falsificación de la tragedia griega. Esto es 
evidente para todo el que estudia con esmero esta 
última. A pesar de las condiciones á que antes me he 
referido, sorpréndese uno agradablemente al dar en 
ella con rasgos familiares, al observar de cuán diver- 
so modo se expresa el servidor ó la nodriza que el 
rey ó el magnate (en tanto que en la tragedia fran- 
cesa todos hablan en un mismo estilo, jamás usado 
por nadie en ninguna parte del mundo). Hasta rasgos 
cómicos se encuentran admirablemente mezclados á 
la seriedad trágica, como puede verse en el Prometeo 
de Esquilo; y en cuanto á la acción, que muchas ve- 
ces escapa á las falsas unidades, es viva y pintoresca, 
y se halla maravillosamente entrelazada á los con- 
flictos morales. 

Así se explica que Lessing, gran sectario de Aris- 
tóteles, según se confiesa él mismo, sostenga que los 
grandes principios aristotélicos, con respecto á la tra- 
gedia, han sido observados mil veces mejor, en lo 
esencial, por Shakspeare, que por Corneille y Racine. 
Y añade que ninguna nación ha desconocido más 



Fedra 



281 



que los franceses los fundamentos del drama antiguo. 

Es un lugar común de la crítica, muy favorecido, 
el lamentar que los héroes de la tragedia francesa 
no sean bastante griegos, sino, más bien, cortesanos 
del siglo xvii, disfrazados, ¡ Singular reproche ! Si 
algo hay que sentir, es que no sean suficientemente 
franceses, i Qué supone, en efecto, el traje, ni el 
nombre ? Lo importante es tener la pintura de una 
época, hecha por los grandes poetas que florecieron 
en ella. Eso es más espontáneo y legítimo, aunque 
los nombres y trajes sean exóticos, que la pintura 
hecha en frío de una época muerta, por hombres que 
no han podido nunca contemplarla ni sentirla. Vale 
más que lo exótico sea lo externo y no lo interno. Lo 
demás es arqueología pura. Esto no quita que no 
podamos menos de sonreír cuando oímos decir á Hi- 
pólito, con toda ceremonia cortesana : 

Madamc, je n'ai pas de sentiments si bas. 

Pero dentro de un sistema falso y convencional ca- 
ben grandes bellezas, siempre que talentos de primer 
orden, como Corneille y Racinc, se dignen tomarlo 
como molde de sus grandes concepciones. Así, fuera 
de que el simple reflejo del arte antiguo ha dado á 
las tragedias francesas esa grandiosidad de coneep- 



282 



Estudios y Artículos 



ción, esa sencillez de medios y esa solidez de estruc- 
tura, que las alzan, á pesar de todo, como monu- 
mento glorioso de su literatura, hay en ellas tal aná- 
lisis y desenvolvimiento de pasiones, una pintura 
tan intensa del corazón humano, que consideradas, 
no como obras representabas, sino como elocuentes 
descripciones psicológicas, todo elogio y toda admi- 
ración les son debidas. 

En este concepto, prefiero Racine á Corneille. No 
por más tierno, como vulgarmente se dice, sino por 
el poder portentoso con que concentra la acción dra- 
mática en una vivísima lucha de encontradas pasio- 
nes. Como pintor de caracteres, le falta el dón de unir 
lo general humano á lo particular del individuo, que 
posee Shakspeare, por lo cual sus personajes son más 
bien tipos que verdaderos caracteres; pero ese es un 
defecto general del teatro clásico francés, sin excluir 
á Moliere, con su Avaro y su Hipócrita, tipos y no 
individuos. 

La idea de Fedra, como es notorio, la tomó Racine 
del Hipólito de Eurípides. En esta última obra se ve 
patente la transición de la tragedia antigua á la mo- 
derna, pues la fatalidad, que antes se ejercía sobre 
los hechos, se ejerce en ella, como en Racine, en las 
pasiones. ¡ Magnífico tipo, en verdad, esa Fedra fran- 
cesa (figura de segundo orden en Eurípides), víctima 



Fedra 



283 



de un amor incestuoso, fiero é irresistible, que por 
más que avergüenza y aterra su razón y su virtud, 
la impele fatalmente á arrojarse en brazos de Hipóli- 
to ! Nunca se ha presentado en el teatro una lucha 
más patética ni más compleja dentro de un mismo 
corazón y un mismo espíritu, del amor y la vergüen- 
za, la virtud y el deseo, la venganza y los celos, con 
furor tan extremo y humano á un mismo tiempo. 
Y todo ese clamor hervoroso de las pasiones es al 
fin dominado por la voz severa de la virtud, no apa- 
gada en el alma de Fedra, que se levanta imperiosa 
con el nombre de muerte. 

El modo como Sara Bernhardt ha encarnado á 
Fedra, ha demostrado la verdad de una observación 
que tuve ocasión de hacer el año pasado, con motivo 
de la Duse. Combatí entonces la condenación que 
se hacía en algunos periódicos del arte de Rossi y de 
Salvini, motejado de estatuario y falto de ese movi- 
miento familiar y vivo, propio del arte moderno, que 
tanto resplandecía en la Duse. Sostuve, pues, que 
una manera no condenaba la otra, pues que cada 
una de ellas se manifestaba en una esfera distinta; y 
no era razonable exigir que teatros enteramente di- 
versos se representasen de un modo idéntico. Los 
que no opinaban así, han podido ver á Sara Bern- 
hardt, tan moderna en Fédora, presentarse en Fedra 



¡■'.si ud ios y Artículos 



escultural y severa, como convenía á la majestad so- 
lemne de la pieza que interpretaba. 

Por mi parle, no tengo sino elogios para sus mag- 
níficas actitudes y sus elocuentísimos silencios. Gran- 
de estuvo verdaderamente en la escena del primer 
acto, en que le es comunicada la muerte de su esposo 
Teseo. No dijo una palabra ; pero su semblante ex- 
presó poderosamente, durante un largo espacio de 
tiempo, los encontrados afectos que la agitaban, la 
coníusión y oscurecimiento de su espíritu, en pre- 
sencia de un suceso de tan múltiples y complicadas 
consecuencias para su amor, su virtud y sus deberes 
de madre, el cual abría un nuevo mundo ante sus 
ojos. 

No puedo decir lo mismo de su declamación. Ese 
canto, esa melopeya que va enfilando una á una las 
palabras en una misma nota lánguida y quejumbrosa, 
es absolutamente desagradable y de purísima con- 
vención. Así no habla ni habló nadie jamás. Y 
no se diga que es condición inevitable del monótono 
verso alejandrino de la tragedia francesa, pues que 
la práctica contraria tiene en su favor un ejemplo 
célebre : la famosa Adriana Lecouvreur, que rompió 
valientemente con esa tradición convencional. No, el 
canto, y aun el mero acento declamatorio (de que ya se 
notó algo en Sara Bernhardt, aun en el papel de Fé- 



Fedra 



285 



dora) es siempre condenable, y los que tanto lo han 
censurado en los artistas españoles, por boca y en 
nombre de la escuela francesa, han quedado lucidos. 

De todos modos, y á pesar de ciertas exageraciones, 
Sara Bernhardt se ha mostrado en Fedra grande ar- 
tista ; pero estimo que no es la tragedia clásica el gé- 
nero en que puede manifestar con espontaneidad su 
temperamento esencialmente moderno. 

Del señor Garnier contaban las crónicas que en la 
tragedia se le podía oír. Y se le puede oír, cierta- 
mente, para saber y palpar hasta qué punto puede ser 
insoportable un actor que ha trabajado en la Come- 
dia Francesa. 

En cuanto al actor que hacía de Teseo, y de cuyo 
nombre no quiero acordarme, sirve también para 
recordar que todavía cabe algo peor que el señor 
Garnier. Á su lado, este último casi parecía ado- 
rable. 

Para alejar de la mente pensamientos fatídicos, 
quiero concluir esta desmañada crónica, enviando un 
sincero aplauso á la señora Malvau, que hizo una sim- 
pática y discretísima Aricia. 



" LA DAMA DE LAS CAMELIAS " 



nuevo puede decirse á su respecto, lo cual no estorba, 
sin embargo, que yo dé lisa y llanamente mi opinión 
sobre ella, tanto más cuanto los juicios que ha provo- 
cado han sido sumamente diversos y contradictorios. 

Por lo que toca al asunto, á su mayor ó menor 
verdad y moralidad, la impresión es muy distinta, 
según el punto de vista en que se coloca el obser- 
vador. Para unos significa el endiosamiento del vicio, 
la apología de las mujeres perdidas, la degradación 
presentada bajo la máscara seductora del amor in- 
tenso y del sacrificio sublime, el reto lanzado á las 



REPRESENTACIÓN DE SARA BERNHARDT 




astado tema es, por cierto, el que nos 
" ofrece la obra de Dumas, hijo, puesta ano- 
che en escena por Sara Bernhardt. Nada 



288 



Estudios y Artículos 



sanas costumbres sociales, revestidas en esa obra con 
el traje de la cursilería y de las preocupaciones pro- 
vincialescas y aldeanas, y, lo que es peor, como im- 
placables y odiosas sacrificadoras de la felicidad de 
un ángel, caído sí en el lodazal más repugnante, 
pero pronto á levantarse de nuevo, en alas de un 
amor profundo y ardiente, á la esfera serena de la 
virtud y de la dicha. Para otros, por lo contrario, 
este apasionado drama es una lección severa, enca- 
minada á demostrar cómo el vicio impele fatalmente 
al vicio, y cuán terribles y trágicas son sus conse- 
cuencias, hasta para los que, deteniéndose en su 
camino en un momento feliz, pretenden lavar sus 
impurezas en las lágrimas de un arrepentimiento tan 
sincero como profundo. 

Para mí, íntimamente convencido como estoy de 
que el arte no tiene por objeto abonar el vicio, ni cas- 
tigarlo, sino pintar, y simplemente pintar, loque hay 
interesante en la verdad humana, estas cuestiones 
é interpretaciones carecen absolutamente de interés. 
Lo único que yo pregunto es si hay verdad intere- 
sante y profunda, observación directa y desintere- 
sada, sabor de naturaleza, en fin. i Existen estas 
condiciones en la Dama de las Camelias ? Á mi 
juicio, en la pintura del amor sí, en el sacrificio de 
Margarita, eje principal del drama, no. De este si-no 



La Dama de las Camelias 289 



fluyen los méritos y defectos del drama, la secreta 
virtud que lo mantiene vivo hasta ahora, con estar 
muy distante de ser una obra maestra. 

Que una mujer, en las condiciones de Marga- 
rita, conserve nobles y elevados sentimientos, y sea 
capaz de ese amor poderoso y constante, me pa- 
rece posible y humano, y el contraste admirable- 
mente dramático. Que sacrifique su amor y su ven- 
tura en un soberbio é impetuoso arranque de genero- 
sidad y grandeza, ya es más difícil, pero admisible 
todavía. El corazón humano tiene bajezas y sublimi- 
dades inesperadas y sorprendentes. Pero que ese 
cruel sacrificio se lleve á cabo obedeciendo á la lógi- 
ca de las razones que el padre de Armando hace á 
Margarita en el acto tercero, y se lleve al extremo de 
entregarse y venderse nuevamente al vicio para ha- 
cerse odiar y despreciar del hombre á quien ella ado- 
ra, y por quien vive una nueva vida, es absurdo, 
absurdo, absurdo. 

Respecto de lo primero, esto es, de las razones 
con que Duval convence á Margarita, difícilmente se 
hallará en los anales del teatro una falta de obser- 
vación más garrafal ni más inepta. ¡ Cómo ! ¡ El 
amor vivo é impetuoso de una mujer, y de una mujer 
como Margarita Gautier, acepta el sacrificio de la 
felicidad adquirida y de la propia dignidad y esti- 



Estudios y Artículos 



mación rescatadas, merced á unas cuantas razones 
frías, vulgares, dichas y repetidas por un viejo im- 
pertinente! ¿Pero cuándo el amor ha obedecido tan 
fácilmente á razones, aun cuando fueran más altas 
que las que Duval aduce? ¿ Cómo las imágenes leja- 
nas de la vejez, y las arrugas, y el desengaño, po- 
drían ahogar los rugidos de la pasión viva y palpi- 
tante de un corazón de fuego? No, no hay lógica ni 
razones que basten á contrarrestar el amor que se 
apoya en la virtud, en el ansia y la necesidad de una 
regeneración moral. 

Pero no bastaba que Margarita renunciase á su 
pasión : era necesario asimismo que sacrificase hasta 
sus propósitos de dignidad y virtud. Sabiendo que el 
amor de Armando la seguiría y perseguiría sin tre- 
gua, toma el terrible expediente de entregarse nue- 
vamente al vicio, fingiendo no querer ya á Arman- 
do. Lo inverosímil, lo absurdo de este sacrificio salta á 
los ojos. Y como si no bastara la despedida y la carta 
del tercer acto, todavía Margarita se dejará insultar 
silenciosamente en la grande escena del cuarto. 

La verdad humana clama allí, á grito en cuello, 
para que Margarita eche al diablo la promesa hecha 
á Duval, diciendo altivamente la verdad á Armando. 
Su instinto, su honor, su amor le imponían de con- 
suno ese único procedimiento. 



La Dama de las Camelias 



Otra cosa tiene, además, para mí inaceptable esta 
pieza de Dumas : todo el último acto. Nada, á mi 
juicio, más anti-artístico, nada más groseramente 
material que la exhibición de una enfermedad en el 
teatro, que va poco á poco consumiendo á la víctima 
en una lenta agonía. Esa tisis de Margarita, esos 
ahogos, esa agonía, no son ni pueden ser arte drá- 
mático, sino sólo un espectáculo repugnante, pro- 
saico, un remedo de cuanto hay más externo y ma- 
terial en la vida, que nada dice ni significa, y que 
obliga á la artista á estudiar su papel en los hospi- 
tales. 

Con todo esD, el drama interesa y vive por el háli- 
to de pasión humana que por él circula, por la ver- 
dad y energía que ha alcanzado el autor en la pintu- 
ra de la pasión de Margarita y de Armando. Escrita 
la pieza en época todavía no muy distante de la ex- 
plosión romántica, aún le llegó una chispa de aquel 
incendio intelectual que consumió indistintamente 
en sus llamas tantas rancias preocupaciones y tantas 
sanas doctrinas. 

Desde entonces acá, Dumas ha perdido su pasión y 
su fuego, y acentuado desastrosamente su falta de 
observación desinteresada, su manía de sustituir sus 
tesis estrafalarias y paradojales al rico y fecundo 
venero de la eterna verdad humana. Sus personajes 



Estudios y Artículos 



no son caracteres, sino títeres encargados de dar 
lecciones sociales y de sacar airosas las extravagantes 
doctrinas de un pensador y un escritor mediocre. 
Me quedo con la Dama de las Camelias. 

i Qué decir de la interpretación que de este drama 
nos ha ofrecido anoche Sara Bernhardt? Ella cons- 
tituye uno de los espectáculos destinados á perpe- 
tuarse como un recuerdo glorioso en nuestra me- 
moria, convertidos en un ideal de arte supremo é 
incomparable. 

Las representaciones de la Duse en esta misma 
pieza, cuyo recuerdo guardábamos fresco todavía, 
nos proporcionaba un punto precioso de compara- 
ción. Y bien, hablando con toda franqueza, debo 
decir que, en los dos primeros actos, el triunfo corres- 
pondió, indiscutiblemente, á la admirable artista ita- 
liana. No es esta tan sólo una opinión mía, sino común 
á muchas personas, cuyas observaciones tuve anoche 
oportunidad de oír. La interpretación de Sara Bern- 
hardt en esos dos actos fué visiblemente descuidada, 
en comparación de los exquisitos y primorosos deta- 
lles de que la Duse los llenaba. La escena del primer 
acto, en que Margarita ofrece á Armando la flor que 
acaba de arrancarse del agitado seno, era ejecu- 
tada por la Duse con una gracia y delicadeza in- 
comparables, que se echaron de menos anoche. Era 



La Dama de las Camelias 293 



de ver el modo con que aquélla acariciaba y com- 
ponía la flor antes de entregársela al que acababa de 
despertar su alma á la vida del más intenso cariño. 
Parecía querer infundir en sus hojas y en su aroma 
los más secretos efluvios de su amor naciente, para 
que Armando los llevara consigo. También era supe- 
rior, en el segundo acto, el modo como recibía la sú- 
plica de Armando, arrepentido de su primera ofen- 
sa, y la voz empapada en lágrimas con que le des- 
cribía en seguida el hermoso sueño que acababa 
de disiparse en un instante. La interpretación de 
Sara Bernhardt en este pasaje, muy artística, sin 
duda, dejó algo que desear como intensidad afec- 
tiva. 

Pero llegó el tercer acto, y desde entonces hasta el 
fin de la pieza Sara Bernhardt quedó dueño absolu- 
to del campo. Su interpretación fué estupenda, algo 
como un rayo de gloria. ¡ Qué escena aquella en que 
acepta el horrendo sacrificio que le pide el padre de 
Armando ! Sus entrecortados y contenidos sollozos, 
su desesperación y su amargura eran el espectáculo 
más conmovedor que se haya presenciado jamás en 
el teatro. 

En el cuarto acto se la pudo ver herida de muerte 
por la atroz injuria de Armando. El dinero que éste 
le arroja al rostro pareció haberle hecho el efecto de 



2Q4 



lísl u d ios y A rt icul os 



una puñalada. Después, se vio que todo había con- 
cluido para ella. 

Llegó, por Gn, el momento de morir realmente. Re- 
nuncio á describir los pormenores de su ejecución, 
porque sería menester llenar una columna, sin acertar 
por ello á dar una pálida idea de lo que fué en rea- 
lidad. 

Ya que hasta aquí he aplaudido á Sara Bernhardt 
con reservas, negándome á dar una opinión defini- 
tiva hasta poder formular la propia y consciente, 
tengo ahora el placer, tanto más íntimo cuanto es más 
personal y sincero, de aclamarla grande, grande, 
grande. Este placer no lo comprenderán, sin duda, 
los que, por sentar pronta fama de sabios, han aplau- 
dido por cuenta ajena el renombre y no la artista. 
Por mi parte, declaro ingenuamente que anoche por 
primera vez he sentido á Sara Bernhardt, por pri- 
mera vez la he visto sustentando gallardamente sobre 
sus hombros, á modo de real manto, el magnífico 
peso de su inmensa fama. 



"FROU-FROU" 



REPRESENTACIÓN DE SARA BERNHARDT 



D 



ecid idamente, los consorcios literarios son 
de buen augurio en la literatura francesa 
contemporánea. Los hermanos Goncourt, 



Erckman-Chatrian, figuran entre los más selectos 
autores de esa literatura. Y, ¡cosa singular! todos 
ellos se distinguen por la finura de observación: por 
el amor á ta verdad, por la valentía con que saben 
romper en mil pedazos los moldes convencionales. 
Por desgracia para la literatura dramática, el connu- 
bio espiritual que á ella especialmente se dedica, Meil- 
hac y Halévy, es el menos notable, ó si se quiere, 
el menos elevado. Su audacia, su simplicidad varo- 
nil, su estampa original resplandecen como centellas 
vivísimas en medio de acciones inconexas, de farsas 
grotescas ó pueriles, en vez de ese fulgor sereno y 



Estudios y Artículos 



perenne que arrojan de sí las verdaderas obras maes- 
tras. 

Alguna vez han intentado, sin embargo, desenvol- 
ver una acción simple y Jógica, directamente deduci- 
da de los caracteres. Una de esas tentativas es Frou- 
Frou, la pieza representada anoche en el Politeama. 
Desde su brillante estreno en París, el año de i 869, 
ella se ha venido sosteniendo con aplauso constante 
en el repertorio moderno, y ha llegado á ser una de 
las piezas favoritas de las actrices notables. 

En esta época de lamentable debilidad dramática, 
en que las piezas se hacen para los artistas, y no los 
artistas para las piezas, esos triunfos ruidosos no acre- 
ditan títulos suficientes de un mérito superior. La 
talla del arte dramático ha bajado tanto en nuestro 
siglo, que hoy semejan gigantes los que en otro 
tiempo hubieran parecido de menos que mediana al- 
tura. Veamos si sucede esto, y hasta qué punto, con 
Frou-Frou. Hé aquí, en breves palabras, su argu- 
mento : 

Frou-Frou, ó sea Gilberta, es una muchacha viva, 
alegre, bulliciosa, aturdida, frivola, en fin, enamo- 
rada de todas las seductoras bagatelas de la vida, 
cuyo lado serio ni siente ni comprende, á lo cual se 
une cierto instinto de bondad y honradez por el que 
se conoce á sí misma y se tiene en poco. Este carác- 



Fron-Frou 



ter, nuevo y verdadero, de una gracia y de un encan- 
to irresistibles, está tratado en los dos primeros actos 
con tacto tan fino y delicado, con tan feliz combina- 
ción de matices, que forma el mérito principal de esta 
tragi-comedia, y basta para poner fuera de toda duda 
el grande y exquisito talento de quien le ha conce- 
bido. Es una figura viva, que se gana en el acto toda 
nuestra simpatía, como conquista el amor del grave 
Sartorys, no obstante ser insubstancial y frivola. Hé 
ahí el mayor triunfo del arte dramático: hacernos 
amar, sin saber por qué, por la sola magia de la 
verdad y la naturaleza, lo que parece que debiera 
merecer nuestro desvío. Esto solo prueba cuánta 
intensidad de observación existe en esa figura apa- 
rentemente superficial y ligera. 

Tan encantadora criatura es solicitada en matri- 
monio por el conde de Valréas, calavera jovial con 
ribetes sentimentales, y por Enrique Sartorys, joven 
diplomático, dotado á estar á lo que los autores nos 
dicen por boca de sus otros personajes) de las más 
eminentes cualidades. Ninguno de estos dos caracte- 
res me satisfacen. El de Valréas es indeciso y obscu- 
ro. No se sabe qué pensar de su mala cabeza ni de su 
sentimentalismo: todo queda en la penumbra. El de 
Sartorys no responde á la alta idea que nos hacen 
formar los elogios que se le prodigan. No tenemos 



2()8 



Estudios y Artículos 



más datos para juzgarle que estos: quiere mucho á 
su mujer, y es tan débil en su cariño que no acierta 
á hacerle comprender enérgicamente sus serias obli- 
gaciones de esposa y de madre. 

No creyendo Gilberta que deba ella proceder por 
cuenta propia en ningún asunto serio, pone su suerte 
en manos de su hermana Luisa, en cuyo cerebro re- 
side, según la frase de su padre Brigard, tipo un 
tanto grotesco, aunque verdadero, de viejo verde, 
toda la cordura de la casa. Luisa, á pesar de su amor 
por Sartorys, se sacrifica por su hermana y la acon- 
seja qu3 acepte su mano, y el matrimonio se realiza. 
Pero Frou-Frou casada es lo mismo que Frou-Frou 
soltera. Respeta y estima á su esposo, ama á su 
hijo; pero todo lo deja y lo descuida todo por correr 
en pos de sus fiestas y sus juegos : hasta aquí es una 
pintura magistral. 

Alarmado Sartorys, consigue que la juiciosa Luisa 
vaya á vivir con ellos y á llenar las delicadas funcio- 
nes que Frou-Frou desatiende. Esta misma pone todo 
su empeño para que Luisa permanezca á su lado, 
pues así podrá entregarse con más tranquila concien- 
cia á sus diversiones favoritas. Pero sucede que llega 
á ofenderle el papel secundario que desempeña en la 
familia ; echa en cara á Luisa su antiguo amor por 
Sartorys, y el haberle usurpado el cariño de su hijo 



Fron-Frou 



2QQ 



Jorge, y su despecho, unido al amor que ha ido ali- 
mentando por Valréas que la persigue, hace que se en- 
tregue á este último y huya con él á Venecia. Y aquí 
está la parte débil de la obra, que desde entonces 
pierde toda originalidad y se convierte en uno de 
tantos lugares comunes de esta literatura. El molde 
hecho reemplaza á la verdad observada. Sartorys va 
á Venecia y mata en duelo á Valréas, y Frou-Frou 
vuelve moribunda á su casa y muere perdonada en- 
tre los suyos. 

La pintura de una mujer llevada á los más horren- 
dos precipicios, no por pasiones violentas, sino por 
el vientecillo manso y traidor de la frivolidad, es, 
sin duda, una hermosa concepción dramática, digna 
de dar vida á una obra poderosamente original. 
Lo lastimoso es que los autores de Frou-Frou la han 
malogrado. El carácter de Gilberta sólo se sostiene 
bien, no en los tres, como se ha dicho, sino en los dos 
primeros actos. En el tercero se nos presenta ya, de 
golpe, totalmente cambiada. Ha concebido un amor 
serio por Valréas, y trata de combatirlo enérgica- 
mente, recuperando en su casa el puesto que de de- 
recho le corresponde. Pero su amor es más fuerte 
que sus propósitos honrados, y basta un pretexto 
cualquiera, sus infundados celos, una situación que 
está en su mano cambiar, para arrojarla de pronto 



Estudios y Artículos 



en el abismo. Su pasión, no su frivolidad, la ha per- 
dido. ¿Pero cómo se ha efectuado ese cambio? ¿Por 
medio de que proceso ha entrado lo serio y lo trá- 
gico en el alma de Frou-Frou? El público no lo sabe. 
En vano se ha querido llenar el vacío haciendo decir 
á Frou-Frou que el peligro que corre con Valréas le 
ha introducido la primera idea seria en la cabeza, 
y que tras esa primera idea han entrado las otras. 
En vano dirá al morir: Vous voyez, toujours la 
méme. Esas son palabras, no análisis. Todo eso es 
pobre de solemnidad. Y sin embargo, ahí estaba el 
punto más interesante del análisis, ahí el secreto del 
arte profundo y certero que engendra las obras 
superiores. De ahí debían deducirse los hechos 
destinados á llenar los demás actos. En vez de esto, 
el carácter de Frou-Frou se pierde y borra por com- 
pleto para dar paso á una aventura de melodrama 
vulgar, terminada con la consabida escena de una 
larga muerte, donde la artista favorita del público 
pueda ponerse cadavérica. Todo el sello distintivo 
del carácter, toda aquella picante y delicada ori- 
ginalidad de los dos primeros actos, verdadera- 
mente finos y deliciosos, se ha perdido por com- 
pleto. Frou-Frou vivirá, pues, y merece vivir, 
por esos actos ; pero considerada en conjunto, es, 
en mi sentir, una obra maestra malograda. 



Frou-Frou 



301 



La interpretación de Sara Bernhardt ha sido 
buena, sin duda alguna. Una artista como ella no 
puede menos de mantenerse siempre en una elevada 
esfera; pero dentro de esa esfera hay también una 
escala que recorrer, según que la pieza se adapte 
más ó menos al genio de la artista, según sea el 
empeño que ponga en la ejecución. Yo pienso, pues, 
que si bien en los dos primeros actos ha dado á su 
papel la gracia, la pintoresca volubilidad que re- 
quiere; si bien en el tercero supo hacer elocuentísimo 
su silencio durante la escena en que Sartorys trata 
de inclinar á Luisa al matrimonio, y en la escena de 
la muerte, materialidad que para mí no es arte, sino 
remedo, se mostró tan hábil como en las escenas 
análogas de las otras piezas que lleva dadas; pienso, 
digo, que no es Frou-Frou el drama en que con más 
fuerza puede desplegar sus altas facultades. Sara 
Bernhardt, como ya observé en mi primera crónica, 
necesita imponer su personalidad al carácter que 
interpreta. Si ese carácter no está en íntima concor- 
dancia con ella, su talento lo mantendrá á grande 
altura, pero no á la altura máxima. 

Ahora bien, su temperamento es más vigoroso y 
ardiente que el de Frou-Frou, más neto y franco, por lo 
cual no podrá ser nunca uno de sus papeles favoritos. 

Un amigo mío hizo anoche la siguiente observa- 



Estudios y Avílenlos 



ción, que recojo porque me parece exactísima : en la 
escena violenta, del tercer acto, entre Gilberta y Lui- 
sa, Sara Bernhardt pronuncia las palabras injuriosas 
con gran rapidez, y de una manera poco inteligible. 
Y quizá no es esa la verdad en una situación seme- 
jante. Cuando se insultan y lanzan improperios, pa- 
rece uno complacerse en hacer llegar al oído del in- 
terlocutor, claras, netas y vibrantes las palabras que 
la indignación inspira. Es el único modo de hacer 
sentir todo su peso y toda su fuerza. 

Yo bien sé que hay muchos para quienes es una 
profanación el dirigir á Sara Bernhardt la más 
leve crítica, y que sólo encuentran legítima la eter- 
na repetición de ¡ bravooool Ciertos defectos de la ar- 
tista, deque se hablaba cuando estaba lejos, parecen 
haber desaparecido por completo con su presencia. 

Pero ¡qué remedio! yo me he propuesto, á falta 
de otros méritos, tener el de la sinceridad y el del 
horror á la bambolla, y hasta abrigo la ridicula creen- 
cia de que al clarísimo espíritu de Sara Bernhardt 
son más aceptas las censuras mesuradas y los aplau- 
sos serenos y conscientes de quienes con sinceridad 
y elevación la admiran, que el tremendo martirio re- 
servado por la Providencia, como compensación y 
freno, á los que tienen la desdicha de ser grandes ó 
célebres : la admiración de los necios. 




" ADRIANA LECOUVREUR " 



REPRESENTACIÓN DE SARA BERNHARDT 



s realmente ardua tarea escribir juicios, ó 
críticas, ó comentarios, sobre las obras que 
forman el repertorio dramático contempo- 
ráneo. El secreto de escribir con brillo, espontaneidad 
y soltura estriba en el entusiasmo, en ese impulso 
generoso que al espíritu comunican los hechos glo- 
riosos, los pensamientos elevados, los encendidos 
afectos, las imágenes resplandecientes. Pero iqué en- 
tusiasmo cabe ¡gran Dios ! en la contemplación ó aná- 
lisis de obras superficiales ó mezquinas, de falsas y 
extravagantes tesis sociales, de antojos personales 
dramatizados, de habilidades escénicas más ó menos 
divertidas, de dramas, en fin, sin verdad, sin profun- 
didad, sin grandeza, sin ese sello augusto que sólo 




lisiadlos y Artículos 



puede imprimirles el culto y el amor ardiente de la 
belleza por la belleza misma, por lo que en sí vale y 
contiene ? Ante tan miserable espectáculo, el espíritu 
se marchita y ahoga, falto de aire y de luz, el estilo se 
adormece, y la pluma pesa en la mano, como negán- 
dose á acompañar en sus pedestres excursiones á esa 
legión de bárbaros. 

Preguntado Voltaire por qué no comentaba á Ra- 
cine, como había comentado á Corneille, respondió: 
Porque d cada verso necesitaría exclamar: ¡Subli- 
me ! ¡Sublime! ¡Sublime! Y bien, la misma ra- 
zón, vuelta del revés, debiera hacer enmudecer á los 
críticos del teatro contemporáneo, incluso el román- 
tico-francés, que en paz descanse, pues no es nada 
divertido ni interesante el tener que repetir á cada 
momento: ¡Pésimo! ¡Pésimo! ¡Pésimo! 

Para formarnos una idea de la inconmensurable 
distancia que nos separa del arte griego, y del que 
creó á Macbeth y el Alcalde de Zalamea, basta con- 
siderar un instante la que nos aparta de la tragedia 
pseudo-clásica francesa, indudablemente menor. Por 
más que el clasicismo francés diste del clasicismo 
griego lo que el águila de jardín zoológico de la que 
tiende el pleno vuelo en los espacios azules,' bañados 
de luz resplandeciente, ¡cuánto es todavía majes- 
tuosa y soberana, comparada con los desatentados 



Adriana Lecouvreur 



SOS 



aleteos románticos, y lo que es más, con los impo- 
tentes y pesados vuelos de gallina del drama con- 
temporáneo ! ¡ Y háblesenos luego de progreso in- 
definido, completo y armónico ! 

No he podido menos de dar curso á las anteriores 
reflexiones, al tratar del drama Adriana Lecou- 
vreur, de S~ribe y Legouvé, puesto anoche en es- 
cena en el Politeama. Aunque la colaboración de Le- 
gouvé se hace notar en esta pieza por un cierto cui- 
dado y esmero en la ejecución de algunas escenas, no 
acostumbrados en las comedias de Scribe solo, me 
referiré principalmente al último, pues, en lo esen- 
cial, el drama en cuestión pertenece de todo en todo á 
su manera y sistema. 

Scribe representa en la historia de la literatura 
dramática francesa una cantidad negativa. Es el arte 
negándose á sí mismo. En vez de someter el teatro 
á la verdad humana, somete la verdad humana al 
teatro. Para él el teatro es algo que existe por sí, de 
una manera independiente y absoluta, con perfecto 
derecho para hacerlo ó modificarlo todo á su imagen 
y semejanza. Scribe no corrompe el arte dramático : 
lo suprime, dejándole su envoltura exterior, admira- 
blemente tejida y recortada, con el objeto de hacer 
creer que bajo sus pliegues palpita la carne y cir- 
cula la sangre. ¡Vano empeño! Todo artificio lleva 

20 



Estudios y Artículos 



consigo una condenación implacable que le hace ex- 
hibirse á cada instante en toda su flaca desnudez. 
I V i o lo que distingue á Scribe de otros autores arti- 
ficiosos, y le da cierto sello característico, aunque de 
muy baja ley, es el haber erigido el artificio en sis- 
tema, en escuela, formulando implícitamente todo 
un código de leyes especiales para los hombres de 
teatro, haciendo adeptos de cuenta como Sardou, y 
reemplazando el templo del arte por una activa é 
inmensa fábrica de comedias, dramas, vaudevilles y 
librettos de ópera para la exportación ! 

Por consiguiente, y á este punto quería llegar, 
abandonando todo punto de vista literario y artís- 
tico, lejos de merecer Scribe una indignación que 
sería pedantesca, convengamos alegremente en que 
se le debe cierta consideración secundaria, pues ha 
encarnado una tendencia, funesta sí, pero evidente é 
irresistible, de nuestro siglo, que apea el arte del Pe- 
gaso y lo viste de mercader. Satisface, además, el ar- 
tificio de Scribe las aspiraciones y deseos de una 
parte, no la más escasa, del público, que se aburre 
con las obras de arte, con sobrada razón, pues que no 
las entiende (ni se le puede exigir que las entienda), 
y busca en el teatro una diversión inocente de sus 
diarias ocupaciones, hábilmente dispuesta, pero al 
alcance de su inteligencia, educación y gusto. Y sea- 



Adriana Lecouvreur 



307 



mos francos: i quién, por muchos melindres artís- 
ticos que le cascabeleen, no se ha reído alguna 
vez de buena gana en la zarzuela ? < Quién no ha 
encontrado, en alguna ocasión, amenidad y recreo en 
Le Mariage de raison, La Marraine, Le Charlata- 
nisme, L'Héritiére, La Demoiselle á marier y otras 
piezas no menos regocijadas de la primera y mejor 
época de Scribe ? Y la risa, la exaltación de la cu- 
riosidad, ¿no son también goces, aunque secundarios 
y fugitivos? ¿Y no vale más eso, al fin y al cabo, que 
muchas cosas aparentemente serias que nos fastidian 
todos los días? Algún agradecimiento merecen, pues, 
esos hábiles fabricantes (que á veces, en un feliz es- 
fuerzo, llegan hasta escribir Une Chaine), especial- 
mente de parte de los que no pueden saborear goces 
más levantados y puros. Respetémoslos, pero á con- 
dición de que se los tome por lo que valen, de que no 
se mencionen nunca á su respecto las palabras arte, 
literatura : ese es otro mundo. 

Después de lo expuesto, no creo deber detenerme 
mucho en la análisis de Adriana Lecouvreur : no 
hay sino aplicarle, en lo substancial, las anteriores 
generalidades. Pero quiero decir dos palabras de su 
heroína. 

Adriana Lecouvreur (hablo de la de carne y hueso) 
es, á estar al juicio unánime y autorizado de sus 



Estudios y Artículos 



contemporáneos, y á los documentos que de ella nos 
quedan, uno de los tipos más brillantes, y, á la vez, 
más simpáticos, que registran los anales del teatro. 
Su ardiente imáginación, su sensibilidad exqui- 
sita, admirablemente educadas y desenvueltas en la 
fecunda escuela de los grandes sentimientos é ideas 
de Corneille y Racine, dieron á su carácter un tem- 
ple romancesco, siempre dispuesto á enamorarse de 
todo lo grande, noble y heroico. Pero lo que había 
de más singular y característico en ella era que, le- 
jos de dejarse llevar por su imaginación soñadora, 
por su corazón entusiasta, á los extravagantes deli- 
rios de que fué después tan fecundo el romanticismo, 
y tan frecuentes en los artistas de un temperamento 
análogo, Adriana sabía unir esas cualidades á un 
gran fondo de sensatez y cordura, á un proceder 
recto y juicioso que cautivan inmediatamente nues- 
tra admiración y simpatía. Basta leer la carta á su 
no correspondido amante d'Argental, y especialmente 
la que dirigió á la madre del mismo, transcritas por 
Sainte-Beuve en el artículo que la dedica, para 
experimentar por ella una admiración profunda, 
y persuadirse de cuánto son más amables, más 
eficaces, más intensos, más poéticos, los afectos 
sanos de una alma tierna y un espíritu discreto, 
que las pasiones desenfrenadas y violentas de los 



Adriana Lecouvreur 



309 



que espiritualmente viven en una perpetua orgía. 

Como mujer y como artista, ó, más bien, como ar- 
tista y como mujer-artista, Adriana fué en Francia 
una verdadera revolucionaria. Rompiendo valiente- 
mente con la tradición y el gusto público, que impo- 
nían á las trágicas la declamación enfática y el canto 
sostenido, se propuso por norma la verdad y la na- 
turalidad en todo, y prefirió á todo maestro y á toda 
regla convencional, la observación de la naturaleza 
y el escucharse á sí misma. 

Verdad es que la lucha entre esas dos tendencias, 
común á muy diversas épocas y países, había exis- 
tido anteriormente, en tiempo de Moliere, quien sos- 
tenía que, lo mismo en la tragedia que en la comedia, 
la declamación y el canto eran inadmisibles, y que 
siempre y en todo era necesario guiarse por la verdad 
humana. Pero Moliere, exento de verdaderas dotes 
trágicas, no había podido hacer buena con su talento 
su doctrina. Adriana, pues, puso en práctica el ideal 
de Moliere, sancionándolo con el esplendor de sus 
facultades artísticas y sacándolo triunfante de la di- 
fícil prueba. 

Fundándome, pues, en estos mismos antecedentes 
del teatro francés, que no significan más que el triun- 
fo de la verdad sobre la convención, he reprobado y 
reprobaré siempre el canto, lánguido y monótono, 



Estudios v Artículos 



con que Sara Bernhardt declama los versos de Fedra. 
Por mas que digan los que están empeñados en con- 
vertir en bellezas sublimes, á los sabihondos reser- 
vadas, los más saltantes defectos de la gran artista, 
nadie probará nunca que el cantar en una misma 
nota series de versos que contienen una gradación 
de ideas y sentimientos diversos, sea verdaderamente 
bello, y bueno para ocasionar desmayos de placer. 
No, no puede haber, ni hubo nunca, belleza sobe- 
rana y perfecta contra las leyes más fundamentales 
de la naturaleza y la verdad. 

La revolución de Adriana como mujer-artista con- 
sistió en el exquisito tacto con que, á costa muchas 
veces del bienestar propio, supo granjearse la simpatía 
de la aristocracia, que antes de ella miraba despre- 
ciativamente á los cómicos. ¡ Cómo han cambiado 
los tiempos ! La reacción ha ido tan lejos, que hoy se 
les paga, mima y endiosa como si fueran seres de 
un mundo superior. Hay en esto exageración algo 
ridicula, por más que sea para mí evidente que ios 
grandes intérpretes crean á su modo, poniendo en los 
papeles que representan el sello de su personalidad 
propia. Ellos prestan su luz á las creaciones ajenas, 
á la manera que el sol da vida y relieve con sus ra- 
yos á las formas de la naturaleza. 

El drama de Scribe y Legouvé, admirable como 



Adriana Lecouvreur 



factura, es falso en su esencia y pobrísimo en sus ca- 
racteres. Los autores han tomado como base el ru- 
mor que corrió, á la muerte de Adriana, de que ha- 
bía sido envenenada por la duquesa de Bouillon, ce- 
losa de los amores de aquélla con el célebre conde de 
Sajonia. Ese rumor nunca ha merecido crédito á las 
personas sensatas, y tiene en su contra testimonios 
auténticos é irrefragables. Si un drama de Schiller, 
Don Carlos, y una fantasía de Quintana, El Panteón 
del Escorial, son hoy de dificilísima lectura, por estar 
fundados en los repugnantes embustes (bastante acre- 
ditados todavía en el tiempo en que esas obras se com- 
pusieron) tejidos por los ciegos enemigos de Felipe II, 
con motivo de la muerte de su hijo Don Carlos, cal- 
cúlese lo que sucederá con un drama de Scribe, que 
nada apasionado ni intenso puede en compensación 
ofrecernos. 

El carácter de Adriana, que es naturalmente el 
mejor tratado, queda, sin embargo, á gran distancia 
de su interesante original. Los autores han querido 
mostrarnos el grande influjo que en la gran trágica 
tuvieron las sublimes ideas de Corneille y Racine; 
pero en vez de enseñarnos esos sentimientos y esas 
ideas fundidas en el alma de Adriana, y formando 
con ella una sola substancia, han cometido la torpeza 
de pintarlos como superpuestos, de modo que sus no- 



3i 2 



Estudios y Artículos 



bles actos, mas que á un impulso espontáneo, pare- 
cen obedecer á inspiraciones ajenas y á retóricos en- 
tusiasmos. Así, al consumar el sacrificio de su fortuna 
por salvar á Mauricio, á quien juzga infiel á su amor, 
exclama Adriana : O mon vieux Corneille ! viens á 
mon a ¡de /... Ce que tu as dis, je le ferai! Reflexión 
excelente para ser hecha por los autores al crear el 
carácter, pero no por ella. 

El conde de Sajonia está completamente falsificado. 
Cuando se ha obtenido el grado de celebridad del 
vencedor de Fontenoy, la verdad histórica debe ser 
respetada. Los demás caracteres no merecen ser men- 
cionados. 

Queda, pues, sólo la factura; pero aun en esta 
misma, ¡ cómo se descubre á cada instante el artifi- 
cio! Me limitaré á agregar, á las inverosimilitudes que 
otros han notado, dos más. i Es posible que la prin- 
cesa de Bouillon reconozca en la voz de Adriana su 
aborrecida rival, siendo así que antes sólo la había 
escuchado en momentos de gran conflicto, en los 
cuales se vió obligada Adriana á expresarse en se- 
creto? ¿Es dable admitir que no se produzca una 
confusión profunda en casa de la princesa, y que la 
fiesta no se suspenda, cuando Adriana presenta á la 
misma el brazalete que pierde la reputación de ésta, 
descubriéndola ante todos como amante de Mauricio? 



Adriana Lecouvreur 



313 



La interpretación de Adriana Lecouvreur por Sara 
Bernhardt da, á un mismo tiempo, lugar á grandes 
elogios y á graves censuras. El papel de Adriana la 
obligaba á observar en todo una verdad estricta, y á 
hacer uso de una dicción natural y sencilla, sin resa- 
bio alguno de declamación ni de canto. Cuando en el 
acto segundo el príncipe de Bouillon pregunta á 
Adriana qué busca todavía en tan asiduo estudio, 
ella contesta simplemente : la verdad. Y bien, yo 
debo afirmar en conciencia que Sara Bernhardt no 
busca siempre eso mismo, y que esta circunstancia 
es especialmente de lamentar, cuando quiere poner- 
nos ante los ojos la figura viva de una trágica cé- 
lebre que en la verdad cifró siempre sus legítimos 
triunfos. Los versos de Racine que tiene ocasión de 
decir en diferentes partes de la pieza, fueron decla- 
mados por ella con esa su cantinela quejumbrosa, 
siempre idéntica, con que expresa los pasajes tiernos, 
y que llega con su monotonía á producir un verda- 
dero cansancio. Gran contraste ofrecía esto, por 
cierto, con los elogios prodigados en el mismo drama 
á Adriana, porque no canta. De modo que cuando 
Michonnet, al oír cantar de entre bastidores á la 
Duelos, le dice burlonamente : Chantcz, chantez, si 
cela voas ftlait, se me figuraba que la pulla se dirigía 
contra Adriana, tanto como contra su vencida rival. 



,-/./ 



Estudios y Artículos 



La deliciosa fábula de " los dos pichones" no fué 
tampoco dicha con aquel tono candoroso y simple 
que necesariamente requiere; y en cuanto á la escena 
última del cuarto acto, quedó evidentemente ajena á 
toda verdad. Esos largos saludos de Adriana, en el 
momento mismo en que, sofocada por el despecho y 
el dolor, parecía decidida á huir inmediatamente de 
aquel sitio, son completamente inverosímiles, por 
mucho que se cuente con la ceremoniosa etiqueta de 
la época. En realidad, esa detenida actitud de espec- 
tativa, muy hermosa é interesante en sí misma, no 
tiene más objeto que el dar tiempo á que el público 
la admire; pero es seguro que en la vida real no pa- 
sarían las cosas de ese modo. 

Por lo demás, la eminente artista posee el secreto 
de hacer olvidar á cada paso sus extravíos. Las dis- 
tintas expresiones de su semblante, sus arrebatos, 
sus rugidos coléricos, han sido, como siempre, de una 
eficacia pasmosa. En su muerte, distinta completa- 
mente de todas las anteriores, ha sabido mostrar, en 
tremendo y doloroso encadenamiento, el fuego del 
veneno que la devora, y la honda angustia de su es- 
píritu al sentirse arrancada en flor á un porvenir lu- 
minoso de felicidad y de gloria. 




" HERNANI " 

REPRESENTACIÓN DE SARA CERNHARDT 

Por una singular coincidencia, ha subido á la 
escena del Politeama, en seguida de Fedra, 
Hernani. Por manera que, con dos días de 
intervalo, hemos podido contemplar los dos sistemas 
(si tal puede llamarse al romanticismo) que en el año 
30 riñeron batalla campal sobre ese mismo Hernani, 
que obtuvo entonces un ruidoso si bien efímero triun- 
fo. Y para que la oposición sea más notable, el repre- 
sentante del pseudo-clasicismo francés ha sido en esta 
ocasión Racine, el poeta siempre menospreciado por 
Víctor Hugo, quien no veía en él sino un poeta boitr- 
geois, lleno de falsas imágenes y faltas de lenguaje, 
poeta de segundo ó tercer orden, bueno sólo para cier- 
ta clase de gente, que necesita su bon petit poete sage 



J'6 



Estudios y Artículos 



et mediocre. lié ahí, pues, los dos polos de la poesía 
francesa : el ilustre autor de Atalía, y el no menos 
ilustre de Las hojas de otoño : el gran dramaturgo 
y el gran lírico. 

En cuanto al primero, el juicio está pronunciado. 
El segundo tiene aún que sufrir la dura prueba á 
que la posteridad ha de sujetar necesariamente cier- 
tas famas harto bullangueras de nuestro siglo. El 
gran pecado de Víctor Hugo consiste en haber bus- 
cado, siempre y sobre todo, el efecto. Sus imágenes 
fulgurantes no son el resplandor directo de su alma, 
sino un rebuscado lujo de estilo, destinado á disimu- 
lar muchos vicios esenciales. Carece de esa cualidad 
suprema, la ingenuidad, que convierte la forma en una 
emanación purísima del espíritu, y que nos hace ex- 
clamar, al leer una página de Burns: hé ahí el poeta 
esencial y sincero. Quiero decir que en la poesía de 
Hugo entra por tres cuartas partes la retórica. 

/ Hernani ! ¡ Qué magnífico tema para los zurci- 
dores de ditirambos ! ¡ Qué ocasión para abrir las 
válvulas del entusiasmo y dejar escapar, como caño- 
nazos, las palabras, genio, independencia, libertad l 
¡ Qué coyuntura tan propicia para repetir por la mi- 
lésima vez la relación de aquellas tumultuosas repre- 
sentaciones del año treinta ! 

Como yo no me siento con elocuencia suficiente 



Hernani 



para ello, y como, por otra parte, no quiero ofender 
el paladar de mis lectores sirviéndoles un manjar re- 
calentado, habré de limitarme á hacer sobre Hernani 
cuatro reflexiones prosaicas, á todas luces indignas 
de tan romántico asunto. Por lo demás, la leyenda 
de Hernani no ofrece ya para nosotros interés algu- 
no, y hasta nos es difícil no percibir ciertos ribetes 
ridículos en aquella famosa contienda entre los pseu- 
do-clásicos, de empolvadas pelucas, y los román- 
ticos, de enmarañadas melenas. Cúlpese de ello á 
ciertos escritores mal inspirados, que han tenido la 
crueldad de mostrarnos cómo se pasaban las cosas 
de telón adentro ; cómo se forzaba, de uno y otro 
lado, el juicio público, haciéndolo esclavo del intran- 
sigente espíritu de bandería; cómo el mismísimo au- 
tor de Hernani, siempre efectista, andaba personal- 
mente de casa en casa, solicitando, hasta de personas 
para él desconocidas, adhesiones entusiastas y solda- 
dos decididos para la noche del estreno, á los cuales 
ofrecía la célebre consigna, Hierro ; cómo, en fin, 
se sometía todo á convención, regimentación y dis- 
ciplina, para ir á proclamar la independencia y la 
libertad del arte ! 

Fuera insensatez manifiesta, sin embargo, el mos- 
trarnos demasiado severos con esas impurezas de la 
realidad. Á pesar de ellas, aquel movimiento de re- 



Estudios y Artículos 



percusión, simpático y brillante, que (por más que el 
patriotismo francés pretenda hacerlo fluir del impulso 
de las ideas en Francia durante el siglo xvni, tuvo 
su verdadero origen en Alemania) conquistó real- 
mente para los franceses la libertad artística de que 
gozaban ya ingleses y alemanes ; renovó la poesía y 
la lengua, abrió nuevos y vastos horizontes, enfervo- 
rizó los ánimos ó hizo surgir una pléyade de emi- 
nentes escritores de todo género, infinitamente su- 
periores á cuantos entonces usurpaban y ultrajaban 
el gran nombre de clásicos. 

Pero si conquistó la libertad, casi nunca supo ha- 
cer buen uso de ella, y huyendo de lo falso y lo con- 
vencional, dió en una falsedad y convención de dis- 
tinto género ; á la artificiosa imitación de la anti- 
güedad pagana, sustituyó la imitación artificiosa de 
la Edad Media, á la cual prestó un colorido vivo, 
pero falsísimo, y confundió casi siempre la inspira- 
ción creadora, libre y serena, con la fiebre violenta, 
que á un mismo tiempo resplandecía en sus ojos y le 
devoraba las entrañas. 

Esto es, sobre todo, evidente en las obras que el 
romanticismo dió al teatro. La literatura dramática 
requiere necesariamente una concepción clara, ro- 
busta é intensa de la realidad y de la vida, y mal 
podía tenerla el romanticismo, siempre arrebatado 



Hernani 



319 



por el huracán de una desenfrenada fantasía, siem- 
pre tenaz en ir á asentar su trono en la región, vaga 
é insegura, de nublados y tormentas. El romanti- 
cismo francés, esencialmente lírico, no ha legado á 
la literatura dramática ninguna obra maestra, nin- 
guna obra sólida, ninguna obra que merezca siquiera 
el nombre de tal, capaz de resistir un instante la más 
ligera é indulgente análisis. De aquellas ardientes 
llamaradas sólo quedan, para el teatro, humo y ceni- 
zas. 

Hernani ha sido ya definitivamente juzgado y 
condenado por la crítica severa, elevada é indepen- 
diente. Ninguna observación nueva cabe hacer, en 
lo esencial, á su respecto. Sus pormenores, su espí- 
ritu, su conjunto, todo ha sido luminosamente estu- 
diado con el esmero que merece el talento de su autor 
y la importancia que, como documento de historia 
literaria, tiene indudablemente la obra. Ni se crea 
que ha sido necesario esperar la decadencia y muer- 
te del romanticismo, para que la crítica elevada, 
practicando la autopsia de su cadáver, hiciera reso- 
nar poderosamente la voz de la verdad y del arte ; 
lejos de eso, allá, en ese mismo año treinta, en lo 
más enredado del combate, la verdadera crítica, la 
que no obedecía á ningún espíritu sistemático, ni se 
regimentaba para imponer por sorpresa ó por in- 



J20 



Estudios y Artículos 



triga su dictamen, conocedora y admiradora de Shak- 
speare, Calderón y Schiller, y deseosa de ver con- 
sumada en Francia una verdadera revolución artís- 
tica, alzando su voz en la Revue francaise, redactada 
por hombres tan autorizados y eminentes como Gui- 
zot, Barantc, Mérimée y otros, declaró, después de un 
luminoso examen, atribuido á Augusto Trognon, que 
Víctor Hugo había mostrado en Hernani la audacia 
de un reformador, pero no su genio ; que el drama 
era evidentemente malo, si bien la sola tentativa de 
una reforma tan necesaria merecía un respeto que 
hubiera sido unánime, si el ciego entusiasmo de un 
grupo de jóvenes adeptos no hubiese sublevado pa- 
siones contrarias. La crítica actual no ha hecho más 
que ampliar y ratificar en todas sus partes, por me- 
dio de sus representantes más eximios (i), este se- 
vero dictamen, extendiéndolo á todo el teatro de 
Víctor Hugo. 

Nada importante queda, pues, por decir con rela- 
ción á Hernani ; pero si bien sería pedantesco y ri- 
dículo darse aires de crítico original con un tema tan 
absolutamente agotado, no hay motivo para que, en 
la sencilla charla de una desatada crónica teatral, no 
se dé cuenta de los méritos ó defectos de ese drama, 



(i) Puede verse el notable estudio sobre Hernani, de Ponmartin 



Hernani 



321 



máxime cuando no escasea aquí ni en París gente 
que, como el inocente autor de La Comédie Fran- 
gaise, crea todavía en las obras maestras del teatro 
de Víctor Hugo. 

Es verdaderamente curioso que tanto la tragedia 
clásica como el drama romántico hayan entrado en 
Francia por medio de un asunto español. La dife- 
rencia estriba en que Corneille, no sólo tomó de Es- 
paña el asunto, sino el drama mismo, que en lo 
esencial no pudo superar. Hay todavía otra diferen- 
cia, no poco importante, y consiste en que El Cid, 
á pesar de no ser más que una imitación feliz de Las 
Mocedades, subsiste como obra maestra de la trage- 
dia francesa, en tanto que Hernani, escrito con el 
propósito de crear en Francia el drama moderno y 
de derribar el sistema á que el primero pertenece, se 
ha desvanecido en las brumas líricas de donde sur- 
giera, y dura sólo su recuerdo, como triste símbolo 
de la brevedad de la vida. 

No se enfaden los que hacen de Víctor Hugo un 
dios, y le adoran sin reservas mentales. Hernani 
será, si así lo quieren, una cosa muy grande, estu- 
penda, sublime ; la obra del genio, que la gente 
menuda no alcanza á comprender ; pero reconozcan 
que, además de todo eso, Hernani es un tejido mons- 
truoso de los más absurdos desatinos. Asunto, ca- 

21 



J22 Estudios y Artículos 



racteres, sentimientos, situaciones, colorido, todo 
brilla, pero todo es falso y disparatado. La observa- 
ción, la verdad de las pasiones, la congruencia de los 
caracteres, ceden el paso al capricho personal del 
poeta, que sólo busca ocasión de lucir, en grandes 



tiradas, su inspiración lírica. 

De todos los lances absurdos que la pieza contiene, 
ninguno para mi más chocante, que la entrada clan- 
destina de D. Carlos en la habitación de D a Sol, en 
momentos en que ésta, como bien lo sabe el rey, está 
esperando á su Hernani. 

i Qué propósito le lleva ? i Enamorar á D a Sol á 
vista y paciencia de su amante? ¿Hablar á Ruy 
Gómez, en el cuarto de su sobrina y prometida, de 
sus grandes ambiciones políticas y de la muerte de 
Maximiliano? Todo ello es por igual absurdo é inco- 
herente. Llega Hernani, y el rey se esconde en un 
armario ; se cansa de su escondite, é interrumpe có- 
micamente la vigésima romanza lírica del bandido ; 
aparece (porque sí) Ruy Gómez, y empieza indig- 
nado el primero de sus interminables discursos ; 
pero el rey le hace creer (¡valientes tragaderas!) 
que se encuentra allí porque necesita hablarle de sus 
planes y aspiraciones. Y, acto continuo, entran am- 
bos á conferenciar en voz alta sobre los asuntos 
más reservados y graves, en presencia de D a Sol y 



Hernani ^23 



de Hernani ! En seguida... se acaba el acto, previo 
un último arranque del enamorado bandido. En 
todo esto D. Carlos no procede como rey, ni mucho 
menos como gran rey de España, sino como un ver- 
dadero loco de atar. 

En este drama todo se va en palabras; la acción, ó 
no tiene eficacia alguna, ó la tiene secundaria. Véase 
un ejemplo. D. Carlos, irritado contra Ruy Gómez 
porque no le quiere entregar á Hernani, obliga á D a 
Sol á seguirle, so pena de cortarle la cabeza á su tío. 
El hecho no parece á este último de gran trascen- 
dencia ; pero Hernani, informado en seguida de lo 
que ha pasado, exclama : Vieillard stupide ! il Vai- 
me ! y esta frase tiene un poder que el hecho mismo 
no había tenido, pues Ruy Gómez grita : il Vaime ! 

O malediction ! — Mes vassauxl d cheva.ll 
A chevall poursuivons le ravisseurt 

Verdaderamente, el tal Ruy Gómez debía de ser un 
viejo estúpido. 

¡ Y ese Hernani, noble español trocado en bandido 
montañés para vengar en D. Carlos a su padre ; 
que lo habla todo y no hace nada, sino es la barbari- 
dad de matarse porque el viejo estúpido, convertido 
en fantasma monstruoso, toca el cuerno! Sorprende 



Estudios y Artículos 



al rey en momentos en que trata de birlarle á doña 
Sol ; su anhelo de venganza recibe todavía el incen- 
tivo de los celos ; puede matar á don Carlos ó llevár- 
selo prisionero, pues tiene el lugar rodeado de sus in- 
trépidos y fieles montañeses, y, no obstante, lo deja 
escapar, y aun favorece su huida, prestándole su pro- 
pio manto para que no le hagan daño. Puede aún, 
después de esto, huir con doña Sol ; pero prefiere se- 
guir hablando y dar tiempo á que los soldados del 
rey acudan á prenderle y matarle. Es imposible con- 
cebir un mayor cúmulo de desatinos. 

El célebre monólogo de D. Carlos, magníficamen- 
te ejecutado sobre un pasaje en prosa de Sismondi, es 
de lo más falso que puede imaginarse en el carácter 
de quien lo dice. Á cada paso se ve patente que quien 
habla no es el gran emperador español del siglo xvi, 
sino el gran poeta liberal, adulador sempiterno de las 
pasiones y gustos populacheros, de 1830. 

Ces deux moitiés de Dieu, le pape et Vempereur, 

y muchas otras frases por el estilo, que ese monólogo 
contiene, no son pensamientos de Carlos Quinto, si- 
no sátiras de Víctor Hugo. Defecto es este, sin 
embargo, casi inseparable del drama histórico, en el 



Hernaní 



32$ 



que, generalmente, el color local de que tanto se 
alardea, suele andar por las nubes. 

Pero lo más curioso es el subtítulo de El honor 
castellano, que lleva la obra. cQué idea tenía el au- 
tor del honor castellano ? Ni ¿ qué tiene el tal honor 
que ver con las incoherentes extravagancias que á 
cada instante cometen los personajes de Hernani? 

El protagonista, que se hace bandido por vengar á 
su padre, y renuncia á su venganza por tal de casarse 
con D a Sol y ser repuesto en sus títulos y honores, 
acaba por matarse en los momentos más deliciosos de 
la vida, por un compromiso que no tenía ya razón de 
ser, y que siempre había sido estúpido. ¡Vaya un ho- 
nor castellano! En cuanto al bonachón y honrado 
Ruy Gómez, tan amigo de hablar á destiempo, se 
convierte, de buenas á primeras, en un monstruo 
atroz y execrable. El carácter de doña Sol, mediocre 
y pálido, tampoco puede servir, á lo que entiendo, 
como dechado de honor y recogimiento. 

En este estrafalario engendro dramático, destinado 
á pintar y realzar el honor castellano, nobles y corte 
sanos son presentados con un carácter bajo y servil. 
El rey da á uno de ellos, por error, el nombre de 
conde, y advertido por el interesado, le otorga en 
realidad dicho título, por no volver sobre su palabra, 
y dice : Ramassez. El favorecido se inclina y da las 



?2Ó 



Estudios y Artículos 



gracias. Hechos aislados de esta naturaleza son muy 
posibles siempre ; pero están muy lejos de constituir 
un rasgo característico de la altivez española en aque- 
lla época, y es sabido que el poeta busca y debe bus- 
car lo característico en sus pinturas. El sentimiento 
monárquico no ha sido nunca, como en otras partes, 
servil en España, sino altivo y fiero. Servía lealmente 
al rey, y le amaba, porque veía en él al digno repre- 
sentante y sustentador de las ideas de religión y pa- 
tria, que unidas y como fundidas en una sola idea, 
formaban la base y el alma de ese pueblo varonil y 
heroico. El que no se penetre de esta verdad no po- 
drá comprender jamás en su verdadero significado la 
historia española. Todavía un siglo más tarde, en 
tiempo de Felipe IV, cuando ya la corrupción había 
cundido y acentuádose la decadencia, pudo Calderón 
condensar maravillosamente el espíritu de su pueblo 
en estos célebres versos que pone en boca del incom- 
parable Alcalde de Zalamea: 

Al rey la hacienda y la vida 
Se ha de dar; pero el honor 
Es patrimonio del alma, 
Y el alma sólo es de Dios. 

Toda vez que no hay en Hernani verdad, ní lógica 
ni congruencia de ninguna especie, {presenta siquiera 



Hernani 



327 



en su invención esa grandeza, ese poder de fantasía 
que fulguran en el Don Alvaro, del Duque de Rivas? 
De ningún modo. En Hernani, como en todas las 
obras de Víctor Hugo de pretensiones objetivas, la 
invención es tosca y pobre en grado sumo. Señá- 
lese una sola situación, un solo cuadro que pue- 
dan ni remotamente compararse con la sublime catás- 
trofe del drama español antes citado, con aquella 
maldición tremenda lanzada sobre el orbe entero por 
el fraile maldito, al despeñarse en el precipicio entre 
relámpagos y truenos, mezclada al clamor de ¡Mise- 
ricordia ! de los sacerdotes prosternados. Esto sin 
contar con que en el último hay sencillos cuadros 
realistas, llenos de verdad y de vida, y una concep- 
ción, si bien llevada á un desarrollo violento, como 
era de rigor en la escuela, profundamente verdadera. 
Esa concepción no es otra que la pintura de las iro- 
nías de la suerte, de todo ese cúmulo de desventuras 
caprichosas é inexplicables que suelen caer misterio- 
samente sobre nosotros, como castigo lógico y provi- 
dencial de acciones audaces y pasiones intemperantes, 
que antiguamente se denominaba fatalidad, y que 
hoy mismo el vulgo distingue con el nombre de sino. 
España ha sido, hasta Ayala y Tamayo, la tierra clá- 
sica del drama. 

cQué queda, pues, de Hernani? Los versos, llenos 



Estudios y Artículos 



de color y de música, que cubren como un manto de 
oro el cuerpo raquítico y contrahecho de la obra, y 
hubieron de producir un efecto deslumbrador, mara- 
villoso, en una época en que la poesía pseudo-clásica, 
á fuer de gastada, no tenía ya olor, color ni sabor. 
¡ Los bellos versos ! Hé ahí lo que más se echaba en 
cara á la tragedia pseudo-clásica. No creo que, ni 
aun en este caso, los bellos versos sean, como decía 
Taima, una desdicha más. Ellos dan á Hernani, á 
pesar de todo, el cuño literario de que carecen las 
pedestres y viles piezas de teatro que hoy se fabrican, 
y á sus falsos personajes cierto tinte poético que los 
conserva á media luz en la memoria. Pero para sa- 
borear esa poesía, basta y sobra la lectura. En la es- 
cena, Hernani es hoy absolutamente intolerable. 

Mal han hecho los directores de la compañía del 
Politeama en poner en escena á Hernani. El resul- 
tado ha sido, como era natural, un terrible desca- 
labro. 

El papel de D a Sol, sobre ser mediocre y de poco 
lucimiento, no conviene en modo alguno á las facul- 
tades de Sara Bernhardt. Es un carácter completa- 
mente pasivo y débil, y ya sabemos que la mencio- 
nada artista necesita de papeles firmes y enérgicos. 
Así que sólo se la reconoció en el último acto, cuan- 
do se revuelve airada contra Ruy Gómez. Por lo de- 



llernani 



329 



más, cantó, y cantó más que nunca. El procedimiento 
es siempre idéntico. Su ternura no tiene más que 
un moldecillo artificioso para manifestarse. Consiste 
en comenzar el verso en una nota aguda, y bajar lue- 
go gradualmente hasta una grave, que coincide con 
la última sílaba del mismo verso. En seguida... se 
vuelve á empezar. Es una especie de arrorró, muy 
bueno, sin duda, para arrullar el sueño, pero no para 
arrancar lágrimas. Esto sólo se consigue escuchando 
la voz misma de la naturaleza, mil veces más eficaz 
que todos esos menguados artificios. 

Pero si el papel de D a Sol es oscuro (perdón por 
esta involuntaria antítesis), en cambio los demás han 
sido como de molde para poner en la picota á esa 
adorable compañía. En el género de lo detestable á 
que el señor Garnier de derecho pertenece ( et par 
droit de conquéte et par droit de naissance ), puede 
asegurarse que ha estado sublime. Por temor, sin 
duda, á una manifestación hostil, se tuvo cuidado de 
poner una bien organizada claque en el paraíso. Úna- 
se á todo esto la pobreza de las decoraciones y de la 
maquinaria, y se comprenderá la magnitud del des- 
calabro á que antes me refería. 

Francamente, las representaciones del Politeama se 
tornan ya muy poco interesantes. En las primeras 
funciones, Sara Bernhardt, por su mérito y por su 



Estudios y Artículos 



fama, concentraba el interés y hacía olvidar todo lo 
demás. Hoy no sucede eso mismo. Satisfecha la cu- 
riosidad, el interés no puede ser ya tan grande ni 
exclusivo, sino que tiende á esparcirse por la obra re- 
presentada y por el resto de la compañía. Y entonces 
aparecen las piezas en toda su insignificancia, y el con- 
junto escénico en toda su diformidad. Póngase de un 
lado a Sara Bernhardt, con sus méritos y sus defec- 
tos, y en otro la monótona repetición de dramas po 
bres y mezquinos, cuando no disparatados (que sólo 
ofrecen á la contemplación de nuestras familias el 
repugnante espectáculo de la degradación parisiense), 
interpretados por una compañía para la cual no hay 
palabras bastante duras, y se verá que el resultado 
final no puede ser otra cosa que una fuerte cantidad 
negativa. 



"TEODORA" 



REPRESENTACIÓN DE SARA BERNHARDT 



ánguidas, monótonas y frías se han arras- 
^ trado las últimas representaciones dramá- 
^ ^ ticas en el Politeama. Una repetición mas de 
La Dama de las Camelias, dos ejecuciones del vulgar 
é insípido Maítre de Forges y una segunda del dispa- 
ratado Hernani: hé ahí cuanto hemos tenido que ad- 
mirar en los últimos diez días transcurridos. El escaso 
público que á tales funciones ha asistido, se ha mos- 
trado frío y displicente, escatimando notablemente 
los aplausos hasta á la misma Sara Bernhardt. En 
vano los aplaudidores oficiales de la prensa han que- 
rido mantener vivo el interés de la temporada con 
sus desesperados elogios, y fresco el recuerdo de que 
Sara Bernhardt, nada menos, respira todavía entre 



332 



Estudios y Artículos 



nosotros : todo ha sido inútil. Desde que la compañía 
volvió del Rosario, sólo quedan los restos mortales 
de aquel entusiasmo loco y por cuenta ajena de los 
primeros días. El público se aburre, y muchos abona- 
dos han hecho revender á vil precio sus caras apo- 
sentadurías. 

Una de las mayores causas que á tan triste resul- 
tado han contribuido, haciendo terminar entre boste- 
zos una temporada tan brillantemente iniciada, es la 
escasez y debilidad del repertorio. La única pieza 
dramática seria que en veinte funciones se nos ha 
ofrecido, no obstante pertenecer á un arte de imita- 
ción artificial, ha sido Fedra : todo lo demás queda 
perfectamente fuera del gran arte dramático. 

El chispeante y festivo autor de las cartas á Lemai- 
tre ( i ), quejándose hace días de esto mismo, ó de algo 
parecido, decía, con su sorna habitual, que nos íbamos 
quedando sin el gran repertorio. La burla era san- 
grienta. ¡ Pedir al arte dramático francés el gran re- 
pertorio, cuando hace dos siglos que carece de él ! La 
Francia no tiene más repertorio dramático serio que 
el del tiempo de Luis XIV, y ese sólo puede ponerse 
hoy en escena por excepción, por fantasía, pues re- 
presenta un arte de convención y de escuela que ni 



( i ) Daniel Muñoz. 



Teodora 



333 



tiene ni ha tenido nunca vida propia. Bien está ese 
ilustre muerto en el panteón, y tengo para mí que 
sería hasta profano galvanizar su cadáver para hacer- 
lo andar rígido y frió por los bulliciosos caminos de 
la vida contemporánea. Por manera que, cuando 
Sara Bernhardt dijo, en carta publicada no hace 
mucho en nuestros periódicos, que se había pro- 
puesto clavar entre nosotros el pendón del arte 
francés, debió de referirse, sin duda, al arte francés 
moderno, y no al antiguo. Y bien; yo no censuro á 
la eminente artista por haber faltado á su promesa, 
sino por haberla hecho, siendo, como era, absoluta- 
mente imposible su cumplimiento. Nadie puede dar 
lo que no tiene, y Sara Bernhardt no puede ni ha 
podido clavar aquí, ni en parte alguna, el pendón 
de un arte que no existe. Al moderno arte dramático 
francés puede aplicarse lo que un ilustre poeta nues- 
tro juzgó oportuno decir á Napoleón III : 

Empínate pigmeo, 

Que por más que te busco no te veo. 

No habiendo, pues, verdadero y grande arte dra- 
mático de que echar mano, se nos ha querido ofre- 
cer, por despedida, un espectáculo dramático. Ese 
espectáculo ha sido Teodora, del incomparable 
Sardou. 



334 



Estudios y Artículos 



No me engolfaré, por cierto, endisertaciones histó- 
ricas sobre el imperio bizantino, ni sobre el carácter, 
vicios y virtudes de Justiniano y Teodora, para juzgar 
ó analizar en seguida el novísimo melodrama fran- 
cés. Nada sería más fácil, dados los serios estudios 
de que ha sido objeto el imperio de Oriente, en cuanto 
á su política, sus instituciones, sus costumbres, sus 
artes y su significado y alcance en la Edad Media ; 
pero nada sería asmismo más fuera de lugar, más 
inocentemente infantil, tratándose de una obra como 
Teodora, que da todo al marco y nada á la pintura, 
y encaminada, no á deleitar noblemente el espíritu 
con la reproducción vivaz de una época, excepcional 
y única, de brillantísima decadencia, y de sus grandes 
y complexos caracteres, sino tan sólo á deslumbrar 
los ojos con el lujo y esplendor de los trajes y deco- 
raciones, y con los prestigios de una aparatosa ma- 
quinaria. 

Teodora, en suma, más bien que un drama, es un 
espectáculo del género de Brahma ó del Excelsior. 
Demostrado este aserto, creo que toda crítica está 
demás. 

Ricos elementos ofrece al arte dramático el imperio 
de Oriente bajo la dominación de Justiniano y Teo- 
dora. Heredero de la gloria romana, al temple viril 
y heroico que momentáneamente le prestan sus gran- 



Teodora 



335 



des victorias, une todas las delicadezas y refinamien- 
tos de una cultura decadente, pero marcada con un 
sello original, característico, que le da lugar especia- 
lísimo en la historia política como en la historia artís- 
tica. Su luz de reflejo brilla todavía vivísima en me- 
dio de la barbarie que por todas partes lo rodea, y 
esta barbarie, con la que forzosamente se encuentra 
en contacto, dentro y fuera de sus fronteras, influye 
en él y le comunica cierta rudeza salvaje en medio 
de su sibaritismo. De todo ello resulta un conjunto 
complexo formado por los más diversos elementos, 
poco apropósito para la simplicidad épica, pero admi- 
rablemente adaptable á la naturaleza complicada y 
palpitante del drama, y en especial del drama mo- 
derno. 

Soy poco afecto al drama arqueológico, porque re- 
quiere una laboriosa preparación científica, las más 
veces deficiente y opuesta á la inspiración espontá- 
nea y sincera del artista ; pero esta inspiración puede 
conservarse cuando la época y civilización que se 
quieren reproducir artísticamente, tienen alguna rela- 
ción ó atingencia con las nuestras. Y no es posible des- 
conocer que en nuestra época, brillante, pero gastada 
y sensual, entra por mucho lo que se ha llamado el 
bizantinismo. Como en tiempo de Justiniano, care- 
cemos de esa solidez, de esos grandes entusiasmos 



330 



Estudios y Artículos 



propios de edades lozanas, nos pagamos más de la 
palabra que de los hechos, y nuestras virtudes con- 
sisten más en las exterioridades de las formas que en 
la esencia misma de las cosas. 

Ahora bien, {cómo ha encarnado Sardou en Teodo- 
ra la civilización bizantina? Por medio de la siguien- 
te fábula de melodrama : 

Teodora, que contrariamente á lo que declara la 
historia, continúa su vida airada aun después de ser 
emperatriz, encuentra un día por la calle á un joven 
griego llamado Andreas, y porque hay un temblor 
de tierra, se echa en sus brazos, se enamora perdida- 
mente de él, y le hace creer que es viuda, que se lla- 
ma Mirta, y que un tío suyo pretende casarla con un 
viejo. Andreas, enamorado de Mirta, le hace saber el 
odio que siente por la emperatriz, y su plan de matar 
á Justiniano. Descubierta, como era natural, la cons- 
piración, después de varias peripecias, Andreas, sabe- 
dor ya de que Teodora y Mirta son una misma per- 
sona, es llevado ante el emperador ; pero Teodora 
halla medio de salvarlo. Herido más tarde en el com- 
bate que se traba en las calles entre el pueblo y las 
tropas de Belisario, es recogido en un lugar oculto 
del circo por una egipcia, antigua amiga de Teodora. 
Informada de esto la emperatriz, corre al lado de An- 
dreas y trata de obtener nuevamente su cariño, por 



Teodora 



331 



medio de un filtro que había pedido á la egipcia para 
dominar á Justiniano. Pero la vieja, deseosa de ven- 
gar en el emperador el hijo que acaba de perder en la 
revuelta, la da, en vez de un filtro de amor, un vene- 
no. Muere, pues, Andreas, involuntariamente enve- 
nenado por Teodora, y aparece en ese instante el 
verdugo, mostrándole la cuerda con que debe ahorcar- 
la por orden del emperador, ya impuesto de su infide- 
lidad. 

Como se ve, no puede darse nada más vulgar ni más 
pueril que todo esto. La situación dramática que sirve 
de base á la obra, esto es, el amor de Andreas á Mirta y 
su odio á Teodora, siendo ambas una misma persona, 
es de lo más viejo y vulgar que puede imaginarse, y 
se necesita una pobreza de solemnidad para vaciar en 
tan gastado molde, sin mejorarlo en lo más mínimo, 
una nueva y aparatosa producción dramática. El 
desenvolvimiento de la acción no obedece á lógica al- 
guna; todo es arbitrario y porque sí, y el desenlace 
no es más que el Deus ex machina de una artificiosa 
equivocación. 

Pero en donde se ve más patente la debilidad artís- 
tica de Sardou es, como siempre, en los caracteres. 
De personajes tales como Justiniano, Teodora y Beli- 
sario, no ha sabido hacer más que figurones sin ver- 
dad y sin vida, presentados bajo uno ú otro aspecto, 



Estudios y Artículos 



según conviene á los rebuscados efectos teatrales que 
solicita el autor. 

Además, respecto de Teodora, la verdad histórica 
ha sido monstruosamente despreciada. Ya que aceptó 
el autor, como verídicos, los más que sospechosos 
chismes de la Historia secreta atribuida á Procopio, 
debió también admitir los testimonios auténticos 
que muestran á Teodora, ya olvidada de sus supues- 
tos escándalos, digna de las alturas á que su buena 
suerte la llevara, é incapaz, por lo tanto, de los fáci- 
les y sentimentales amoríos y de las ridiculas aventu- 
ras á cuya luz principalmente nos la presenta. 

No sólo hubiera sido esto más verdadero, sino 
también mucho más grande y más artístico. La am- 
biciosa y genial Teodora, procediendo y hablando 
como la más vulgar y desvergonzada cocotte de bou- 
levard, y mandada ahorcar por Justiniano, siendo 
así que su muerte, ocasionada por un cáncer, fué un 
duelo público que llegó hasta alzarle estatuas y sellar 
monedas, es algo que sólo cabe en el magín de Sardou. 
Tiene este autor el triste dón de hacer sufrir una es- 
pecie de capitis diminutio á cuanto pasa por su mano. 

¡ Y ese Cariberto, que nada hace ni sirve para 
nada, si no es para explicar al público los usos y 
costumbres de la corte bizantina y las rivalidades en 
que la ciudad está dividida! 



Teodora 



339 



Pero si toda verdad, si todo colorido falta en lo 
esencial, en el asunto, los caracteres y el diálogo, es 
curioso y característico el esmero puesto por el autor 
en la verdad decorativa. Á este respecto, se ha engol- 
fado en los más minuciosos estudios, cómo puede 
verse por la polémica por él sostenida con Darcel, 
director de la manufactura de los gobelinos. 

He dicho que este primor decorativo, unido á tan- 
ta pobreza y falsedad esencial, es característico, por- 
que sirve para demostrar hasta la evidencia cuanto 
llevo expuesto acerca de la gran decadencia del teatro 
contemporáneo. Toda decadencia, en efecto, se seña- 
la por la importancia dada á lo externo con menosca- 
bo de cuanto es esencial y profundo. Á veces lo ex- 
terno suele ser, como en los dramas de Víctor Hugo, 
el estilo, en el sentido restricto que á menudo recibe 
esta palabra. Sardou, á falta de estilo literario, ha ne- 
cesitado echar mano del estilo... indumentario. Añá- 
dase á esto que Teodora está admirablemente calcu- 
lada para poner de relieve el talento de una gran ar- 
tista, y se verá que toca el ideal del género de es- 
pectáculos que se buscan hoy en el teatro. 

No era necesario ser muy lince para comprender de 
antemano que Sara Bcrnhardt alcanzaría en esta 
pieza uno de sus mejoras triunfos. Toda ella está per- 
fectamente adaptada á su temperamento y faculta- 



Estudios y Artículos 



des. Sin tiempo para más, por lo avanzado de la 
hora, me limitaré á señalar, como puntos culminantes 
de su interpretación, el cuadro tercero, en casa de 
Andreas, al sentirse insultada por el populacho (la 
lucha de encontrados afectos fué magistral en esta 
escena), la disputa con Justiniano (tan envilecido 
por el autor) en el cuadro cuarto, y sobre todo, la 
escena con Marcelo, que sirve de final al mismo cua- 
dro. Viósela entonces pálida, demacrada, convulsa, lle- 
varse las manos á la cabeza, deseando y temiendo á la 
vez tropezar con el arma destinada á sellar los labios 
de Marcelo. Todo el terror y espanto que pueden tra- 
ducirse en el rostro y la acción humana, se reflejaron 
en los suyos con fuerza verdaderamente estupenda. 

Lástima que arte tan extraordinario haya estado al 
servicio de una escena tan falsa y de tan rebuscado 
efectismo. ¡ Qué sería Sara Bernhardt en Lady Mac- 
beth ! De todos modos, la representación de Teodora, 
formará, con la de La Dama de las Camelias, los 
dos triunfos más espléndidos é indiscutibles de la 
grande artista en la presente temporada. 




"LA ESFINGE " 



REPRESENTACIÓN DE SARA BERNHARDT 



a na cuestión interesante se ha debatido en 
nuestros dias, aunque de un modo insufi- 
ciente, en la esfera de la creación dramática 
y novelesca. Se trata de averiguar si, para producir 
obras sólidas y esencialmente artísticas en uno y otro 
género, conviene dar preferencia á la pintura de la 
gente del pueblo, donde es más fácil hallar caracteres 
simples y francos, en los cuales tiene la naturaleza 
más eficaz imperio, ó si ofrece interés mayor la aná- 
lisis de los caracteres refinados, propios de las eleva- 
das esferas sociales, donde el brío é intensidad de los 
afectos están como velados y reprimidos por la edu- 
cación, por el respeto mutuo, y por tantos otros moti- 
vos que contribuyen á dar á dichos caracteres gran 



Estudios y Artículos 



riqueza y variedad de matices. Esta cuestión, una de 
lanías que dividen la tendencia naturalista de la ten- 
dencia idealista, no es para tratada á la ligera, en una 
crónica como esta; pero su recuerdo es oportuno y 
útil al hablar del drama de Octavio Fcuillet, La Es- 
finge, representado anoche. 

Por mi parte, pienso que los caracteres más cerca- 
nos á la naturaleza son los más favorables á las 
verdaderas obras de arte. En los tipos refinados lo 
característico se pierde y lo convencional entra por 
mucho, y los hace insípidos é incoloros. Las exi- 
gencias de la vida social imponen un lenguaje tí- 
mido y poco expresivo, cuyo convencionalismo acaba 
por trascender á las ideas y pasiones de los que ha- 
bitualmente le emplean. Pero es menester que la 
pintura y análisis de la gente del pueblo no se limiten 
á lo externo y fisiológico, sino que llegue á cuanto 
hay más íntimo y espiritual en ellos. Por ahí pecan 
casi todos los modernos escritores naturalistas, y 
muy especialmente Zola, los cueles son más bien 
fisiólogos por amor á la ciencia, que psicólogos por 
amor al arte. Pretenden tomar de la ciencia experi- 
mental sus procedimientos y doctrinas, y como nada 
hay ni puede haber en ella que se refiera al espíritu 
y le tome en cuenta, prescinden de ese elemento en 
sus pinturas. Pero ese elemento existe, por más que 



La Esfinge 



43 



escape á la análisis, llamésele espíritu ó modificación 
de la materia, y su soplo arcano, impalpable, pero 
poderoso y fecundo, es lo único que puede dar vida 
interna y luminosa á las creaciones artísticas. Los 
naturalistas lo conseguirían si no fueran sistemáti- 
cos, si en vez de la verdad científica por amor á la 
ciencia, buscasen la verdad humana, por amor al arte. 
En tanto que este grande y verdadero Realismo ó 
Naturalismo no da señales de vida en nuestros días, 
yo daré la preferencia á Julia de Trécoeur sobre Mme. 
Bovary, sin perjuicio de anteponer á una y otra las 
incomparables imágenes de Dorotea, Margarita y 
Sotileza. 

Octavio Feuillet, una de las figuras más intere- 
santes de la literatura francesa contemporánea, es, 
pura y simplemente, el polo opuesto de Zola. El pri- 
mero llega por la verdad á lo romancesco, como el 
segundo toca por la verdad á lo prosaico. Son dos 
extremos : la media de ambos sería la perfección. 
Ambos representan con brillo, respectivamente, las 
dos tendencias contrarias de nuestra época : el uno la 
observación neta y cruda de la verdad científica ; el 
otro la pintura de cuanto hay más delicado y exqui- 
sito en la naturaleza humana, y la elegante cultura 
de formas de una sana educación literaria. 

Dejando de lado los paralelos, siempre peligrosos, 



»-/-/ 



Estudios y Artículos 



es i m posible no reconocer en Feuillet un arte fino y 
maravilloso para unir en lazo estrechísimo la verdad 
y la poesía de la vida. Lo romancesco, á que constan- 
te y genialmente tiende, se salva en el casi siempre 
de lo convencional y lo falso. Pero conviene observar 
que no habría arte ni talento suficientes para llegar 
á este admirable resultado, si cierto género de poe- 
sía, lo que convencionalmente se designa con el nom- 
bre de novelesco, no entrara por algo, y á veces por 
mucho, en la vida y los sentimientos de los hom- 
bres. Sólo que se necesita un tacto finísimo y un ta- 
lento envidiablemente equilibrado pará sorpren- 
der ese elemento en lo vivo de la realidad, y combi- 
narlo y fundirlo con ella en la creación artística, 
del mismo modo que en la realidad está combinado 
y fundido. 

Ese tacto, ese talento los posee Feuillet en grado 
eminente, y de ahí el extraordinario encanto y seduc- 
ción de sus obras, que realizan el milagro de sobre- 
ponerse á la balumba de prosa que nos abruma, y á 
á las crudezas naturalistas que nos invaden. No es el 
suyo, sin duda, el arte grande y potente surgido de las 
entrañas de la naturaleza ; pero es el arte fino y ex- 
quisito por excelencia, que compensa, hasta donde es 
posible, en elegancias y primores, lo que le falta de 
substancia y jugo. 



La Esfinge 



34S 



La idea de La Esfinge la ha tomado Feuillet de su 
novela Julia de Trécceur. Este drama es, ante todo y 
sobretodo, un estudio de carácter. Su protagonista, 
Blanca de Chelles, realiza el tipo favorito de Feuil- 
let. Gusta este escritor de pintar los sentimientos y 
pasiones, no en toda su extensión y fuerza, sino en 
sus fases más recónditas, y como reprimidos por el 
carácter. De ahí que elija sus personajes en las más 
elevadas esferas sociales, en las cuales puede úni- 
camente hallar, como observé al principio, esos 
caracteres complicados, contradictorios y enigmáti- 
cos que lo aseguran contra la vulgaridad y los lu- 
gares comunes del arte, á los cuales profesa un altivo 
y saludable horror. Feuillet es el autor menos efec- 
tista que pueda imaginarse. Hace sentir el rumor 
sordo de las pasiones, sus convulsivas palpitaciones, 
pero evita cuanto puede sus estallidos violentos, que 
le repugnan por lo que suelen tener de teatrales y 
aparatosos. No escribe para el vulgo de los lectores, 
ni para la plebe literaria, sino para los espíritus se- 
lectos que saben sentir y medir en todo su alcance la 
poderosa elocuencia de un gesto, una actitud ó una 
mirada. Bajo la suave piel de su finísimo guante, 
suele tener mano de hierro. 

Blanca de Chelles es, pues, una joven de afectos 
apasionados y enérgicos, velados por un carácter de 



Estudios y Artículos 



una apariencia á la vez altivo y frivolo, forjado por 
las extrañas circunstancias en que se encuentra: hé 
aqui La Esfinge. Casada sin amor con un hombre 
vulgar que viaja en lejanas regiones, vese asediada 
por muchos adoradores, que son objeto de sus enga- 
ños y burlas. Nadie comprende esa mezcla extraña 
de coquetería y tristeza, de serias preocupaciones y 
frivolos aturdimientos, que en ella se advierte. Su 
suegro, que ve los peligros que corre el honor de su 
hijo ausente, la lleva á residir durante un tiempo al 
lado de Berta, amiga de la infancia de Blanca, de 
carácter dulce y encantador, lleno de ternura, gene- 
rosidad y buen juicio, casada con Savigny, hombre 
severo, aunque no rígido. Chocado éste de la apa- 
rente frivolidad y coquetería de Blanca, quiere alejar 
de esa compañía á Berta ; pero aquélla, deseosa de 
desarmar el enojo de Savigny, le entrega una serie 
de cartas destinadas á no ser leídas por nadie, en las 
cuales Blanca ha dejado impresas las profundas 
huellas de un amor desgraciado. La lectura de estas 
cartas conturba vivamente el espíritu de Savigny, y 
le pone en el caso de tener varias conferencias con 
Blanca. Queriendo, no obstante, convencer á su 
esposa de cuán infundados son los celos que empie- 
zan ¿inquietarla, insiste en su designio de alejarse 
de Blanca. La escena en que esto se decide es admi- 



La Esfinge 



347 



rabie. ¡ Cómo se adivina que, al convencer á su espo- 
sa, el excelente Savigny trata de convencerse á sí 
mismo ! i Cómo habla, á pesar suyo, su conciencia, 
cuando dice que Blanca es inquieta... é inquietante l 
Blanca, que ha escuchado oculta esta conferencia, 
quiere probar su inocencia á Berta, manifestándole 
su amor por un rico lord inglés con el cual quiere 
huir esa noche misma. En vano pretende Berta evi- 
tarlo : Blanca está decidida y ha dado su palabra. 
Berta, desolada, al retirarse con su marido del baile 
en casa de Blanca, á que habían asistido, le revela el 
fatal proyecto, y le suplica impida la fuga de Blanca, 
quien debe atravesar el parque de Savigny para 
reunirse con su amante. Savigny accede, y Berta 
se aleja. Aparece Blanca, por fin, y Savigny pro- 
cura detenerla, primero respetuosamente, como por 
interés de ella, luego con repentino imperio, como 
por interés suyo. Blanca comprende entonces que 
es amada por la persona que ella verdaderamen- 
te amaba en silencio, y se arroja en sus brazos, 
accediendo con transporte al ruego de no partir 
que Savigny tiernamente le hace. Este es el punto 
culminante del drama, donde el enigma se descifra. 
¡ Pero qué sobriedad admirable en este imprevisto 
estallido de la pasión! — "¡Me ama Vd., pues! — 
" No partas, yo te lo ruego". Ni una palabra más. 



Estudios y Artículos 



Hay algo profundamente diabólico y recónditamente 
humano en esa noble rectitud de Savigny, que agui- 
joneada por los sentimientos generosos de Berta, le 
impele á las amargas delicias del amor criminal. 
[Cruel ironía, silenciosa carcajada del corazón hu- 
mano, lanzada a la faz de los más honestos y severos 
propósitos ! 

Berta llega en seguida, y aunque lo ha oído todo, 
finge heroicamente no saber nada. Los amantes dan 
rienda á sus sentimientos, juzgándose exentos de 
toda sospecha. Un día, sin embargo, las cartas que 
Blanca entregó á Savigny desaparecen del sitio en 
que éste las tenía guardadas. Berta revela, por fin, á 
Blanca que ella posee esas cartas, y le manifiesta su 
resolución de entregarlas á su suegro el almirante, si 
no consiente en alejarse para siempre de aquellos si- 
tios. Blanca se niega á partir; Berta, en vez de de- 
nunciarla, en un movimiento de generosidad, le en- 
trega las cartas, y aquélla, queriendo corresponder al 
noble acto de su amiga, toma el veneno que llevaba 
habitualmente en el anillo. El suicidio es un desenla- 
ce favorito de Feuillet. 

Fuera de la adoración exagerada y algo ridicula 
que Sajardie, Emerard y Ulrico muestran por Blan- 
ca en el primer acto, yo no encuentro más defecto á 
este interesante drama que el ser más propio de la 



La Esfinge 



349 



lectura que del teatro. La pasión fundamental que 
sirve de eje á toda la pieza está demasiado compri- 
mida y velada para el espectador. En la lectura, la 
menor palabra, el rasgo más delicado se puede com- 
prender y saborear en toda su belleza y en todo su 
alcance. En la escena, tales pormenores resultan 
demasiado tenues y esfumados: se requiere un pincel 
más franco y vigoroso. La Esfinge es, en su parte 
más interesante, una primorosa miniatura, y como 
tal, poco adecuada para contemplarse como telón de 
teatro. Pero, en suma, ¡bien venida sea, como oasis 
literario y artístico, al fin del estéril desierto de fa- 
bricaciones groseras que hemos atravesado ! 

Poco hay que decir de la representación de esta 
pieza por la compañía del Politeama. El señor Ber- 
thier, en su papel de Ulrico, nos ofreció una ridicula 
caricatura ; el señor Garnier, contra su costumbre, 
solamente mediocre ; la señora Malvau, discreta y 
simpática como siempre. 

En cuanto á Sara Bernhardt, casi no tiene en este 
drama cómo hacer valer las facultades que le son 
propias. Ni el papel de Blanca, ni el de Berta, que 
desempeñó en París cuando se estrenó La Esfinge, 
ofrecen toda la franca energía que su género de ta- 
lento requiere. He de hacer excepción, sin embago, 
del último acto, donde, además de la muerte, que 



Estudios y Artículos 



fué, como siempre, admirable, dijo algunas frasses 
con fuerza y poder extraordinarios. 

La temporada ha concluido, y con ella estas cróni- 
cas. He seguido con grande interés las manifestacio- 
nes del talento de Sara Bernhardt entre nosotros, 
buscando sinceramente la verdad, sin frialdad escép- 
tica ni exageraciones ridiculas. Hemos podido con- 
vencernos, por nuestra propia cuenta, de que Sara 
Bernhardt es realmente una artista eminente, no 
exenta de graves defectos, que hacen, en general, 
todavía superior á sus méritos, su renombre. En ella, 
como en casi todo lo que es francés, es necesario ad- 
mitir un tanto por ciento de tolerancia. 

Por lo demás, esta temporada ha servido para 
desengañar á muchos, con respecto á las pretendidas 
excelencias de la dramática francesa moderna y con- 
temporánea. Cada cual ha podido convencerse por 
sí mismo de que tal arte, literariamente, no existe ni 
lleva miras de existir. 




APUNTES ESTÉTICOS 



c4. C B. F. Dobranich. 



DEL ARTE EN GENERAL. — SU IMPORTANCIA 



Dice Aristóteles que el arte es la imitación 
de la naturaleza. Esta definición, estrecha- 
mente entendida por muchos humanistas 
(Batteux entre ellos), ha dado margen á un gran ex- 
travío en las doctrinas estéticas que, desde el Rena- 
cimiento hasta nuestros días, han venido sucedién- 
dose. En efecto, por más que el principio fundamen- 
tal de la mutilada Poética del Estagirita sea la imita- 
ción ( mimesis), es indudable, si se atiende al conjunto 
de sus ideas, que en la mente del filósofo esta imita- 



35 ^ 



Estudios y Artículos 



ción no se refiere, como fundamento estético, á lo de- 
terminado y relativo, sino á lo universal, esto es, á 
lo ideal, al tipo que la mente humana vislumbra. 
Esto se confirma con la definición del arte que da 
Aristóteles en la Moral, diciendo que es u la facultad 
de crear lo verdadero con reflexión ". De aquí que 
divida á los poetas en tres categorías : los que hacen 
á los hombres mejores de lo que son (idealismo), los 
que los hacen tales como son (realismo), y los que los 
hacen peores de lo que son (naturalismo). 

Si el arte, como se ha sostenido y se sostiene toda- 
vía, no fuera más que la imitación de la naturaleza, 
en el sentido estricto de la palabra, excluyendo la 
idea de creación, facultad por excelencia del artista, 
reduciría á éste al papel de copista perpetuo. "¿ Áqué 
reproducir, pregunta Hégel, combatiendo esta teoría, 
lo que la naturaleza ofrece ya á nuestras miradas ? 
Este pueril trabajo, indigno del espíritu á que se diri- 
ge, y del hombre que lo realiza, sólo le demostraría 
su impotencia y la vanidad desús tentativas, pues la 
copia será siempre inferior al original. No es imitar 
lo que nos agrada, sino crear. La invención más pe- 
queña sobrepasa todas las obras maestras de imita- 
ción ". No es esto decir que no deba imitarse la 
naturaleza, sino que la imitación debe sólo realizarse 
en cuanto á los elementos componentes de la obra 



Apuntes estéticos 



3S3 



artística, y no respecto de su conjunto ó totalidad. 
No de otro modo con las flores de diversas plantas se 
forma un ramo, un todo, que, como tal, no existe en 
ninguna de las que á su formación contribuyeron. 

Por otra parte, si tal restricción hubiera de ser 
aceptada, fuerza sería excluir de la definición ante- 
dicha algunas de las bellas artes, «i Qué imita la 
música? (i qué la arquitectura? Nada que exista en 
la naturaleza, pues ambas no son más que la encar- 
nación, por diversos medios, de cierto género de be- 
lleza por la humana mente concebido. 

Estas dos artes son la más evidente prueba de que 
existe en nosotros un ideal, un tipo de belleza, inde- 
pendiente de las cosas que vemos y palpamos ; inex- 
plicable y misterioso, pero no por ello menos verda- 
dero é impulsivo. Ahora bien : < qué es loque incum- 
be al artista ? Encarnar esa idea en forma sensible, y 
hacernos ver y sentir la belleza, aun cuando del mo- 
do relativo y limitado que está al alcance del hombre. 
Por manera que, si todas las bellas artes se han de 
abarcar en una sola y completa definición, lo más se- 
guro y cierto será afirmar que el fin del arte es la 
creación de obras bellas. Esta amplia definición se- 
ñalando desde luego el objeto primordial del arte, me 
servirá de guía en los diversos puntos que me pro- 
pongo tratar, aunque ligeramente, en estos simples 



754 



Estudios y Artículos 



apuntes. Debo advertir también, que al hablar del 
arle, me refiero más particularmente á la poesía, 
que es la primera de todas las bellas artes, y que en 
cierto modo las resume y comprende. 

Establecido que el arte tiene por fin la creación de 
belleza, la primera duda que surge en el espíritu es 
la siguiente: {es el arte algo serio y digno de la 
inteligencia humana, ó es sólo un fútil pasatiempo, 
propio de quien no tiene nada grave en que ocuparla ? 

Esta cuestión es hoy de vivísimo interés, por cuanto 
las tendencias utilitarias que cada día se enseñorean 
más del espíritu humano, han provocado un movi- 
miento de opinión adverso al arte, predominante en 
cierto linaje de personas que no carecen de ilustra- 
ción y buen sentido. 

Es curioso observar que mientras muchos hombres 
de ciencia, que no pasan de la medianía, enamorados 
del cálculo y del número, se muestran desdeñosos del 
arte y lo consideran como cosa de poco momento, los 
que han llegado á las más altas esferas de la inteligen- 
cia, como Aristóteles y Hégel, se complacen en colo- 
carlo al lado de la religión y la filosofía, viendo en él 
un noble ejercicio de las más encumbradas facultades 
del espíritu humano. Dice Aristóteles que la poesía, 
por ser la representación de lo universal y necesa- 
rio, es más profunda y filosófica que la historia, que 



Apuntes estéticos 



3SS 



sólo representa lo determinado y relativo; y Hégel, 
el más grande de los filósofos modernos, refuta del 
modo admirable que va á verse, la objeción que se 
hace al arte, de no producir sus efectos sino por la 
apariencia y la ilusión. Dice : 

"Tal objeción sería fundada si la apariencia pudie- 
ra considerarse como algo que no debe existir. Mas 
la apariencia es necesaria al fondo que manifiesta, y 
tan esencial como él. La verdad no existiría si no se 
manifestase á sí misma del mismo modo que al espí- 
ritu en general. Entonces, el cargo no debe recaer 
sobre la apariencia ó manifestación, sino sobre el 
modo de representación que el arte emplea. 

"Pero si estas apariencias se califican de ilusiones, 
otro tanto podrá decirse de los fenómenos de la natu- 
raleza y de los actos de la vida humana, que, no obs- 
tante, se miran como si constituyesen la verdadera 
realidad ; pues sobre todos esos objetos inmediatamen- 
te percibidos por los sentidos y la conciencia, es me- 
nester buscar la verdadera realidad, la substancia y 
esencia de todas las cosas, de la naturaleza y del espí- 
ritu, el principio que se manifiesta en el tiempo y el 
espacio por medio de esas existencias reales, pero que 
en sí mismo conserva su existencia absoluta. Ahora 
bien, justamente la acción y desenvolvimiento de esta 
fuerza universal son el objeto de las representaciones 



fS6 



Estudios y Artículos 



del arte. Sin duda, ella aparece también en el mun- 
do real, pero confundida con el caos de intereses par- 
ticulares y de circunstancias pasajeras, mezclada con 
lo arbitrario de las pasiones y de las voluntades indi- 
viduales. El arte desprende la verdad de las formas 
ilusorias y mentirosas de este mundo imperfecto y 
grosero, para revestirla de una forma más elevada y 
pura, creada por el espíritu mismo. Así lejos de ser 
simples apariencias puramente ilusorias, las formas 
del arte encierran más realidad y verdad que las 
existencias fenomenales del mundo real. El mando 
del arte es más verdadero que el de la naturaleza y 
la historia. 

"Las representaciones del arte tienen todavía sobre 
los fenómenos del mundo real y los acontecimientos 
particulares de la historia, la ventaja de ser más ex- 
presivos y transparentes. El espíritu penetra más di- 
fícilmente á través de la dura corteza de la naturaleza 
y de la vida común, que á través de las obras del 
arte. " 

No contento con esto, Hégel sostiene que el arte 
es superior á la naturaleza, y rebate el argumento de 
que las obras de Dios son más perfectas que las del 
hombre, diciendo que tal afirmación equivale á creer 
que Dios no obra en el hombre y por el hombre, y 
que el círculo de su actividad no se extiende fuera de 



Apuntes estéticos 



357 



la naturaleza. Lejos de eso, añade, la proposición con- 
traria es la verdadera : Dios saca mucho más honor y 
gloria de lo que el espíritu hace, que de lo que pro- 
duce la naturaleza, pues no solamente existe lo divi- 
no en el hombre, sino que se manifiesta en él su for- 
ma mucho más elevada que en la naturaleza. Dios es 
espíritu; el hombre, por tanto, es su verdadero in- 
termediario y su órgano. En la naturaleza, el medio 
por el cual Dios se revela tiene una existencia pura- 
mente externa. Lo que no tiene conciencia de sí es 
muy inferior á lo que la posee. 

Por otra parte, lo que en verdad nos interesa, 
es lo realmente significativo en un hecho ó una 
circunstancia, en un carácter, en el desenvolvimiento 
ó desenlace de una acción. El arte lo toma y lo hace 
resaltar por modo mucho más vivo, más claro y puro 
que lo que puede encontrarse en los objetos de la na- 
turaleza ó en los hechos de la vida real. Hé ahí la 
razón por la cuál las creaciones del arte son más ele- 
vadas que las obras de la naturaleza. Ninguna exis- 
tencia real exprime lo ideal como lo hace el arte. 

Atribuye, además, Hégel al arte una gran impor- 
tancia filosófica, en cuanto hace desaparecer la formi- 
dable oposición de lo absoluto y lo relativo, de lo ge- 
neral y lo particular, enlazando lo uno con lo otro, 
dando lo ideal en forma sensible, y produciendo así 



Estudios y Artículos 



la verdadera realidad. Esto ya lo hace notar Schiller 
en sus Carlas sobre la educación estética. El arte, 
observa aquél, no es más que un modo de revelación 
de Dios á la conciencia, de expresar los más profun- 
dos intereses de la humana naturaleza y las verdades 
más comprensivas del espíritu. En las obras de arte 
los pueblos han depositado sus más íntimos pensa- 
mientos, sus más ricas intuiciones. Á menudo las 
bellas artes son la única llave con cuyo auxilio nos es 
dado penetrar en los secretos de su sabiduría y en los 
misterios de su religión. La contemplación de lo bello 
produce en nosotros un goce sosegado y puro, incom- 
patible con los deleites groseros de los sentidos ; ella 
eleva el alma sobre la ordinaria esfera de sus pensa- 
mientos; predispone á las resoluciones nobles y á las 
acciones generosas, por la estrecha afinidad que exis- 
te entre los tres sentimientos y las tres ideas del bien, 
de lo bello y de lo divino. 

Meditando seriamente sobre estas profundas consi- 
deraciones del filósofo alemán, es imposible no ad- 
quirir el convencimiento íntimo de que el desvío que 
muchos manifiestan al arte se debe, por una parte, á 
la carencia de dotes artísticas, y por otra, á falta de 
instrucción y poca elevación de pensamiento. ¿ Cómo 
es posible admitir que el arte, que pone en movi- 
miento los más hondos afectos del alma ; que por una 



Apuntes estéticos 



3S9 



especie de sabiduría intuitiva penetra en los arcanos 
del corazón ; que eleva el pensamiento á la desinte- 
resada contemplación de lo hermoso y perfecto, y que, 
por virtud misteriosa, sin dejar de ser verdadero, 
realza y transfigura (purificación de los afectos, que 
decía Aristóteles) cuanto en su serena esfera penetra, 
no sea digno de amor intenso, de veneración profun- 
da, y de reinar como soberano en el sagrado templo 
de la frente ? 

II 

FONDO Y FORMA 

La eterna controversia sobre el fondo y la forma 
en las obras artísticas y literarias, como muchas otras, 
queda resuelta con sólo plantearla de una manera 
clara y precisa. Increíble parece que, por una simple 
confusión de términos, se discuta tanto y tan vana- 
mente, aun entre personas cultas é instruidas, acerca 
de un punto que, en sí mismo, no ofrece dificultad de 
ningún género. Á fin de no caer, pues, como general- 
mente sucede, en una mera discusión de palabras, 
conviene establecer previamente qué debe enten- 



Estudios y Art ículos 



derse por fondo, que por forma en las obras de arte. 

Entiendo por fondo el conjunto de ideas y senti- 
mientos de un hombre ó de la especie humana, en 
un país, en una época determinada. No debe circuns- 
cribirse el fondo a la manera de ser filosófica, moral, 
científica ó religiosa del espíritu, sino á su estado 
total, lo cual comprende sus hábitos é inclinaciones, 
sus pasiones y los impulsos de su voluntad. 

Entiendo por forma, la encarnación de eslas ideas, 
afectos, etc., hechos sensibles por medio de la línea, 
el color, el sonido ó la palabra, según sea el arte ele- 
gida para la manifestación del fondo. 

Establecido esto, vese claramente que no puede 
haber en el fondo belleza artística, sino simplemente 
belleza natural, moral ó científica, y que el arte co- 
mienza juntamente con la encarnación, con la forma, 
la cual, cuando se refiere á la concepción general de 
la obra, al asunto, á la acción, á los caracteres, á los 
símbolos ó alegorías, es conceptiva ó imaginativa 
entelequia ó forma esencial) ; cuando á las descrip- 
ciones, imágenes, diálogos, etc., contenidos en la 
obra, es narrativa ó expositiva (forma interno-exter- 
na); y cuando á la exteriorización de las anteriores 
por medio del lenguaje, es simplemente expresiva ó 
significativa (forma externa). De todas estas formas, 
la que constituye la verdadera creación artística, la 



Apuntes estéticos 



361 



nvención poética, es la forma conceptiva ó esen- 
cial. 

Trataré de hacer palpable lo expuesto con un ejem- 
plo. Sea éste la Ifigenia en Táuride de Goethe. El 
gran poeta alemán ha querido darnos en ella una 
muestra elocuente del ascendiente, suave y poderoso 
á la vez, que un alma elevada y pura, sin más fuerza 
que su belleza moral, es capaz de ejercer sobre bárba- 
ras costumbres y pasiones violentas. Hé aquí la idea 
general de la obra, esto es, su fondo. Ahora bien: 
este pensamiento abstracto podía haber sido realiza- 
do de mil maneras diferentes, según el ingenio del 
artista, y según la época y el país en que éste viviera; 
y así como de un pedazo de mármol lo mismo puede 
fabricarse una estatua hermosa que un indigno ma- 
marracho, así también con aquel noble y elevado 
pensamiento pudo producirse un drama despreciable, 
en vez de la tragedia inmortal y espléndida que ad- 
miramos como una de las obras maestras de la lite- 
ratura alemana. 

Goethe, transformando profundamente una anti- 
gua leyenda mitológica, hermosamente dramatizada 
por Eurípides, ha encarnado la idea general á que 
se propuso dar forma artística, por medio del asunto, 
de la acción, de los caracteres, por él elegidos. Toas, 
rey bárbaro de Táuride, habíase enamorado de 



3 Ó2 



Estudios y Artículos 



Ifigcnia, hija de Agamenón, salvada del sacrificio por 
Diana, de quien era desde entonces sacerdotisa. Este 
amor, respetuoso y moderado, por la superioridad 
moral de Iiigenia, empieza á civilizar al rey, y con él 
á sus subditos. Empero, la negativa de la virgen á 
casarse con el rey, enciende nuevamente su ira, y 
los sacrificios humanos, que habían caído en desuso, 
vuelven á ejecutarse con todo rigor en los extranje- 
ros recién llegados. En tales circunstancias, llegan á 
Táuride Orestes y Píladcs ; hermano aquél déla he- 
roína), quienes son hechos prisioneros á fin de inau- 
gurar con ellos el restablecimiento del rito. Procuran 
ambos salvarse, salvando á Ingenia, para lo cual es 
menester que ésta engañe astutamente al rey ; pero 
la virgen, antes de cometer la fea acción de mentir, y 
en perjuicio de aquel á quien es deudora de tantas 
consideraciones, prefiere que todo se pierda, y descu- 
briendo á Toas los planes de evasión, obtiene de éste, 
por medios persuasivos, la libertad de ella y la de su 
hermano. 

Como se ve, el asunto no es más que la forma in- 
terna con que el poeta realiza su idea, esencialmente 
moderna ; es la concepción artística, de la cual for- 
ma también parte la creación de los personajes, de 
Ingenia, por ejemplo, que es el tipo humano y deter- 
minado, rodeado de una aureola divina, por el cual 



Apuntes estéticos 



363 



se manifiesta la belleza moral que el poeta había 
visto en abstracto. 

Las imágenes de qué los personajes se valen para 
expresarse, sus diálogos, etc., constituyen lo que he 
llamado forma narrativa ó enunciativa; y el lengua- 
je y la metrificación que el artista emplea, la forma 
externa. 

En la segunda categoría de formas debe contarse 
el estilo, en su sentido restricto, que es el arte de 
dar relieve á las cosas : complemento indispensable, 
sin el cual no hay obra de arte ni escrito duradero. 
Así, el estilo vulgarísimo de Eugenio Sué, impe- 
dirá que sus novelas, no obstante su fuerza inven- 
tiva, figuren con honor en la literatura francesa. 

Sin embargo, no basta el estilo, ni menos la correc- 
ción y pureza del lenguaje, ni la buena construcción 
y sonoridad de los versos, para llegar á las grandes 
creaciones poéticas. Si éstas no sobresalen por las 
formas esenciales, es decir, por el vigor, profundi- 
dad ó delicadeza de la concepción, por la acción y 
los caracteres en las obras épicas, dramáticas ó no- 
velescas, por más que estén escritas con elegancia y 
gallardía, su vida, cuando merezcan vivir por sus 
bellezas de estilo, será modesta y poco gloriosa. En 
este concepto decía Goethe sabiamente : " No se quie- 
re ver que la verdadera fuerza y efecto de una poesía, 



listadlos y Artículos 



estriban en la ¡dea, en el asunto (obsérvese la asimi- 
lación de estas dos palabras). Así, millares de poe- 
sías se escriben cuyo asunto es nulo, las cuales si- 
mulan una especie de existencia por medio de una 
versificación sonora 1 '. 

Por lo contrario, la fuerza, grandeza ó delicadeza 
de las formas internas y primeras, son bastantes á 
disimular no pocos defectos de lenguaje, y aun de 
estilo, sin que esto quiera decir que las formas ex- 
ternas deban descuidarse, ó sean de escasa impor- 
tancia. Nada de eso. Hasta los últimos detalles de 
las formas expresivas, tienen un alto significado en 
las creaciones artísticas, y lejos de perjudicar ó em- 
barazar, como pretenden tantos escritores vulgares, 
destituidos del anhelo de la perfección, las cualida- 
des fundamentales, son su más rico complemento y 
esmalte. 

Para mayor abundamiento bastará observar que 
las traducciones perfectas son un cuasi-imposible. 
Dice Cervantes que una traducción es como una tra- 
ma vuelta del revés. (Y por qué? Las ideas, y aun 
las formas esenciales ¿no son casi siempre traduci- 
bles? Indudablemente; pero la dificultad estriba en 
que, en los verdaderos poetas, hasta la colocación de 
las palabras en el verso, casi siempre imposible de 
conservar en la traducción, es de suma importancia. 



Apuntes estéticos 



36 5 



De esta disposición, de esta armonía despréndese un 
espíritu ligerísimo, que no está exclusivamente en 
ninguna parte del verso, pero que es como el alma de 
él. Trocado el orden de las palabras, ese espíritu se 
desvanece, produciendo la desesperación del traduc 
tor de gusto fino y delicado. 

Por todo lo hasta aquí expuesto, se comprenderá 
la confusión monstruosa en que caen los que, enten- 
diendo por forma tan sólo la forma externa, hablan 
de ella con menosprecio, conceptuándola inferior, ó 
cuando mucho, de igual importancia á lo que mala- 
mente entienden por fondo. De aquí un dilema insal- 
vable. Ó los que desprecian la forma lo hacen por 
confusión de términos ó por error de ideas. Si lo 
primero, ponen de manifiesto su ignorancia; si lo 
segundo, su incapacidad esencial de comprender y 
sentir el arte. 

Este, según queda demostrado, no es más que una 
sucesión ó encadenamiento de formas, de diversa 
importancia y categoría, pero formas siempre. Las 
ideas puras podrán ser verdaderas, morales, profun- 
das, etc., pero jamás artísticamente bellas. Sólo 
cuando se han realizado y hecho sensibles por medio 
de la forma, penetran en los dominios del arte. Por 
esto decía Goethe que crear era dar forma; y á fuer de 
verdadero artista, manifestaba una antipatía inven- 



SÓ6 



Estudios y Artículos 



cible por las abstracciones. "Toda teoría es incolora; 
pero el árbol precioso de la vida es verde", dice Mefis- 
tófeles. li El que se entrega á meditaciones profundas 
se asemeja á un animal á quien un genio maléfico le 
hace dar vueltas en torno de un árido matorral, 
mientras á corta distancia se extiende la fresca 
hierba ". 

Si el fondo, el verdadero fondo, fuese lo principal 
en la obra de arte, apenas las ideas que lo constitu- 
yeron dejasen de alimentar y encender el espíritu 
humano, la creación informada por ellos, perdiendo 
su importancia estética, quedaría relegada á la condi- 
ción de mera curiosidad arqueológica. Y la verdad 
es que sucede todo lo contrario, pues no sólo nos 
interesan y conmueven las obras de las edades pasa- 
das, en donde principalmente resplandecen esos sen- 
timientos que forman como la base y substancia del 
espíritu en todas las épocas y países llegados á un 
cierto grado de civilización, sino también las que 
están informadas por ideas y afectos transitorios sí, 
pero bastante poderosos para engendrar verdaderas 
creaciones artísticas. 

Se me dirá que la larga y monótona relación de los 
diarios combates que libraban griegos y troyanos, 
contenida en varios libros de la litada, no nos inte- 
resa ni conmueve poco ni mucho, no obstante causar 



Apuntes estéticos 367 



á los helenos, como dice Macaulay, ataques epilépti- 
cos. Lo reconozco de buen grado. Pero esto es por- 
que tales relatos tenían para los mismos griegos un 
interés más histórico que artístico, y no habían pene- 
trado sino transitoriamente en la esfera del arte. Así 
tengo por seguro que, para un verdadero artista de 
aquellos tiempos, esos episodios formaban la parte 
más flaca y débil de los poemas de Homero. Del 
mismo modo, nuestro himno nacional nos entusiasma 
y conmueve, no por su belleza artística, en general 
bien pobre y escasa, sino por los recuerdos históricos 
que encierra y la fibra patriótica que le anima, es de- 
cir, por su fondo. Así, nada de extraño tiene que deje 
indiferente al que no sea argentino ó americano. Otra 
cosa sucedería si fuese de alta y resplandeciente her- 
mosura artística. En tal caso, aun los españoles de 
buen gusto y elevado espíritu se sentirían por él 
atraídos y embriagados. 

Esto explica por qué el cuadro sublime que el mis- 
mo Homero nos pinta del combate en la llanura en- 
tre Aqueos y Dañaos, contemplado soberanamente 
por Júpiter desde las cumbres del Ida, nos entusias- 
ma y nos penetra de majestad y grandeza. De la mis- 
ma manera, á pesar de que el odio de los suizos á su 
tirano no puede encender en nosotros la ira ni el de- 
seo de venganza ; no obstante que no tengamos mo- 



j68 Estudios y Artículos 



tivo alguno de saña contra Napoleón y los franceses 
por su avance sobre España, el Guillermo Tell, de 
Schiller, y las odas fulminantes de Quintana llena- 
rán siempre y en todas partes de entusiasmo, de ad- 
miración y goce estético á todo el que posea verda- 
dero entendimiento de hermosura. Es que las ideas y 
pasiones, una vez que se han realizado estéticamente, 
adquiriendo forma bella y penetrando en la esfera 
del arte por medio de la concepción artística, podrán 
salir de la conciencia, pero jamás de la imaginación 
de espíritus elevados. ¡ Triunfo sublime, reservado 
sólo á los esplendores y encantos de la forma pura ! 

Es, pues, por demás vulgar y propio de quien no 
sabe sentir ni comprender la hermosura, el motejar 
de viejas las grandes creaciones artísticas, sólo por- 
que el fondo de ellas, las ideas ó afectos que encie- 
rran, han dejado de ser artículos de fe para el espí- 
ritu del hombre. 

Concluir de todo lo dicho que nada significa para 
la creación artística que la informen ideas altas ó 
bajas, morales ó inmorales, verdaderas ó falsas, creí- 
das ó fingidas, sería caer por la exageración en lo 
absurdo. Por lo contrario, la altura y belleza moral 
de las ideas y sentimientos realzan sobremanera la 
obra artística, comunicándole más puro resplandor y 
brillo. Y esto por el estrecho lazo que une los con- 



Apuntes estéticos 



369 



ceptos de lo bello, lo bueno y lo verdadero. Mas 
esta relación no debe ser causa de que se las con- 
funda, y así como por contribuir la riqueza y trans- 
parencia del mármol al esplendor de la estatua no 
se ha de afirmar que en aquéllas, y no en las formas 
que le da el artista, reside principalmente su hermo- 
sura, de igual modo, absurdo sería pretender que en 
el fondo y no en la forma está lo más rico y pri- 
moroso de la creación del poeta. Lejos de eso, afirmo 
y sostengo, si bien tal procedimiento no es recomen- 
dable, que con ideas de escaso valor, y aun inmorales 
y falsas (filosóficamente hablando), pueden crearse 
obras de arte de mérito, aunque impuras, así como 
las más altas y nobles ideas pueden servir de base á 
concepciones artísticas prosaicas y despreciables. 

i Cuál es la idea general, abstracta ó filosófica que 
se desprende de Hermán y Dorotea? Difícil fuera 
dar con ella. Es la breve y sencilla historia de los 
amores de un aldeano con una joven á quien los 
desórdenes de la revolución francesa constriñen á 
abandonar su país natal. Ni siquiera podría descu- 
brirse la idea de los males que las revoluciones 
traen consigo aparejadas (lo cual, por otra parte, no 
sería muy nuevo ni muy profundo), pues no hay 
catástrofe final que la confirme, antes su desenlace 
es suave y venturoso. Los sentimientos é ideas que 

24 



Estudios y Artículos 



le sirven de base son puros y nobles, pero inútil 
fuera buscar en ella el violento estallido de las pa- 
siones, tan del gusto de los poetas noveles. Esta obra 
es la encarnación más perfecta del arte por la belleza. 
La fresca melodía de esas dos voces juveniles ele- 
vándose de entre el sordo y fatídico estruendo de la 
Revolución, cuya onda corre desde un extremo al 
otro del poema ; los cárdenos relámpagos que ilumi- 
nan á cada instante las dos amantes y serenas cabe- 
zas; el tino admirable de desenvolver la acción en 
circunstancias que, rotos los lazos convencionales, 
é imperante el hondo lenguaje del alma, la civiliza- 
ción parecía remontar á sus fuentes primitivas; esto 
es, formas, y sólo formas, es lo que constituye lo 
grande y magnífico de esta creación artística, bas- 
tante por sí sola á dar glorioso renombre á una lite- 
ratura. 

Por lo demás (para terminar este punto), la forma 
y el fondo, aun cuando teóricamente las estudiemos 
disgregadas, son de todo pundo inseparables en la 
creación del artista. Y esta unión íntima de ambos 
elementos, prueba una vez más la importancia y ex- 
celencia fundamental de la forma en las obras artís- 
ticas; y por eso dice Víctor Hugo, autoridad nada 
sospechosa en la materia : "La forma es cosa mu- 
cho más absoluta de lo que generalmente se piensa. 



Apuntes estéticos 



31i 



Error es creer, por ejemplo, que un mismo pensa- 
miento puede escribirse de diversos modos, que una 
misma idea puede revestir diferentes formas. Cada 
idea no tiene nunca más que una forma, que le es 
prop'a, que es su forma excelente, completa, su for- 
ma rigorosa, su forma esencial^ por ella preferida, 
que surge siempre conjuntamente con ella del cerebro 
del hombre de genio. .Así, en los grandes poetas, na- 
da más inseparable, más adherente, más consubstan- 
cial que la idea y la expresión de la idea. Matad la 
forma, y casi siempre habréis muerto la idea. Quitad 
su forma á Homero, y os quedará Bitaubé. Así las 
cuestiones de forma, estilo y lenguaje son las pri- 
meras que debe plantear todo arte que aspire á vivir 
eternamente ". 



III 



INSPIRACIÓN Y REFLEXIÓN 



Hemos visto que la forma, en su significado funda- 
mental, esto es, como límite á lo general y absoluto 
de las ideas, como encarnación de lo abstracto y 
necesario en lo determinado y contingente, es loque 



312 



Estudios y Artículos 



verdaderamente constituye el arte. Pero para que 
la forma cumpla con las condiciones que requiere 
toda obra de arte duradera y profunda, no ha de 
ser armoniosa solamente, sino también viva y ani- 
mada. Ahora bien, á esta facultad de dotar de ani- 
mación y vida las formas concebidas por el artista, 
dase el nombre de inspiración. Como quiera que 
este dón precioso haya dado margen, por las causas 
y caracteres que erróneamente se le atribuyen, á la- 
mentables extravíos, creo de todo punto conveniente 
decir sobre él algunas palabras. 

La facultad por cuyo medio la inspiración se pro- 
duce es la sensibilidad interna. En efecto, la sensibi- 
lidad, hondamente afectada por un hecho, una idea 
ó un sentimiento, excitando y poniendo en movi- 
miento la fuerza creadora del artista, comunica á las 
formas por él creadas la luz vivísima y el calor fe- 
cundo que son la más sólida garantía de su inmor- 
talidad. Pero no basta la impresionabilidad para 
que la inspiración se produzca. Ella nada alcanzaría 
á realizar, si no existiese en el artista la potencia 
creadora á la cual debe aquélla poner vigorosamente 
en movimiento. Sin embargo, no siempre es indis- 
pensable, para que la inspiración se manifieste, que 
una conmoción violenta haya puesto en efervescen- 
cia el espíritu del artista. Á veces posee éste un po- 



Apuntes estéticos 



373 



der creador tan eficaz y portentoso, que la inspi- 
ración fluye naturalmente, prestando vigor á la 
concepción y derramando por la obra toda el ful- 
gor del sentimiento y la vida. Esta inspiración 
serena, á no dudarlo, la más hermosa y elevada, es 
la que caracteriza el genio griego, y, aunque no 
tan libre de frialdad, el de Goethe, á quien no en 
vano se le ha llamado el Júpiter Olímpico de la poe- 
sía moderna. Vese por aquí el gran error en que 
incurren los que creen que la inspiración es una 
especie de furor ciego y febril, próximo á la locura, 
y que para poetizar es fuerza, como censuraba Bello, 
convertir en trípode el pupitre, y ser agitado por las 
convulsiones de la pitonisa. Lejos de eso, aun la ins- 
piración surgida de la rápida excitación de las facul- 
tades creadoras, cuando es legítima, en vez de pro- 
vocar un desconcierto arrebatado y delirante de ellas, 
produce sólo un movimiento armonioso, de donde 
brota, no el incendio que ofusca y devora, sino la luz 
que ilumina y hermosea. 

Es inútil, pues, que el artista solicite la inspiración 
por medios artificiales, ora excitando sus sentidos, 
ora empeñándose en entusiasmarse por lo que de suyo 
no le arrebata y enamora. En el primer caso, su 
obra no será más que un delirio enfermizo, un fuego 
fatuo, pues, como observa Hégel, el champagne no es 



974 



Estudios y Artículos 



todavía la inspiración. En el segundo, lo hinchado 
del estilo, lo rebuscado del concepto, el esfuerzo pe- 
noso de la composición toda, pondrán bien de mani- 
fiesto la falta de espontaneidad que á su realización 
ha acompañado. Cuando el artista no se sienta mo- 
vido á crear, ya por una causa interna, ya por una 
externa, debe guardar silencio, aunque sea por años 
enteros. Por desgracia, el prurito de mostrar que se 
llera la inspiración en el bolsillo, así como el vicio, 
harto general, de apreciar el valer de un artista por 
la cantidad, y no por la calidad de sus obras, dan 
por resultado la producción casi diaria de obras que, 
por lo forzado ó escaso de la inspiración, llevan al 
nacer el sello de la debilidad y la impotencia. 

Y esa saludable economía es aún más necesaria 
en la poesía lírica que en ninguna otra. En efecto, el 
poeta lírico, que labra sus cantos con el material 
de las emociones é impresiones que recibe en su al- 
ma, salvo rarísimas excepciones, no puede prodigar- 
los inconsideradamente, sin dar en lo vacío y artifi- 
cioso. Así, la facilidad que muchos ostentan como 
gala y primor de su naturaleza poética, más á me- 
nudo suele llevarlos á la perdición que á la fama. 
Ella es grande parte para que ingenios nada comu- 
nes, destinados por la naturaleza á ser glorioso orna- 
mento de la literatura patria, escriban muchos ver- 



Apuntes estéticos 



375 



sos y poca poesía. Las creaciones líricas sólo son 
duraderas cuando arrancando de lo más hondo del 
alma, son la viva encarnación de afectos verdaderos 
y profundos, los cuales son siempre escasos en nú- 
mero, y no todos los días alzan su voz elocuente en 
el espíritu del artista. De aquí que una extrema fa- 
cilidad sea á menudo engañosa, por cuanto lleva á 
aprovechar para la composición gran número de ideas 
y sentimientos que han rozado apenas ligeramente el 
alma del poeta. Es mucho más difícil escribir con el 
corazón que con la pluma. Cuando aquél habla ver- 
daderamente, lo hace en breves y elocuentes pala- 
bras, dejando la vacua fraseología para los que nada 
sienten ni piensan por cuenta propia. 

Así se explica que un poeta tan portentoso como 
es Leopardi, no haya producido, en los treinta y nue- 
ve años de su vida, más de treinta y seis cantos líri- 
cos, cortos en general, y algunos de ellos cortísimos. 
Pero ¡ qué riqueza de sentimientos é ideas ! ¡ Qué 
licor tan concentrado el de su poesía! Cada verso, 
cada palabra, brotando ingenuamente de lo más pro- 
fundo de su alma, quedan para siempre grabados en 
la del lector. Y véase lo que el mismo coloso dice 
de su manera de componer: "No he escrito en mi 
vida sino brevísimas y cortas poesías. Al escribir 
no he seguido más que una inspiración ó frenesí, 



376 



Estudios v Artículos 



sobreviniendo el cual, en dos minutos terminaba el 
diseño y la distribución de la obra. Hecho esto, suelo 
siempre esperar que me vuelva otro momento de ve- 
na, y en volviéndome (lo que ordinariamente no su- 
cede sino depués de algunos meses), me aplico en- 
tonces á componer, mas con tanta lentitud, que no 
me es posible terminar una poesía, aunque brevísima, 
en menos de dos ó tres semanas. Este es mi método, 
y si la inspiración no me nace, más fácilmente se sa- 
caría agua de un tronco que un solo verso de mi ce- 
rebro". ¡ Y tantas medianías que temerían deshon- 
rarse confesando que una obra poética les ha costado 
lucha y sudores ! 

Hay, pues, verdadera y legítima inspiración, cuan- 
do una causa interna ó externa, afectando la sensibi- 
lidad del artista, le entusiasma, penetra y enamora, 
pone en movimiento sus facultades creadoras, y no 
le da punto de reposo hasta haberla realizado en for- 
ma artística y bella. Para ello es menester que el ar- 
tista, olvidado de sí mismo, se entregue por com- 
pleto á la idea, hecho ó sentimiento que le inspira, y 
venga á ser, en el momento de la producción, como 
la forma viva de su propio pensamiento. 

Otro error grave, que suele andar muy favorecido, 
es que el poeta, cuando está inspirado, procede de una 
manera inconsciente, y por una especie de iluminis- 



Apuntes estéticos 



377 



mo, en el que la reflexión no toma parte ninguna. 
Nada más desatinado. Si la luz de la inspiración es 
necesaria, no lo es menos que la reflexión sepa 
aprovecharla y distribuirla de un modo conveniente 
y propio. El espíritu humano no procede nunca, ni 
aun en las obras artísticas, por intuición, sino por 
elaboración. La reflexión, aplicada al asunto de que 
está lleno el poeta, descubre ideas nuevas que se des- 
prenden, si decimos, de las concebidas en el primer 
instante, desecha las superfluas, y aclara y purifica 
las que sólo se presentaban de una manera turbia y 
confusa, hasta ofrecerlas exteriormente nítidas, pu- 
ras, brillantes. Las doctrinas de Goethe á este respec- 
to, si bien peligrosas por las exageraciones á que 
podrían dar ocasión, encierran un gran fondo de ver- 
dad, y son dignas de que se las considere atentamen- 
te. Decía él que el modo más seguro y eficaz de do- 
minar por completo la materia artística, y sacar de 
ella todo el partido posible, era el mirarla con cierta 
frialdad é independencia, pues el excesivo amor y en- 
tusiasmo por una idea, ofuscando la vista clara y 
serena del artista, empañaba con humo humano la 
llama divina del espíritu creador. Y Schiller, natu- 
raleza entusiasta y ardorosa, aceptando estas ideas, 
escribía á su ilustre armero, en carta, lo siguiente: "Es- 
pero que estaréis satisfecho de mi manera de compo- 



Estudios y Artículos 



ner. 11c conseguido completamente mantener fuera 
de mí la materia, á fin de no preocuparme más que de 
La forma. Aun podría agregar que la materia no me 
interesa casi nada. Nunca hasta ahora había conse- 
guido asociar tanto ardor para el trabajo, con tanta 
frialdad para el asunto. Ahora trato los caracteres 
con un puro amor de artista. Sólo á dos de mis per- 
sonajes no puedo negar una afección personal, lo cual 
espero que no perjudicará el efecto del conjunto ". 
l ' Á la influencia de Goethe, observa Stapfer, co- 
mentando esta carta, se debe, en Guillermo Tell, el 
carácter del héroe, hombre de la naturaleza y del 
instinto, no de la reflexión, buen padre de familia, 
honrado y valiente montañés, pero ajeno á las con- 
sideraciones generales de política, de libertad, de 
patria 1 '. 

Por esto decía antes que la inspiración que pro- 
cede de una eminente potencia creadora, es más 
elevada y hermosa que la debida á una excitación 
momentánea, pues ella permite más fácilmente esa 
serenidad creadora que hace al artista dueño y señor 
de la materia que modela. " No es cierto, dice Hégel, 
que el artista no necesite tener conciencia de sí mis 
mo y de lo que ejecuta, porque en el momento de 
crear se halle en un estado particular de alma que 
excluye la reflexión, á saber, la inspiración. Sin duda, 



Apuntes estéticos 



379 



en el talento y el genio hay un elemento que sólo 
arranca de la naturaleza; pero es menester que sea 
desenvuelto por la reflexión y la experiencia. Por 
otra parte, todas las artes tienen un lado técnico que 
no se aprende sino por el trabajo y el hábito. El ar- 
tista necesita, para no ser detenido en sus creacio- 
nes, esa destreza que le hace disponer á su antojo de 
los materiales del arte. Hay más todavía : cuanto 
más alto está colocado el artista en la escala de las 
artes, tanto más debe haber penetrado en las profun- 
didades del corazón humano. En este concepto, hay 
diferencia en las artes. El talento musical, por ejem- 
plo, puede desenvolverse en la extrema juventud, 
aliarse á una gran mediocridad de espíritu y á la 
debilidad de carácter. No sucede así en la poesía. En 
ella, sobre todo, el genio, para producir algo ma- 
duro, substancial y perfecto, debe haber sido for- 
mado por la experiencia de la vida y por la reflexión. 
Las primeras producciones de Schiller y de Goethe 
llevan consigo una falta de madurez, un verdor sal- 
vaje y una barbarie bastantes á infundir espanto. 
En cambio, á su edad madura se deben esas obras 
profundas, llenas y sólidas, frutos de una verdadera 
inspiración, y trabajadas con esa perfección de for- 
mas que el viejo Homero ha sabido dar á sus cantos 
inmortales". 



Estudios y Artículos 



Si, entrando en otro orden de ideas, considera 
mos las diversas maneras de manifestación que el 
arte tiene, según la edad histórica por que atraviesa 
el espíritu humano, nos convenceremos todavía más 
de la necesidad imperiosa de la reflexión en el arte 
moderno. 

Entre tantas clasificaciones, ya estrechas, ya ar- 
bitrarias, que se han intentado dentro de la esfera del 
arte, hay algunas que tienen su fundamento en la 
historia y en la naturaleza misma de las cosas, y son 
por ello exactas y verdaderas. Una de ellas es la que 
divide el arte, según la edad histórica en que se 
manifiesta, en espontáneo y reflexivo. En las edades 
primitivas, cuando el espíritu humano está todavía 
en la infancia, y la análisis no ha penetrado en él 
de una manera profunda, la imaginación impera 
soberanamente sobre las demás facultades, y como 
es ella la facultad creadora por excelencia, el arte, 
en esa época, es eminentemente creador y fantasista. 
Por otra parte, el corazón del hombre-niño, lleno de 
candor y entusiasmo, y de sencilla ingenuidad, pone 
también en las obras de arte el sello de lo candoroso 
é ingenuo. Pero este estado dura poco. El ejercicio 
incesante del pensamiento va gradualmente volvién- 
dole, ora más profundo y análitico, ora más sutil y 
artificioso. Gana el arte en profundidad, en cultura, 



Apuntes estéticos 



38i 



en equilibrio, pero pierde en candor, en originalidad 
y frescura, y de rápido y apasionado se torna tran- 
quilo y meditabundo. La elevación, la fuerza que la 
razón pura adquiere, contamina al arte de filosofismos 
y de problemas áridos y abstrusos, y el culto por lo 
útil y conveniente menoscaba el amor de la belleza 
pura. De aquí el encanto que el verdadero artista ex- 
perimenta al estudiar los monumentos del arte pri- 
mitivo, aun cuando estén revestidos de tosca y áspe- 
ra corteza, y el que se los considere como fuentes 
eternas de fresca y espontánea inspiración. 

Ahora bien, el artista que, en una época de re- 
flexión y de cálculo, desee producir una obra de arte 
duradera, ha de procurar, desnudando su espíritu 
de cuantas ideas y afectos sutiles ó artificiosos se 
hayan aglomerado en él (¡ardua empresa y para po- 
cos!), acercarse en cuanto le sea posible á la senci- 
llez ingenua de la naturaleza, y basar sus creacio- 
nes en los elementos, simples y profundos á la vez, 
que forman la esencia del espíritu humano en todas 
las edades, de modo que lo natural y verdadero res- 
plandezcan en ellas. En una palabra, debe infundir 
en sus obras, por medio de la reflexión y de un estu- 
dio sabio y constante, lo que en el arte espontáneo 
era un resultado natural del estado en que el espí- 
ritu humano se encontraba. Y esto porque, á pesar 



S S2 



Estudios y Artículos 



de toda la cultura adquirida á través de los siglos, 
la voz do la naturaleza es siempre potente, y la 
única que debe y puede aquilatar las verdaderas 
obras de arte. Por esta razón, á medida que el genio 
de un artista es más poderoso y elevado, es también 
más simple é ingenuo, pues según la afirmación pro- 
funda de los filósofos escolásticos, á medida que el 
espíritu humano se eleva, comprende las cosas por 
menor número de ideas, hasta llegar á Dios, que 
con una sola idea lo comprende todo. 

Yerran, pues, lastimosamente los que, confundien- 
do el arte con el artificio, exclaman, en presencia de 
una obra en que se ve el esfuerzo y el estudio del ar- 
tista: "Es bella, pero hay demasiado arte." Justa- 
mente lo que falta en ella es arte, pues que se ha 
dejado ver. La dificultad estriba en que la obra antes 
semeje una producción espontánea que reflexiva. Del 
mismo modo, llevados de esta confusión de ideas, 
piensan muchos que en la literatura francesa (no 
hablo de muchas producciones del romanticismo, en 
que la extravagancia y el desorden han sido llevados 
al extremo : por otra parte, tampoco es esto una ver- 
dadera interpretación de la naturaleza] hay un gusto 
artístico más profundamente refinado que en las de- 
más, siendo así que la sajona le es superior en este 
concepto, pues que con esa amena libertad y desor- 



Apuntes estéticos 



3S3 



den, con esa desnudez algo ruda que en ella campean, 
sabe con más destreza que aquélla mostrar ingenua- 
mente la naturaleza, lo cual es, como he dicho, el 
ápice del talento artístico. 

Un ejemplo eminente de esto es Goethe. Véase el 
efecto que en él produjo la lectura de Homero en Pa- 
lermo, reflejado en la carta (16 de Mayo de 1786), 
que con este motivo dirige á Herder : "Una venda 
ha caído de mis ojos : hasta ahora las descripciones, 
las comparaciones de Homero no eran para mí sino 
bellezas poéticas; no sabía cuán naturales eran. Sí, 
las más extrañas ficciones del viejo poeta tienen una 
naturalidad de que no me había dado cuenta antes 
de encontrarme entre las realidades que las han ins- 
pirado. Tan acabada identidad entre la naturaleza y 
la poesía confunde nuestras costumbres modernas. 
Los griegos representaban las cosas simplemente : lo 
que nosotros pretendemos representar es el efecto de 
las cosas ; un objeto, por ejemplo, horrible ó gracio- 
so, los griegos se contentaban con hacerlo ver, deján- 
dolo producir por sí mismo la impresión de horror ó de 
gracia que nosotros procuramos insinuar en el estilo 
de nuestras descripciones. De esta preocupación de 
los modernos han surgido la exageración, el amane- 
ramiento, la afectación, lo hinchado. Cuando se tien- 
de al efecto, nunca se cree hacerle sentir demasiado". 



Estudios y Artículos 



Desde entonces, esa natural simplicidad, que tan 
profundamente le impresionara, fué el supremo ideal 
de su mente. La exquisita cultura de su espíritu, y su 
crítica reflexiva, en vez de impulsarle á lo sútil y 
complexo, le elevaron a lo natural y sencillo, cum- 
pliéndose en él por completo la máxima escolástica ; 
y este ideal supremo, poderosamente realizado por su 
genio maravilloso, dio por resultado, entre otras 
obras y fragmentos, Ifigenia en Táuride, y Hermán 
y Dorotea^ ese poema simple y puro como una con- 
cepción griega, el cual dio margen á que Schiller 
dijese del autor, que había alcanzado la cima del 
arte y de toda la poesía moderna. 



IV 



MATERIA ARTÍSTICA 



Dos procedimientos diversos puede observar el 
poeta, en cuanto á los materiales de que ha de echar 
mano para la realización de una obra bella. Ó bien 
puede tomar como base los sentimientos ó ideas 
generales de la humanidad, en sí mismos, ó bien la 



Apuntes estéticos 



manifestación de esos mismos sentimientos é ideas 
en los hechos culminantes de la historia. Ambos sis- 
temas son perfectamente legítimos; pero <cuál es 
preferible? ¿Cuál imprime á las creaciones artísticas 
un sello más duradero y profundo? Hé ahí el pro- 
blema, hoy más que nunca interesante, por la ten- 
dencia á lo humano y universal que en nuestro 
tiempo predomina, en relación con la naturaleza del 
arte, esencialmente apegado á lo determinado y con- 
creto. 

Dícese comunmente que para que una obra artís- 
tica pueda interesar por mucho tiempo á la humani- 
dad, es fuerza que sea informada, no por ideas y afec- 
tos pasajeros, sino por los que perennemente existen 
en el corazón y en el espíritu del hombre. Dedúcese 
de aquí que las obras que tienen por base un aconte- 
cimiento particular de la historia, llevan consigo un 
germen de irremisible decadencia ; en tanto que las 
sustentadas por ideas y sentimientos universales, en- 
carnados en tipos humanos, están destinadas á vivir 
eternamente. La premisa es á todas luces verdadera; 
pero la consecuencia, si bien, como veremos luego, 
algo de verdad encierra tocante á las producciones 
líricas, por lo que á las épicas, y á ciertas especies 
dramáticas y novelescas respecta, es una confusión y 
un error estético de primer orden. 

2) 



786 



Estudios y Artículos 



En efecto, prescindiendo de que, según quedó de- 
mostrado al tratar del fondo y de la forma, el poder 
del arte es tal, que hace inmortales las ideas que por 
medio de la forma han penetrado en su esfera, esos 
hechos históricos, que suelen dar pie á grandes con- 
cepciones artísticas, {no son ellos mismos la encar- 
nación solemne de sentimientos é ideas eternos y 
profundos? El levantamiento de España contra Napo- 
león, el de los suizos contra Gessler, el acto heroico y 
sublime de Guzmán el Bueno, ¿son otra cosa que la 
manifestación histórica de las más altas ideas, de los 
más grandes afectos, comunes á todas las razas civili- 
zadas, y por tanto destinados á levantar un eco sim- 
pático en toda alma bien nacida? En las obras de arte 
que esos hechos informan, el elemento humano { no 
estará, pues, íntimamente asociado al elemento his- 
tórico ? Se dirá, empero, ? que habiéndose manifestado 
el primero á favor de hechos determinados, aconte- 
cidos en edades pasadas y en pueblos diferentes del 
nuestro, su universalidad, y el interés con ella, queda 
empañada. Pero {se piensa acaso que en las creacio- 
ciones en que el elemento histórico, ó falta absoluta- 
mente, ó desempeña un papel secundario, lo humano 
se manifiesta por modo universal y absoluto? Los 
afectos y la imaginación, fundamentos esenciales del 
arte, {no varían, según las épocas y países, de inten- 



Apuntes estéticos 387 



sidad y colorido? Y siendo esto así, como es fuerza re- 
conocerlo, la manifestación estética de esas faculta- 
des, esto es, la concepción artística, ¿no ha de ofrecer 
distinta fisonomía y caracteres distintos? Así, ¿es 
concebible el tipo de Hamlet fuera de la raza sajona? 
¿Podría haber sido imaginado, no ya en una repú- 
blica sud-americana, pero ni siquiera por un escritor 
de la raza latina? Don Quijote, carácter humano y 
sin rival en ninguna literatura, ¿podría haber nacido 
fuera de España, y en otra época que la en que Cer- 
vantes le concibió? 

He dicho que la consecuencia errónea que vengo 
combatiendo tiene algo de verdad por lo que toca á 
las efusiones líricas. En efecto, como lo que el poeta 
lírico canta, cuando la inspiración le viene de fuera 
(y siempre sucede esto en mayor ó menor grado), no 
son los hechos en sí, sino la emoción que ellos des- 
piertan en su alma, no hay duda que su entusiasmo 
puede más fácilmente comunicarse á los demás cuan- 
do el hecho productor es reciente, que cuando no lo 
es. En este concepto, la poesía lírica inspirada por un 
estado de cosas transitorio, está expuesta á perder 
algo de sus encantos con el transcurso del tiempo. Así, 
el lamento de Lcopardi á Italia debía de causar en 
los italianos una impresión más eficaz cuando Italia 
gemía despedazada y rota, que hoy que se iergue al- 



Estudios y Artículos 



tiva y triunfadora. Los rayos de Quintana contra 
Napoleón habían de provocar necesariamente un en- 
tusiasmo mayor en los españoles de aquel tiempo, 
que en los de ahora. Otro tanto puede decirse de las 
canciones de Béranger. 

Con las producciones épicas, y con las dramáticas 
y novelescas del género histórico no acontece lo 
mismo. En ellas, cuanto más lejos de nosotros se 
halle el acontecimiento que encarnan (con tal que no 
caiga fuera de nuestra civilización, de nuestras ideas 
fundamentales de religión y moral), más adecuado 
suele ser para la creación poética. Y esto porque el 
misterio es un grande amigo del a te. Así, con 
sumo placer vemos á César ó á Guzmán el Bueno 
en las tablas ; pero nos repugnaría sobre manera el 
ver en ellas á Napoleón ó á San Martín. Y aun, para 
nosotros, fuera más aceptable que este último, Bolí- 
var, por cuanto le contemplamos más lejos, y la 
imaginación, tanto del autor como del público, puede 
desplegar más alto y libre vuele. 

No obstante lo dicho, las ideas nobilísimas, los hu- 
manos y profundos afectos encarnados en las gran- 
des creaciones líricas á que hace un instante aludía, 
así como su belleza de forma, que ni perece nunca, 
ni deja perecer lo que en ella se contiene, harán que 
los cantos políticos de Leopardi, las odas de Quin- 



Apantes estéticos 



tana, las canciones de Béranger y el canto secular de 
Horacio sean eternamente duraderos. 

Vese, pues, que así como en lo histórico se contie- 
ne lo humano, así también en lo humano se cont'ene 
lo histórico. Por manera que, decir que las obras ar- 
tísticas basadas en acontecimientos históricos, están, 
por el menoscabo del elemento universal y humano, 
destinadas á no interesar á pueblos y edades diferen- 
tes de aquellos en que fueron concebidas, es caer en 
una confusión enorme y lastimosa. 

Y aquí asoma naturalmente la controversia sobre 
el arte nacional. Dediquémosle un poco de atención, 
ya que para nosotros, pueblo naciente, y asaltado 
por tantas influencias extrañas, reviste grave y sin- 
gular importancia. 

El arte debe ser eminentemente nacional. El cos- 
mopolitismo, si en política es una utopía, es en el 
arte un absurdo. Quede lo absolutamente universal 
para las ideas puras. El secreto del arte, lo he dicho 
y lo repito, está en lo concreto y determinado, y por 
tinto reclama imperiosamente contornos y fronte- 
ras. Es esa su naturaleza, y el que de ahí lo arran- 
ca, lo falsea. 

No quiere esto decir que el arte nacional deba en- 
cerrarse en sí mismo, negándose á recibir elemen- 
tos extraños. Esto sólo podría aceptarse respecto de 



S'jo 



Estudios v Artículos 



un pueblo ó de una civilización que nada de común 
tuviera con las demás civilizaciones ó pueblos; pero 
no respecto de los que tienen un mismo origen, for- 
man parte de una misma familia, y sólo constituyen 
variedades de una misma raza, determinadas por la 
región que ocupan, por las instituciones que los ri- 
gen, por las modificaciones del carácter, y otras 
causas análogas. Aun los elementos de razas distin- 
tas, pero que con la propia guardan alguna relación ó 
vínculo, deben ser admitidos sin dificultad ninguna. 
En nuestra época, la nación que tiende á aislarse de 
las demás por un mal entendido espíritu nacional, se 
debilita y pierde sin remedio. Por lo contrario, la libre 
y plena admisión de las ideas, de la labor intelectual 
y moral de las demás naciones, templa y vigoriza en 
gran manera la savia nacional. El arte nacional debe, 
pues, ser amplio y generoso con los elemsntos extra- 
ños, tratando de comprender en sí, principalmente, 
los que son tradicionales y propios de la raza á que 
pertenece; pero á condición de que se los asimile y 
ponga en ellos el sello propio y genuino del pueblo 
en que se desarrolla. Si así mismo no se ve en él una 
fisonomía exclusiva y marcadísima, no debe esto 
atribuirse á falta de carácter nacional, sino á que la 
índole, las costumbres, la sociabilidad á que res- 
ponde, no se diferencian mucho de las de otras nació- 



Apuntes estéticos 



nes. Así, por más nacional quedarte sea en Portu- 
gal, es imposible que se distinga fundamentalmente 
del arte español : por nacional que sea el arte en los 
Estados-Unidos, se asemejará siempre mucho al arte 
inglés. En tales casos, el exagerado empeño ó pru- 
rito de poseer un arte esencialmente distinto del de 
pueblos con los que se tiene íntima relación y paren- 
tesco, sólo produciría un arte ficticio y amanerado, 
que no sería nacional, sino falso. Las condiciones y 
tendencias de la civilización actual, no consienten 
que el arte contemporáneo tenga un carácter tan 
estricta y profundamente nacional como en otras épo- 
cas. La comunicación material de unos pueblos con 
otros, cada vez más fácil y continua, que ha traído 
como inevitable resultado su mutua influencia; y los 
abismos que dividen el más trascendental pensar de 
los hombres, aun dentro de un mismo pueblo y fa- 
milia, son causas que hacen del todo imposible la 
aparición actual de esos poetas cuasi-impersonales, 
que transformaban en belleza suprema los ecos con- 
cordes y armoniosos de la conciencia nacional. 

Muy oronda anda por ahí la frase de que el arte, 
representación de la belleza, no tiene patria. Si con 
esto quiere significarse que la facultad creadora no 
es exclusivo patrimonio de ningún pueblo, es una 
perogrullada que no merece el tiempo que en cnun- 



39* 



I .'.s ludios y Arti en los 



ciarla se empica; pero si se pretende afirmar que el 
arte no debe estar íntimamente ligado con el pueblo 
que lo produce, es decir, si envuelve la doctrina del 
cosmopolitismo en el arte (¡ Dios nos libre de él eter- 
namente!), no es más que uno de esos dichos vulga- 
res y falsos, que inconscientemente repetidos por 
muchos que no quieren ó no pueden pensar por 
cuenta propia, pretenden pasar por axiomas merced 
á una engañosa amplitud y generosidad de miras. 
No ; el arte, genuina representación de las ideas y 
sentimientos de un pueblo, reflejo fidelísimo de su 
carácter, costumbres y aspiraciones, tiene y debe 
tener patria, más que cosa alguna en el mundo. El 
que de ello quiera convencerse, no tiene más que 
recorrer con criterio ilustrado el arte antiguo y mo- 
derno, é indagar si la literatura francesa del siglo de 
Luis XIV hubiera podido brotar en Inglatera; si la 
literatura española (una de las más señaladamente na- 
cionales, como en alabanza suya lo hace notar Schlé- 
gcl en su historia de la literatura), hubiera podido 
florecer en Alemania ; si, finalmente, la literatura 
griega sería comprensible en los tiempos modernos, 
ni fuera del pueblo heleno. Lejos de eso, cada cual 
tiene su carácter señalado, así por la índole, creen- 
cias y costumbres de esas naciones, como por la edad 
histórica en que se han manifestado. 



Apuntes estéticos 



393 



Y no se crea, como piensan algunos, que el arte sólo 
puede ser nacional cuando es objetivo , y que el poe- 
ta lírico, que canta sus propias impresiones, no pue- 
de dar á sus obras colorido local. Fuera de que, en la 
inspiración lírica, la objetividad entra por mucho, 
pues lo que á menudo la excita son los objetos exte- 
riores, ya de la naturaleza que rodea al poeta, ya de 
las acciones de que es testigo, ó que en la historia de 
su país encuentra; las mismas sensaciones inter- 
nas del poeta lírico, sus más recónditos afectos, tie- 
nen intensidad y colorido diversos según el país y la 
época en que florece. En este caso, si el poeta es in- 
genuo, si sinceramente dice lo que siente ypiensa, será 
nacional, y lo será su obra, aun cuando en ella no 
pinte la naturaleza, ni ensalce glorias nacionales, ex- 
presando tan sólo lo que como hombre siente y 
piensa, sea que ame ó aborrezca, que afirme ó nie- 
gue, que maldiga ó espere. De donde se deduce (y 
aquí quería llegar), que el poeta que rompa con las 
ideas prestadas, con los sentimientos alambicados, 
ajenos á su alma, con las frases hechas, con las des- 
cripciones ó pinturas convencionales de la natura- 
leza, aprendidas en los libros, y cante simplemente 
lo que piensa, y siente, y ve, y más directamente le 
entusiasma, ese será un poeta nacional en el lato 
significado de la palabra, sin que para ello necesite 



394 



Es ludios y A rt i c u los 



rebajar su numen ni su estilo hasta lo pedestre y 
arrastrado, con el fin de que le aprecie y entienda 
el inmenso vulgo (hablo del de la inteligencia, que 
es el peor), que, por más que se afane, será siempre, 
en punto á belleza y sentido estético, ciego y sordo 
como tapia, por implacable condenación del destino. 

Y esta es la razón de ser, fundamental, de lo nacional 
en el arte. En toda obra de arte verdaderamente na- 
cional, á lo rebuscado y falso sustituye lo verdadero 
c ingenuo ; á lo convencional, la observación directa; 
á lo ajeno ó prestado, lo natural y propio. Así, ciarte 
nacional es legítimo y necesario, porque en él las cua- 
lidades primordiales de toda creación artística, verdad 
y naturalidad, resplandecen con brillo infinitamente 
superior al del arte sin patria. Nace de aquí que en 
vez de desagradarnos, ó sernos indiferentes, las obras 
nacionales de otros pueblos, son las que más nos en- 
cantan y seducen. Y aun sucede que nos gustan más 
todavía las que son reflejo de una determinada lo- 
calidad, perteneciente á una nación extraña, pues 
aunque no nos sea dado valorar toda la verdad de las 
descripciones, de los caracteres, etc., todavía descu- 
brimos en ellas una naturalidad, aroma y frescura ex- 
quisitos, que sólo puede obtener el poeta cuando tras- 
lada á su obra lo que más íntima y directamente le ro- 
dea. Así se explica que El sabor de la lierruca, de 



Apuntes estéticos 



39¡ 



Pereda, una de las más admirables obras que se han 
escrito en España en lo que va de siglo, con ser la pin- 
tura local de los paisajes, costumbres y tipos montañe- 
ses, encante y enamore á las personas de gusto deli- 
cado en muy diversas y lejanas regiones. Esto con- 
siste en que, si el pensamiento, en sus ambiciosas ex- 
pansiones, tiende á preocuparse más de la patria que 
de la familia, más del mundo que de la patria, más 
del universo que del mundo ; el sentimiento, vida 
y alma de las obras artísticas, ganando en intensidad 
loque pierde en extensión, procede en sentido con- 
trario, y más que el universo ama el mundo, más que 
el mundo, la patria, más que la patria, la familia. 



DERECHOS DE AUTOR (i) 



Al Dr. D. Félix Martin y Herrera. 

PRELIMINAR 

l tema que me propongo estudiar en este bre- 
ve trabajo es vasto, complicado y difícil. El 
mundo del espíritu es su campo, y su objeto 
los resultados del puro y libre ejercicio de las más altas 
facultades humanas. Nace precisamente de aquí la di- 
ficultad de someter los derechos intelectuales á reglas y 
clasificaciones jurídicas, y de distinguir con exacto cri- 
terio la idea general, de la forma concreta, y ambos de 




(i) Tesis presentada á la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales 
para obtener el grado de doctor en jurisprudencia. 



Estudios y Artículos 



los objetos materiales á que, para su manifestación ex- 
terna y duradera, necesariamente se incorporan. Ade- 
mas, las diferencias y analogías, unas y otras impor- 
tantes, que existen entre estos derechos y otros ya bien 
estudiados y establecidos, en cuanto á su naturaleza, 
caracteres y condiciones, hacen especialmente arduo 
su estudio; pues, una de dos : ó se similan aquéllos á 
éstos, vaciándolos en sus moldes y sometiéndolos á 
sus reglas, y se tropieza entonces con inconvenientes 
insuperables, ó se los estudia en sí mismos, clavando 
en ellos una mirada penetrante, hasta dar con una 
clasificación y reglamentación naturales, que de ellos 
espontáneamente deriven. Esto último es indudable- 
mente más científico, y, en realidad, lo único acepta- 
ble; pero requiere un esfuerzo digno de tan grande 
empresa, y el largo y profundo pensar de las inteli- 
gencias superiores. 

Por desgracia, hasta ahora sólo existe, como efecto 
de tantas dificultades, una discordancia de pareceres 
verdaderamente lamentable, entre los más distingui- 
dos escritores, economistas y jurisconsultos que, de 
un siglo acá, vienen tratando la materia. No es poca 
parte, á mi juicio, para fomentar tal desacuerdo, lo 
mucho que este grande asunto apasiona y enfervori- 
za los ánimos, empañando en ocasiones la claridad 
del juicio, turbando la serenidad del espíritu, y me- 



Derechos de autor 



399 



noscabando la sinceridad é imparcialidad con que 
deben pesarse y compararse las razones opuestas que 
surgen de tan complicados problemas. 

Esta misma diversidad de opiniones, que parece 
incitar á la imaginación á lanzarse en busca de solu- 
ciones y sistemas, y el interés que despiertan, y la 
importancia y trascendencia, cada día mayores, que 
adquiere esta clase de derechos, anteriormente desco- 
nocidos ó descuidados, me han decidido á tomarlos 
por tema de esta disertación ; pero como ni la na- 
turaleza y objeto de la misma, ni el cortísimo tiempo 
de que me es dado disponer en estos momentos, me 
permiten intentar un estudio detenido y completD, 
fuerza será encerrarme en menos ambiciosos límites, 
procurando tan sólo comprender en ellos todos los 
puntos esenciales y de carácter general que dominan 
fundamentalmente la materia. 

Dejo, pues, de lado todo lo qué se refiere á inventos 
industriales, pues aunque entren en la denominación 
general de derechos intelectuales, pertenecen á una 
categoría inferior, y dan lugar, según veremos al to- 
carlos incidentalmente, á muy diversas conclusiones. 
Tampoco haré mérito de las obras artísticas, cuya 
asimilación á las literarias, en lo que se refiere al de- 
recho de reproducción, es, exceptuando la música, 
bastante discutible, y da origen á una cuestión dis- 



Estudios y Artículos 



tinta. Mi propósito es, únicamente, estudiar los de- 
rechos de los autores sobre las obras literarias. 



I 

EXISTENCIA DE LOS DERECHOS DE AUTOR 

Una obra literaria, en la acepción más amplia déla 
palabra, es la manifestación exterior de una serie de 
pensamientos, por medio del lenguaje. ¿ Tiene el au- 
tor derecho sobre su obra? i Cuáles son ellos? Hé 
ahí las primeras cuestiones que necesitamos dilucidar, 
para dar un fundamento sólido al desenvolvimiento 
de esta materia. 

Desde luego, es menester distinguir entre la obra y 
el manuscrito, primera determinación individual de 
aquélla. Aunque el manuscrito llegase á perecer antes 
de haber sido comunicado á ninguno, la obra podría 
seguir existiendo, con su mismísima expresión y con- 
diciones externas, en la mente del autor, de cuya vo- 
luntad dependería el tornarla á fijar en caracteres 
sensibles. Ahora bien, respecto del derecho del autor 
sobre su manuscrito, ni hay ni cabe cuestión alguna. 
Todo el mundo reconoce en él una verdadera propie- 



Derechos de autor 401 



dad, de la cual puede disponer á su antojo. El des- 
acuerdo comienza con la comunicación de la obra por 
medio de la reproducción tipográfica, que la arroja de 
un golpe en las poderosas corrientes de la publicidad 
y del comercio. Examinemos rápidamente las prin- 
cipales opiniones. 

Proudhon, el más célebre, y sin duda alguna el 
más temible, entre los adversarios de los derechos 
permanentes del autor sobre su obra, una vez pu- 
blicada, afirma que, del punto de vista económico, 
no cabe distinción entre los productos materiales y 
los llamados productos inmateriales, y que tal simi- 
litud, aceptada por muchos de los mismos sostene- 
dores de la propiedad literaria, lejos de justificar, 
como ellos pretenden, esta propiedad, lleva derecha- 
mente á negarla. No hay duda, dice, que al produc- 
tor le pertenece su producto, y su valor nace de que 
puede ser cambiado, pagado por otro; pero de cual- 
quier clase que este producto sea, nada hay en él 
que descubra una verdadera propiedad, en el senti- 
do de un fondo producidor de renta, ni puede con- 
fundirse el productor con el propietario, títulos di- 
ferentes y muchas veces opuestos. "Remontando á 
los principios de esta producción, lbgamos á dos 
términos de cuya combinación ha resultado el pro- 
ducto: por un lado, el trabajo; por el otro, un fundo, 

26 



Estudios y Artículos 



que para el cultivador es el mundo físico, la tierra, y 
para el hombre de letras el mundo intelectual, el es- 
píritu. Habiendo sido repartido el mundo terrestre, 
cada una de las partes de donde los cultivadores re- 
cogen sus cosechas se ha llamado propiedad raíz, 6 
simplemente propiedad, cosa muy distinta del pro- 
ducto, puesto que es preexistente... Bien veo, en lo 
que al escritor concierne, el producto; pero ¿dónde 
está la propiedad ? i Dónde puede estar ? i Sobre qué 
fundo la estableceremos? ¿Repartiremos el mundo 
del espíritu á la manera del mundo terrestre? " Más 
adelante añade: "Las leyes del cambio son que los 
productos se cambian los unos por los otros; que su 
evaluación ó compensación se efectúa en un debate 
contradictorio y libre, designado por las palabras de 
oferta y demanda; que operado el cambio, cada cam- 
bista se hace dueño de lo que ha adquirido, como lo 
era de su propio producto, por manera que, realizada 
la entrega y consumado el cambio, las partes nada 
se deben" (i). 

Aunque toda esta ingeniosa argumentación va diri- 
gida contra los que ven, erróneamente, en los dere- 
chos de autor una verdadera propiedad, no es posi- 
ble desconocer que, en el fondo, ella contradice todo 



(i) Proudhon, Les Majorats littéraires. 



Derechos de autor 



403 



derecho pecuniario permanente, todo vínculo jurídi- 
co entre el escritor y su obra ya publicada. 

El pecado original de este razonamiento consiste 
en no distinguir, en un producto determinado, lo 
material de lo espiritual, el libro, que se vende, de 
la obra, que sigue perteneciendo al autor. Proudhon 
mismo, contradiciéndose extrañamente, reconoce que 
"la ley que rige el espíritu no es la que rige la mate- 
ria. Tanto valdría someter las aves del paraíso al ré- 
gimen de las hienas y chacales ". Por lo demás, la 
confusión indicada es común á muchos economistas, 
vanamente empeñados en sujetar, fundándose en vi- 
ciosas analogías, el mundo intelectual á las leyes y 
principios económicos, con la teoría falsa y absurda 
de los bienes ó productos inmateriales. Según ellos, 
es propio decir que el médico vende sus recetas, el 
abogado su defensa, el diputado sus deliberaciones, 
el juez sus fallos y sentencias; según ellos, una inte- 
ligencia preparada es un capital, y el raciocinio un 
producto. Pero, evidentemente, esto es sustituir á un 
tecnicismo exacto y científico, un lenguaje impropio 
y metafórico, adecuado sólo para introducir en la 
ciencia la confusión más deplorable. No se concibe 
cómo pueden venderse un conocimiento ó idea, per- 
maneciendo, como permanecen, en la inteligencia 
que los expende, más claros, más firmes, mejor pe- 



Estudios y Artículos 



seidos que antes. Eso sería dar y retener, cosa con- 
tradictoria y opuesta á las leyes del cambio (i). 

No ; económicamente hablando, no hay más que 
bienes ó productos materiales, cosas tangibles, cor- 
póreas, aptas para venderse ó cambiarse, ya sea 
una mesa ó un libro, y en las euales, aunque por di- 
versa manera, y en distintos grados, interviene ne- 
cesariamente la inteligencia. Sólo cuando la activi- 
dad intelectual se materializa, penetra en los domi- 
nios económicos. Está, pues, en Jo justo Proudhon al 
afirmar que no hay sino una sola clase de productos 
económicos; pero se equivoca al confundir el libro, 
producto económico, sobre el cual, una vez vendido ó 
cambiado, no puede conservar el autor derecho algu- 
no, con la obra, producción ó creación intelectual, 
independiente del papel y la tinta por cuyo medio se 
fija y se conserva. Ahora bien, así como el que vende 
el libro, no vende la obra, tampoco paga ésta el que 
compra aquél. El que construye un arado, cuya forma 
es conocida y de libre reproducción, sólo tiene dere- 
cho sobre el objeto material que ha fabricado, sin 
que sea posible abstraer ó separar el uno del otro. 

(i) Muchas otras consideraciones concluyentes pueden aducirse en 
contra de los soñados bienes inmateriales : yo sólo puedo tocar aquí in- 
cidentalmente el punto. 



Derechos de autor 



Su inteligencia ha intervenido, sin duda, pero de un 
modo puramente reproductivo, imitando punto por 
punto lo que otros muchos han hecho y otros mu- 
chos pueden hacer. Es un simple trabajo de copia, 
para el cual se requieren algunos conocimientos. Se 
deduce de aquí que la venta del arado importa para 
el fabricante la transmisión absoluta de todo su de- 
recho. Con el libro sucede una cosa muy diversa. Á 
más del derecho de propiedad que el autor tiene so- 
bre su manuscrito, y sobre cada uno de sus ejempla- 
res impresos no vendidos, existe entre el autor y la 
obra un vínculo íntimo y personal, y, por consiguien- 
te, inviolable y sagrado. Nadie sino él ha podido en- 
gendrarla; nadie sino él tiene el derecho, que de 
aquel vínculo deriva, de transformar la produc- 
ción intelectual en producto económico \ nadie sino 
él, ó la persona que de él tenga su derecho, puede 
reproducirla. En este sentido, es exacto lo que se ha 
dicho, que el autor vende el goce intelectual, no el 
goce comercial de su obra. 

Se insiste, sin embargo, en este punto, diciendo que 
el que compra un libro adquiere sobre él un derecho 
inconiieional y absoluto ; que, por consiguiente, pue- 
de comunicarlo á otro, ya prestándolo directamente, 
ya por medio de copias. Nada importa al caso que es- 
tas copias sean manuscritas ó impresas. Los que así 



listadlos v Artículos 



razonan, olvidan que el préstamo es gratuito y la 
venta no lo es. El préstamo, además, aunque se haga 
por medio de copias (operación inverosímil cuando 
se trata de un libro que puede comprarse impreso), 
no perjudica siempre al autor, pues, necesariamente 
limitado, sirve muchas veces para hacer conocer la 
obra y facilitar su venta; y aunque le perjudique, no 
entraña una violación directa y tangible de su dere- 
cho de explotación comercial, sino un hecho privado, 
de represión imposible, y, por consiguiente, de tole- 
rancia necesaria. 

Supóngase que el autor, en vez de publicar su obra 
y vender los ejemplares en librería, cobra un tanto á 
todo el que quiera leer el manuscrito en casa de él. 
En tal caso «i no es simplemente el goce intelectual 
de la obra lo que el autor ha querido vender y el lec- 
tor ha querido comprar? i Tendría derecho este úl- 
timo para reproducirla obra y comerciar con ella ? Y 
si la negativa es evidente; i qué importa que el autor, 
en vez de comunicar su producción por ese medio, 
escoja el más provechoso y cómodo que le ofrece la 
imprenta ? i Cambia esto, acaso, la naturaleza de las 
cosas? En verdad, sería absurdo que siendo la repro- 
ducción el medio que el autor tiene de sacar provecho 
de su obra, cualquiera, sin vínculo alguno con ella, 
pudiera hacer otro tanto, perdiendo aquél su derecho 



Derechos de autor 



407 



pecuniario, precisamente por haberlo puesto en ejer- 
cicio. " En razón del derecho moral de los autores y 
artistas, dice muy bien Darras, en su nueva y exce- 
lente obra (1), no atribuímos á la comunidad el dere- 
cho pecuniario que les es también reconocido. Exis- 
te entre estos derechos solidaridad tan íntima, que 
ejercer el derecho pecuniario sin consentimiento del 
interesado, entraña necesariamente una violación del 
otro derecho ". 

Con fundamentos de otro orden se ha pretendido 
negar la existencia de los derechos de autor. Su refu- 
tación, ya por muchos victoriosamente verificada, no 
ofrece dificultad alguna. 

Uno de los más conocidos es el de la cooperación ó 
colaboración social. El escritor, se dice, toma del fon- 
do común de las ideas de la sociedad en que vive los 
elementos de sus obras, que él luego combina y ex- 
presa de una cierta manera. Las ideas que tiene, las 
debe, más ó menos directamente, al estado general 
de civilización y cultura de la sociedad en su tiempo, 
y aun lo que le es más personal, la concepción y la 
hermosura de formas de sus creaciones artísticas, han 
surgido resplandecientes de su espíritu merced á los 

(i) Des droits intellectuels. Du droit des auteurs et des artistes. 
París, 1887. 



Estudios y Artículos 



ensayos tímidos y confusos de los que le han precedi- 
do, á la lengua, que encuentra ya formada, nítida y 
transparente, al calor y tumulto de la vida que á su 
alrededor ha sentido, al estudio y contemplación de los 
grandes modelos y á la pureza y elevación del con- 
cepto estético que domina su época. Todos han cola- 
borado en su obra; ella debe caer, más ó menos pron- 
to, bajo el dominio de todos. 

Por muy ciertas que sean las consideraciones ex- 
puestas, por mucho que se las encarezca y extienda, 
la conclusión que de ellas se saca es de todo punto 
inadmisible. La colaboración social, con efecto, no 
impide que la obra literaria sea la más íntima y per- 
sonal de todas, ni que la coordinación y encadena- 
miento de las ideas, y su expresión por la palabra, for- 
men un conjunto nuevo, que sólo al autor debe su 
existencia, y á nadie, sino á él, puede deberla. La 
colaboración social existe en cuanta obra realiza el 
hombre civilizado. El que cultiva su campo, el que se 
sirve de la electricidad, el que construye una máquina, 
el que se enriquece por medio del crédito, todo el que 
trabaja racionalmente, pone á contribución los ele- 
mentos que la sociedad le ofrece, sin los cuales poco 
ó nada valdrían sus afanes. ¿ Ha soñado alguno dis- 
putarle, por ello, su derecho perfecto al resultado de 
su trabajo, á los bienes que componen su patrimonio? 



Derechos de autor 



409 



(Y cómo han de admitirse principios diferentes con 
respecto al escritor, que impone más enérgicamente 
que nadie el sello de su personalidad sobre sus obras? 
Además, el autor no disminuye en nada ese fondo co- 
mún tan decantado, antes lo enriquece y aumenta, 
y así se va formando precisamente ese fondo. <¿ Por 
qué se ha de pagar á la sociedad una cosa de que ella 
no se desprende ? Los elementos de que el escritor se 
ha servido continúan á disposición de todos. La so- 
ciedad no puede, por consiguiente, reclamar parte 
alguna, ni invocar sobre la obra ningún derecho, co- 
mo no lo tiene el dueño de las flores sobre la miel 
que con el zumo de ellas fabrican las abejas del ve- 
cino. 

Proudhon ha combatido también con elevadas con- 
sideraciones estéticas y morales el derecho pecuniario 
del autor sobre sus obras. Según él, de las cosas que 
entran en el comercio de la humanidad, que son ob- 
jeto de nuestra actividad incesante, y á las cuales atri- 
buímos un valor, unas, por su naturaleza y destino, 
son venales : tales son los productos de la industria, 
destinados al consumo físico, los cuales forman la ca- 
tegoría de lo útil ; otros, también por su destino y 
naturaleza, no son venales : en este número se cuen- 
tan las producciones del arte y la literatura, encami- 
nadas á nuestro perfeccionamiento intelectual y mo- 



Estudios y Artículos 



ral : ellas pertenecen á la categaría de lo santo, de lo 
justo, de lo verdadero y de lo bello. " Lo ideal, tanto 
en la esfera de la conciencia como en la esfera de la 
vida, he ahí lo que constituye la dominante del pro- 
ductor literario, a la inversa del industrial, cuya domi- 
nante es la utilidad". La religión, la justicia, la verdad, 
la hermosura no tienen precio, se deben gratuitamente 
a la humanidad. La literatura, que tiene por objeto 
estas cosas, que guía, instruye y embellece á los hom- 
bres, participa de su naturaleza y no debe tampoco 
venderse. Lo contrario la despojaría de su carácter 
sagrado, envilecería la inspiración, y despertando un 
absurdo mercantilismo literario, la convertiría en una 
mera industria lucrativa. Es necesario, sin duda, que 
los autores vivan ; pero les está prohibido traficar. 
No tienen, pues, derecho pecuniario sobre sus obras, 
no pueden comerciar con ellas; pero es justo acordar- 
les una subvención, un socorro, una indemnización." 

No es posible desconocer la elevación de esta doc- 
trina, verdaderamente seductora; pero el sentimien- 
to deslumbrador y generoso que la envuelve y defien- 
de, no debe impedirnos descubrir su poco sólido fun- 
damento. Hay en ella un sofisma, que estriba en 
valerse del respeto desinteresado, que lo santo, lo 
justo, lo verdadero y lo bello inspiran, para asimilar 
á su naturaleza, atribuyéndole idénticos caracteres, 



Derechos de autor 



el libro en que se discurre, más ó menos acertada- 
mente, acerca de esas ideas, ó que resulta del amor 
y la veneración que ellas infunden. Entre la venali- 
dad de la religión ó del arte, y la de un libro en que 
se trata, quizá indignamente, del uno ó la otra, hay 
un abismo que el más vulgar sentido puede descubrir. 
No hay duda que el trabajo del escritor es de un orden 
elevado y trascendente, civilizador é iluminador por 
excelencia, ni la hay de que la sociedad obtiene de la 
literatura inmensos y superiores bienes ; pero no veo 
cómo de aquí pueda deducirse que ese trabajo y esos 
bienes, por su misma fecundidad y excelencia, no han 
de engendrar ningún derecho y han de quedar impa- 
gos. El mercantilismo literario es una vergüenza y 
un absurdo ; muchos escritores hay que adulan al 
pueblo y estimulan sus instintos groseros, ó sus gus- 
tos imperfectos y rutinarios, á fin de hacerse po- 
pulares y obtener copiosa venta de sus libros (no 
es otra la principal causa de la cínica y bastarda li- 
teratura francesa de nuestros días) ; pero el abuso 
que tales autores hagan de su derecho no autoriza 
en lo más mínimo la supresión del derecho mismo. 

La subvención, la indemnización, el socorro, pro- 
ducirían, además, mayores males, pues importando 
necesariamente una protección oficial, nos haría re- 
troceder al tiempo de los Mecenas, de las adulacio- 



Estudios y Artículos 



nes literarias que deshonran las obras inmortales de 
Horacio y de Virgilio, sistema que sería hoy mil 
veces más funesto que entonces, por el carácter de 
los tiempos. Verdad es que Proudhon encarga al 
público mismo de esc cuidado, acordando al autor 
un privilegio temporario y personal sobre sus obras ; 
pero tal arbitrio hecha por tierra su teoría, pues no 
pudiendo obligarse al público á que compre todas 
las obras que se publiquen, adquirirá las que le agra- 
den y desechará las otras, aunque sean mejores, con 
lo cual vendrá á suceder que quedarán pagas muchas 
obras malas, y sin subvención muchos autores bue- 
nos. 

Resultado de todo ello sería que nadie querría 
dedicarse á una profesión á la que ni se acuerdan 
garantías ni se reconocen derechos ; y que por 
mantener la producción literaria en esferas ideales, 
incompatibles con las ásperas realidades de este 
mundo, se habría atentado contra ella, contra sus 
bien entendidos intereses, y por lo tanto, contra el 
perfeccionamiento de la sociedad misma, que de ella 
tan superiores beneficios alcanza. La idea de la glo- 
ria, sobre que tanto se declama, no basta para hala- 
gar á todos, ni todos, sino muy pocos (aquellos 
quos equus amavit Júpiter), no obstante ser muy 
capaces de componer obras útiles, podrían racional- 



Derechos de autor 



4*3 



mente acariciarla. "Dicen (exclama Beaumarchais, 
en una de sus memorias contra los actores), que no 
es digno de los autores pleitear por el vil interés, 
ellos, que se precian de aspirar á la gloria. Razón 
tienen, la gloria es atrayente; pero olvidan que, 
para gozar de ella tan sólo un año, la naturaleza 
nos condena á comer trescientas sesenta y cinco ve- 
ces ". 

De la exposición y crítica que antecede puede ya 
fácilmente deducirse la existencia de los derechos que 
competen al autor sobre su obra, y determinarse 
cuáles son esos derechos. 

Siendo la obra una producción ó creación del autor, 
una determinación de su inteligencia, un reflejo de 
su personalidad, sin la cual aquélla no existiría ni 
podría nunca existir, es evidente que entre el uno y 
la otra hay un vínculo eterno, una indivisibilidad 
absoluta, contra la cual ni al autor mismo le es po- 
sible atentar. El respeto debido á la inteligencia, á 
la libertad, á la personalidad del hombre, debe, pues, 
extenderse á lo que no es sino la actividad y la ma- 
nifestación íntima de ellas, actividad y manifesta- 
ción como ellas inviolables y sagradas. Este vínculo 
engendra un doble derecho, que participa, en cuanto 
á su fuerza y energía, de la naturaleza de aquél. 
Así hallamos, en primer lugar, un derecho moral, 



4'4 



Estudios y Artículos 



en virtud del cual sólo el autor puede poner su firma 
en los ejemplares de su obra, corregirla, modificarla, 
y aun retirarla de la circulación, sin condición ni 
limitación alguna, siempre y cuando lo tenga por 
conveniente. Cualquier atentado contra este derecho 
y sus múltiples manifestaciones, importa un atenta- 
do contra su personalidad misma. 

En segundo lugar, deriva del vínculo de que an- 
tes hablaba, un derecho pecuniario, en cuya virtud 
el autor puede impedir á todos la explotación comer- 
cial de su obra, reservándose exclusivamente el de- 
recho de reproducción (copyright), con el fin de lo- 
grar todos los beneficios que ella puede producir, 
según la estimación y aprecio que al público me- 
rezca. El trabajo intelectual que la obra representa 
contribuye á robustecer y consagrar este derecho, 
pero no le es esencial. Aunque no hubiese mediado 
trabajo alguno, el derecho pecuniario existiría, pues 
cada uno puede aprovecharse de las facultades que le 
ha concedido la naturaleza. En la práctica, sucedeque 
obras que cuestan largos años de labor paciente que- 
dan impagas por el desvío del público ; al paso que 
otras, escritas con espontánea facilidad y en corto es- 
pacio de tiempo, dan al autor un caudal. El trabajo, 
bien que sea el medio más noble para la adquisición 
del derecho pecuniario, y lo dignifique y refuerce, no 



Derechos de autor 



es necesario para fundarlo (i). Más adelante he de 
insistir sobre esto. 



II 

NATURALEZA Y CARACTERES DE LOS DERECHOS DE AUTOR 

La existencia de los derechos de autor es hoy ge- 
neralmente aceptada. Si hay alguien que todavía 
los niegue, puede afirmarse que su opinión no influ- 
ye en la legislación ni en la doctrina. 

No sucede lo mismo cuando se trata de determinar 
la naturaleza y caracteres de esos derechos. Aquí es 
aún grande el desacuerdo y apasionada la controver- 
sia, y las dificultades se aumentan considerablemen- 
te por las analogías y diferencias que, á un mismo 
tiempo, esos derechos ofrecen al compararse con 
otros. 

El derecho de autor < es un privilegio ? i Es un de- 
recho natural ó un derecho civil ? {Es un derecho 

(i) Darras supone necesaria la concurrencia del respeto á la perso- 
nalidad y del trabajo para fundar el derecho pecuniario. Yo considero 
errónea esta doctrina, ya se aplique al derecho de autor ó al derecho 
de propiedad. 



Estudios y Artículos 



de propiedad ? {Es un derecho de propiedad sui 
generis ? i Es un derecho de obligación, un ser- 
vicio fundado en un contrato tácito? i Es un dere- 
cho personal ? ¿Es un derecho sui generis ? En 
este último caso, i cómo ha de entenderse y carac- 
terizarse ? 

Hé ahí el cúmulo de interesantes cuestiones que 
se ofrecen á nuestro estudio. Todas esas diversas 
opiniones, tienen en su favor distinguidos y á veces 
eminentes sostenedores, y argumentos dignos de to- 
marse en cuenta. Procuraré discutirlas con la bre- 
vedad que ahora me es absolutamente indispen- 
sable. 

Privilegio. — Los que sostienen, con uno ú otro 
razonamiento, que la obra, una vez publicada, perte- 
nece irrevocablemente á la sociedad, reconocen, sin 
embargo, la necesidad de acordar una retribución al 
autor, que debe atender á las exigencias de la vida. 
Para armonizar ambas cosas, admiten un mero pri- 
vilegio en favor del escritor, en cuya virtud se le 
concede el uso exclusivo del derecho de reproducción 
por cierto número de años. El derecho de la socie 
dad comienza desde el día de la publicación, pero se- 
suspende temporariamente su ejercicio. 

Refutadas en el número anterior las doctrinas qeu 



Derechos de autor 



417 



sirven de base á la idea del privilegio, queda refuta- 
do este mismo, que no es sino la consecuencia de 
aquéllas. Sólo añadiré aquí que el privilegio supo- 
ne, forzosamente, la atribución á uno solo de lo que, 
con igual derecho, pertenece á todos, por lo cual 
siempre ha sido mirado como arbitrario y odioso. 
Pero es absurdo decir que todos tienen sobre una 
obra dada el mismo derecho que el que la produjo, 
y sin cuya voluntad nunca hubiera existido. Lo 
único que puede afirmarse es que este derecho se 
asemeja exteriormente á un privilegio, por la forma 
ó modo de su ejercicio. La ley, con efecto, al recono- 
cerlo y garantirlo, no hace más que prohibir á to- 
dos, menos uno, lo que, por la índole peculiar de 
la producción intelectual, todos podrían hacer simul- 
táneamente, sin perjuicio ni inconveniente alguno, 
si el derecho del autor no existiese. No sucede lo 
mismo con los derechos que recaen sobre cosas cor- 
porales. La naturaleza de las cosas pide aquí que 
la ley asegure á uno solo un derecho que en ningún 
caso podría corresponder á la sociedad entera. Esa 
analogía de forma (que en nada afecta al fondo) en- 
tre el privilegio y el derecho exclusivo de reproduc- 
ción, hace que algunos autores, no obstante su reco- 
nocimiento categórico de este derecho, lo designen 
con el nombre de privilegio ó monopolio de expióla- 



Estudios y Artículos 



ción. Ello nada arguye en pro de los que, en el 
fondo, sólo quieren ver un privilegio. 

Derecho civil, derecho natural. — Sostienen algu- 
nos que el derecho de autor emana exclusivamente de 
la ley civil, no de la ley natural. Se fundan en las 
siguientes consideraciones : i a El derecho de autor 
necesita, de una manera especial, para establecerse 
y conservarse, la protección y reglamentación de la 
ley. Para que sólo el autor tenga el derecho de 
reproducción, es necesario trabar la libertad natu- 
ral de los otros hombres de imitar, copiar ó repro- 
ducir la obra. Un derecho que no existe sino por la 
intervención de la ley, es, evidentemente, un derecho 
civil ; 2 a El instinto de imitación es natural á todos 
los hombres y es la fuente de todo progreso. El de- 
recho de autor, que, apoyado en la ley, contradice 
ese instinto, es meramente civil ; 3 a La publicación 
de la obra debe interpretarse como un verdadero 
abandono de los derechos que se tenían sobre ella. 
El autor ha llamado á todos á gozar de lo que exclu- 
sivamente le pertenecía. Para que después de esto, 
él solo siga teniendo el derecho de reproducirla, es 
de todo punto indispensable una sanción legal. 

Esta doctrina no se diferencia de la del privilegio 
sino en el nombre. Un derecho que no existe sino por 



Derechos de autor 



419 



el favor de la ley, por el beneplácito del legislador, no 
es más que un privilegio legal. Esto no obstante, 
quiero tomar en cuenta los nuevos argumentos adu- 
cidos. 

La necesidad de reglamentación, y aun la impor- 
tancia y carácter especial que ella tiene, por la natu- 
raleza peculiar del derecho que le sirve de base, no 
prueba en modo alguno que este sea un derecho pu- 
ramente civil. Si así fuera, todos los derechos serían 
civiles, pues todos necesitan ser reglamentados. 

La tendencia á la imitación tampoco tiene valor en 
este caso. No basta oponer á un derecho una tenden- 
cia natural, para demostrar que aquél es un simple 
derecho civil • sería necesario oponerle otro derecho. 
Además, entre la tendencia á la imitación y la copia ó 
reproducción de un libro, hay una distancia insalva- 
ble. 

En cuanto al abandono implícito que se supone 
hace el autor al publicar su obra, no se concibe que 
pueda admitirse contra la voluntad é intereses mani- 
fiestos del titular de ese derecho. La publicación es 
el único medio que el autor tiene de ejercer su dere- 
cho, y es absurdo que el ejercicio de un derecho oca- 
sione su muerte. 

Hemos visto que entre el autor y su obra hay in- 
divisibilidad absoluta ; que ella es como una emana- 



420 



Estudios y Artículos 



ción directa de su espíritu; que de este vínculo ín- 
timo c indisoluble nace el doble derecho que se 
reconoce al autor, y que el respeto de este derecho 
es consecuencia necesaria del respeto debido á la 
personalidad misma. Si estoes así, no hay ni puede 
haber derecho alguno que con más justo título pueda 
llamarse natural. La ley no puede hacer otra cosa 
que reconocerlo y garantirlo por todos los medios á 
su alcance, y su descuido en este punto significaría 
un grave é inicuo atentado contra la justicia y la per- 
sonalidad humana. 

Todos aceptan estas conclusiones en cuanto al 
derecho moral ; pero es evidente que ellas se extien- 
den al derecho pecuniario, el cual, según he demos- 
trado, tiene origen idéntico y se halla, además, 
robustecido y vivificado por el trabajo, cuyos efectos 
la ley no puede desconocer. Si el derecho de autor 
no fuese un derecho natural, menos podría serlo el 
derecho de propiedad, que recae sobre cosas corpo- 
rales distintas del hombre mismo, pues, como decía 
Luis d'Hericourt en su alegato en favor de los libre- 
ros de París, "¿qué bien puede pertenecer á un 
hombre, si la más preciosa porción de sí mismo, la 
que no perece, la que le inmortaliza, no le perte- 
nece? ¡ Qué diferencia entre el hombre, la substancia 
misma del hombre, su alma, y el campo que, en un 



Derechos de autor 



421 



principio, la naturaleza brindaba igualmente á to- 
dos, y que sólo se ha apropiado el particular por la 
cultura ! " 

Propiedad. — Gran número de jurisconsultos, eco- 
nomistas y escritores distinguidos han sostenido y 
sostienen que el derecho del autor sobre su obra es 
un verdadero derecho de propiedad. Alfonso Karr 
ha formulado esta opinión de un modo claro y preci- 
so, que ha llegado á ser célebre: "Decid que la pro- 
piedad literaria es una propiedad ; después callaos : 
dad paso al derecho comiLi". Esta idea, si bien tiene 
en su contra á la casi totalidad de los jurisconsultos 
alemanes, es en nuestros días la más extendida y co- 
rriente. Las indudables analogías que con la propie- 
dad común ese derecho presenta ; la facilidad con que 
de ese modo se le caracteriza y afirma, asimilándo- 
lo á un derecho ya bien conocido y estudiado, y la 
repugnancia de muchos juristas, demasiado apega- 
dos á los términos y clasificaciones tradicionales, á 
modificar, aunque sea enriqueciéndolo, el tecnicismo 
jurídico, son, á mi juicio, las principales causas que 
han dado curso ácsta doctrina, incorporándola á va- 
rias é importantes legislaciones. 

¿Es esta, como algunos quieren, una vana cuestión 
de nombre? No lo creo. La inexactitud en las pala- 



Estudios y Artículos 



bras, trac casi siempre inexactitud en las ideas, ya 
que con aquellas se representan éstas. Aplicar á una 
idea una palabra creada y destinada para significar 
otra distinta, aunque con ella guarde analogías, es 
introducir error y confusión en la doctrina, haciendo 
emanar de la primera consecuencias jurídicas que 
sólo derivan naturalmente de la segunda. 

Los sostenedores de la propiedad literaria obser- 
van, para abonar su doctrina, que el fundamento de 
la propiedad común está en el respeto de la persona- 
lidad humana y en la recompensa del trabajo. Si el 
hombre hace suyo el objeto producido por su trabajo 
material, {por qué no haría igualmente suya la obra 
que surge de su trabajo intelectual > La diferencia 
que existe entre una y otra especie de trabajo es de 
todo en todo favorable al que realiza la inteligencia 
pura, por más elevado, y más noble, y más bené- 
fico, y hasta por más dañoso, en sus resultados físicos, 
para el que lo lleva á cabo. Si esto es así, {cómo 
puede negarse el título de propiedad á la más alta, 
más justa y mejor fundada de todas las propiedades > 

Á este argumento principal, se añaden otras con- 
sideraciones para poner en plena luz la iniquidad 
que se comete despojando al autor de un derecho 
sagrado, tan necesario para su subsistencia personal 
y la de sus descendientes y herederos. 



Derechos de autor 



423 



Pero todas estas razones, si bien prueban que el 
derecho de autor es un derecho permanente, inviola- 
ble, de primer orden, no demuestra en lo más míni- 
mo que sea una propiedad, en el sentido jurídico de 
la palabra, que tenga iguales caracteres, que engen- 
dre sus mismas consecuencias. Los que eso dicen 
padecen una extraña ilusión. Se han persuadido de 
que no hay para los derechos de autor otra áncora 
de salvación, ni más puerto de refugio, que el dere- 
cho de propiedad. De ahí la tenaz porfía con que lo 
defienden, pues, hasta hace poco, enemigo de la pro- 
piedad literaria y enemigo de los derechos de autor 
eran expresiones equivalentes. 

Debo, pues, declarar que al combatir la propiedad 
literaria, sólo voy contra lo que conceptúo un grave 
error jurídico, un tecnicismo impropio, basado en 
viciosas analogías y bueno sólo para embrollar la 
discusión, introducir falsas nociones y originar con- 
secuencias funestas para los mismos derechos é inte- 
reses que con tan legítimo y ardoroso empeño se tra- 
ta de defender. Por lo demás, el derecho de autor es 
para mí tan claro, perfecto é indiscutible como para 
el más acérrimo secuaz de la propiedad literaria. 

Aun aceptando que el derecho de autor y el dere- 
cho de propiedad tengan por fundamento y origen 
comunes el respeto á la personalidad humana, y el 



4*4 



Estudios y Artículos 



trabajo, nada autoriza á concluir de ahí que pueda 
confundirse uno con otro. El respeto á la personali- 
dad sirve de base á muchos derechos que, como el 
ele libertad, igualdad, etc., son muy distintos del de 
propiedad, y no es este último derecho la única re- 
muneración que puede recibir el trabajo. El criterio 
para una clasificación científica de los derechos no 
debe buscarse en el origen ó fundamento de ellos, 
sino en la naturaleza de las cosas sobre que recaen, ó 
que forman su objeto. Cosas de naturaleza diferen- 
te engendran necesariamente derechos de naturale- 
za también diversa. Es esta la doctrina más auto- 
rizada y corriente. En tal caso, i cómo se pretende 
reunir en un mismo haz los derechos que tienen por 
objeto cosas corporales y los que recaen sobre cosas 
incorporales ? "La distinción entre lo material y lo 
espiritual", dice perfectamente Darras, "existe donde 
quiera; ella es la base de la mayor parte de los siste- 
mas filosóficos, y se la encuentra constantemente en 
las discusiones morales y religiosas. No puede ser 
extraña á la materia del derecho. ¿No tiene éste sus 
raíces en la filosofía misma ? " 

Pero tampoco es exacto lo que este autor admite, 
que el derecho de propiedad y el derecho de autor 
tengan una misma base. Aquél es un vínculo entre 
el hombre y las cosas del mundo corpóreo que le ro- 



Derechos de autor 



42$ 



deán, y se funda en dos razones de orden diverso, de 
las cuales una se refiere al sujeto, otra al objeto del 
derecho. 

El hombre no puede crecer y desarrollarse física ni 
intelectualmente, ni alcanzar en este mundo el fin 
para que ha sido creado, sin el concurso del mundo 
corpóreo, sin extender su personalidad sobre las co- 
sas materiales é imponer en ellas su sello de posesión 
y de dominio. Sin esto, sus facultades quedarían 
inactivas, estérilmente encerradas dentro de sí mis- 
mas, y ni siquiera le sería posible conservar la exis- 
tencia. Pero como el hombre tiene derecho á todo lo 
que le es indispensable para llenar sus deberes y 
cumplir su destino, resulta que lo tiene para servirse 
del mundo físico. 

Este derecho, sin embargo, podría no constituir 
■propiedad, no ser exclusivo, sino limitarse al goce y 
posesión en común, según se ha practicado en algu- 
nos pueblos antiguos y lo ha proclamado en la edad 
nuestra la escuela comunista. Pero la naturaleza de 
las cosas materiales, objeto de ese derecho, repugna 
esencial y profundamente á ese sistema. El carácter 
dominante de esas cosas es el ser apropiables, capa- 
ces de división y reparto, única forma en que pueden 
favorecer verdaderamente el desarrollo y perfecciona- 
miento del hombre. Cierto es que hay algunas entre 



4 26 



Estudios y Artículos 



ellas, como el aire, la luz y otros agentes naturales, 
que parecen, si se me permite la expresión, como el 
espirita de la materia, su parte más sutil é impal- 
pable, que no son divisibles ni apropiables, sino des- 
tinadas al uso común de la humanidad; pero, por eso 
mismo, nadie ha soñado nunca hacerlas objeto de un 
ilusorio derecho de propiedad. 

Tal es, pues, el doble y necesario fundamento de 
este derecho. Yo pregunto ahora, ¿ puede descubrirse 
algo semejante en los derechos del autor? ¿Existen 
esas mismas razones, sin cuyo simultáneo concurso 
el derecho de propiedad no tiene explicación ni justifi- 
cación posibles? El análisis nos demostrará lo con- 
trario. 

He observado en el número anterior que entre el 
autor y la obra existe un vínculo íntimo é indivisible, 
que nadie, ni la ley, ni él mismo, puede destruir, 
aunque ceda ó transmita los derechos que de él nacen, 
y en virtud del cual esa obra es su obra, sin que ja- 
más, en ningún lugar, ni en tiempo alguno, pueda 
dejar de serlo. Dije también que este vínculo, que 
hace del escritor y la obra como una cosa misma, 
surgen dos derechos perfectamente determinados: 
un derecho moral, ó sea la facultad de firmar, corre- 
gir, modificar y suprimir la obra, y de impedir que 
otro la firme, la suprima ó la altere en lo más mini- 



Derechos de autor 



427 



mo ; derecho que subsiste íntegro, no obstante cual- 
quier cesión del autor ; y un derecho pecuniario, ó 
sea el poder exclusivo de reproducirla, de explotarla 
comercialmente y recoger los beneficios á que pueda 
dar margen. 

Ahora bien, ¿cuál de estos elementos, que descu- 
bre el análisis en los derechos de autor, puede lla- 
marse un derecho de propiedad? 

¿El vínculo mismo, esto es, la relación entre el 
sujeto y el objeto ? Si tomamos la palabra propiedad 
en el sentido amplio que se la suele atribuir en el 
lenguaje común, claro está que á ese vínculo puede 
también aplicársele. Así, en la Memoria sobre la pro- 
piedad de las obras del espíritu, del congreso de 
Leipzig, se hace mérito de la definición de Carlos 
Teodoro Putter, según el cual, "con arreglo á los 
términos ordinarios del lenguaje, todo lo que puede 
ser atribuido á la persona, aun la ciencia misma del 
derecho, puede ser llamado propiedad, la cual com- 
prende el conjunto de los derechos civiles ". 

En esta acepción amplísima, la inteligencia, la 
voluntad, la sensibilidad de una persona, sus vicios, 
sus virtudes, tan inseparables de ella como la obra 
del autor, serían otras tantas propiedades de esa 
persona ; en tal sentido, y en otro orden de ideas, 
considerando como propiedad del hombre cuanto le 



Estudios y Artículos 



po tan-ce, lo sería una servidumbre, un derecho de 
usufructo, la patria potestad, ya que tales derechos, 
y cuantos otros se le reconocen, pueden legítimamen- 
te denominarse suyos. Así también una obra perte- 
nece al que la ha escrito, y es, por consiguiente, pro- 
piedad de su autor. 

Pero i es este el significado propio y jurídico de la 
palabra propiedad ? 

i Así la entienden y en esa acepción la emplean los 
tenaces sostenedores de la propiedad literaria ? i Có- 
mo admitir entonces una doctrina basada en el equí- 
voco á que el vocablo propiedad se presta, por sus 
múltiples significados ? 

No ; el vínculo que une al autor con su obra no es 
una propiedad, jurídicamente hablando ; no es el de- 
recho real que con tal nombre se designa, aunque 
ofrezca con él algunas analogías ; sino una relación 
superior á la propiedad misma. Los partidarios de 
la propiedad se contentan con poco. Ella supone un 
vínculo entre el hombre y una cosa extraña á él, y de 
naturaleza diferente; vínculo que puede, en sí mis- 
mo, debilitarse y romperse, no sólo por un acto de 
voluntad del propietario, sino también, en casos de- 
terminados, por decisión distinta de la suya, en vista 
de necesidad ó utilidad pública. Pero el lazo que 
une al autor con su obra, ni él ni nadie puede cortar- 



Derechos de autor 



lo nunca, como no puede quebrantarse la relación 
que existe entre el hombre y su inteligencia, sus vi- 
cios y sus virtudes. Ese vínculo, considerado en sí, 
no necesita del reconocimiento ni la garantía de la 
ley ni de la autoridad pública. Es un hecho, no un 
derecho. 

Pero si el vínculo no puede llamarse una propiedad, 
i lo será alguno de los derechos que engendra ? i Lo 
será el derecho moral ? ¿ Lo será el derecho pecunia- 
rio? 

Que el derecho moral no puede serlo, es por sí mis- 
mo evidente. El derecho de propiedad pertenece á la 
categoría de los derechos patrimoniales, y á nadie 
ha ocurrido hasta ahora comprenderen ella el dere- 
cho moral, que participa de la naturaleza y caracte- 
res del vínculo de que inmediatamente deriva. El 
derecho moral, según tuve ocasión de observar ante- 
riormente, existe por cima de toda cesión y toda 
venta, y se mantiene incólume á pesar de ellas. Esto 
no admite mayor demostración. 

Sólo queda, pues, el derecho pecuniario. Como el 
trabajo lo vigoriza y afirma, y muchos, aunque erró- 
neamente, ven en el trabajo el fundamento del dere- 
cho de propiedad, se pretende que el derecho pecu- 
niario también lo es. Creo haber ya establecido la 
sinrazón de esta doctrina, y no tengo para qué volver 



Estudios y Artículos 



sobre ella; pero necesito poner más en claro lo im- 
propio y anti-jurídico de su última consecuencia. 

El derecho pecuniario que al autor corresponde 
consiste en un derecho exclusivo de reproducción. 
Sólo él puede imprimir y reimprimir su obra y ven- 
der sus ejemplares. Este derecho, á diferencia del 
derecho moral, es enajenable, temporaria ó absolu- 
tamente. Pero i cuál es su carácter ? Puramente ne- 
gativo. No consiste, especialmente, en reproducir el 
autor, pues en tal caso todos podrían hacer lo mismo 
sin ofender su derecho ; sino en impedir que los de- 
más reproduzcan, ó lo que es igual, en reproducir él 
exclusivamente. El derecho de propiedad, por lo 
contrario, recae directamente sobre un objeto dado, 
y es esencialmente positivo. Lo que en primera lí- 
nea aparece en éi es el derecho de hacer, y sólo como 
una consecuencia necesaria surge el derecho de im- 
pedir que los otros hagan. Así el propietario de una 
casa tiene el derecho de habitarla ; pero como ese 
derecho sería ilusorio si cualquiera pudiese hacer 
otro tanto, aparece el derecho de exclusión en favor 
del primero. En consecuencia, toda ley protectora 
del derecho de autor es, por esencia, una ley pro- 
hibitiva, en virtud de la cual se veda la reproduc- 
ción de una obra dada, á todos, menos al que la ha 
escrito, ó á quien de él tenga su derecho. Por eso 



Derechos de autor 



43 1 



dije antes que la garantía acordada á los autores 
afectaba ta forma de un monopolio, ó privilegio, y por 
eso también algunos, confundiendo la garantía con 
el derecho mismo, no le han señalado otro alcance. 

Resulta de todo esto que el derecho pecuniario se 
traduce en una mera negación, y que sería, por ello, 
absurdo atribuirle el carácter de un derecho de pro- 
piedad. 

Vese, por el análisis anterior, que el derecho de 
autor no ofrece, en ninguno de los tres elementos en 
que puede descomponerse, los caracteres necesarios 
para justificar su asimilación al derecho de propiedad. 

Podría detenerme aquí ; pero es tal la fuerza con 
que esta falsa idea ha arraigado en muchos espí- 
ritus, que juzgo conveniente insistir y corroborar lo 
expuesto con algunas consideraciones. 

Es el carácter dominante del derecho de propiedad 
la apropiación y goce exclusivo del objeto sobre que 
recae. En el derecho del autor, no sólo este carácter no 
existe, sino que es reemplazado por el carácter opues- 
to, pues el objeto del derecho, la obra abstractamente 
considerada, está destinada, por su naturaleza, al 
goce y al progreso de todos. Al goce exclusivo, de la 
propiedad, se sustituye aquí la comunicación, la di- 
fusión, único medio por el que el autor puede ejercer 
su derecho y recoger beneficios. 



Estudios y Artículos 



Á esto se contesta que es menester distinguir en- 
tre el goce intelectual y el goce comercial de la obra ; 
que el primero necesariamente se comunica y difun- 
de, pero el segundo corresponde exclusivamente al 
autor. Yo también he aceptado, como se ha visto, 
esta distinción ; pero ella no tiene en este caso valor 
ni fuerza alguna. Aquí no se trata del derecho de 
reproducción ( goce comercial), el cual ya he pro- 
bado que importa una negación, y no puede, por 
tanto, constituir un derecho de propiedad, sino del 
objeto del derecho, de la obra, considerada con abs- 
tracción del libro en que se imprime, la cual siem- 
pre resulta inapropiable y de goce común. El goce 
exclusivo del derecho de reproducción no prueba el 
goce exclusivo del objeto del derecho, característico 
del derecho de propiedad. 

Además, no se concibe la propiedad sin posesión, 
ó posibilidad de adquirirla. {Y quién negará que no 
la admiten las cosas incorporales? Puede así suceder 
que el mismo derecho de reprodución quede en poten- 
cia y no sea dado traducirlo en acto, si el manuscrito 
está destruido, todos los ejemplares se han vendido, 
y sus dueños ó poseedores no quieren venderlos ni 
prestarlos. ¿Qué propiedad es esta? 

Laboulaye, sin embargo, insiste obstinadamente 
ante tan decisivo argumento, y dice: "No es la deten- 



Derechos de autor 



433 



ción material de una cosa la que constituye la pro- 
piedad; en tal caso el arrendatario sería propietario. 
Se dirá que hay la diferencia de que el arrendatario 
goza de nuestra cosa con nuestro permiso, sabiendo 
que es nuestra, y por lo mismo, guardándonos nues- 
tro derecho. Respondo que así sucede con todo el que 
adquiere libros, que no hay uno que se juzgue propie- 
tario del texto que ha comprado, que ignore que ese 
libro tiene un autor, y añadiría que puede decirse, sin 
paradDja, que cada lector conserva en cierta manera 
el dominio del autor ." 

Salta á los ojos que en este singular razonamien- 
to se confunde la detención material con la pose- 
sión; se cometed sofisma de emplear equívocamente 
la palabra texto, designando con ella, en la com- 
paración imaginada, ya el libro, ya la obra, según 
conviene; y se pasa por alto una diferencia, todavía 
mayor que la señalada, entre el arrendatario y el 
comprador del libro, á saber : que el propietario 
puede obligar al primero á entregarle el campo, y 
el autor no puede forzar al segundo á devolverle el 
libro. No es necesario añadir que, por lo demás 
el caso que he supuesto, y que permanece en pie con 
toda su fuerza, no importa una dificultad práctica 
para el ejercicio del derecho, pues es bastante inve- 
rosímil; pero sirve en principio para caracterizar la 

28 



l\sludios y Artículos 



especial naturaleza de los derechos incorporales, y 
demostrar cómo los de autor, que pertenecen á esa 
categoría, no pueden constituir un derecho de pro- 
piedad. 

Los literatos alemanes reunidos en el Congreso 
de Leipzig, en 1865, hacen á los jurisconsultos de 
la misma nacionalidad un cargo injusto, en la 
Memoria publicada por aquéllos, porque no reco- 
nocen una propiedad literaria. Les enrostran que 
encerrados en " el formalismo romano, que sacri- 
fica el lado moderno á la escolástica", sigan enten- 
diendo el derecho de propiedad tal como se le entendía 
en el derecho romano, sin tener en cuenta el 
desenvolvimento de la ciencia jurídica. Este cargo es 
bien extraño, sobre todo, en boca de los que lo 
formulan. Fácil es demostrar, en efecto, que el for- 
malismo, el apego supersticioso á la antigua clasi- 
ficación de los derechos, no es vicio de los juriscon- 
sultos alemanes, sino de los sostenedores de la pro- 
piedad intelectual. La palabra propiedad fué creada 
y aplicada teniendo en vista una precisa relación de 
derecho, de una cierta naturaleza, perfectamente ca- 
racterizada por la índole de las cosas que forman su 
objeto. Justo es entonces oponerse á que esa palabra 
se aplique á una relación fundamentalmente distinta, 
sólo porque con ella presenta algunas analogías. 



Derechos de autor 



435 



Violentar el término para trasladarlo á una signi- 
ficación diversa de la idea que histórica y jurídica- 
mente representa, es falsear y oscurecer esta idea, 
sin caracterizar la que tan aturdidamente pretende 
asimilársela. La rutina consiste, en este caso, en no 
querer salir de la antigua clasificación tripartita del 
derecho romano, según la cual, todos los derechos 
se dividían en reales, de obligación y personales. 
De aquí que, mal fundados en ciertas semejanzas, 
se empeñen en hacer entrar los derechos del autor en 
uno ú otro de los términos de esta clasificación, acep- 
tándose más generalmente los derechos reales, y 
entre ellos el de propiedad, por ser el más parecido 
y ventajoso. ¡ Procedimiento en verdad empírico y 
rutinario, si hay alguno ! 

Dice, pues, perfectamente bien el ilustre poeta 
Manzoni: "Esta fórmula, -propiedad literaria, ha na- 
cido, no de una intuición de la esencia de la cosa, 
sino de una simple analogía. Es una traslación que, 
como todas las traslaciones, se torna un sofisma cuan- 
do se la quiere aducir como argumento : sofisma que 
consiste en concluir de una parcial semejanza á una 
identidad perfecta " ( í ). 

(i) Manzoni, Lettera al professore Girolamo Bocear do in torno a 
una questione di cosí detta propietá letteraria. 



Estudios y Artículos 



Los ingleses, más prácticos, llaman simplemente al 
derecho de autor, copyright, derecho de copia, y los 
alemanes, Urhcberrecht. Esto no obstante, pasará 
mucho tiempo antes de que la fórmula, propiedad 
literaria, se arranque definitivamente de la legislación 
y la doctrina, llevando consigo todas las confusiones 
que engendra. u Las palabras tienen sus hados. Al- 
gunas entran en uso por tortuosos caminos. La ciencia 
y la lógica les dejan al principio el paso libre, por 
negligencia ó desdén, ó por el favor que se une á los 
intereses que las introducen. Poco á poco van agran- 
dándose, avanzan, se imponen, y pretenden, por 
último, imponer con ellas toda la muchedumbre de 
engañosas ideas que bajo de ellas se ocultan... Lo 
que no puede admitirse es que esta palabra se con- 
vierta en razón " (i). 

Propiedad sui generis. — Algunos, viendo la impo- 
sibilidad de asimilar completamente el derecho de 
autor á la propiedad ordinaria, y notando entre uno 
y otra cierta analogía, han sentado que es el primero 
una propiedad sui generis. Para que tal dictamen 
pudiera admitirse sería necesario que las diferencias 
entre ambos derechos fuesen meramente accidentales, 



(i) Gournot, citado por Darras. 



Derechos de autor 



437 



teniendo, fundamentalmente, un mismo origen y 
carácter. Creo haber demostrado con toda evidencia 
que esto no es así, sino precisamente al contrario. 
No debo insistir en ello. 

Otros han querido asimilar el derecho de autor á 
otros derechos reales: quiénes hallan en él un usu- 
fructo, quiénes un derecho de uso, quiénes una servi- 
dumbre, activa para el autor, pasiva para la zociedad. 
No hay para qué detenerse á refutar parthularmente 
cada una de estas inaceptables opiniones: las razones 
fundamentales aducidas en contra de la propiedad 
bastan para dar buena cuenta de ellas. 

Derecho de obligación, servicio, contrato tácito. 
— No faltan autores que vean en el derecho de autor 
un derecho de obligación. Se llega á este resultado 
por dos caminos diversos. Unos, aceptando la idea 
de Kant, de que un libro es un servicio hecho á la 
sociedad, concluyen que el derecho de autor es un 
crédito. Otros piensan que se trata de una venta 
de la obra en el momento de la publicación, hecha al 
público en virtud de un contrato tácito, y cuyo pre- 
cio recibe sucesivamente el autor á medida que ven- 
de los ejemplares de una ó más ediciones. 

Esta doctrina es caprichosa y falsa. No siempre un 
libro es un servicio, y lo que importa más en este 



Estudios y Artículos 



punto, no siempre el público le atribuye ese carác- 
ter, pues en \ ez de comprarlo y recompensarlo, lo deja 
dormir en las librerías. No hay, pues, tal crédito en 
favor del autor, ya que éste nada tiene derecho á exi- 
gir de la sociedad por su obra, sino por los ejempla- 
res que, a veces en escasísimo número, ella le quiere 
comprar. Y no sólo el autor no recibe, en ocasiones, 
remuneración alguna por su servicio, sino que ni aun 
alcanza á reembolsar los gastos de publicación. ¿Dón- 
de está, pues, el crédito? 

El contrato tácito es un expediente muy socorrido 
cuando no se encuentra satisfactoria explicación á 
ciertos problemas jurídicos. No hay ni puede haber 
contrato sin partes perfectamente determinadas, y sin 
clara manifestación de la acorde voluntad de esas 
partes. Nada de eso existe en este caso, y la sociedad, 
á la cual por una mera fantasía se la convierte, con 
facilidad admirable, en una sola persona, á nada se 
obliga por lo que á la obra concierne. 

Derecho personal. — Reconociendo que los derechos 
de autor no pueden ser ni reales, ni de obligación, 
y no queriendo, por otra parte, abandonar la clasifica- 
ción tripartita, algunos jurisconsultos afirman que 
son derechos personales. El derecho moral, dicen, 
que el vínculo entre el autor y la obra engendra, no 



Derechos de autor 



439 



significa sino el derecho á su personalidad, al libre 
ejercicio de sus facultades. Su violación sería un 
atentado á la persona del autor. Tan personal es 
este derecho, que no puede transmitirse á otro, aun- 
que el derecho de reproducción se ceda absolutamen- 
te. Ahora bien, un derecho inherente á la persona, 
es, sin duda alguna, un derecho personal. En cuanto 
al derecho pecuniario, también debe serlo, pues tie- 
ne su mismo origen, el respeto de la personalidad. 
Reproducir una obra sin autorización del autor, es 
violentar su voluntad, obligándole á dirigirse á ma- 
yor número de lectores. 

Estas consideraciones no son bien fundadas. Por 
íntimo que sea el lazo que une al autor con su obra, 
no puede decirse que el objeto de su derecho sean 
sus facultades mismas, sino una especial manifesta- 
ción de ellas. Así, aunque el vínculo intelectual sea 
personalísimo, el derecho que de él nace no lo es. 

Menos razón hay todavía para decir que es perso- 
nal el derecho pecuniario. Tal carácter es inconcebi- 
ble en un derecho transmisible por donación ó venta. 
Los mismos argumentos que se aducen para probar 
cómo es personal el derecho moral, hacen evidente 
que el derecho pecuniario no tiene ese carácter. 

Se incurre, en este caso, en el mismo vicio comba- 
tido al discutir la propiedad. De una simple analo- 



Estudios y Artículos 



gía se deduce la identidad perfecta, sin reparar que 
los derechos personales tienen un carácter jurídico 
particular en la ciencia del derecho, y que es verda- 
deramente condenable esa tendencia á la traslación y 
la metáfora en el tecnicismo científico. Con perfecta 
razón se ha dicho que una ciencia no es más que una 
lengua bien hecha. 

Ya se entiende que todos los derechos corresponden 
á la persona, y son, en tan lato sentido, personales. 
Pero no es este, evidentemente, el significado legal 
y jurídico de la palabra. Los derechos personales 
tienen por objeto una cosa abstracta, un estado ó 
cualidad jurídicos, como la libertad, la patria potes- 
tad, la ciudadanía. La obra, objeto de los derechos 
de autor, no puede mirarse como una cualidad ó es- 
tado del que la escribe, y ciertas prerrogativas me- 
ramente personales, intransmisibles, á que da origen, 
no bastan, ni con mucho, para autorizar una confu- 
sión semejante. 

Derecho sui generis, derecho intelec.ual. — El exa- 
men de las distintas opiniones que se han sustentado 
ó se sustentan con respecto á la naturaleza de los 
derechos de autor, nos ha demostrado que resisten 
toda asimilación con cualquiera de los derechos has- 
ta ahora clasificados en la legislación y la doctrina. 



Derechos de autor 



Este resultado, y el no ocurrir á nadie que pudiera 
abandonarse ó modificarse la tradicional clasificación 
romana de los derechos, conservada incólume duran- 
te siglos, son las dos causas que han mantenido 
hasta hace poco en confusión inextricable este céle- 
bre problema jurídico. Los dos sistemas predominan- 
tes y mejor caracterizados, el privilegio y la propie- 
dad, se combatían infructuosamente. Sus respectivas 
razones, buenas para dejar maltrecha la teoría con- 
traria, eran impotentes para afirmar la propia ; 
por manera que los espíritus sinceros y despreveni- 
dos quedaban perplejos, sin hallar rumbo fijo ni 
solución realmente satisfactoria. La falsa creencia 
de que era indispensable elegir entre la propiedad y 
el privilegio, arrojándolos por fin, mal convencidos, 
en uno ú otro bando, contribuía á retardar la apari- 
ción luminosa de la verdadera doctrina. 

Algunos comenzaron por llamar al derecho de au- 
tor un derecho sui generis. Esto era ya entrar fran- 
camente en el camino del acierto ; pero no bastaba : 
era menester recorrerlo todo. No bastaba decir que 
el derecho de autor pertenece á un género particular-, 
había que estudiar y caracterizar ese género en sí 
mismo. La luz estaba encendida: faltaba descubrir 
con ella la teoría científica tanto tiempo ignorada, y 
bañarla en sus claridades. 



./-/-• 



Estudios y Artículos 



Tanto honor estaba reservado al jurisconsulto 
belga Edmundo Picard, quien rompiendo resuelta- 
mente con la clasificación tripartita, creó una nueva 
categoría de derechos: los derechos intelectuales (i). 
tl A decir verdad, expone Lehr, es la historia del 
huevo de Colón: no pudiendo hacer entrar el dere- 
cho en la clásica división tripartita: derechos perso- 
nales, derechos reales, derechos de obligación, el se- 
ñor Picard le hace objeto de una cuarta clase distinta. 
Pero es ese precisamente el mérito y la originalidad 
de su demostración ". 

"El carácter inmutable de la división tripartita", 
dice Picard, " había por tal modo penetrado en las 
ideas, en tantos siglos que se hallaba en boga, que 
cuando, en los tiempos modernos, ciertos derechos, 
hasta entonces casi desconocidos, comenzaron á afir- 
marse con insistencia en lo que atañe á las produc- 
ciones intelectuales, ya artísticas, ya literarias, ya 
industriales, ya comerciales, á nadie vino á las mien- 

(i) Picard apuntó esta teoría en 1873, en una conferencia del cole- 
gio de abogados de Bruselas. Expúsola de nuevo en un estudio sobre 
el proyecto de ley relativo á los dibujos y modelos de fábrica, de 1877 
(Bélgica judicial). En 1879 la reprodujo, más completa, en la intro- 
ducción del segundo volumen de las Pandectas belgas, y, por último, 
la explicó con mayor desarrollo en 1884, en el Diario de derecho inter- 
nacional, bajo el titulo de Embriología jurídica. 



Derechos de autor 



443 



tes que podría ser materia de un término nuevo que 
añadir á las antiguas categorías, que se habían, en 
cierto modo, petrificado en la ciencia jurídica". "No 
obstante las resistencias de la lógica", expone en otra 
parte, " hase visto establecer toda una terminología 
y toda una legislación profundamente impregnadas 
de la idea de que las producciones del espíritu están 
sometidas á las reglas de la propiedad ordinaria, que 
hacen parte de los derechos reales, y que sólo por 
excepción y con repugnancia es necesario falsear, en 
lo que á ellos toca, las reglas ordinarias de esos 
derechos". 

"Es manifiesto, sin embargo," dice á su vez de 
Borchgrave, en su notable informe presentado á la 
cámara belga, con motivo de la discusión de la ley 
de 1886, sobre derechos de autor (1), "que no se ha 
agotado el conjunto de los objetos sobre los cuales el 
hombre, sujeto de todo derecho, puede ejercer su 
capacidad jurídica, cuando se han citado las cuali- 
dades, para ponerlas entre los derechos personales; 
las cosas, para colocarlas entre los derechos reales, 
y las acciones humanas, para comprenderlas entre 
los derechos de obligación. Queda un cuarto grupo: 

(i) Bfnoidt ct Descamps, Commcntaire législatif de la loi du 22 
mars 1886 sur le Droit d'auteur. Bruxclles, 1886. 



444 listadlos y Artículos 



el de las producciones intelectuales, y basta enun- 
ciarlo para que inmediatamente la laguna se mues- 
tre en toda su extensión, en cuanto tiene de enojoso. 
No solo la infinita variedad de las obras artísticas y 
literarias, sino todas las producciones del espíritu, 
los inventos dignos de patente, las obras científicas, 
los modelos y dibujos de fábrica, los planos de tra- 
bajos públicos y privados, las marcas de fábrica y de 
comercio, las cartas misivas, y aun, descendiendo á 
los grados inferiores de la materia, las muestras, los 
escudos, los sellos y etiquetas, todos estos objetos 
de derechos intelectuales esparcidos, se ofrecen al 
espíritu con su título común á una reglamentación 
especial. Cesan de presentársenos como astros erran- 
tes, poco á poco atraídos á la órbita de los derechos 
reales. Unidos todos por un origen común, la inte- 
ligencia humana les da vida y los hace mover en una 
misma esfera, cada uno con su gravitación propia... 
Si la diferencia entre los derechos reales y los dere- 
chos intelectuales escapó á los romanos, fué simple- 
mente porque los derechos intelectuales no eran de 
su tiempo. Han nacido con la civilización moderna 
y son hoy una de sus más vivientes expresiones. 
Sus costumbres, sin embargo, no están formadas. 
Las ideas sobre los derechos intelectuales no se ha- 
llan suficientemente racionalizadas, ni se ha contraí- 



Derechos de autor 



44 S 



do el hábito de considerarlos como un grupo especial 
y distinto de derechos. "Sería menester, dice el au- 
tor de las Pandectas belgas, construir el conjunto 
de la legislación relativa á estos derechos, que, me- 
nos favorecida que la de los derechos reales, no ha 
obtenido hasta ahora una codificación completa". 

He dicho que el verdadero criterio para la clasifica- 
ción de los derechos es el que toma en cuenta la na- 
turaleza del objeto sobre que recaen. Según sea esa 
naturaleza, será también la clase de relación existen- 
te entre el sujeto y el objeto de ese derecho. Por lo 
que hace al primero, no cabe dificultad alguna : el su- 
jeto de los derechos intelectuales, en general, y por 
consiguiente, del derecho de autor, que es su mayor 
y más importante rama, no puede ser otro que la 
persona de cuya inteligencia ha surgido el objeto 
mismo de ese derecho. ¿Pero cuál es precisamente 
este objeto ? Hé ahí lo que debemos estudiar ahora, 
para penetrar, prescindiendo de engañosas analogías, 
en la íntima esencia de esta complexa relación jurí- 
dica. 

Las producciones intelectuales literarias toman 
cuerpo casi siempre en un manuscrito ; pero un ma- 
nuscrito es una cosa material, sujeta, por lo mismo, 
en un todo, al derecho de propiedad. El derecho in- 
telectual es independiente del manuscrito, y de una 



Est u d ios y Artí cu los 



naturaleza distinta. Éste puede darse ó venderse sin 
que aquel caduque ó se extinga ; y recíprocamente, 
el autor puede ceder el derecho de reproducción de su 
obra conservando la propiedad del manuscrito. Ade- 
más, el derecho intelectual puede existir también sin 
materialización alguna, como sucede frecuentemente 
con los sermones y discursos improvisados, sobre los 
cuales el autor conserva un exclusivo derecho de re- 
producción. 

El objeto, pues, de los derechos intelectuales es la 
obra, la concepción del espíritu. Esta concepción es 
un cuarto término que debe añadirse á la cosa cor- 
poral, objeto de los derechos reales, á la cualidad ju- 
rídica, objeto de los derechos personales, y á las accio- 
nes humanas, objeto de los derechos de obligación. El 
vínculo intelectual que existe entre el autor y su obra, 
diverso del que puede unir al hombre con las cosas 
del mundo físico, y superior á él, engendra un doble 
vínculo jurídico, que también es, con respecto al de- 
recho de propiedad, superior y diverso. " En el res- 
peto de esta concepción, en la facultad, que el autor 
sólo posee, de comunicarla ó no comunicarla al públi- 
co, en el goce exclusivo de los productos de todo gé- 
nero, honoríficos y pecuniarios, que ella reporta, con- 
siste el beneficio del derecho intelectual ". 

La importancia social y jurídica de lo que forma el 



Derechos de autor 



447 



objeto de los derechos intelectuales, y especialmente, 
de los derechos de autor, ha sido desenvuelta magis- 
tralmente por de Borchgrave en el siguiente pasaje 
de su ya mencionado informe : 

" El respeto de la propiedad es una de las bases, 
pero no la única, del orden social... Al comunicar sus 
concepciones á la sociedad, al entregarle el fruto de 
sus vigilias y meditaciones, el autor le rinde un in- 
contestable servicio. El pensamiento gobierna al 
mundo ; por la circulación de las magníficas creacio- 
nes de la inteligencia la humanidad se mejora, el 
destino de los individuos se engrandece, y día por 
día se aumenta ese tesoro común de las ideas que todo 
el mundo utiliza, y que más crece cuanto más abun- 
dantemente se le explota. Ni se limita el autor á en- 
sanchar el dominio de las ideas, sino que dando cuer- 
po á sus concepciones artísticas y literarias, crea nue- 
vas y considerables riquezas. En millones es menester 
evaluar el trabajo que dan á los obreros un Walter 
Scott, un Thiers, un Lamartine. Es, pues, derecho 
incontestable del autor el sacar de este servicio social 
todas las ventajas que su naturaleza consiente. Que el 
trabajo sea producto de la mano ó del espíritu, sólo 
su autor tiene derecho de obtener su beneficio, y este 
derecho no resulta de una concesión de la ley : se 
funda en el orden social mismo... La ley no crea, pues, 



Estudios y Artículos 



el derecho de autor, ni este derecho tiene nada de 
común con el privilegio legal. La ley no hace más 
que reconocerlo y reglamentarlo... El derecho de 
autor es algo más cierto, más personal, más sagrado, 
si cabe, que el mismo derecho de propiedad, pues en 
su origen ordinario, la propiedad consiste en la 
apropiación de una cosa ya existente en la forma en 
que el poseedor se la apropia ; en tanto que el dere- 
cho de autor tiene por objeto una creación, esto es, 
la producción de una cosa que antes no existía, y es 
de tal modo personal al autor, que forma como una 
parte de él mismo." 

Con esta distinción todo se aclara, las nieblas acu- 
muladas por doctrinas erróneas ó superficiales se di- 
sipan, y una nueva constelación de derechos, los de- 
rechos intelectuales, más vasta é importante que las 
ya de antiguo conocidas, aparece en los espacios de 
la ciencia jurídica, brillando con luz propia, resplan- 
deciente y soberana. 

La concepción del espíritu, visible y manifiesta por 
la palabra, pero considerada con abstracción del li- 
bro en que se estampa, es el verdadero objeto del 
derecho de autor. Pero en este objeto hay elementos 
diversos, y no todos, mirados separadamente, entran 
en la esfera de ese derecho : es menester distinguirlos. 

En toda obra literaria hay asunto, ideas, coordi- 



Derechos de autor 



449 



nación de ideas y expresión de ideas. El asunto y las 
ideas constituyen el fondo; la coordinación la forma 
interna, y la expresión la forma externa. En las obras 
poéticas debe, además, tomarse en cuenta lo que se 
llama la concepción artística, esto es, la limitación ó 
determinación primera de una idea general en un 
todo particular que la hace sensible y del cual surge 
y trasciende. Esta concepción artística es también 
una forma interna ó esencial (i). 

i Sobre cuáles de estos elementos constitutivos re- 
cae precisamente el derecho de autor? Sobre la forma, 
tanto interna como externa, no sobre el fondo. Al- 
gunos comprenden en el derecho de autor hasta las 
ideas mismas. Es una exageración inadmisible. La 
idea, una vez emitida, penetra en la inteligencia de 
todos, y á ninguno puede prohibirse que se sirva de 
ella para sus propias producciones. Lo contrario sería 
interdecir toda producción, ya que nadie extrae las 
ideas de su propia substancia, sino de ese tesoro co- 
mún que lentamente se va formando con la labor in- 
telectual de los siglos. Y aun suponiendo que brotara 
en la mente de un autor una idea verdaderamente 

(i) Algunos jurisconsultos distinguidos, Darras mismo, confunden, 
por falta de atención en el manejo del tecnicismo literario, el fondo 
con la forma esencial. Ello podría ocasionaren la ley graves incon- 
venientes. 

2 9 



Estudios y Artículos 



original y propia, esc raro hallazgo no sería sino un 
alumbramiento de otras ideas suyas, que por él hu- 
bieran sido fecundadas. Al concebirla, quizá no ha 
hecho más que adelantarse á otros llegados más tarde 
á la existencia, y bien pudiera suceder también que 
se ofreciera á varios á un mismo tiempo. De estos 
posibles resulta que nunca sería dado probar ni de- 
terminar la paternidad de las ideas. En este sentido 
tenía mucha razón Portalis al afirmar que todas las 
bibliotecas casi no contienen más de diez volúmenes, 
y que el autor de esos volúmenes es todo el mundo. 
Y Decailly escribe con mucha gracia : 

Dis-je quelque chose assez belle : 
L'antiquité tout en cervelle 
Me dit : " Je l'ai dit avant toi ". 
C'est une plaisante donzelle; 
Que ne venait-elle aprés moi? 
Je V aur ais dit avant elle. 

"El pensamiento es un lenguaje, dice admirable- 
mente Fouillet, y el lenguaje es la sociedad misma 
que actúa sobre nosotros. Cada palabra de una len- 
gua, signo de una idea, es la propiedad colectiva de 
la raza entera, transmitida de generación en genera- 
ción, como una pieza de oro cuya efigie no han po- 
dido borrar los siglos. Aun las obras del genio indi- 



Derechos de autor 



45 1 



vidual, son al mismo tiempo las de la raza; las flores 
no podrían abrir sin la savia del árbol que las raíces 
absorben humildemente del suelo." 

El modo de coordinar y desenvolver las ideas, y el 
estilo y lenguaje que el autor emplea para manifes- 
tarlas, es lo que hay verdaderamente suyo en la obra ; 
la combinación nueva que sólo él ha podido hallar, y 
que nadie tiene facultad de atribuirse, ni de modifi- 
car, ni de reproducir sin su consentimiento. Un simple 
cambio de lenguaje, que dejara subsistente el en- 
lace y desarrollo de las ideas, no sería sino una falsi- 
ficación disimulada, que la ley debería castigar. Lo 
contrario sería autorizar la traducción libre de todas 
las obras, pues hay en ella un necesario cambio de 
palabras. 

Estas distinciones pueden ocasionar en la práctica 
dificultades diversas, que la ley misma no puede 
siempre prever, pero que el buen sentido y rectitud 
de los jueces debe empeñosamente salvar. 

Vese, pues, que por una peculiaridad de esta ma- 
teria, el derecho al todo, al conjunto, no supone el 
derecho á cada uno de los elementos que lo forman. 
La idea está en la obra \ pero no penetra por sí sola 
en la esfera jurídica, sino en cuanto se desenvuelve y 
expresa de una cierta manera. Lo contrario sucede 
con el derecho de propiedad. No se comprende la 



452 



Estudios y Artículos 



propiedad del todo sin la propiedad de las partes, 
porque la materia que el hombre modifica y trans- 
forma es esencialmente apropiable. Esto demuestra 
una vez más la razón con que Picard observa que 
"no se trata de una materia que hace excepción á 
otra, sino de dos órdenes de cosas distintos, que se 
alinean tocándose, cada cual con su régimen propio, 
y diversos en su reglamentación, como lo son evi- 
dentemente en su naturaleza ". 

Cesión. — Los derechos de autor i pueden cederse ? 
La decisión es opuesta, según que se trate del dere- 
cho moral ó del derecho pecuniario. Las prerrogati- 
vas que nacen del derecho moral (corrección, modifi- 
cación, supresión, firma) tienen un carácter personalí- 
simo, y sólo pueden ser ejercidas por el autor de la 
obra. En cuanto al derecho pecuniario ó de repro- 
ducción, nada impide quesea enajenado, temporaria 
ó absolutamente. De aquí surge una relación delica- 
da entre el autor y el cesionario. Aquél puede, en 
todo tiempo, corregir y modificar su obra como me- 
jor le parezca, y aun retirarla de la circulación, á pe- 
sar de haberse despojado definitivamente de su dere- 
cho pecuniario. La cesión de este derecho no puede 
privar al autor de mejorar ó completar su trabajo 
según lo estime conveniente, de proporcionar á sus 



Derechos de autor 



453 



semejantes mayor utilidad ó recreo, de granjearse 
con mejor título su aprecio y aumentar con su perse- 
verancia la fama y el honor de su nombre. Por otra 
parte, una obra literaria puede imponer, en muchos 
casos, á su autor una grave responsabilidad moral ó 
legal. Su razón madura, su conciencia, más depura- 
da y severa, pueden repudiar un día lo que, en el 
aturdimiento ó infatuación de los primeros años, en- 
tregó ligera ó maliciosamente á la estampa. <¿ Quién 
osaría negarle ese derecho? Ello importaría un aten- 
tado á su persona moral, y la prohibición absurda 
de reprimir, en lo posible, las funestas consecuencias 
de sus errores ó faltas. Este derecho de supresión es 
ciertamente peligroso para el editor, y puede aca- 
rrearle serios perjuicios ; pero es evidente, con tal 
que de los hechos y circunstancias resulte probado 
que un grave interés moral ó legal reclama el ejer- 
cicio de ese derecho, y previa indemnización. 

Por su parte, el editor nada puede suprimir ni to- 
car en la obra cuyo exclusivo derecho pecuniario ha 
adquirido definitivamente. El sólo ha comprado ese 
derecho; no le es dado, salvando sus precisos límites, 
invadir la superior y respetable esfera de las relacio- 
nes morales. 

Se discute si el que escribe una carta á otro, le 
cede, ipso Jacto, el derecho de reproducción sobre la 



757 



Estudios y Artículos 



misma. La decisión más generalmente aceptada (úni- 
ca justa, á mi juicio) es que el autor de la carta con- 
serva sin menoscabo ese derecho. En efecto, se escri- 
ben misivas con el objeto de que quien las recibe se 
imponga de su contenido; no para que trafique con 
ellas, dándolas á una publicidad tal vez inconve- 
niente. 

Embargo. — Se suscita la cuestión de si los acree- 
dores de un autor pueden embargarle el derecho in- 
telectual. Todos convienen en que el derecho moral 
no puede ser embargado : es inherente al individuo, 
y nadie podría despojar de él al autor, sin atentar á 
su personalidad. Respecto del derecho pecuniario, ya 
el acuerdo no existe. Unos sienten que puede ser 
objeto de embargo desde el momento en que el autor 
tiene su obra pronta para darla á la publicidad. Sos- 
tienen otros que los acreedores no pueden hacer por 
su cuenta una primera edición, pero sí una segunda. 
Otros, por último, opinan que el derecho pecunia- 
rio, no puede ser embargado en ningún caso. Se 
fundan en que el ejercicio del derecho pecuniario, 
contra la voluntad del autor, entraña la violación de 
su derecho moral, en virtud del cual podría siempre 
negarse á publicar su obra, ó á reimprimirla, por 
consideraciones morales, jurídicas ó literarias, de 



Derechos de autor 



45S 



todo punto superiores y extrañas á los intereses y 
derechos del acreedor. 

Yo juzgo decisivo este argumento ; pero creo que, 
sin desnaturalizar la doctrina á que responde, puede 
reconocerse al acreedor el derecho de vender por su 
cuenta los ejemplares de la edición que se halle en 
plaza, dejando á cargo del autor la prueba de la grave 
circunstancia moral ó legal que legitime la suspensión 
de la venta. El autor, en tal caso, no tendría interés 
en forjar motivos imaginarios, pues ningún prove- 
cho se le seguiría de ello. 

Transmisión. — La transmisibilidad de los dere- 
chos patrimoniales por causa de muerte es la regla 
general de todos ellos. No hay razón alguna que au- 
torice á adoptar una distinta con los derechos inte- 
lectuales. Su naturaleza superior mal podría perju- 
dicarlos. Sería, además, inicuo que^el que dedica su 
existencia á esa noble y fecunda tarea, y en vez de 
apresurarse á publicar obras efímeras, consume su 
vida en trabajos de largo aliento, á costa de todo gé- 
nero de sacrificios, no tuviera el derecho de legar á 
sus hijos los beneficios que ellos produzcan sucesiva- 
mente, á medida que el público, muchas veces tardío 
en hacer justicia, vaya comprendiendo su mérito. 

Pero también en la transmisión hemos de considc- 



Estudios y Artículos 



rar separadamente el derecho moral y el derecho 
pecuniario. El segundo debe, no hay duda en ello, 
transmitirse íntegramente á los herederos, como un 
bien patrimonial que no habría razón alguna de ex- 
cluir. El derecho moral no se halla en el mismo caso. 
No se concibe que la facultad de firmar, corregir, 
modificar ó destruir la obra, que corresponde al au- 
tor, en virtud de ser creación suya, se transmita á 
sus herederos. Esta facultad se refiere á la concep- 
ción misma, intelectual y no comercialmente consi- 
derada, y los herederos legítimos son tan extraños á 
ella como los que no tienen con el autor ningún vín- 
culo de parentesco. Pero si el derecho moral no se 
transmite íntegramente, pueden y deben transmitirse 
algunas de sus prerrogativas. Así es incuestionable 
el derecho de los herederos para oponerse á que na- 
die, ni el titular en absoluto del derecho pecuniario, 
altere la obra en lo más minimo, la retire de la circula- 
ción, suprima el nombre del autor, ó le sustituya por 
otro. Aun después de la muerte del autor, su nombre 
queda ligado á la obra, y nada es más natural que re- 
conocer en sus descendientes y demás sucesores el de- 
recho de velar por su honor y fama, y de impedir que 
el capricho, más ó menos interesado, de alguno le 
atribuya ideas ó expresiones ajenas. 



Derechos de autor 



457 



Duración. — Entre los caracteres del derecho de 
autor, ninguno más trascendental é importante, nin- 
guno más controvertido que la duración de ese dere- 
cho. Necesito, pues, completar el estudio de esos 
caracteres, exponiendo lo que pienso con respecto á 
ella. 

¿Cuál es el punto de arranque de los derechos de 
autor? Para mí lo es el momento en que la obra se 
fija de una manera tal, que puede determinarse y 
probarse su existencia. Poco importa que ese hecho 
se efectúe por la escritura ó por la imprenta. Darras 
opina, sin embargo, que el derecho no existe antes de 
la publicación. "La protección de la ley, arguye, no 
se comprendería entonces; la concepción se halla 
todavía en un estado embrionario ; aún no ha salido 
del cerebro de quien la ha imaginado; nadie, sino él, 
la conoce, nadie puede atentar contra ella ; < cómo 
tendría entonces el autor un derecho para reprimir 
violaciones materialmente imposibles?" 

Este razonamiento me parece inadmisible, á tal 
punto, que no concibo cómo ha incurrido un autor 
tan discreto en confusiones tan grandes. <¿ Cómo pue- 
de decirse que, por el hecho de no estar publicada 
la obra, la concepción se halla en estado embriona- 
rio, y que no ha salido todavía del cerebro del que 
la ha imaginado? Estampada en el manuscrito, la 



Estudios y Artículos 



obra existe ya, definitiva y perfecta, aunque el autor 
sólo la conozca. Puede también éste, sin darla á la 
imprenta, comunicarla á uno, á diez, á ciento, y si 
la obra existe, y ella forma el objeto del derecho, y 
existe también el autor, sujeto del mismo, <cómo ha 
de afirmarse que el derecho no existe? No es cierto, 
por otra parte, que la garantía de la ley sea siempre 
innecesaria antes de la publicación. Cabe que el 
autor haya confiado, bajo reserva, su manuscrito á 
un amigo, y que éste, por un abuso de confianza, la 
divulgue por medio de cierto número de copias. Si 
el autor establece y prueba el hecho, < no debe la ley 
castigar al culpable, ni dar al autor los medios de 
reclamar una indemnización por los perjuicios, tal vez 
considerables, que se le hayan ocasionado? Supón- 
gase también que el mal amigo, en vez de distribuir 
privadamente las copias, publica él mismo la obra: 
i no tendría el autor más recurso que apoderarse de 
la edición, cosa quizá imposible de realizar comple- 
tamente? i Quedaría impune el delito? Si no se reco- 
noce derecho alguno sobre la obra, antes de la pu- 
blicación, no habrá, en tal supuesto, acción punible, 
porque no se habrá violado ningún derecho. 

Más discutida y ruidosa es la cuestión de si el dere- 
cho de autor debe ser perpetuo ó temporario. Entre 
los mismos que ven en los derechos de autor una 



Derechos de autor 



459 



propiedad, la división es completa. Dicen unos, y son 
los más lógicos, que siendo el derecho de autor una 
verdadera propiedad, debe ser perpetuo como ella. 
Otros observan que la perpetuidad no es esencial á la 
propiedad ; que si ella acompaña á la propiedad co- 
mún, es por la naturaleza apropiable de los objetos 
sobre que ésta recae. Otros, por último, arguyen que, 
siendo la propiedad literaria una propiedad sui ge- 
neras, pueden faltarle algunos de los caracteres de la 
propiedad común, y que uno de esos caracteres que 
le faltan, es la perpetuidad. 

Los que piensan que los derechos de autor no son 
una propiedad, están todos conformes en que debe 
ser temporaria. A este grupo pertenece el autor de 
la teoría de los derechos intelectuales y los que han 
aceptado su doctrina. Darras, sin embargo, advierte 
que ella nada prejuzga con respecto á la extensión de 
esos derechos ; pero acepta y sostiene la limitación, 
por consideraciones que más adelante tomaré en 
cuenta. 

Por mi parte, á pesar de haber adoptado la doctrina 
de los derechos intelectuales, declaro que ninguno 
de los argumentos aducidos en contra de su perpetui- 
dad me satisfacen ni convencen. Mucho he tardado 
en formarme una opinión decidida á este respecto. El 
temor de dejarme llevar, por un inconsiderado entu- 



Estudios y Artículos 



siasmo literario, á conclusiones extremas, faltas de 
solidez y de cordura, y las resistencias que la perpe- 
tuidad encuentra en muchísimos jurisconsultos emi- 
nentes, y en casi todas las legislaciones, me han 
hecho estudiar el punto con ánimo desapasionado, 
y, más bien, dispuesto en favor de la limitación de 
los derechos intelectuales. Este estudio, sin embargo, 
no ha hecho más que formar y afirmar en mí la con- 
vicción contraria : el derecho de autor debe ser per- 
petuo. 

Las razones de abandono, de comunicación, de co- 
laboración social, en que se fundan los que juzgan que 
el derecho de autor es puramente civil, un mero pri- 
vilegio ó favor legal, se han hecho valer también, 
como era natural, contra la perpetuidad de esos de- 
rechos. No hay motivo alguno en qué fundar un pri- 
vilegio perpetuo. Pero esas doctrinas quedan ya re- 
futadas en otra parte, y no debo volver sobre ellas. 
Veamos otras. 

Dos clases de consideraciones se han aducido en 
contra de la perpetuidad : una de carácter teórico y 
filosófico, otra de carácter positivo y práctico. 

Entre los argumentos más considerables del primer 
grupo se encuentra el de la utilidad pública. 

Las producciones intelectuales, se dice, y en espe- 
cial las literarias, poseen una importancia trascenden- 



Derechos de autor 



tal en la marcha general de la civilización. La socie- 
dad tiene un gran interés en que ellas sean amplia- 
mente difundidas y comunicadas, sin trabas ni mono- 
polios. El respeto debido al derecho del autor, y la 
justicia que hay en extenderlo á sus más próximos 
herederos, nada tiene que hacer con la perpetuidad 
de ese derecho, que lo pone en manos de descendien- 
tes remotos, y, más comunmente, de cesionarios del 
todo extraños al nombre y á los intereses del autor y 
su familia. Es absurdo, se añade, que, después de 
siglos, dependa del capricho ó la avaricia de tales 
personas la comunicación de obras necesarias ó útiles 
al progreso intelectual de la sociedad, y que son su 
más precioso tesoro, el legado más grande y más no- 
ble de las anteriores generaciones. Ello daría origen 
á lo que puede llamarse una calamidad social : la 
carestía de los libros ; y al peligro de ver retiradas de 
la circulación obras importantes, por la indolencia ó 
preocupaciones de los herederos. 

Estas consideraciones se refuerzan observando que 
la perpetuidad, perjudicial á la sociedad, no es en 
manera alguna útil para el autor. Para éste, cien 
años ó la perpetuidad vienen á ser una misma cosa, 
pues ningún editor cuenta, al ajustar un precio con 
los autores, con la inmortalidad de las obras. Un 
cierto espacio de tiempo basta para sacar de ellas todo 



fÓ2 



Estudios y Artículos 



el provecho posible : su utilidad y su vida no alcan- 
zan generalmente á más. 

En cuanto á que la perpetuidad (se añade) puede 
evitar la indigencia de los descendientes, aun remo- 
tos, de los grandes escritores, nada más ilusorio. La 
venta que el autor hiciera de su derecho perpetuo, 
los dejaría en el mismo caso. Sería necesario encerrar 
al autor dentro de su propio derecho, impidiéndole 
enajenarlo. 

Toda esta argumentación no es más que un vano 
estruendo. Bastaría observar, para anonadarla, que 
no se discute aquí una cuestión de utilidad, sino una 
cuestión de derecho. Además, sólo es verdaderamente 
útil para las sociedades lo que es justo, y el primer 
deber de la sociedad es asegurar de una manera am- 
plia y completa los derechos de los individuos que la 
forman. Debe ser, pues, severamente condenada esa 
funesta tendencia de muchos juristas á humillar el 
estandarte de los principios ante las banderolas del 
interés. Su resultado es, según veremos en seguida, 
el imperio de lo arbitrario, pues si todos entienden 
de idéntico modo la justicia, no hay dos que tengan 
una misma idea del interés. Sobreponed el interés 
al derecho y habréis entronizado indefectiblemente el 
abuso. 

Pero tampoco es exacto que el interés social exija 



Derechos de autor 



la limitación de los derechos de autor. Los que eso 
dicen son víctimas de un singular alucinamiento. 
Imaginan que declarar de libre reproducción una 
obra, equivale, para la sociedad, á encontrarla escri- 
ta en la tierra, en las aguas y en los aires, y que, 
con sólo fijar la atención y la vista, puede ella leerla 
y disfrutarla. Pero en la realidad de las cosas, el pre- 
tendido dominio -público no es más que el dominio 
de unos cuantos editores que con las obras viven y se 
enriquecen. 

Se objeta, empero, que la perpetuidad encarece los 
libros, porque el editor se ve obligado á pagar cons- 
tantemente á los herederos ó cesionarios su derecho 
de publicación; y si el cesionario es el editor mismo, 
el monopolio impide la concurrencia, y permite elevar 
tiránicamente los precios. 

Aun dado que así fuera, no habría más que respe- 
tar las consecuencias de un derecho sagrado. Lo mis- 
mo sucede con todo derecho pecuniario. ¿Por qué no 
se declara común la propiedad territorial, que yace, 
tal vez, improductiva, en manos de herederos ociosos 
ó incompetentes, para abaratar los productos indis- 
pensables á la subsistencia, en sociedades donde 
tantos infelices se mueren de hambre? ¿No es esto 
más necesario y más urgente que el comprar y leer 
libros? ¿No hemos visto, por otra parte, que la luente 



lisiadlos y Artículos 



de donde emanan los derechos de autor los hace toda- 
vía más respetables, si cabe, que los demás derechos 
pecuniarios? ¡Porque los libros nos prestan grandes 
y iraccndentalcs servicios, estaríamos autorizados, 
para obtenerlos á bajo precio, á arrebatárselos de las 
manos á quienes los poseen por cesión ó transmisión 
legítima de los que los producen ó escriben! ¡ Singu- 
lar razonamiento ! 

Mas no es cierto que el monopolio tenga, en este 
caso, sus ordinarias consecuencias. Los libros, en ge- 
neral, no son un artículo indispensable, y á poco que 
el editor exagere los precios, corre riesgo de quedarse 
con su mercancía. Además, la concurrencia de un 
libro con otros de la misma especie, impedirá siem- 
pre el monopolio abusivo, el precio excesivamente 
alto. El editor no aprovecha el favor del público en- 
careciendo los libros, sino vendiendo, á precios razo- 
nables, un gran número de ejemplares. Su derecho 
exclusivo de multiplicación, y las facilidades que ésta 
ofrece, contribuyen poderosamente á ese resultado. 

La suposición de la indolencia de los herederos, ó 
de su negativa á autorizar la publicación de obras im- 
portantes, pero contrarias á sus opiniones políticas ó 
religiosas, es caprichosa é inverosímil. Tal fenómeno 
únicamente por excepción rarísima podría presen- 
tarse, y no se comprende que se prive á todos los 



Derechos de autor 



herederos de un derecho legítimo, sólo porque cabe en 
lo posible que, en algún tiempo, algún heredero lo 
ejerza abusivamente, ó se complazca en perjudicar 
sus propios intereses. 

De todos modos, no faltan medios para evitar el 
mal que con tan increíble sutileza se prevé. Algunos 
han propuesto declarar la libre reproducción después 
de cierto tiempo, é imponer á los editores la obliga- 
ción de pagar una renta á los herederos. Sin creer 
que éste recurso ofrece los inconvenientes prácticos 
que en su contra se han esgrimido, no lo creo acep- 
table, porque viola el derecho del heredero, que re- 
gularmente estará dispuesto á seguir publicando 
por sí mismo la obra. 

Otros quieren que se obligue al heredero á dar á 
luz una nueva edición cada tantos años, so pena de 
perder su derecho ( i). Este expediente es peor que el 
otro, pues obliga al heredero á hacer ediciones rui- 
nosas, si en la época en que vence un plazo, el públi- 
co, por causas que pueden ser transitorias, no tiene 
afición á la obra que antes favorecía. 

Queda el arbitrio de la expropiación. Se ha dicho 

(i) Asi se establece en la ley española vigente, do 1879, P or ' a cua ^ 
se reconoce la propiedad por ochenta años, sobre la vida del autor. El 
conde de Casa-Valencia, en la discusión de esa ley ante el senado, 
combatió victoriosamente esa medida. 



Estudios y Artículos 



en su contra que importa dar al gobierno la facultad 
de suprimir las obras cuyas ideas sean contrarias á 
sus propósitos. Este cargo no tiene más fundamento 
que la impropiedad del término empleado, no de lo 
que, en este caso, con él se quiere significar. La ex- 
propiación supone una propiedad, y ya hemos visto 
que el derecho de autor no tiene ese carácter. Por la 
expropiación se atribuye al Estado el dominio que 
antes correspondía al particular. Por la declaración 
de caducidad del derecho de autor, que es lo que 
quiere expresarse aquí con el término de expropia- 
ción, se autoriza la libre reproducción de la obra que 
haya interés en salvar de la desidia ó preocupaciones 
del heredero. Bastaría que alguien se presentase á la 
autoridad, manifestando que deseaba imprimir una 
obra dada, para que el heredero ó cesionario desidioso 
se hallase obligado á publicarla él mismo (siempre que 
no hubiera ejemplares en plaza), ó á ver caducar su de- 
recho. El nuevo editor gozaría de privilegio durante 
un término prudencial, y transcurrido, cualquiera 
podría reproducir la obra. Este recurso, bien regla- 
mentado, no ofrece inconveniente alguno. 

Ya se ve, pues, que la sociedad no se perjudica con 
la perpetuidad ; pero hay más: ella le sería benéfica. 
Para probarlo, me bastará citar la siguiente atinada 
observación de Darras, partidario de la limitación: 



Derechos de autor 



467 



" Si todos pudiesen reproducir libremente las obras 
intelectuales, muy pocos se expondrían á publicarlas. 
De muchas de ellas, en efecto, sólo es dado esperar 
beneficios porque puede uno exclusivamente vender- 
las: gracias al monopolio, está uno seguro de expen- 
der cierto número de ejemplares. Si todos pudiesen 
publicarlas, el número de compradores no se aumen- 
taría al mismo tiempo que el de vendedores ; así, en 
el hecho, el derecho de reproducir por todos, llevaría 
á la abstención de todos." Además, como se ha dicho 
muy bien, muchas obras que perecen hoy por olvido, 
serían nuevamente dadas á luz por la interesada vigi- 
lancia del cesionario ó heredero, con gran ventaja de 
la sociedad. 

Por lo que dice con la utilidad del autor, cien años 
ó la perpetuidad son para él de igual beneficio; pero 
sólo en el caso de que enajene su derecho. Si éste 
hubiese pasado á sus herederos, y los nietos del autor 
quisieran venderlo, ya no podrían hacerlo sino por 
brevísimo plazo. Y quizá sólo entonces la obra hubiera 
reportado los beneficios á que era acreedora, por no 
haber sido antes debidamente apreciada. 

En el caso de venta por el autor, sucede lo mismo 
que con la propiedad. Igual precio se obtiene por un 
plazo bien largo que por la enajenación perpetua. 
¿Es esto un motivo para declararla temporaria? Pero 



468 



Estudios y Artículos 



se arguye por algunos que tampoco es esencial la per- 
petuidad al derecho de propiedad; que ella sólo se 
funda en la naturaleza de las cosas corporales que son 
su objeto, en cuya virtud la perpetuidad es útil y 
necesaria. 

Yo creo, sin embargo, que la perpetuidad es tan 
esencial á la propiedad como á los derechos intelec- 
tuales. Es seguro, en efecto, que el propietario ó 
dueño de una cosa puede donarla á quien se le an- 
toje. Nadie negará que esto es esencial á esta clase 
de derechos. Pues bien, el que puede donar, puede 
legar, porque un legado no es más que una donación 
á término incierto, la muerte del causante. Así todo el 
que recibe de otro una cosa en propiedad, tiene á su 
vez el derecho de transmitirla por disposición de últi- 
ma voluntad, con lo cual la limitación del derecho 
resulta imposible. De lo contrario, el heredero durante 
cuya vida debiese terminar un derecho de propiedad 
recibido de sus antepasados, podría destruir el objeto 
de su derecho, pero no podría conservarlo. El absurdo 
salta á los ojos. 

Ya se entiende, por lo demás, que la perpetuidad 
del derecho de autor no basta para impedir la indi- 
gencia de sus descendientes. Nadie tiene derecho á 
estorbar al autor la libre disposición de su derecho, 
su enajenación, que puede ser ruinosa para su fami- 



Derechos de autor 



lia. Pero <t autoriza esto á establecer que nunca, ni 
aun permaneciendo el derecho en la familia, pueda 
él servir para remediar la pobreza de sus miembros ? 
En todo caso, Julio Simón estaba en lo cierto al decir 
en el Congreso de Bruselas : " Creo que los autores 
son desinteresados en la cuestión. . . i Por qué pedi- 
mos la perpetuidad? La pedimos por un sentimiento 
de honor. Es un derecho, y lo reclamamos". 

Algunos autores asimilan las producciones litera- 
rias á los inventos industriales, para hacer valer con- 
tra la perpetuidad relativa á las primeras los incon- 
venientes que descubren en la que se refiere á los 
segundos (i). Sin entrará valorar esos inconvenien- 
tes, no puedo menos de ver un error gravísimo en 
la confusión de cosas tan distintas. El invento dista 
mucho de tener el sello personal de la producción 
literaria, y la prueba es que diversas personas pue- 
den coincidir, y en más de una ocasión han coin- 
cidido, en una misma invención ó descubrimiento. 
Por eso ocurren frecuentemente discusiones con res- 
pecto á la paternidad de los inventos, como sucede 
con uno de los más célebres y fecundos, la im- 
prenta; discusiones inconcebibles en las obras li- 

(i) Gastambide, Historique et théorie déla, propriété des auteurs. 
Paris, 1862. 



Estudios y Artículos 



terarias, cuando en ellas el autor pone su firma. Na- 
die puede rastrear en el para-rayos la personalidad 
de Franklin; pero trasciende en el Don Quijote la 
más rica y secreta esencia del espíritu de Cervantes. 
Una misma invención va, además, sucesivamente 
perfeccionándose, y la última mata siempre á la que 
la ha precedido; al paso que las producciones litera- 
rias sólo el autor las mejora, y quedan, ó deben que- 
dar, después de su muerte, libres de modificaciones. 
En cuanto á las producciones literarias de carácter 
artístico, nunca perecen cuando son buenas, aunque 
pasen siglos, y otras mejores se produzcan, y se rom- 
pan los moldes en que fueron vaciadas. El lenguaje 
común ha fijado con seguro instinto esta trascen- 
dental diferencia, con las palabras invención y crea- 
ción. El inventor (de invenio, yo encuentro) no hace 
más que hallar una cosa, extraña á él, que otros mu- 
chos podían haber hallado igualmente; el creador da 
á luz lo que sólo él ha podido hacer, profundamente 
impregnado en los aromas de su alma. 

En las dificultades prácticas que la perpetuidad 
puede engendrar, como la división del derecho en 
un gran número de herederos dispersos y descono- 
cidos, no insistiré mucho tiempo. Inconvenientes de 
esta clase no justificarían nunca el falseamiento ó la 
violación de un derecho. Ni es racional admitir que 



Derechos de autor 



47* 



falten medios de salvarlos discretamente. El registro 
catastral, propuesto por Batbie, da buena cuenta de 
todos ellos. 

Napoleón I hacía valer contra la perpetuidad de los 
derechos de autor la dificultad de anotar obras céle- 
bres que no fuesen de libre reproducción. Pero el 
mismo inconveniente existe en el sistema de la limi- 
tación, mientras el término que se concede, y que 
cada día tiende, en la legislación misma, á hacerse 
más largo, no se haya vencido. No faltaría, tam- 
poco, cómo salvar en la ley esa dificultad, sino se 
prefiriese dejar su resolución al libre convenio entre 
el comentador y el titular del derecho. 

Darras, por su parte, reconoce que los argumentos 
generalmente presentados en contra de la perpetui- 
dad carecen de solidez y eficacia; pero aduce otros, 
que, en mi concepto, no son más afortunados. Hé 
aquí su razonamiento : 

" El derecho de los autores es legítimo porque es la 
remuneración de un trabajo, porque hay una perso- 
nalidad que salvaguardar. Este derecho debe des- 
aparecer el día que el autor ha recibido el pago de su 
trabajo ; es indudable que el respeto debido á su per- 
sonalidad subsiste siempre ; pero es bueno recordar 
que esta idea, separada de la de labor, puede muy 
bien ser el fundamento del derecho moral, pero no el 



Estudios y Artículos 



del derecho pecuniario; si esto es así, poco importa 
que deba siempre protegerse, contra todo atentado, 
la personalidad del escritor y del artista; lo único á 
que debe atenderse, es á proporcionar su salario al 
trabajo que han suministrado. Ahora bien, día llega 
en que, necesariamente, el autor ha recibido la re- 
compensa de sus afanes: esto es evidente; no puede 
ponérsele indefinidamente un salario en las manos : 
el trabajo fué limitado, también la remuneración debe 
serlo; el derecho pecuniario debe, pues, ser tempo- 
rario. " 

Ya al principio de este escrito dejé sentado que el 
trabajo del hombre no es el fundamento del derecho 
de propiedad, ni menos de los derechos intelectuales; 
que si él vigoriza y afirma esos derechos, no entra en 
ellos como elemento esencial. Menos puede admitirse 
que sea el trabajo el que se paga cuando se recibe un 
precio por la cesión de estos derechos. El que compra 
á otro una casa ó un derecho intelectual, se los paga 
porque pertenecen al vendedor, aunque ningún tra- 
bajo le haya costado adquirirlos. El principio que 
domina la materia es, á mi juicio, el siguiente : Nadie 
tiene el derecho de servirse gratuitamente de lo que 
pertenece á otro. Que le haya costado, ó no, trabajo 
el adquirirlo, ó producirlo, lo mismo da. Si el trabajo 
es respetable y debe remunerarse, es porque es algo 



Derechos de autor 



473 



del hombre, porque le perten2ce. Así el autor tiene 
derecho á exigir un precio por su obra, no porque le 
haya costado trabajo, sino porque es suya, y nadie 
puede exigir que se la ceda gratuitamente ó por un 
precio determinado. Con perfecto derecho puede él 
decir á la sociedad : "Todo el que quiera servirse de 
mi producción, ha de pagarme los ejemplares en que 
la imprimo, medio por el cual la pongo á su alcance 
para que la aproveche y la goce intelectualmente ". 
No se comprende qué influencia deba tener aquí el 
transcurso del tiempo. Aunque el autor viviese mil 
años, es claro que podría seguir diciendo lo mismo. 
Las generaciones posteriores no tienen derecho al- 
guno para obtener gratuitamente un goce ó provecho 
que han pagado por sí, y no por otras, las que las 
han precedido. 

El beneficio pecuniario que el autor recibe de sus 
obras no es, pues, un salario, palabra pésimamente 
elegida en este caso, y que supone un contrato, una 
locación de servicios, que el mismo Darras no ad- 
mite. Esos beneficios tienen un carácter mucho más 
independiente y elevado. El autor ofrece en venta lo 
que quiere, el goce intelectual de su obra, y el pú- 
blico lo compra ó no, según la opinión que de ella 
forma y la utilidad que le atribuye. Si fuera un sala- 
rio, en remuneración de un trabajo, todo autor de- 



777 



Estudios y Artículos 



bicra recibirlo, pues todos trabajan, y, muchas veces, 
más los que carecen de natural talento y producen 
obras menos estimables. No sucede así, sin embargo, 
y eso prueba que las obras no se pagan por el tra- 
bajo que cuestan al que las hace, sino por el prove- 
cho que juzga obtener el que las disfruta. El público 
es único juez de este beneficio, y así deja impagas las 
que le parecen malas, sin pensar en la remuneración 
del trabajo en ellas empleado. 11 i Cuánto debe reci- 
bir un autor? 1 ' preguntaba Talfourd, en uno de sus 
célebres discursos, pronunciados en el parlamento 
inglés, en pro de los derechos de autor. "Tanto (se 
respondía) cuanto sus lectores tengan á bien darle. 
Cuando decimos que ha adquirido ingentes riquezas 
con sus escritos, {qué decimos sino que ha multipli- 
cado las fuentes del placer para lectores innumera- 
bles, y que ha iluminado miles de horas, sin él per- 
didas en la tristeza, la disipación ó el fastidio? Am- 
bas proposiciones son idénticas : la una prueba la 
otra". 

Por lo demás, en la gran generalidad de los casos, 
el pago no es infinito. Las obras, después de cierto 
tiempo, envejecen, no se piden, y, por lo tanto, no se 
pagan. De dos obras publicadas á la vez, una deja de 
pagarse, espontáneamente, á los veinte años, otra á 
los cuarenta. Esa diferencia de tiempo corresponde 



Derechos de autor 



47* 



aproximadamente á la diferencia de utilidad, y, por 
consiguiente de valor, entre ambas, i Por qué, pues, 
ha de intervenir la ley, para limitar el pago, confun- 
diendo y borrando artificialmente esa natural y res- 
petabilísima diferencia? La utilidad, el provecho, el 
beneficio que procuran las obras superiores, únicas 
que el público paga indefinidamente, son también 
indefinidos, y trascienden de edad en edad y de siglo 
en siglo. Á veces sucede también que una obra no 
se aprecia, por razones diversas, sino muchos años 
después de publicada. Si, como afirma Darras, más 
bien la obra que el autor merece recompensa, ¿ cuál 
recibiría ella en tal caso, aceptando el sistema de la 
limitación de estos derechos ? 

El argumento de que á un trabajo limitado corres- 
ponde una remuneración limitada, no sólo es inapli- 
cable al derecho de autor, como acabo de demostrar, 
sino que lleva irremisiblemente á negar la perpe- 
tuidad en el derecho de propi jdad, que también es, se- 
gún Darras, la retribución de un trabajo limitado. 
Este autor ha previsto la objeción y se ha empeñado 
vanamente en destruirla. " Las cosas materiales, di- 
ce, objeto del derecho de propiedad, requieren, para 
conservarse, una solicitud de todos los instantes ; al 
trabajo de la apropiación, se une, á cada momento, un 
nuevo trabajo : éste, como aquél, debe ser retribuido ; 



Esludios y Artículos 



y como esos actos de conservación, y aun de mejora- 
miento, sin cesar se renuevan, sin cesar debe existir 
también el derecho de propiedad... Con una obra 
intelectual no sucede lo mismo. Los herederos hacen 
reproducir la obra tal como ha salido del cerebro del 
autor; ni siquiera tienen el derecho de modificarla 
para ponerla en consonancia con el gusto del día. Si, 
pues, en la base del derecho se halla el trabajo, la 
obra, cosa incorporal, se conserva por sí misma, sin 
ninguna intervención humana. Aunque la propiedad 
sea perpetua, no es para los herederos del que la ad- 
quirió primero una fuente de ociosidad. Con sus bie- 
nes, el difunto ha legado á sus hijos la obligación de 
conservarlos por un nuevo trabajo. Pero si las obras 
intelectuales dan nacimiento á un derecho perpetuo, 
debería considerárselas como la justificación perpetua 
de la ociosidad. " 

Según esto, el que mantuviese inculto y cubierto 
de maleza un campo heredado, ó dejase arruinar un 
edificio, debería perder el derecho de propiedad que 
sobre ellos le correspondiese. 

Pero lo más singular del raciocinio transcripto es 
que no se toma en cuenta sino la propiedad raíz, que 
necesita cultivo ; pero i qué trabajo incorpora al ob- 
jeto de la propiedad el que hereda un brillante ú otro 
objeto análogo ? Y no se diga que solamente la pro- 



Derechos de autor 



477 



piedad raíz es capaz, como los derechos intelectuales, 
de dar renta á los herederos. Los herederos de un 
violín Stradivarius pueden, sin incorporar trabajo 
alguno á su propiedad, alquilar su uso, por un tanto, 
á quienes deseen lucirlo en conciertos ó reuniones 
musicales. Y no sólo conservan indefinidamente su 
propiedad, sino que, según la conocida peculiaridad 
de este instrumento, ella se aumenta entre sus manos 
por el mero transcurso del tiempo. La ociosidad del 
heredero existe, pues, en ambos casos ; pero al hacer 
mérito de ella, se olvida que, precisamente, uno de 
los principales estímulos del trabajo del hombre es el 
deseo de ahorrarlo á sus descendientes. 

Con el sistema de la limitación se entra de lleno en 
la esfera de lo arbitrario y caprichoso, i Cuál será ese 
límite ? i Diez, veinte, cincuenta, ochenta, cien años ? 
Ningún número satisface, porque todos carecen de 
fundamento racional, de base jurídica. 

En cuanto al modo de establecer el plazo, hay dos 
sistemas igualmente viciosos. Según el más aceptado 
en las legislaciones modernas, el derecho se mantiene 
durante la vida del autor y algún tiempo más, por lo 
general cincuenta años. No obstante el favor de que 
goza, este sistema es absurdo é inicuo, porque es 
aleatorio, porque, como se ha notado, favorece indebi- 
damente á los hombres robustos sobre aquellos á 



Estudios y Artículos 



quienes el trabajo consume, y porque fomenta el mer- 
cantilismo literario, la producción rápida y frivola de 
la primera juventud, á la cual se acuerda una protec- 
ción más larga que á los frutos sazonados de la edad 
viril, y que á esas obras de largo aliento, que requi- 
riendo muchos años de preparación y de trabajo, se ter- 
minan generalmente en los últimos lustros de la vida. 

El otro sistema estriba en señalar un plazo fijo, á 
contar desde el día de la primera publicación. Fuera 
de otros inconvenientes, se da aquí también en el ab- 
surdo (inevitable siempre que se deseche la perpetui- 
dad) de señalar un espacio de tiempo único para 
obras de valor infinitamente diverso. Se establece 
una perpetuidad de hecho para las producciones co- 
munes, que no viven más de cincuenta años, y se li- 
mita el derecho sobre las obras maestras y las inspi- 
raciones soberanas. A lo que vale menos se le concede 
más. ¡ Lógica peregrina y admirable justicia ! 

El único medio de sustraerse á este cúmulo de 
contradicciones y caprichos, de dar á los derechos de 
autor la dignidad que les corresponde, de arran- 
carles el carácter de privilegio que, á pesar de todo, 
la limitación les impone, es volver á los dominios de 
lo justo, de lo racional y filosófico, que es también lo 
verdaderamente jurídico; al common law de la anti- 
gua jurisprudencia inglesa, al principio de la moder- 



Derechos de autor 



479 



na legislación de Méjico, también en China consagra- 
do, á la perpetuidad, en fin, de los derechos intelec- 
tuales, en cuyo objeto campea y da muestra de si 
nuestra facultad autónoma y libérrima. 

No obstante las poderosas resistencias que falsas y 
arraigadas preocupaciones ponen en su camino, la 
idea de la perpetuidad avanza siempre, adquiere ca- 
da día mayor prestigio, y acabará, tarde ó temprano, 
por imponerse á todas las conciencias y alcanzar 
definitivamente la victoria. 

Lo que sí debe admitirse sencillamente, es, que la 
limitación, en el derecho de autor, no entraña, por 
la naturaleza de las cosas, las funestísimas conse- 
cuencias que en la propiedad produciría. Las cosas 
incorporales no reclaman con imperio un derecho 
exclusivo; desde el punto de vista del interés directo, 
y prescindiendo del altísimo que siempre existe en 
respetar la justicia, la perpetuidad, en este derecho, 
será útil á la sociedad en muchos casos, pero no es, 
como en la propiedad, imprescindiblemente necesaria. 

Esta diferencia, que francamente reconozco, me 
mueve á indicar una solución mixta, que salvando 
el carácter superior é inviolable del derecho de au- 
tor, satisfaga á los que piensan que, al cabo de cierto 
tiempo, él debe corresponder á la sociedad entera. 
Quizá serviría este sistema de término de transición 



./So Estudios y Artículos 



entre el derecho temporario, hoy imperante en la 
casi totalidad de las legislaciones y en la doctrina 
de muchos autores, y el derecho perpetuo, que es, 
como hemos visto, perfectamente racional y justo. 

Creo, pues, que podría declararse la perpetuidad 
para el autor y sus legítimos herederos (salvo cadu- 
cidad, en los casos y por los procedimientos antes 
indicados), y el plazo de cien años para los cesiona- 
rios y los suyos, á contar desde el día de la cesión, 
ya se realizase ésta por el autor mismo, ó por cual- 
quiera de sus descendientes. Cumplido ese término, 
todo derecho exclusivo habría concluido, y la obra 
podría ser libremente reproducida. Se salvaría así el 
honor y la dignidad de este derecho, reconociéndole 
perpetuo mientras la familia ó descendencia del autor 
no quisiesen despojarse de él ; y en la práctica, la so- 
ciedad adquiriría, tarde ó temprano, el derecho de li- 
bre reproducción de las obras, pues es indudable que, 
al cabo de una ó dos generaciones, por motivos de con- 
veniencia que no es necesario explicar, el cesionario 
sustituye al heredero, en la gran generalidad de los 
casos. Por otra parte, ningún perjuicio se le seguiría 
al cedente, ya fuese el autor, ya uno de sus herede- 
ros, pues, como reconocí antes de ahora, cien años ó 
la perpetuidad son exactamente lo mismo, cuando se 
trata de enajenar este derecho. 



Derechos de autor 



Se dirá tal vez que un derecho transmisible á per- 
petuidad por herencia legítima, y sólo cesible tempo- 
rariamente en favor de tal ó cual persona, es una 
anomalía jurídica, sin precedente en la ciencia ni en 
las leyes; pero es menester no olvidar que se trata 
de un derecho especial, distinto de todos los otros 
hasta ahora clasificados y estudiados, y que requiere, 
por lo mismo, una reglamentación también diversa, 
en armonía con la naturaleza y caracteres que le son 
propios. 

III 

OBRAS Á QUE DEBE EXTENDERSE LA PROTECCIÓN LEGAL 

Hasta aquí he estudiado únicamente los puntos 
más elevados y generales de la materia, los que por 
su amplitud y trascendencia la abarcan y dominan 
en su conjunto : debo ahora descender á algunos por- 
menores de aplicación, cuya inteligencia y alcance es 
de suma importancia determinar precisamente. 

No todo cuanto produce la actividad intelectual del 
hombre es acreedor á la protección legal, del punto 
de vista del derecho pecuniario : ciertas excepciones 



Estudios y Artículos 



y limitaciones deben necesariamente admitirse, según 
el origen é índole de la producción misma, y los fi- 
nes á que está destinada. {Cuáles son esas excepcio- 
nes y limitaciones, y en qué motivos racionales se 
fundan } 

La producción literaria debe entenderse, jurídica 
y legalmente, en un latísimo sentido. Compréndese 
en ella cuanto representa cierta actividad intelectual 
propia, aunque carezca de sello artístico y de impor- 
tancia científica, como las guías, almanaques, compi- 
laciones y compendios ó selecciones de obras que, 
por el carácter temporario que hoy se atribuye á este 
derecho en la mayor parte de las legislaciones, pue- 
den ser ya libremente reproducidas. La ley protege 
por igual todas las obras, sin tener en cuenta su 
extensión, mérito ni importancia. 

En las publicaciones periódicas deben, no obstante, 
distinguirse los artículos políticos, noticias y tele- 
gramas, de las demás producciones, literarias, histó- 
ricas ó científicas, que en ellas tienen cabida. 

Los artículos políticos ofrecen un carácter esencial- 
mente público, se identifican con la marcha y la vida 
de la sociedad misma, en lo que tiene de más nece- 
sario y externo, y su transcripción es un derecho in- 
disputable de todo el que quiera estudiar y seguir ese 
movimiento por la discusión y el examen. 



Derechos de autor 



4$3 



Más fundada es todavía esta doctrina en lo concer- 
niente á las noticias y telegramas. Los hechos perte- 
necen á todos, y el que primero los pone en conoci- 
miento del público, ningún derecho adquiere para 
impedir que otros los reproduzcan y divulguen. La 
forma, puramente externa en este caso, no tiene im- 
portancia alguna, ni es más que un elemento acceso- 
rio del hecho que manifiesta, y con él se identifica y 
confunde. La obligación del reproductor debe aquí 
limitarse á indicar la fuente de donde toma sus in- 
formaciones. Claro está, por lo demás, que si una 
noticia ó telegrama, en vez de limitarse á expresar 
un simple hecho, lo explican, exornan ó comentan, 
dándole cierto desarrollo, adquieren el carácter de 
producción literaria, y con él, el derecho perfecto á 
la protección de la ley. Los casos que pueden ocurrir 
en la práctica son infinitos, y ni la legislación ni la 
doctrina pueden preverlos especialmente, uno á uno, 
de antemano. Sólo cabe establecer un criterio gene- 
ral, señalar un rumbo, y dejar lo demás al tino de los 
jueces y á las reglas particulares que la jurispruden- 
cia va tarda pero seguramente creando. Debo decir, 
sin embargo, que la expuesta doctrina no es unáni- 
memente admitida, y que, en ciertos países, como 
Hungría, aun las noticias y telegramas se hallan, sin 
excepción alguna, bajo la protección de la ley. 



Estudios y Artículos 



Los discursos políticos están en el mismo caso que 
los artículos de periódico á que antes hice referencia : 
la misma decisión les es, por consiguiente, aplicable. 
Cuando se trata de discursos parlamentarios, ella se 
impone aún con mayor fuerza. Un discurso, en tales 
condiciones, es un verdadero acto público, sobre el 
cual la sociedad y la historia adquieren inmediata- 
mente indiscutibles derechos. Los periódicos pueden 
libremente reproducirlo, pues se halla consignado en 
actas oficiales, en el diario de sesiones ; pero el ora- 
dor conserva, fuera de la supresión, las prerrogativas 
de su derecho moral, y aun su derecho pecuniario 
sobre la colección de sus discursos políticos que haya 
tenido á bien formar y publicar después por sepa- 
rado. 

Deben también quedar excluidas de protección le- 
gal ciertas producciones literarias que, aun cuando 
acaso marcadas con el sello personal de su autor, 
están de suyo destinadas á un servicio público de 
justicia, de administración ó de gobierno. Tales son 
las leyes, cuya divulgación amplia y libérrima es un 
derecho sagrado de la sociedad que debe obedecerlas; 
tales son, asimismo, las sentencias de los jueces y 
tribunales, que forman la jurisprudencia, inter- 
pretan los puntos dudosos y facilitan la inteligencia 
de las leyes; y, por último, los alegatos de los abo- 



Derechos de autor 



485 



gados, mientras su reproducción se haga con el obje- 
to de aclarar, comentar ó discutir las sentencias que 
sobre ellos han recaído, no con el de convertirlos en 
medio de especulación y de lucro. Esto último sólo 
corresponde al autor, quien puede imprimirlos, suel- 
tos ó coleccionados, con exclusión de todos los demás. 

Se ha discutido también si el profesor, á quien el 
Estado remunera por su enseñanza pública en ciertos 
establecimientos de educación, tiene exclusivo derecho 
de reproducción sobre sus lecciones. En mi concepto, 
la afirmativa es evidente, sin que pueda impugnarse 
diciendo, con Proudhon, que eso sería recibir dos pre- 
cios por una misma cosa. El profesor presta al Esta- 
do un servicio y recibe de él la recompensa : nada pue- 
de reclamar el uno del otro. Pero fuera de esta ver- 
dadera locación de servicios, y por cima de ella, existe 
y subsiste inalterado el derecho del autor sobre las 
producciones de su espíritu, por las cuales nadie pue- 
de impedir'que reciba todo el precio que el público pa- 
ra quien escribe quiera darle. 

La colección de trozos de diversos autores, ó el ex- 
tracto, compendio ó abreviación de una obra dada, 
tienen también derecho á la protección de la ley, cuan- 
do se trata de producciones que pueden, en su totali- 
dad, libremente reproducirse. Tales colecciones y com- 
pendios llevan también el sello personal de quien los 



Estudios y Artículos 



hace, manifiesto en el método, en la coordinación de 
sus partes, y en el gusto, más ó menos depurado y 
seguro, que á toda elección ó selección preside. Su 
autor no tiene derecho de estorbar que otros hagan, á 
su vez, un trabajo análogo con las mismas obras que 
le han servido de base ; pero puede legítimamente 
oponerse á que se copie ó falsifique el suyo. 

Las mismas razones que fundan la protección legal 
á las obras literarias, la hacen aplicable á ciertas obras 
artísticas que, como las musicales, los grabados, las 
fotografías, llevan también un sello personal y propio, 
más ó menos profundo, según los casos, y que pudien- 
do exactamente reproducirse, dan origen á la ya es- 
tablecida distinción entre el ejemplar y la obra. En 
algunas bellas artes, como la arquitectura, la escul- 
tura y la pintura, esa distinción no puede hacerse, 
porque la copia es siempre y necesariamente distinta 
del original. 

De aquí resulta (y esta es una razón fundamental) 
que lo que el artista vende no es un ejemplar, una 
reproducción de su obra, sino su obra misma, reci- 
biendo por ella, en una sola vez, una suma propor- 
cionada á su valor artístico. Así el comprador de un 
cuadro ó de una estatua debe tener el derecho de opo- 
nerse á que el autor siga explotando comercialmente, 
por medio de reproducciones ó copias, un objeto que 



Derechos de autor 



4$7 



él quizá ha pagado á alto precio con la intención de 
ser su poseedor único en absoluto. Puede también 
alterar, desfigurar y aun destruir la obra artística, y 
aunque es verdad que el vínculo intelectual entre ella 
y el artista subsiste, él sólo da aquí lugar á ciertas 
prerrogativas del derecho moral, como la de impedir 
la exhibición pública de su obra sin su firma, ó con 
firma distinta, ó con cambios ó mutilaciones de cual- 
quier especie. 

Tiene, además, el autor la facultad, para mí indis- 
cutible, de hacer, si puede, en virtud de su libertad 
artística una obra igual á la que vendió anteriormente, 
lo cual se aleja ya mucho de una mera reproducción 
ó copia de la misma. 

Debo reconocer, sin embargo, que, así en la legis- 
lación como en la doctrina, las obras artísticas y li- 
terarias se colocan, sin distinción, en una misma línea; 
pero, á mi juicio, este punto, especialmente compli- 
cado y difícil, de los derechos intelectuales, no ha sido 
aún suficientemente estudiado, por lo cual se some- 
ten á idénticas reglas cosas de naturaleza diversa. 



Estudios y Artículos 



IV 

VIOLACIONES DEL DERECHO PECUNIARIO 

De dos modos principales puede atentarse contra el 
derecho de reproducción exclusiva que al autor corres- 
ponde sobre su obra : la falsificación y el plagio. La 
primera consiste en publicar la obra como si fuera de 
libre reproducción, no siéndolo ; el segundo, en darla 
á luz como propia, siendo ajena. No incurre, sin em- 
bargo, en falsificación el que cita ó copia algún pasaje 
con motivo de discusión ó de crítica. La crítica tiene 
sus fueros, y en nada se ofende con ellos el derecho 
moral ni el pecuniario de los autores ; antes se los fa- 
vorece y afirma. Tampoco ha de considerarse plagio la 
simple coincidencia de una expresión ó frase, que 
puede ser casual ó involuntaria ; y aunque lo hubie- 
re, su castigo debe dejarse á la opinión, á la crítica, 
que descubriendo el plagio, afecta la autoridad moral 
del plagiario, y menoscaba, al mismo tiempo, su ma- 
terial beneficio. La ley no puede tomar en cuenta lo 
infinitamente pequeño, ni en el derecho de propie- 
dad, ni en el derecho de autor. Imposible señalar de 



Derechos de autor 



4$9 



antemano el punto mismo en que la protección legal 
debe empezar ; tal distinción sólo puede verificarse 
con acierto teniendo en vista los hechos circunstan- 
tes, y debe, por lo tanto, confiarse á la prudencia y 
sagacidad de los jueces. 

Un punto de carácter más general, y muy contro- 
vertido, es el relativo á la traducción. Se discute si 
ella ha de ser libre, ó si está comprendida en el dere- 
cho de reproducción de los autores, sin cuyo asenti- 
miento á nadie sería permitido trasladar sus obras á 
un idioma diferente de aquel en que fueron escritas. 

Distinguidos y numerosos escritores opinan en pro 
de la traducción libre, fundándose en razones de na- 
turaleza diversa. Según ellos, sin causar al autor 
lesión alguna, el traductor le rinde un señalado servi- 
cio, aumentando su renombre y gloria, y dando á su 
obra una influencia más vasta y considerable. El autor 
nada padece en su derecho pecuniario, porque los 
lectores de la traducción no son los mismos de la obra 
original, sino otros, con quienes él no ha podido con- 
tar al escribir y publicar esta última en una lengua 
determinada. 

El derecho de autor, además, recae sobre la forma, 
no sobre el fondo, y la forma queda notablemente 
alterada en la traducción por un necesario cambio de 
giros y palabras. Por último, el traducir es un tra- 



Estudios y Artículos 



bajo difícil, que pocos son capaces de realizar con 
acierto, y acreedor, por lo mismo, á una proporcio- 
nada recompensa. 

Ninguno de estos argumentos resiste la más ligera 
crítica. Los autores no deben estar obligados á reci- 
bir beneficios á pesar suyo, y contradictoriamente al 
modo como ellos entienden sus legítimos intereses. 
Si una buena traducción aumenta la fama, y con ella 
la fortuna, del autor, una traducción mala, que los 
italianos llaman, con mucha propiedad y fuerza, una 
traición, sólo sirve para su ruina, desesperación y 
descrédito. Byron decía que una de las mayores cala- 
midades á que están sujetos los autores es la de ser 
traducidos en lenguas extrañas. Es, pues, natural é 
indiscutible su derecho á impedir que, según la feliz 
expresión de Cervantes, su trama sea vuelta del re- 
vés, y á elegir, en todo caso, las manos que han de 
llevar á cabo tan delicada tarea. Es cierto que la tra- 
ducción está destinada á público distinto del que ha 
de leer el original; pero el autor ha podido contar 
legítimamente con ese nuevo público, valiéndose, á 
su respecto, de una traducción autorizada, ó quizá 
hecha por él mismo. Á más de eso, la traducción, en 
muchos casos, disminuye considerablemente la venta 
de la obra original, pues no son pocos los que, aun 
entendiendo el idioma en que se ha escrito, compran 



Derechos de autor 



49i 



la última á falta de la primera, que les ofrecería una 
lectura más fácil y corriente. Son contadísimos los 
que poseen un idioma extraño hasta el punto de pre- 
ferir leer en él las obras que se les brindan vertidas 
al que les es propio. 

En lo tocante á la forma, me bastará recordar que 
al autor pertenece, íntima y personalmente, no sólo 
la externa, sino también la interna, que la traduc- 
ción no mudani transforma, y se contiene en la esfera 
del derecho pecuniario. Un mero cambio de pala- 
bras no puede bastar para que una obra deje de perte- 
necer á su autor. Por lo demás, el trabajo intelec- 
tual indudable, y por muchos injustamente menos- 
preciado, que una buena traducción requiere, no 
autoriza en modo alguno el desconocimiento del aje- 
no derecho y el uso libre y antojadizo de lo que le 
sirve de base (i). 

Por lo que hace á las obras de libre reproducción, 
claro es que una traducción no impide otra en la 

(i) La ley española de 1847 declaraba libres las traducciones en 
verso, y aun las en prosa cuando el original estaba en una lengua 
muerta. Militan en favor de esta solución razones más atendibles, 
pero no concluyentcs. En la mayor parte délos tratados, el derecho 
exclusivo de traducción en beneficio de los autores debe ejercerse ne- 
cesariamente dentro de un cierto plazo, y se extingue mucho antes que 
el derecho de reproducción. Nada justifica tan caprichosa medida. 



.¡<)2 



Estudios y Artículos 



misma lengua, ni menos en una distintá. El primer 
traductor sólo tiene derecho á quejarse de la copia, 
más ó menos disimulada, de su versión misma. 

En las obras rcpresentablcs, á más del derecho de 
reproducción, existe, en favor de los autores, el dere- 
cho de representación, que debe ser igualmente res- 
petado. Este derecho puede, á su vez, ser violado 
directamente, ó por medio de adaptaciones no au- 
torizadas, las cuales consisten en ciertos cambios 
que se introducen en dichas obras, á fin de ponerlas 
en armonía con los gustos, ideas y tendencias del 
nuevo público al que están destinadas. Las razones 
expuestas contra la libertad de las traducciones son 
en un todo aplicables á esta otra especie de violacio- 
nes. Las parodias, sin embargo, deben tolerarse, 
pues sólo tienen eficacia cuando se conocen las obras 
que las inspiran. 

Entre las violaciones del derecho pecuniario de los 
autores es menester contar también las lecturas pú- 
blicas, los compendios y las colecciones ó antologías. 

Las lecturas públicas, no autorizadas por los au- 
tores de las obras leídas, importan un atentado con- 
tra el derecho pecuniario, pues su natural resultado 
es, salvo excepciones, disminuir la venta del libro 
en que tales obras están impresas. En muchos casos 
pueden también ofender el derecho moral, como 



Derechos de autor 493 



quiera que los malos lectores, siempre abundantes, 
sólo sirven para hacer formar de las producciones y 
sus autores un concepto desfavorable. Nada más na- 
tural que reconocer en el escritor el derecho de elegir 
sus intérpretes. No es fácil, sin embargo, distinguir 
a friori, en la ley, las lecturas públicas de las priva- 
das. Los jueces deben resolver el punto teniendo 
presentes las circunstancias del caso. 

La reducción, compendio ó extracto no autorizados 
de una producción literaria, hiere asimismo el dere- 
cho pecuniario del que la ha escrito, en cuanto me- 
noscaba su venta, ofreciendo, en menor volumen y á 
menor precio lo más importante y substancial de ella. 
''Reconocer el derecho de abreviar, dice Lieber con 
tanta precisión como gracia, es reconocer á mi veci- 
no el derecho de tomar las espigas dejándome la pa- 
ja, de beberme el vino dejándome el barril 1 '. 

Piensan algunos que nada se debe á los autores 
por los escritos ó fragmentos que se les toma para 
formar colecciones ó antologías, y se fundan en la 
gran utilidad que ellas prestan á la juventud, y en 
las dificultades prácticas que ocasiona la necesidad 
de entenderse con tan diversas y numerosas perso- 
nas, muchas veces distantes y de domicilio ignorado. 
En contra de este modo de ver, me bastará recordar 
lo que en otra ocasión dije sobre la censurable faci- 



494 



Estudios y Artículos 



lidad con que, por razones secundarias de utilidad ó 
inconvenientes prácticos, se pretende hollar y desco- 
nocer los más incontestables derechos. Nada más he 
de añadir ahora. 

Todas las violaciones de los derechos de autor que 
acabo de exponer, deben ser reprimidas severamente. 
Pero se duda si ellas deben dar origen á una acción 
puramente civil, por embargo de la edición fraudu- 
lenta ó indemnización de daños y perjuicios, ó si na- 
ce además una acción criminal para la persecución y 
castigo del delincuente. En este último caso, queda 
todavía por averiguar si el ministerio fiscal debe, en 
tales delitos, proceder de oficio, ó si no son justicia- 
bles sino á querella de parte. 

Los que admiten una acción meramente civil, di- 
cen que no ha de mirarse como delito lo que sólo 
hiere un interés particular ; pero yo no veo por qué 
un atentado contra la propiedad, perseguido en todas 
partes criminalmente, ha de herir más el orden y el 
interés público, que la violación de un derecho inte- 
lectual, todavía más respetable y sagrado, como 
fundado en un vínculo más natural, íntimo y nece- 
sario. Juzgo, pues, que la represión de la ley crimi- 
nal es de todo punto indispensable para asegurar 
eficazmente estos altos y trascendentales derechos. 
Como consecuencia forzosa de esta doctrina, ellos 



Derechos de autor 



495 



deben ser también acusables de oficio por el ministe- 
rio público, pues la querella de parte sólo se exige, 
absolutamente, en ciertos delitos que afectan el pudor 
y decoro de las familias en lo celado del hogar do- 
méstico (i). 

Para que el delito se repute consumado, no es me- 
nester, á mi juicio, que la edición se haya vendido : 
basta que se halle pronta para la venta. De lo contra- 
rio, toda protección legal sería indudablemente ilu- 
soria. 



V 

RELACIONES INTERNACIONALES 

En la esfera de los principios jurídicos, de una 
teoría racional de los derechos de autor, las relacio- 
nes internacionales no ofrecen dificultad de ningún 

(i) Las decisiones de los congresos artísticos y literarios no son con- 
cordes en este último punto. Según el de Anvers, de 1 86 1 , la querella 
de parte es necesaria en esta clase de delitos. La doctrina opuesta se 
estableció categóricamente en el Congreso artístico de París, de 1878. 

Entre nosotros, antes de las reformas de 1886, la ley penal castiga- 



Estudios y Artículos 



género. La verdadera doctrina, la única en armonía 
con la razón y la justicia, fluye natural y necesaria- 
mente del carácter fundamental de esos derechos, 
lie demostrado que el derecho de autor no es un pri- 
vilegio, un derecho puramente civil, que sólo existe 
cuando la ley lo establece y afirma; sino un derecho 
natural fundado en lo más esencial y augusto de la 
personalidad humana. Por consiguiente, las discor- 
dancias civiles ó políticas de los diversos pueblos y 
naciones en nada pueden afectarlo : él abarca y rige 
la humanidad entera. Donde quiera que la obra se 
produzca, nace el derecho, con el carácter de univer- 
salidad propio de su elevada naturaleza. 

Toda falsificación literaria debe, pues, ser severa é 
indistintamente reprimida, ya se trate de autores 
nacionales ó extranjeros, y cualquiera que sea el lu- 
gar de la publicación de la obra. Idéntico principio 
debe adoptarse con respecto á la importación y ex- 
portación de ediciones fraudulentas. Por lo que hace 
á la exportación, único punto que pudiera ofrecer al- 
ba como un delito, aunque con lenidad manifiesta, las violaciones del 
derecho de autor. En el Código reformado, tal disposición, conforme 
en principio con la mayor parte de las legislaciones extranjeras, ha 
desaparecido completamente. Esa supresión injustificable no deja otro 
recurso á nuestros autores que la sanción civil, contra los atentados al 
derecho que la Constitución expresamente les asegura. 



Derechos de autor 



497 



guna duda, bastará observar que, según expuse al 
hablar de las violaciones del derecho pecuniario, el 
delito se consuma por la simple publicación no auto- 
rizada, sin que sea necesario comprobar la venta de 
los ejemplares. Además, el sentimiento de la solida- 
ridad humana, que tiende cada día más á enlazar á 
los pueblos por el respeto mutuo, por la unidad su- 
perior de ciertos principios jurídicos, y por la repre- 
sión común de los delitos, reclama imperiosamente 
la resolución de este punto en el sentido indicado. 

Una cuestión importante mueve el simple tránsito 
de una edición fraudulenta por territorio extranjero, 
destinada á venderse en otro mercado. ¿Qué acción 
incumbe á las autoridades de ese territorio? {Es apli- 
cable á este caso la ficción de extraterritorialidad, 
generalmente aceptada en favor de las mercaderías 
de tránsito? Pienso que no, pues tal ficción no tiene 
más alcance que librar á dichas mercaderías de todo 
gravamen aduanero ó fiscal. No hay razón para ex- 
tenderla á la tolerancia del fraude y á la impunidad 
del delito. La autoridad debe, pues, mirando el hecho 
como una verdadera importación, proceder al em- 
bargo de la edición y al castigo del delincuente. 

La universalidad, diré así, del derecho de autor no 
carece de contradictores. Los que no ven en él sino 
un privilegio, un derecho civil creado por el legisla- 
ba 



./<)S Estudios y Artículos 



dor, no pueden concederle trascendencia internacio- 
nal, y lo encierran en los límites del territorio en 
que la ley existe y sobre el cual únicamente impera. 
Por lo mismo que esta decisión es perfectamente ló- 
gica con la doctrina del privilegio legal, ya refutada 
en anteriores números, no necesito demostrar ahora 
cómo es ella absolutamente inaceptable. 

Otros hay que, encarando el asunto de un modo 
meramente utilitario y práctico, niegan toda protec- 
ción legal á las obras extranjeras. Sé fundan en la 
conveniencia de abaratar los libros y de favorecer á 
los editores, fomentando una industria nacional, en la 
cual varias otras están directamente interesadas. Se 
añade que, cuando se trata de naciones jóvenes, con 
una literatura débil ó embrionaria, la protección á las 
producciones literarias de otros países importa un 
verdadero tributo, sin reciprocidad de ninguna espe- 
cie. Estas ideas imperan en la legislación de los Es- 
dos-Unidos, y son ellos sus más caracterizados repre- 
sentantes. El gobierno de esta nación ha expuesto en 
un documento oficial ese sistema, posponiendo explí- 
citamente, con incomparable naturalidad y frescura, 
á intereses puramente industriales y mercantiles, 
toda idea de moral y justicia, todo escrúpulo de pro- 
bidad, todo principio jurídico. Hé aquí un párrafo de 
ese peregrino documento : " El gobierno de los Esta- 



Derechos de autor 



499 



dos-Unidos admite en principio la regla de que el 
autor de una obra literaria ó artística, cualquiera 
que sea su nacionalidad y el lugar de reproducción 
de dicha obra, debe en todas partes ser protegido del 
mismo modo que los nacionales. Pero, en la práctica, 
halla el gobierno grandes obstáculos para abarcar 
todos los países en una sola é idéntica convención. La 
diferencia de tarifas, y el hecho de que, además del 
autor ó artista, están interesadas varias industrias 
en la producción ó en la reproducción de un libro ó 
de una obra de arte, deben tomarse en cuenta cuan- 
do se trata de acordar al autor de una obra el derecho 
de hacerla reproducir ó de impedir su reproducción 
en todos los países. Debe establecerse diferencia entre 
el pintor y el escultor, cuyas obras entran en el co- 
mercio tales como salen de sus manos, y el autor, á 
la obra del cual contribuyen el fabricante de papel, 
el fundidor de caracteres de imprenta y muchas otras 
personas en el comercio. " 

Se ve, por este mezquino razonamiento, que, en los 
Estados-Unidos, los intereses industriales y comer- 
ciales del tipógrafo, del cajista, y otros, únicos acree- 
dores á la paternal solicitud del gobierno, lo son todo 
en la producción literaria ; el autor, el artista, sólo 
incidentalmente y como por necesidad seles nombra, 
y ante aquellos intereses supremos, la moral, la jus- 



Estudios y Artículos 



ticia y el derecho deben perder su imperio y acallar 
sus altas voces. 

Tan absurda doctrina, sólo concebible entre merca- 
deres, no necesita ser impugnada ; pero puede toda- 
vía afirmarse que la misma utilidad industrial, bien 
entendida, resulta indirecta pero más seguramente 
favorecida por el respeto de la justicia, por la protec- 
ción al comercio honrado, que se lanza entonces con 
mayor fuerza y osadía en serias especulaciones, y por 
la dignidad y el prestigio que adquiere la profesión 
literaria, que alimenta esas industrias auxiliares, 
cuando se reconocen á los autores las prerrogativas 
y derechos que por ley natural les corresponden. 

Se ha observado, por otra parte con penetración 
suma, que en los países jóvenes, en donde no existe 
una verdadera literatura, la falsificación de las obras 
extranjeras perjudica, en vez de favorecer, el desen- 
volvimiento literario. Los editores, con efecto, pre- 
fieren emplear sus capitales en la reproducción gratui- 
ta de obras extranjeras, cuyo crédito está ya asegu- 
rado, que imprimir producciones nacionales, no sazo- 
nadas, previa adquisición onerosa del derecho pecu- 
niario de sus autores. Así lo atestiguan los escritores 
de Rusia, Bélgica y Estados-Unidos, reunidos, res- 
pectivamente, en ocasiones diversas, para pedir á las 
cámaras legislativas el reconocimiento del derecho 



Derechos de autor 



Soi 



en favor de las obras y autores extranjeros. Un 
ilustre novelista ruso, Tourgueneff, declaró en el 
Congreso literario de París que la escasez de escri- 
tores rusos tenía por causa la abundancia de repro- 
ducciones extranjeras, de que el país se alimentaba 
casi exclusivamente. La Rusia, según él, tenía tra- 
ductores ; pero no autores. 

Como término medio entre ambos opuestos siste- 
mas, sostienen algunos el de la reciprocidad, admiti- 
do en varias naciones por la ley ó los tratados. Con- 
siste en la protección, en una nación dada, de las obras 
y autores de un país extraño, siempre que en éste se 
protejan los que pertenecen á la primera. Este siste- 
ma, nacido en Francia, y aplicado á muchos otros 
derechos, es insostenible en la doctrina. En vano se le 
invoca como un arma, para obligar á las naciones, por 
el interés de ser favorecidas, á favorecer á las demás. 
La justicia y el derecho están por cima de todo. Lo 
que por ellos se debe no puede ser objeto de tratos ni 
concesiones convencionales : ha de reconocerse in- 
condicional y absolutamente en beneficio del mundo. 
Ningún pueblo ha soñado esperar, para reprimir los 
atentados contra la propiedad de los extranjeros, á 
que en otras partes se castigue ese mismo delito : no 
hay razón para variar la doctrina respecto de los de- 
rechos intelectuales. En la práctica, ella es también 



$02 



Estudios y Artículos 



la que mejores resultados ha producido, pues el ejem- 
plo de una gran nación que declara la universalidad 
de un sagrado derecho y castiga sus violaciones, sin 
fijarse en la condición de las víctimas, es mil veces 
más eficaz y fecundo que todo calculado arreglo de 
intereses recíprocos (i). 

(i) Escasez de tiempo y circunstancias harto desfavorables me obligan 
á dejar para otra ocasión el completar este estudio, exponiendo la his- 
toria y la legislación actual de los derechos de autor. A la investigación 
de lo que debe ser, conviene añadir el estudio de lo que es, para com- 
parar el camino andado con el que resta recorrer para llegar al punto 
luminoso donde la moral, la justicia y el derecho vierten sus resplan- 
dores. 




CON MOTIVO DE LOHENGRIN 



l genio de Wagner, sus obras, sus teorías 
musicales, ofrecen un tema de inagotables é 
interesantes observaciones y controversias. 
Depende esto, en parte, de que, si todo arte puede ser 
comprendido y cultivado de diferente modo, la mú- 
sica, por su indeterminada vaguedad, por su doble 
influencia sensual y espiritual, ofrece esa variedad en 
grado eminente y especialísimo. 

Surge, ante todo, la cuestión de si la ópera puede 
constituir una verdadera obra artística, ó si, según 
pensaba Lamartine, teniendo la poesía y la música 
respectivamente su esfera propia y perfecta, de su 
contacto debe resultar necesariamente el menoscabo 
de ambas. 

Por mi parte, creo en la posible unión artística de 
estas dos artes. Y me fundo en la naturaleza de la 
música, sumamente distinta de las demás bellas artes, 




Estudios y Artículos 



excepto la arquitectura, con la cual, no obstante sus 
varias y grandísimas diferencias, guarda una rela- 
ción substancial. La música, en efecto, como la arqui- 
tectura, no expresa nada de una manera concreta; 
pero como la imaginación, determinativa y plástica 
de suyo, es la facultad artística por excelencia, y como 
tal no se resigna á permanecer ociosa en la contem- 
plación de una obra de arte, la música debe ó puede 
acudir á la poesía para concretarse, como acude casi 
siempre la arquitectura ai arte escultural y pictórico. 
La maravillosa Catedral de Milán tiene unas cinco 
mil estatuas, y quedan todavía por colocar como dos 
mil. La expresión simbólica de los grandes monu- 
mentos arquitectónicos no basta á satisfacer la ima- 
ginación. 

Así se explica que en esta edad en que todo tiende 
á separarse é individualizarse, la ópera, aunque to- 
davía imperfecta, se imponga al gusto y á la predi- 
lección de todo el mundo. 

Siendo, pues, evidente la insensatez, y sobre todo, 
la imposibilidad de destruir una combinación de ele- 
mentos artísticos en que todo el mundo se complace, 
con razón ó sin ella, es empresa digna de altos inge- 
nios elevarla al mayor grado de perfección posible, 
removiendo los grandes obstáculos que á ello indu- 
dablemente se oponen. Dos medios se han ensayado 



Con motivo de Lohengrin 



para conseguirlo. Consiste el uno en aproximar la 
naturaleza de la música á la naturaleza de un arte 
imaginativo, dándole líneas y contornos marcadísi- 
mos, relieve plástico y ritmo claro y preciso, con ca- 
dencia fija ; el otro, en tomar de la poesía lo que más 
afinidades tiene con la índole vaga y romántica de la 
música, uniendo ámbas con lazo íntimo en un con- 
junto homogéneo, y por lo tanto artístico. El primer 
procedimiento, seguido más por instinto é índole de 
raza, que por sistema, corresponde á la ópera culti- 
vada antes de Wagner. En su virtud, se violenta la 
naturaleza de la música, dándole contornos con raya, 
se sacrifica luego el poema dramático, haciéndolo 
servir de mero pretexto para escribir coros y cava- 
tinas, y por último, uno y otro elemento artístico 
quedan yuxtapuestos, á modo de zarzuela, en un todo 
discordante, arbitrario y profundamente anti-esté- 
tico. El método segundo, proclamado y ensayado 
victoriosamente por Wagner, es, á no dudarlo, el 
único bueno y fecundo. El gran innovador compren- 
dió, por una parte, que no había arte posible para la 
ópera mientras continuase siendo una mezcla hetero- 
génea de mal unidos elementos ; y por otra, que nada 
hay más pernicioso para un arte que violentar su 
naturaleza, obligándola á imitar los efectos y resul- 
tados de otro distinto; y que escribir música escul- 



Estudios v Artículos 



tu ral ó pictórica es tan artificioso y fuera de razón 
como dar vaguedad á la escultura ó á la pintura, ha- 
ciéndolas, en cierto modo, musicales. Un arte que sale 
de su órbita, decae y muere. ¿Cómo unir, pues, sin 
violencia, la poesía y la música? Tomando de la poe- 
sía, como ya he dicho, lo que espontáneamente ofrece 
de más indeterminado, el género legendario, y ha- 
ciendo que la música lo borde y realce luego, pres- 
tándole el acento de su expresión poderosa y sublime. 
Por tal manera impelió Wagner suavemente, una 
hacia otra, á las dos artes hermanas, á fin de que, 
continuando su marcha paralela, se diesen cariñosa- 
mente la mano. Así se explica y justifica, á mi en- 
tender, la reforma de Wagner, y su concepción del 
drama musical, destinado á reemplazar el libreto con 
música. 

La música de Wagner es la más verdaderamente 
tal, no es el sentido sensual, sino en la acepción es- 
piritual y profunda de la palabra. Y aquí viene como 
de la mano la cuestión de la melodía infinita, que, 
como todas las demás que se han debatido, desprén- 
dese naturalmente de lo que dejo establecido en los 
párrafos anteriores. 

El sensualismo es el escollo más grave del arte mu- 
sical. La poesía, la pintura, la escultura, la arquitec- 
tura pasan necesariamente por los sentidos antes de 



Con motivo de Lohengrin 



507 



llegar á lo más íntimo de nuestro sér ; pero ninguna 
se detiene tanto en ellos, ninguna tan expuesta á que- 
darse á mitad de camino, como la música. Ese poder 
que ejerce sobre los sentidos, en cuya virtud impre- 
siona á los animales mismos, da lugar á mil conceptos 
erróneos respecto de las producciones musicales. La 
inmensa mayoría piensa que la música no tiene más 
objeto que deleitar el oído con una agradable y bien 
combinada serie de sonidos, y que, por lo tanto, la 
mejor música es la que no requiere para ser gustada 
y comprendida esfuerzo ni atención espiritual de nin- 
la guna especie. ¡ Error inmenso ! No, y mil veces no : 
música, ante todo, es la manifestación íntima y vaga 
délos estados bellos del espíritu, y su apreciación, su 
goce inteligente, exigen, como la apreciación y goce 
inteligente de las demás bellas artes, una organiza- 
ción estética y un cultivo íntimo, amoroso y constan- 
te. Tan absurdo es decir que la música se encamina 
á complacer el oído, como asentar que la pintura se 
dirige á deleitar la vista con una rica y variada com- 
binación de colores. Antes bien, lo contrario es lo 
cierto ; un rasgo desagradable al oído puede ser una 
alta belleza musical. Más aún : creo firmemente que 
toda música que se pega desde el primer momento al 
oído y ningún secreto reserva para las audiciones pos- 
teriores, no es buena música. 



Estudios y Artículos 



Partiendo Wagncr de estas incontrovertibles ver- 
dades, quiso que la melodía fuese algo así como una 
ola errante, que ora se tiende sobre el mar inmenso, 
amplia y serena, ora se condensa, y sube, y se quie- 
bra en pequeñas ondas, lanzando en vivos reflejos de 
su seno la luz del sol, para volver luego naturalmen- 
te á su unidad y majestad primeras. Por eso compara 
Wagncr la melodía musical a esa vaga y penetrante 
melodía del bosque, al caer la tarde. Tal doctrina, 
profundamente verdadera en el fondo, está, sin em- 
bargo, expuesta á grandes peligros, y á poco que se 
la exagere, da en tierra con la melodía, como en oca- 
siones á Wagner mismo ha sucedido. Para probarlo 
no se necesita acudir á las confusas é inconsistentes 
impugnaciones de Gasperini : basta simplemente ob- 
servar que la disposición de ánimo del expectador en 
el teatro, no es ni puede ser la misma del que vaga 
errante por el bosque, en la hora melancólica de la 
tarde. Y no hay más sino contar con el estado aní- 
mico, pues que de él depende, en gran parte, el goce 
estético. 

Otra cosa admirabilísima en Wagner es el papel 
que destina á la orquesta. No me refiero á su incom- 
parable poder de instrumentación, en que la habilidad 
técnica entra por mucho, reconocido por sus más en- 
carnizados enemigos, sino á la fecunda idea que tuvo 



Con motivo de Lohengrin 



de convertirla en voz é intérprete de la conciencia de 
los personajes que representan sobre la escena. La 
orquesta así, no es un elemento arbitrario, más ó 
menos bien manejado musicalmente ; por lo contrario, 
pasa á formar la parte más íntima del organismo del 
poema musical. He ahí una concepción profundamen- 
te artística, cuya gloria resplandece toda sobre la 
frente del gran innovador alemán. Consecuente con 
ella, ha querido que la orquesta quede invisible para 
el público, con lo cual se ahorra un espectáculo pro- 
saico, y hasta grotesco, y se agranda ante la imagi- 
nación, por el misterio, el efecto del gran conjunto 
instrumental. Es incalculable el prestigio que adqui- 
rirá la orquesta, escuchada 

Como corriente de lejanas aguas 
Que se oyen ir por ignorado cauce. 

Dícese que las obras de Wagner no podrán ser 
nunca populares, ni continuamente representadas; 
pero fuera de que en Alemania lo son, y sin negar 
que, como todo revolucionario, incurre el gran mú- 
sico en extremidades inaceptables, semejante cir- 
cunstancia nada prueba, ó prueba poco, contra esas 
geniales creaciones. En primer lugar, las profundas y 
recónditas bellezas en que abunda esta música, el 



Estudios y Artículos 



lógico encadenamiento de sus elementos diversos, no 
son cosas fácilmente apreciables por la generalidad 
de los que asisten á las representaciones teatrales, 
en busca de un frivolo solaz y pasatiempo. Son con- 
tados en el mundo los individuos capaces de verdade- 
ro goce estético, por más que sean muchos los que 
se conmueven ante los lamentos de una cavatina 
sentimental. Obsérvese, además, que, como acerta- 
damente decía un crítico musical, el día siguiente de 
la primera representación de Lohengrin en esta tem- 
porada, las óperas de Wagner tendrán siempre por 
primeros y poderosos enemigos al vulgo de los cantan- 
tesque debieran interpretarlas, atentos sólo á lucir sus 
facultades y á sacrificarlo todo á los ansiados aplausos 
del público. Las obras de Wagner no ofrecen gran 
lucimiento, en el sentido vulgar del término, á sus 
intérpretes, separadamente considerados. Wagner 
tenía demasiado alta idea del arte, para ponerlo al 
servicio de consideraciones extrañas á él. Sus can- 
tantes han de pertenecer al escasísimo número de los 
que aman más el arte que la vanidad de sus per- 
sonales triunfos. Debe también tenerse en cuenta, 
por fin, las grandes dificultades escénicas y musi- 
cales que ofrecen los dramas líricos del gran refor- 
mador. 

Por último, si las doctrinas de Wagner pecan al- 



Con motivo de Lohengrin 5/z 



gunas vecesde extremadas, y al informar las obras del 
mismo no dieron siempre resultados satisfactorios, 
es innegable que, aceptadas dentro de prudentes lí- 
mites, están destinadas á hacer, y han hecho ya, 
incalculables beneficios al arte dramático-musical, y 
que admitidas hoy por gran número de artistas emi- 
nentes de todas las naciones, han inspirado obras 
geniales á algunos de sus entusiastas adeptos, han 
comenzado á penetrar en el gusto del público más 
entendido, y se pasean hoy por todas partes altivas, 
triunfantes y dominadoras. El nombre de música del 
-porvenir, dado como mote ridículo á la música del 
atrevido revolucionario, ha resultado una profecía, 
ya felizmente cumplida. 

El Lohengrin no representa, como se sabe, todo el 
rigor de las innovaciones del maestro, no es más que 
un gran paso de transición entre la ópera anterior á 
él y Parsifal ó los Nibelungen. Quizá por eso mismo 
está destinada ávida más gloriosa que estas últimas, 
á lo menos en su conjunto. La reforma, notable y 
grande ya, se mantiene en ella dentro de límites sen- 
satos, haciendo á la representación escénica y al pú- 
blico ciertas concesiones convencionales, pero de todo 
punto necesarias. Santo y bueno que se ensanchen y 
varíen los moldes y formas del drama lírico, rom- 
piendo con los ya gastados y eternamente repetidos 



$12 



Estudios y Artículos 



en toda ocasión y momento, y poniéndolos más en 
consonancia con los diversos estados anímicos de los 
personajes y con las situaciones dramáticas. 

Hasta aquí la reforma de Wagner es grande, fe- 
cunda é incontrovertible. Pero renunciar absoluta- 
mente á todo molde y á toda forma, para reempla- 
zarlos por declamaciones interminables y sin sentido, 
so color de seguir uno á uno todos los matices del es- 
píritu, es caer en una exageración opuesta al vicio 
que se combate, y poner en peligro la victoria. Una 
reacción violenta podría llevarnos de Parsifal á Ruy 
Blas (¡ horror !). 

No existe por cierto este peligro con la mística y 
divina música de Lohengrin. Vaga y errátil su me- 
lodía, baña el poema todo en un raudal abundante, y 
ofrece ciertos contornos, no con raya, sino tenues y 
delicados. Hay también dúos y coros y concertados, 
aunque infinitamente mejor fundidos en el drama que 
en las óperas corrientes. El preludio, que da el tono 
y colorido general del poema; la aparición de Lohen- 
grin en el primer acto, el coro entrecortado que la 
precede, el concertado final del mismo ; la escena de 
Elsa, en el segundo, su dúo subsiguiente con Ortru- 
dis, hermoso de toda hermosura ; el de ésta con 
Telramondo, extraño y siniestro; el coro grande, 
intenso, ascendente, que acompaña al templo á los 



Con motivo de Lohengrin 



Sí3 



esposos ; el inmenso dúo de amor, del tercero, ajeno 
á todo pueril sentimentalismo, y como impregnado 
de aroma místico, y sobre todo, ¡sobre todo! el adiós 
de Lohengrin, resignado y varonil, pero profunda- 
mente triste y melancólico : son- otras tantas páginas 
grandes y sublimes, que bastan por sí solas para 
alzar triunfante la reforma del drama lírico sobre 
bases eternas é inconmovibles. Al escuchar estos ad- 
mirables trozos vienen á la memoria las hermosas 
palabras con que el autor explica el efecto de la me- 
lodía, déla, naturaleza, en una tarde moribunda : "Es 
como sí, en una hermosa noche, el profundo azul del 
firmamento atrajese nuestras miradas. Cuanto más 
nos entregamos á este espectáculo, tanto más claros 
y resplandecientes aparecen á nuestra vista los in- 
numerables ejércitos de estrellas de las esferas celes- 
tes. Esta melodía deja en nuestro sér un eterno eco; 
pero nos es imposible repetirla. Para oírla nueva- 
mente, es necesario volver á la selva al ponerse el 
sol ". 

Por lo que hace á la parte dramática, Lohengrin 
no tiene, según pienso, suficiente concentración y en- 
lace, pues permanece por demás en el estado de leyen- 
da ; pero las figuras de Elsa y Lohengrin son poéti - 
cas, delicadas y brillantes. ¡ Distancia inmensa la 
que separa esta leyenda de los vulgares y detestables 

33 



Estudios y Artículos 



libretos de La Africana, Los Hugonotes y El Pro- 
feta; y de las profanaciones de Guillermo Tell, 
El Trovador y Don Alvaro! Imposible desconocer 
que Wagnerha dado gran dignidad al elemento dra- 
mático de la ópera, y, por tanto, á la ópera toda, co- 
mo producción artística. 



VERSOS, BALADAS Y NOCTURNOS 



de una manera radical. Unos (y creo que eran los más) 
sólo veían en él un mal versificado fárrago de prosaicas 
y extravagantes lucubraciones; otros alababan la fuer- 
za del pensamiento, la sobriedad del estilo, éiban hasta 
sostener que el autor era un buen poeta, aunque poco 
diestro en el manejo del verso. Entre tanto, ninguna crí- 
tica severa y juiciosa elevó su voz entre la común dis- 
cordancia, y todo se redujo al insulso coro de las frases 
hechas, de las alabanzas resonantes, con que desde las 
columnas de los periódicos se acostumbra marear, en- 
vanecer, y aun perder, á los escritores jóvenes. Que 



POR ALBERTO NAVARRO VIOLA 




uando en 1882 apareció el primer libro de 
versos del Sr. Navarro Viola, las opiniones 
respecto de su mérito literario se dividieron 



5/6 



Es tud ¡os y A rt i cu los 



á tan lamentable extremo está reducida la crítica en- 
tre nosotros. 

Y bien, hoy que el autor de los Versos da á luz un 
nuevo libro de versos, lo cual permite juzgarle con 
mas exacto criterio, voy á decir algunas palabras so- 
bre los últimos, expresando á la vez, con entera fran- 
queza, la opinión que de su autor tengo formada. 

En prenda de imparcialidad empezaré declarando 
que mi juicio fué de todo en todo adverso al primer 
libro. Salvo algunas estrofas de la sección titulada 
El alma desolada, unos cuantos tercetos de la com- 
posición que lleva por nombre Vires acquirit enndo, 
de sabor dantesco, pero incoherente y sin ningún pen- 
samiento definido que le sirva de base; y ciertas es- 
trofas de la parte titulada A la distancia, lo demás 
del libro, esto es, casi todo, me pareció esencialmente 
prosaico, extraviado y lleno de las más ridiculas ex- 
travagancias. No sólo no hallaba allí al poeta, pero 
ni siquiera al hombre de gusto ó al versificador ga- 
lano. En cuanto á la fuerza del pensamiento, sobre 
que tanto insistían sus admiradores, no la encontraba 
por ninguna parte. No podía admitir como adalid del 
pensamiento moderno al autor de estos versos : 



Cantaste con la voz enronquecida 

Al fraile, que es hechura de los papas.. 



Versos, Baladas y Nocturnos 5/7 



pensamiento falso, grosero y ridículo, hasta no más, 
apenas comprensible en un estudiante aturdido de 
primer año de filosofía de nuestra Universidad. Tam- 
poco podía aceptar como bueno aquello de que Po- 
lonia es pueblo americano, y otras lindezas por el 
estilo. 

En la misma composición donde se halla este pe- 
regrino pensamiento, titulada Espíritu americano, 
en la cual el epíteto americano, repetido dos veces 
por estrofa, y acosonantado sucesivamente con ultra- 
montano, paisano, republicano, ciudadano, mano, etc. 
etc., llega á ser un sonsonete insoportable y anti-ar- 
tístico en grado sumo, se lee que 

No constituye al pueblo americano 
La red de diplomáticos rodeos, etc. 

No soy de los mojigatos del arte, que se escandali- 
zan de una palabra áspera, de una expresión ruda, 
ó de un giro atrevido ; antes me agrada el brío poé- 
ticamente salvaje de ciertas expresiones, tan del gusto 
de Carducci ; pero mi naturaleza se rebela contra lo 
terriblemente prosaico de frases como las que dejo 
copiadas, que, abundando mucho en el tomo I de los 
Versos, me demostraban una falta de aptitud artísti- 
ca formidable. Yo veía correr casi siempre al Sr. Na- 



Estudios y Artículos 



varro Viola tras de la expresión abstracta, que habla 
puramente á la inteligencia, sin herir la imaginación, 
y esto, natural en la prosa científica, es inadmisible en 
poesía, por cuanto el secreto de ésta estriba en encar- 
nar el pensamiento en formas vivas que surjan de 
bulto ante los ojos y la imaginación del lector. Ese ha 
sido constantemente el proceder de los verdaderos 
poetas. Ahora bien, léase el Espíritu americano, y se 
creerá asistir (salvo la insufrible rima) á una con- 
versación, más ó menos vulgar, entre políticos y di- 
plomáticos, pero de ningún modo á la expresión ar- 
tística de pensamientos trascendentales. Tal fué mi 
modo de ver con respecto al libro del señor Navarro 
Viola. 

Por lo dicho se comprenderá que no debía de estar 
yo muy prevenido en favor del autor, al abrir el segun- 
dotomo de sus Versos. Mi sorpresa, pues, fué grande 
al descubrir en él, aunque empañadas y deslustradas á 
menudo por los defectos de que hablaré más adelante, 
ciertas aptitudes poéticas que en vano buscara en el 
primero. Después de terminada su lectura, mi pri- 
mer impulso fué volver á leer el libro que tan malo 
me pareciera, deseoso de averiguar si era mi criterio, 
y no otra cosa, lo que había variado en el espacio de 
un año. El resultado fué confirmarme en las opinio- 
nes expuestas, y deducir, en vista del segundo libro, 



Versos, Baladas y Nocturnos $19 



que, aunque no sea un poeta, en la íntegra acepción 
de la palabra, el Sr. Navarro Viola posee algunas 
cualidades poéticas, empañadas, oprimidas por el mal 
gusto, por un modo extraviado de concebir el arte, 
y más que todo, por un exagerado prurito de origi- 
nalidad, que le hace dar á cada paso en lo extrava- 
gante y abrupto, y algunas veces en lo chabacano y 
grosero. 

Es el nuevo libro un conjunto de composiciones 
amorosas, en que por modo incoherente se mezclan y 
confunden la decepción y la fé, el dolor y la esperan- 
za. Confieso que no acierto á columbrar, ni en la es- 
fera del pensamiento, ni en la de los afectos, un ele- 
mento fundamental que dé unidad y consistencia al 
libro todo. Y esta incoherencia se observa, no sólo 
en la obra en general, sino también en muchas de 
las composiciones, consideradas en sí mismas. Sor- 
préndese uno al dar con pensamientos que na- 
da tienen que hacer en el sitio en que el autor los 
coloca, cuando no están en contradicción flagrante 
con lo que se halla tres ó cuatro estrofas atrás. 

Presentaré varios ejemplos de cómo se entrelazan 
en estos versos lo oscuro con lo límpido, lo extra- 
vagante con lo inspirado, lo substancioso y sintético 
con lo insulso é insignificante. 

La composición que lleva el número II, es una pin- 



Estudios y Artículos 



tura simbólica de un lago manso y dormido al caer 
la noche, súbitamente alterado por un volcán que 
revienta en su fondo. La pintura está hecha con colo- 
rido suave y melancólico primero, firme y enérgico 
enseguida; pero al señalar la transición, deslústrala 
el autor con un rasgo pueril, inoportuno y prosaico: 

De pronto — nada es rápido en la vida ; 
Mas sólo el resultado se conoce 
De toda gestación — de pronto el lago 
La antigua calma transformó en horrores. 

En la poesía número IX, en seguida de esta estrofa 
tierna é intensa. 

Cuando en el fondo del dolor me pierdo 
Como se pierde un nombre en el olvido, 
Busco el rastro de fe de tu recuerdo 

Y sube á ti mi espíritu afligido; 

se lee esta otra, floja y bamboleante : 

La indecisión cobarde á veces me habla 
Con la inmoralidad de su contagio, 

Y hasta comprendo, asido de una tabla, 
Las desesperaciones del naufragio. 

En seguida vuelve á levantarse con estos hermosos 
versos : 



Versos, Baladas y Nocturnos 



$21 



Mas sueño con mi noche de alegría, 
Que vale por mis años de tortura, 
Y amante desbordando el alma mia 
Admira en ti la paz de la hermosura. 

En la XIII, se lee la siguiente explosión de senti- 
mientos apasionados : 

Dame tú encantos, dame impresiones, 
Luz, aire, fuerza, vida, esplendor; 
Dame las tibias inspiraciones 
Que sólo parten del corazón. 
Dame el aliento que tu respiras, 
Tus ilusiones, tu fe, tu ardor: 
Dame el espacio por donde giras 
Tus ojos ebrios de seducción. 

Rasgo amoroso de una intensidad admirable. Áesta 
composición sigue un soneto trisilábico que, así co- 
mo otro del mismo género que se lee más adelante, 
es de una insulsez y bobería tales, que parece increí- 
ble que el autor lo haya supuesto digno de publi- 
carse. 

En la XXV se encuentran, después de algunos 
rasgos extravagantes, estos bellos versos, penetrados 
de melancolía y de amor: 

Mai piü, mai piü — La frase 

De Aída es la esperanza que se aleja ; 



$22 



Estudios y Artículos 



Y un soplo imperceptible de recuerdo 
Do gozo amargo el corazón impregna. 

¡ Cuán falsos rumbos ! — Angel, 
Cuando á mi lado suspirando llegas 

Y con tus grandes ojos me acaricias, 
Sobre mi corazón la paz destellas. 

Bajo el número XXXVII, se lee la siguiente estrofa: 

Quizás no volveré. Vendrán los años 
Llenos de fe para tu hogar caliente ; 

Y yo, perdido en un hogar de extraños 
Reclinaré sobre el dolor la frente. 

Verso este de una intensidad y concentración no- 
tables. ¡ No es lástima el ver á su autor caer hasta el 
extremo de escribir la miserable composición que lle- 
va el número XLI ! Véase una muestra : 

Puedes llamarme... ¡ tú sabes cómo ! 
Una guaranga de tomo y lomo 
Días pasados me lo contó, 
Ehízome gracia la impertinencia 
De que juzgases mi inteligencia 
Como podría juzgarla yo. 

No puede imaginarse nada más chabacano y vulgar. 

Con lo expuesto creo queda patentemente demos- 
trada la desigualdad de esta poesía. Débese, no 



Versos, Baladas y Nocturnos 523 



obstante, observar, que así como hay composiciones 
en que el extravío y mal gusto han clavado implaca- 
blemente su garra desde el principio hasta el fin, así 
también hay otras que se presentan casi completa- 
mente puras, é impregnadas de buena poesía. Ta- 
les son las que llevan los números IV, VI, XXXIX, 
XLII y XLV. Esta, que es la última del volumen, 
dejaría del libro una grata impresión; pero, por 
desgracia, la sigue, á título de Epílogo, un malhada- 
do soneto en que resurgen á una, briosos é imperan- 
tes, todos los lamentables resabios del autor. 

Una de las cosas que más deslustran la poesía del 
Sr. Navarro Viola es, en mi concepto, la forma ex- 
terna, esto es, las expresiones ó extrafalarias ó pro- 
saicas con que casi siempre tropieza al dar realidad 
exterior á efusiones ó imágenes tal vez esencialmente 
poéticas. Por manera que muchas veces es menester 
penetrar á través de la expresión inadecuada para 
hallar tras ella la virtud poética que en un principio se 
nos escapaba. Empero, cuando la expresión corres- 
ponde al sentimiento ó la imágen, en esos rasgos 
fugaces de que he hablado, suele el autor ofrecernos, 
con sobriedad notable, una poesía pura y concentra" 
da, íntima y profunda, muy superior á la que se des- 
prende de composiciones enteras de otros escritores 
nuestros que no adolecen de sus grandes defectos. 



>-->./ 



lisiadlos y Avílenlos 



En una palabra, si el nos disgusta profundamente 
casi siempre, tal cual vez nos penetra ó agrada, lo 
cual vale más que no disgustarnos, penetrarnos ni 
agradarnos nunca. 

Reflexionando sobre la virtud poética del señor 
Navarro Viola, yo me la imagino como un cielo en 
donde generalmente ruedan las nubes del extravío 
y del prosaísmo. Aquí y allá un rayo de sol purísi- 
mo rompe la nebulosidad del cielo, esparciendo lumi- 
nosos destellos é intensos arreboles; alguna vez las 
nubes desaparecen casi por completo, y el sol queda 
imperando solitario en medio del firmamento; pero 
muy luego reaparecen las masas sombrías, y el sol 
torna á brillar apenas de claro en claro, y á esparcir- 
se las nubes de turbio en turbio. 



LA ESPAÑA DEL PRESENTE 




on motivo del discurso de recepción, pronun- 
ciado en la Academia Española, por el poeta 
y literato don Marcelino Menéndezy Pelayo, 



el conocido colaborador de La Nación, don Benigno 
B. Lugones, en su artículo La España del pasado, ha 
protestado contra los elogios al nuevo académico di- 
rigidos en tan solemne ocasión, acusando al mismo 
tiempo de retrógrada á la Academia, y á sus miem- 
bros de malos hablistas. 

No es mi ánimo suscitar una polémica, que, de 
cierto, no tendría mejor fin que el triste y estéril que 
generalmente tienen todas. Sin embargo, deseoso del 
adelantamiento y perfección de las letras de mi pa- 
tria, creo conveniente no dejar pasar en silencio al- 
gunas aseveraciones contenidas en el citado artículo, 



526 



Estudios y Artículos 



en mi sentir falsas unas y exageradas otras, y que, 
de ser admitidas, infirieran gravísimos daños á nues- 
tra naciente literatura. 

Duélese el señor Lugones de que en España col- 
men de honores y tributen aplausos al extraordina- 
rio joven que, á los veinte y dos años de edad, supo 
ganar por oposición, contra afamados literatos, la 
cátedra de historia crítica de la literatura española 
en la Universidad de Madrid ; que ha publicado, en 
pocos años, con asombro de los entendidos, las obras 
tituladas: Horacio en España, La ciencia española, 
é Historia de los heterodoxos españoles, llenas todas 
de erudición profunda y firme doctrina, y en las que 
revela, no obstante su corta edad, potentísima y sa- 
zonada inteligencia ; y que dotado á la vez de inspi- 
ración elevada, ha dado á luz, con el modesto título 
de Estudios poéticos, directas y primorosas traduc- 
ciones de Píndaro, Safo, Erina, Anacreonte, Teórcito, 
Bion, Mosco, Lucrecio, Horacio, Ovidio, Tibulo, 
Catulo, Chénier, Byron, Foseólo, etc., etc. ; y crea- 
ciones bellísimas que, como su admirable Epístola 
d Horacio, parecen modeladas en el más puro y terso 
mármol de la Grecia antigua. 

Pero, ¿cuál es el motivo para lamentarse de que un 
fenómeno intelectual semejante, en cuya cabeza pu- 
diera albergarse, según la expresión de Castelar, la 



La España del presente 52- 



biblioteca de Alejandría, sea elevado á las más altas 
cumbres literarias de su nación r 

El señor Lugones confiesa que no conoce sus obras, 
lo que no deja de ser singular en quien combate por 
injustas las distinciones que se le prodigan: pero tiene 
un dato que le basta, y poseído de la más ciega in- 
transigencia, exclama : ¡Es un católico ! 

Esto no es serio, i Desde cuándo el ser católico im- 
pide ser inteligente é ilustrado ? {Qué se diría de una 
nación que se negara á tributar honores y conferir 
dignidades á un hijo suyo, lleno de saber y de genio, 
so pretexto de ser católico ó protestante, ultramon- 
tano ó liberal ? El señor Lugones. que se indigna de 
que en la Academia Española se prescinda de Cas- 
telar, no advierte que incurre en lo mismo que 
condena al fundar en las creencias católicas de Me- 
néndez Pelayo, su reprobación á los elogios y en- 
cumbramientos á que lo consideran acreedor, no sólo 
los académicos, sino los españoles todos. 

Pruébese, pues, que su inteligencia no es tan gran- 
de, ni su instrucción tan vasta como se pretende ; pe- 
ro no se cometa la indisculpable intolerancia liberal 
de excomulgarlo por católico, en cuyo caso, lógico fue- 
ra observar igual procedimiento con César Cantú y 
con Duruy, por ejemplo, y entre nosotros, con algu- 
nas de nuestras primeras inteligencias, Frías. José M. 



lisiadlos y Artículos 



Estrada, Goycna, etc., (á quienes considero progresis- 
tas, siquiera sean tan católicos como Menéndez Pela-, 
yo), cuando de galardonarlos por sus merecimientos 
se tratase. 

Si cada uno siguiese respecto de sus creencias el sis- 
tema del inteligente articulista á quien refuto, no po- 
dría reprocharse á la Academia Española el que hu- 
biese cerrado sus puertas á Emilio Castelar ; y al 
hacérsele presente las eminentes prendas que al can- 
didato adornaban, hubiera ella contestado simple- 
mente: "Lo sé; pero no es posible admitirlo' 1 . "Pero 
¿porqué?' 1 "Porque es... ¡ un hereje ! " Y aún esto 
sería más disculpable en un ultramontano, que la in- 
tolerancia inversa en quien de liberal blasona. 

Otro de los puntos en que considero completamente 
errado al señor Lugones, es en la manera de apreciar 
á los distinguidos miembros de la Academia Espa- 
ñola. 

Según él, á excepción de Castelar, los académicos 
españoles no son ni buenos hablistas, y para fundar 
tan temerario aserto, los acusa de estar empeñados, 
con una especie de manía, en hablar la lengua de los 
siglos XVI y XVII, resucitando para ello gran nú- 
mero de voces anticuadas y rancios giros, en vez de 
dejar al idioma marchar con las ideas, mucho más, 
cuando nada tiene que envidiar el castellano actual al 



La España del presente 



que se hablaba en la edad de oro de la literatura 
española. 

Yo daría desde luego la razón al articulista, si los 
hechos que asienta fuesen verdaderos; pero no es así. 
Ni los actuales académicos españoles plagan sus es- 
critos de voces y giros anticuados, ni el actual caste- 
llano puede competir en pureza, abundancia, sabor, 
frescura, naturalidad ni melodía con el habla de los 
Garcilasos, Leones, Lopes y Cervantes. 

Notorio es que con la decadencia de España en los 
siglos xvn y xvin, decayó igualmente su idioma, 
perdiendo la transparencia y dulzura incomparables 
que le dieran sus grandes poetas del siglo anterior, é 
introduciéndose en él, atropelladamente y sin juicio, 
vocablos, giros y modismos que desnaturalizaron su 
índole propia y castiza. Iniciado el renacimiento li- 
terario en la segunda mitad del siglo xvni, la impor- 
tación del gusto francés contribuyó poderosamente á 
atestarlo de galicismos y á separarlo cada vez más de 
sus puras y tradicionales fuentes, en las cuales debe 
buscar todo idioma las innovaciones inherentes á la 
marcha de los tiempos. 

Por otra parte, Meléndez y sus contemporáneos, 
queriendo volver al idioma su antigua riqueza, des- 
enterraron gran número de palabras olvidadas ; pero 
no supieron siempre mantenerse en los debidos lími- 



lisiadlos y Artículos 



tes. y mancharon sus escritos con arcaísmos muchas 
veces intolerables. 

Algunos años después, Martínez de la Rosa escri- 
bió en estilo antiguo su Hernán Pérez del Pulgar, 
que mereció la justa crítica de Larra, quién observó 
que no era hoy posible hablar en la lengua de Cer- 
vantes. Pero invade á España el romanticismo ; nue- 
vas doctrinas entran á combatir en la arena literaria ; 
resístense las antiguas con desesperada resistencia, 
y queda, como resultado de aquella fecunda lucha, 
una crítica amplia y filosófica, dispuesta á cobijar con 
su bandera todo lo bueno, todo lo bello, con prescin- 
dencia de la escuela literaria á que perteneciese. 

Vióse entonces brotar una nueva y brillante pléya- 
de de escritores (muchos de los cuales ocupan hoy un 
puesto en la Academia) que deseando devolver al idio- 
ma, hasta donde fuese posible, su pureza y hermosu- 
ra, Lrataron, no ya de resucitar voces y frases anti- 
cuadas (cosa no siempre reprensible), sino de darle las 
cualidades que antes tuviera, las que, como expresión 
de la belleza eterna, no envejecen nunca, ni nunca 
se anticúan. Los que así proceden, poniéndose al nivel 
de las más adelantadas doctrinas literariasde la época, 
deben ser tenidos y respetados como dignos represen- 
tantes de la España del presente en la esfera del arte. 
Entre ellos descuella el insigne crítico y exquisito 



La España del presente 



poeta D. Juan Valera, miembro venerable de la Aca- 
demia Española, cuyo delicado gusto, sencilla natu- 
ralidad y magia de estilo no tienen rivales actual- 
mente en España. Valera ama el progreso y cree en 
él con fe profunda y sincera, un'endo á su claro ta- 
lento sólida y vastísima instrucción. { Quién ha leído 
á Pepita Jiménez sin experimentar sabroso delei- 
te? En vano se buscaría, en obra tan acabada y 
primorosa, vocablos rancios ni antiguos y desusados 
giros ; todo es en ella limpio y terso como una lámi- 
na de bruñido acero ; todo está impregnado de un 
sabor puro y castizo; y su estilo, ora dulce y abun- 
dante, ora conciso y enérgico, siendo moderno, re- 
cuerda los más felices y esplendorosos tiempos de la 
literatura española. Sus poesías son, como su prosa, 
un tesoro de frescura y gracia, de gusto y delica- 
deza, en las cuales la sencillez del lenguaje hace re- 
saltar aún más la nítida transparencia de las imáge- 
nes y la elevación filosófica del pensamiento. En suma, 
Valera es el ideal, el tipo más perfecto que conozco 
del moderno hablista y estilista castellano. 

Termina el Sr. Lugones su artículo, afirmando que 
nada tenemos que aprender, en cuanto á la lengua, 
de los españoles. Para probarlo recuerda que el pa- 
triarca de la literatura hispano-americana, el eminen- 
te Bello, les ha dado lecciones de gramática ; que don 



Estudios y Artículos 



Juan AI. Larscn ha descubierto muchos errores en el 
Diccionario general etimológico de la lengua caste- 
llana, de Roque Barcia, y que nada tienen, y en mu- 
cho tiempo nada tendrán, que equipararse pueda al 
Diccionario íilológico-comparado que ha comenzado á 
publicar el Sr. Calandrelli. 

Mucho habría que decir con relación á cada uno 
de estos puntos; pero trataré de ser conciso. 

No creo que el mejor modo de promover el ade- 
lanto de un ramo cualquiera del saber humano en un 
país determinado, sea el disimular los defectos de 
que adolecen los que lo cultivan, antes bien, debe 
tenerse la franqueza de señalarlos, á fin deque sean 
estirpados. Andrés Bello, que así lo comprendía, y 
celoso más que ninguno del auge y brillo de la lite- 
ratura americana, no dejó jamás de impugnar seve- 
ramente, haciendo uso para ello de la crítica, y aun 
de la sátira, la exageración, impropiedad é incorrec- 
ción comunes en los escritores americanos. En su 
juicio sobre las poesías del poeta cubano Heredia 
(para no citar más que un ejemplo), á la vez que 
reconoce su briosa y elevada inspiración, hácele no- 
tar la falta de corrección y esmero en el lenguaje, y 
le aconseja el asiduo y concienzudo estudio de los 
autores españoles, porque ellos, dice, castigarán su 
estilo y le enseñarán el manejo de la lengua. 



La España del presente 533 



Verdad es que en su nutrida y filosófica gramática, 
y en algunos opúsculos y artículos sueltos, combatió 
ciertas doctrinas aceptadas por la Academia Espa- 
ñola; pero en medio de sus serenas y razonadas 
argumentaciones, descúbrese siempre el respeto y la 
estimación que le inspiraba aquel cuerpo, cuyos erro- 
res disculpaba, reconociendo que ellos eran inheren- 
tes á todos los cuerpos colegiados de su especie, 
que celosos de su autoridad, no pueden dejarse llevar 
por el torrente de las innovaciones, haciéndose, en 
consecuencia, rigorosamente conservadores. Decía, 
además, con sagacidad suma, que el carácter anóni- 
mo de las obras de la Academia hacía que sus indi- 
viduos no tomasen por ellas el mismo empeño que 
por las que llevaban su firma al pie, por lo cual 
creía muy conveniente que cada uno firmase la par- 
te que en los trabajos le correspondiera. 

Por otra parte, muchas veces se impugna con in- 
justicia á la Academia porque no acepta inmediata- 
mente los neologismos que se van introduciendo con 
más ó menos razón y propiedad, sin ver que, por lo 
mismo que ella no pretende ejercer presión autorita- 
ria, sino que se reduce á hacer constar y conservar 
el uso establecido por los doctos, no puede aceptar 
innovaciones antes que ellas sean sancionadas por 
general y autorizado empleo. 



$34 



Estudiosy Artículos 



En cuanto á las objeciones del Sr. Larsen al Dic- 
cionario de Barcia bastará observar que un defec- 
tuoso trabajo filológico, en la tierra de Hervás, nada 
prueba, si no es la escasa competencia de su autor ; 
y que son sumamente intempestivas las alabanzas pro- 
digadas á la obra del Sr. Calandrelli, que se encuen- 
tra apenas en los primeros principios. 

Creo, pues, que los escritores de Sud-América en 
general, y muy especialmente los argentinos, no 
pueden en manera alguna (salvo rarísimas excep- 
ciones) equipararse, en cuanto al arte del bien de- 
cir concierne, con los buenos escritores españo- 
les, tanto antiguos como modernos ; y que lejos 
de mirar con hosco gesto á la por tantos títulos 
autorizada Academia Española, en cuyo seno figu- 
ran eminencias como Valera, Castelar, Menéndez 
Pelayo, Núñez de Arce, Campoamor, Fernández- 
Guerra, Alcalá Galiano, Cánovas del Castillo, Alar- 
cón y tantos otros, debemos escucharla sin fana- 
tismo, pero con respeto, estudiando y saboreando las 
obras de los individuos que la componen, que son 
los primeros literatos de España : pues como dice 
el elocuentísimo Castelar, si ellos deben acudir á 
nosotros para refrescar su inspiración, nosotros de- 
bemos acudir á ellos para aprender nuestro idioma. 

1881. 



SOBRE ARTE 



Al señor Guido Borra 

Lo sciame de'Poeti, prima di 
stordire V Italia, colls sue dance, 
studigli antichi. (Foscolo). 



*s W l escribir días pasados la carta que apareció 
en La Patria Italiana, no fué mi intento 
WK/ entrar en polémica literaria con el Sr. 

Borra. Se trataba de una composición mía y no era 
yo quien debía defenderla. Así, esa carta fué escrita 
en privado, en contestación á otra que el señor redac- 
tor de La Patria, me había dirigido. El señor re- 
dactor quiso darme una prueba de sus nobles senti- 
mientos, de su hidalguía, y dió publicidad á la carta. 
Yo comprendo y le agradezco el móvil que á ello le ha 
impulsado, y una vez que con tal motivo el Sr. Borra 



SS6 



Estudios y Artículos 



me dirige una culta y finísima réplica, juzgóme en el 
caso de aceptar de lleno la situación en que á pesar 
mío me encuentro, presentando al Sr. Borra algunas 
ligeras observaciones a su artículo titulado 1 Ars alma 
mater. 

El artículo del Sr. Borra puede resumirse en 
estas palabras : el Arte debe seguir las evoluciones 
de los tiempos. Contiene, además, la impugnación á 
algunas ideas expresadas en el Titán. 

Antes de seguir adelante, debo declarar sincera- 
mente que no es el deseo de justificarme como poeta 
lo que me induce á escribir estas líneas. Sin falsa 
modestia, puedo asegurar al Sr. Borra que tengo muy 
en poco mis títulos á tan augusto nombre. Creo que 
á cada momento se cometen horrorosas profanaciones 
con él, y no seré yo quien cometa una más. aplicán- 
domelo á mí mismo. En esto hay algo de orgullo, lo 
reconozco. Veo la cumbre de la montaña demasiado 
alta para pretender asentar mi planta en ella, y vengo 
así á ser superior á tantos otros que juzgan hollarla 
porque ignoran dónde se encuentra. 

Pero si soy poco celoso de mi nombre de poeta, en 
cambio lo soy mucho de mis doctrinas artísticas. Es- 
toy tan penetrado de su verdad, las veo con claridad 
tan perfecta, que me lastima el que me las calumnien 
ó confundan. 



Sobre arte 



SJ7 



Dice el Sr. Borra que el arte debe transformarse 
con los tiempos ; y bien, yo le aseguro con toda la 
sinceridad de que soy capaz, y aunque se asombren 
lós que no quieren comprenderme, que estoy de todo 
en todo conforme con su tesis. Más aún: creo que sólo 
puede oponerse á ella la insensatez ó la ignorancia. 
No se citará un solo escrito mío en que haya puesto 
siquiera en duda verdad tan evidente ; antes por lo 
contrario, la he proclamado en ocasiones diversas. 
Perdóneme el señor Borra que me cite á mí mismo; 
pero no puedo resistir al deseo de transcribir los si- 
guientes versos de mi controversia con Obligado, en 
donde acepto sin reservas la ley de la transformación 
en el arte : 

Mas no pretendo yo que encadenada 
La inspiración en el altar pagano 
El vuelo tienda hacia la edad pasada : 

El verso, de la forma soberano, 
Mayor inspiración, mayor altura 
Luego alcanzó del ideal cristiano. 

Láncese, pues, allá donde fulgura 
El sol del Porvenir: mas siempre esplenda 
Rica y sencilla, transparente y pura. 

Tal es la doctrina que he sostenido siempre, y sólo 
los que se escandalizan de la palabra clasicismo, sin 
comprender lo que ella quiere significar en nuestros 



Estudios y Artículos 



días, han creído queyo predicaba la vuelta á lo pasado, 
á los ideales muertos, como ellos dicen, y han juzga- 
do imposible hablar de mí sin sacar á cuento las vie- 
jas Uñaduras, las viejas formas, y no sé cuántas 
otras cosas viejas que yo jamás he pretendido imponer 
á nadie, ni he usado para mí. 

El arte estriba en la íntima y perfecta armonía del 
fondo y la forma, y, por tanto, pretender encerrar 
nuestro fondo actual, nuestras ideas, sentimientos y 
costumbres, en formas antiguas, nacidas al calor de 
civilizaciones completamente distintas de la nuestra, 
es destruir el arte, es romper esa armonía. ¿La rom- 
pieron Goethe, Leopardi, Foseólo? ¿La rompen ac- 
tualmente Swinburne y Carducci ? De ninguna ma- 
nera. ¡ Y, no obstante, todos ellos han sido y son clá- 
sicos, y amantísimos del arte griego ! 

i En qué consiste, pues, este clasicismo ? En el amor 
á la forma, en la pureza de líneas, en la sencillez gra- 
ciosa, en la sobriedad, en la serenidad, en cierta ar- 
monía interior (cualidades eternas de todo verdadero 
arte, que se desprenden del arte antiguo resplande- 
cientes de perenne juventud y hermosura), y sobre 
todo, en la vuelta á la verdad, á la realidad, como 
acertadamente afirma Chiarini al hablar del clasicis- 
mo de Carducci y de Swinburne. 

i Cómo no he de recibir, pues, con la sonrisa en los 



Sobre arte 



539 



labios todo cuanto se me dice y repite sobre las liga- 
duras clásicas y las viejas formas ? 

Estoy conforme, señor Borra, en que el arte debe 
aparecer vestido de nuevas formas en cada civiliza- 
ción, en cada época histórica, y en que sería hoy el 
colmo de la insensatez pretender resucitar la epopeya 
homérica ó dantesca. Pero <J se sigue de ahí que el 
poeta, para ser apellidado moderno, ha de pensar de 
tal ó cual manera ? i Es fuerza que sea optimista á 
carta cabal, que crea en el progreso indefinido, que 
piense como Carducci, ó que con Swinburne exclame: 

Glory to Man in the highest! for Man is the master of things? 

i Es necesario, en fin, que grite, como quiere el Sr. 
Borra, excelsior ? Hé ahí en lo que no estoy conforme 
con el Sr. Borra. 

Lo falso es anti-estético, no hay duda en ello. Pero 
la razón humana no ha llegado, en los graves proble- 
mas que á través de los siglos la traen conturbada y 
confusa, á conclusiones tan firmes é indestructibles, 
que ya no sea dado al poeta separarse de ellas sin 
caer en lo falso, y por tanto en lo anti-artístico. Lejos 
de eso, basta echar la vista un momento sobre el 
estado actual de las creencias y doctrinas para adver- 
tir las profundas divisiones que existen entre los más 



540 



Estudios v Artículos 



grandes pensadores y escritores del siglo, así como la 
ruda lucha que tiene por teatro la conciencia humana. 
Estamos en un momento de transición y de crisis. 
I .as creencias antiguas son hoy furiosamente comba- 
tidas ; pero no aparecen todavía las que deben suce- 
derlcs, y para el hombre pensador, que mira las co- 
sas desde cierta altura, la época presente es verdade- 
ramente angustiosa y terrible, por más que haya mu- 
cha comodidad para viajar en ferro-carril, por más 
que gocemos de libertad civil y religiosa. 

Y bien, este estado es el que he procurado refle- 
jar en El Titán (cuyo valor artístico no hace al caso), 
juzgando hacer obra moderna, aunque vaya contra 
la corriente general de las ideas más favorecidas, que 
no suelen ser siempre las más exactas. 

Pero aun suponiendo que estuviese en error, que 
las ideas contenidas en esos versos fuesen hasta reac- 
cionarias (que no lo son), todavía sostengo y afirmo 
que la composición podría ser espléndida, con tal que 
con esas ideas hubiera yo acertado á producir legítima 
y verdadera belleza, que es lo único que el arte debe 
tener en vista. 

En apoyo de esta doctrina cité á Manzoni y á Leo- 
pardi, y, no obstante lo que arguye el Sr. Borra, creo 
que no puede desconocerse que estos dos ilustres 
poetas crearon sus obras inmortales con ideas con- 



Sobre arte 



541 



trarias (si bien muy diversas entre sí) á las que go- 
zaban de mayor boga en su tiempo, i Qué grandes 
cambios, qué grandes revoluciones filosóficas ha ha- 
bido en el mundo, desde Manzoni acá, para que hoy 
parezca absurdo y ridículo lo que entonces podía juz- 
garse verdadero, y digno de las más altas inspira- 
ciones? Perdóneme el Sr. Borra, pero creo que nin- 
guna. 

Por lo que á Leopardi respecta, pienso que su pesi- 
mismo no fué sólo debido á sus circustancias perso- 
nales, ni al estado lamentable de Italia. El pesi- 
mismo de Leopardi es universal, sin reservas, y 
trascendía á los más graves problemas, y se paseaba 
desdeñoso por los cielos y la tierra. Creo, pues, 
que las tres cuartas partes de su pesimismo y de su 
colosal desprecio por el siglo, eran debidos á la 
índole de su espíritu, y una cuarta parte á sus amar- 
guras personales. 

Por lo demás, no es cierto, como parece creer el 
Sr. Borra, que yo participe del pesimismo de Leo- 
pardi. Nada menos que eso. Lea el Sr. Borra algunas 
de mis composiciones, Eros, La vuelta al campo (si 
tiene paciencia para tanto) y verá que no hay allí ni 
rastro de pesimismo leopardiano. Nunca me he dejado 
dominar por la manía de llorar en versos, pues como 
no he sufrido grandes dolores, hubieran sido hipo- 



Estudios y Artículos 



crecía y ficción cuantos lamentos hubiera escrito. 
IIc tenido siempre en mucho la verdad, y nunca he 
dicho en verso sino lo que realmente sentía y pensaba. 
Lo demás lo he juzgado profanación del arte. Y 
precisamente por esto no puedo gritar excelsior! como 
desea el Sr. Borra, porque pecaría contra el arte 
al pecar contra la sinceridad y la verdad. No soy 
pesimista en mis sentimientos personales é íntimos, 
pero lo soy algo, y aun algos, en cuanto á los concep- 
tos generales de progreso, democracia, etc., ¿y cómo 
sería posible exigirme que diga en verso lo contrario 
de lo que siento en prosa? cDe dónde sacaría entu- 
siasmo para ello? 

Cuando dije que es un mal procedimiento crítico el 
juzgar del mérito de una obra artística por las ideas 
que contiene, no quise significar que el arte sólo 
consiste en hacer versos armoniosos, ni en primores 
de estilo. Todo esto tiene, indudablemente, su valor 
relativo, pero, en último resultado, yo digo con Fos- 
eólo. 

Sdegno il verso che suona e che non crea. 

Afirmé únicamente que para que haya creación, 
substancia, en una poesía, no es forzoso que el poeta 
sea idealista ó materialista, progresista ó retrógrado: 



Sobre arte 



543 



basta con que posea fuerza intelectual, imaginativa y 
afectiva, cualquiera que sea la dirección filosófica que 
comunique á esa fuerza. De lo contrario, si derecho tu- 
viera el liberal para exigir al artista que crea en el pro- 
greso y lo cante, derecho tendría también el ultra- 
montano para exigirle que fulmine la impiedad y la 
herejía. Y esto destruiría la unidad de criterio lite- 
rario. 

La crítica, la verdadera crítica artística debe, pues, 
tener presente la máxima de Goethe, de que crear 
es dar forma, entendiendo por forma no sólo los 
adornos exteriores, el verso, el período, la rima, sino 
la forma substancial ó entelequia, como se dice en fi- 
losofía. En consecuencia, acepto el consejo que me 
da el Sr. Borra de estudiar la forma leopardiana, de- 
jando de lado las ideas (que, no obstante, son de una 
fuerza colosal), pues éstas, así como el estilo deben 
ser personales y propios de cada escritor. 

Voy ahora á hacerme cargo de las observaciones 
que el Sr. Borra me dirige, con motivo de algunas 
ideas emitidas en El Titán. 

Asómbrase mi distinguido adversario de que yo 
afirme que : 



El invento de Gutcnberg 

Más el error que la verdad difunde; 



$44 



Estudios y Artículos 



y no obstante, yo juzgo evidente la verdad de esta 
afirmación. En efecto, el error rodea al hombre por 
todos lados. La verdad, en todas las materias, se halla 
siempre en un punto preciso, de que nos apartan de 
consuno la pasión y la ignorancia. Así, la verdad 
sólo puede ser sorprendida por un pequeño número 
de inteligencias selectas y sólidamente preparadas, 
únicas que saben separar las apariencias engañosas y 
establecer todos los distingos de caso, tiempo y lugar. 
Entre tanto, el error, apoyado en estas dos grandes 
columnas : la pasión y la ignorancia (y muchas veces 
la ligereza de juicio), es el patrimonio de la inmensa 
mayoría. Así sucede frecuentemente que antes de 
poseer á fondo una ciencia ó un arte, se tienen por 
excelentes gran cantidad de obras que de ellas tratan ; 
pero á medida que se avanza en su estudio, que se 
penetra en sus misterios, el número de obras estima- 
das se va haciendo cada vez menor. Ahora bien, la 
imprenta, favoreciendo el escribir rápido y barato, 
favorece también la producción inconsciente y ligera, 
y como cuanto más se escribe más se yerra (quien 
mucho habla mucho yerra, dice el refrán), la impren- 
ta favorece la difusión del error. Calcule el Sr. Borra 
cuántos son los que en un país cualquiera hacen su- 
dar las prensas, y cuántos los escritores respetables 
y conscientes, y se convencerá de lo que digo. Y aun 



Sobre arte 



545 



entre estos últimos ¡ cuánto error, cuánta exageración, 
cuánto extravío ! 

No quiere decir esto que yo desconozca los altos 
beneficios de la imprenta. Lejos de eso. He apuntado 
sólo un hecho que conceptúo exacto, lamentando que 
la bambolla y la ligereza, que tanto abundan en nues- 
tros días, conviertan tan poderoso medio de civiliza- 
ción en inagotable fuente de extravíos. 

Impúgname también el Sr. Borra lo que digo del 
vapor. Pero tampoco he hecho en ello otra cosa que 
señalar una verdad innegable. He reconocido que el 
vapor es un instrumento de civilización, pues que á 
su ruidoso paso sacude su letargo el ocio inerte ; pe- 
ro he agregado que también sirve como elemento des- 
tructor, pues lleva en sus entrañas gritos de rabia y 
estertor de muerte, es decir, la peste y la guerra. Y 
esto es tan cierto, que en el arte militar se conocen 
hoy, como poderosos medios de guerra, los ferro-ca- 
rriles estratégicos, i Cree el Sr. Borra que tengo yo 
la culpa de ello ? Por lo demás, no he tenido en 
cuenta para nada, al señalar ese hecho, si los buques 
de vela son ó no más poéticos que el vapor. Hubiera 
sido una puerilidad, y además, yo creo que el ferro- 
carril es muy poético. 

No soy, pues, tan enemigo del siglo :omo se me 
supone. Se hace hincapié en las últimas estrofas del 

35 



Estudios y Artículos 



Titán, y no se quiere reparar en las primeras. Hay 
allí una glorificación sincera de la ciencia, una enu- 
meración de sus grandes descubrimientos, y un entu- 
siasta aplauso al trabajo moderno. 

Si por ideal se entiende las aspiraciones que todos 
tenemos en el mundo, estoy conforme con el señor 
Borra : cada cual puede tener el suyo. Pero si en tér- 
minos filosóficos se trata de idealismo, por oposición á 
materialismo (y en este sentido hablé yo), entonces 
no hay término medio ni distingos : ó es uno idealis- 
ta, ó no lo es. 

En el primer caso se admite un mundo superior al 
nuestro, invisible, inmaterial ; en el] segundo se re- 
duce todo al mundo y á la vida presente, y se cree 
sólo en la transformación de la materia. Puede que 
el Sr. Borra se contente con transformarse en planta, 
en flor ó en arroyuelo, ó con esparcirse por la atmós- 
fera en átomos impalpables : por mi parte, declaro 
que aspiro á una inmortalidad superior* personal y 
consciente. 

Por lo demás, rechazo en el arte la fantasía pura y 
el enteco idealismo de los románticos. Creo que no 
hay arte legítimo fuera de la verdad, de la realidad 
viva y palpitante, y que lo ideal en el arte no es más 
que la depuración y sublimación de la realidad, que 
se opera al pasar ésta por la mente del poeta. En 



Sobre arte 



547 



este sentido, soy realista. La poesía es una potencia 
que tiene por raíz exacta la verdad. 

Antes de terminar quiero ofrecer al Sr. Borra el 
testimonio de mi sincero agradecimiento por los no- 
bles y lisonjeros conceptos con que me favorece. 
Por su último artículo veo que nada, ó muy poco, 
nos separa en los serenos espacios del arte, y en con- 
secuencia, me hago un honor en tender la mano á tan 
culto y distinguido'adversario. 



1883. 



LETRAS AMERICANAS 



Señor general don Bartolomé Mitre. 
Señor general : 

R E leído en La Nación de ayer la amena carta 
de Vd. sobre literatura americana, y viva- 
mente interesado, por mis gustos y como 
profesor de literatura española é hispano-americana 
en el Colegio Nacional, en el asunto que Vd. trata, me 
atrevo á dirigirme á Vd. para establecer ciertos ante- 
cedentes y someter algunas ligeras observaciones á 
su ilustrado criterio. 

Desde luego, no cabe negarse á la verdad de su 
afirmación fundamental : es imposible escribir un 



5 fe 



Estudios v Artículos 



verdadero curso, independiente, de literatura ameri- 
cana, porque, como un todo homogéneo, armónico y 
completo, dicha literatura no existe. Tan cierto es 
esto, señor general, que en ninguna parte se ha es- 
tablecido cátedra especial para tal curso, ni aun en 
el Uruguay, como Vd. parece suponerlo. El curso del 
Uruguay es, ó debe ser, exactamente el mismo de 
Buenos Aires y de todos los demás Colegios Naciona- 
les de la República, pues todos tienen por origen el 
plan de estudios secundarios que acaba de ser refor- 
mado, dejando, sin embargo, subsistente el curso de 
literatura española y de los estados hispano- ameri- 
canos, ó sea, de literatura castellana. 

El íntimo y necesario enlace que la raza y la len- 
gua establecen, y Vd. señala, entre la literatura espa- 
ñola yla hispano-americana, no se ha olvidado, pues, 
en el plan de estudios á que me he referido, ni en el 
programa correspondiente, y sólo se ha querido que 
al estudio de la literatura castellana en España, siga 
y sirva de complemento el estudio de la literatura 
castellana en América, aunque sea esta todavía in- 
forme y fragmentaria. Después de haber navegado 
por las aguas caudalosas de la literatura española, 
nada más natural, á mi juicio, que complacerse en 
continuar deslizándose por los diversos brazos en que 
ellas se extienden y derraman, y en los cuales, no 



Letras americanas 



obstante su menor cauce, se reflejan con brillante 
frescura otros campos y otros cielos. 

Hay, pues, un vínculo fundamental: el idioma; y 
se observa en dicho curso, como Vd. señor, indica, 
un orden lógico y cronológico. 

Menéndez y Pelayo, en su monografía Horacio en 
España, después de estudiar el desenvolvimiento del 
gusto horaciano en la Península, lo rastrea, uno por 
uno, en todos los Estados hispano-americanos, desde 
Méjico hasta la República Argentina. Lo estudia 
asimismo en las lenguas catalana, gallega y portu- 
guesa, y creo que hace bien, pues el vínculo geográ- 
fico y climatológico, cuando va unido al de raza y 
de historia, y á una gran afinidad de idioma, llega á 
ser importante y fundamental en estas materias. Así 
los portugueses han llamado á Camoes príncipe de 
los poetas españoles. Esto justifica también el proce- 
dimiento de Amador de los Ríos, en su grande obra 
inconclusa, en cuanto á la literatura hispano-latina. 

Pero aludiendo al gran escritor español antes citado, 
quería observar que si en España se preocupan de 
la suerte y rumbos de la literatura castellana en 
América, con mayor razón debemos hacerlo nosotros, 
y aun no vacilo en afirmar que no es concebible de 
otro modo el estudio en nuestros colegios de la lite- 
ratura española. 



552 



Estudios y Artículos 



Esto no quiere decir que desconozca yo las árduas 
dificultades que se ofrecen al que quiera escribir un 
curso completo, aunque elemental, de literatura caz- 
tellana. El estado embrionario de esta literatura en 
America, la carencia de buenas colecciones, lo dis- 
persas que se hallan en periódicos y revistas muchas 
producciones excelentes de ingenios americanos, la 
falta de comunicación entre las naciones de América, 
la rareza y extraordinaria carestía de los libros que 
en nuestro continente se publican, son otros tantos 
escollos que sólo una clara inteligencia y una vo- 
luntad perseverante pueden victoriosamente salvar. 

Pasando ahora á considerar brevemente lo que la 
literatura americana en sí misma vale y significa, si 
bien no estoy muy distante del juic : o que Vd., señor 
general, forma de ella en conjunto, no puedo menos 
de encontrarlo excesivamente severo en algunos pun- 
tos, ni sé resistir al deseo de presentar á Vd., con to- 
do el respeto debido á su ilustradísimo criterio, al- 
gunas rápidas observaciones. 

Dice Vd. que la literatura americana carece de al- 
gunos géneros importantes, como la epopeya y el dra- 
ma. Es evidente ; pero, en cuanto á la epopeya, creo 
que están destinadas á carecer de ella todas las lite- 
raturas que en nuestros tiempos se formen. La epo- 
peya, en el verdadero sentido de la palabra, no es 



Letras americanas 



553 



de esta época, ni en Europa, donde el entusiasmo 
por la antigüedad dio origen, el Renacimiento, á 
algunas brillantes epopeyas de escuela, se da ya efi- 
cazmente este género. Si algún escritor, pretendien- 
do galvanizarlo, escribe algún poema de esta especie, 
la indiferencia pública pasa sobre él y lo aplasta. Us- 
ted sabe bien, 'general, que la epopeya pide una 
homogeneidad de elementos, una sencillez, una co- 
munidad de sentimientos é ideas que no existen hoy 
en ningún país del mundo civilizado. La misma gi- 
gantesca tentativa de Goethe, en su poema enciclo- 
pédico, probó, al par que la potencia de su genio, la 
imposibilidad de la empresa. La novela sustituye, 
pues, en los actuales tiempos, á la epopeya, aunque 
imperfectamente; pero V. observa con razón que 
tampoco se cultiva con buen éxito general la novela 
en la literatura hispano-americana. Reconozco el 
hecho, cuyas causas no hay ahora para qué estudiar ; 
pero me apresuro á salvar, como excepción muydig - 
na de tomarse en cuenta, la María de Isaacs, sobre 
cuyo mérito hay conciencia formada en toda América 
y en España. 

En cuanto al drama, género indudablemente más 
difícil, es notorio que se halla hoy en mortal deca- 
dencia en todas las naciones de Europa. Su falta de 
desarrollo en América se debe, pues, en gran parte, 



554 



Estudios y Artículos 



a causas más generales y profundas que las que sur- 
gen del estado naciente de nuestra literatura ameri- 
cana. 

Pero si dirigimos la vista hacia las naciones euro- 
peas y sus respectivas literaturas, advertiremos que, 
con ser tan ricas y dignas de estudio, todavía faltan 
en casi todas (severamente hablando) algunos géne- 
ros importantes. Francia careció de alta lírica hasta 
Andrés Chénier, y carece hasta hoy de epopeya, si ya 
no es que quiera hacerse mérito de la obra mediocre 
de Voltaire. En Italia, la novela propiamente dicha 
ni ha tenido ni tiene brillo, y es conocida su esteri- 
lidad dramática, á pesar de Alíieri y de Goldoni. In- 
glaterra viene dando desde hace siglos tales pruebas 
de impotencia dramática, que sólo puede mirarse á 
Shakspeare como una excepción monstruosa entre 
los ingleses. Por lo que hace á la historia, conside- 
rada como género propiamente literario, es, quizá, el 
más difícil de todos, por los múltiples dotes que en 
sus cultivadores exige, de espíritu investigador y pa- 
ciente, exacto y elevado criterio, viva imaginación y 
gusto artístico. Tan excepcional es ver reunidas esas 
diversas, y casi opuestas facultades en un solo hom- 
bre, que los historiadores, literariamente tales, son 
escasísimos en todas las literaturas modernas. Si en 
la antigüedad clásica abundaron más, débese á que 



Letras americanas 



555 



entonces, por las peculiares condiciones de la civiliza- 
ción que reflejaba, la historia era un género más 
puramente artístico. 

Con todo esto, bien lejos estoy de parangonar esas 
maduras y robustas literaturas con la nuestra, inde- 
cisa y naciente; pero no por eso considero menos 
exactas y oportunas las anteriores reflexiones. 

Mas dejando aparte esas rigorosas clasificaciones 
de géneros literarios, que no responden siempre á la 
realidad délas producciones modernas, en las cuales, 
merced á la índole complexa de nuestros tiempos, 
suelen hallarse aquéllos amigablemente confundidos, 
es para mí seguro que en América se han escrito, en 
lo que va de siglo, algunas narraciones y poemas, ya 
legendarios, ya descriptivos, de superior mérito, y 
que estarían muy bien en cualquiera literatura euro- 
pea. El no poderse clasificar de epopeyas, dramas ó 
novelas propiamente dichas, no sería razón suficiente 
para condenarlos á inmerecida medianía. Así Gon- 
zalo de Oyón, del colombiano Arboleda, que aunque 
incompleto, es magistral, y quizá el mejor poema nar- 
rativo que se ha escrito en nuestra América ; así las 
Tradiciones de Guatemala, del poeta guatemalteco 
Batrcs y Montúfar, superiores, en opinión de autori- 
zados críticos europeos y americanos, á los mejores 
cuentos joco-serios de Casti ; así el incomparable poe- 



5>6 



Estudios y Artículos 



ma lírico-descriptivo El cultivo del maíz en Antio- 
quia, del colombiano Gutiérrez González, poeta ori- 
ginal y amer i cernísimo ; así, por último, La Cautiva 
de nuestro Echeverría, en algunos trozos descripti- 
vos, que pueden resistir, sin miedo de ser menos- 
preciados, la más severa crítica. 

Pero donde realmente se encuentra la riqueza de la 
literatura hispano-americana es, como Vd., general, 
no lo desconoce, en la poesía lírica, el más natural y 
espontáneo, el más rico de esencias y de aromas, y 
también el más propio y característico de nuestra 
época, entre todos los géneros poéticos. Y aquí per- 
mítame Vd., señor general, que vuelva á hallar ex- 
cesivamente severo, por no decir duro é injusto, su 
criterio literario. En la poesía lírica americana, mucho, 
muchísimo es lo malo ó mediocre; pero lo bueno, lo 
excelente es ya también considerable. Reducir á He- 
redia y Olmedo los poetas de talla suficiente para 
salvar los límites domésticos y ser leídos con aplauso 
en América y Europa, es para mí inadmisible. Pro- 
viene, en mi sentir, su error, general, de tomar como 
base de criterio la encanecida América Poética de 
Gutiérrez, que ni contiene todo lo bueno que había 
en América cuando se publicó (y sí mucho malo), ni 
podía contener lo bueno que se ha producido des- 
pués. 



Letras americanas 



557 



Para juzgar una literatura que sólo cuenta, como 
manifestación nacional y propia, unos ochenta años 
de existencia, no es posible prescindir de cuarenta. 
Dejando aquí de lado, deliberadamente, opiniones y 
gustos puramente personales, que, en el punto 
que ahora toco, nos meterían en un callejón sin sa- 
lida, es innegable que Bello goza de una reputación 
envidiable como poeta, tanto en América como en 
España. Su Silva á la agricultura de la zona tó- 
rrida, de superior mérito descriptivo y de una dicción 
poética perfectísima, insuperable, es hasta popular 
en América, y ha recibido los más altos elogios de es- 
critores americanos, como el excelente humanista 
Miguel Antonio Caro, y de literatos españoles tan 
competentes y de índole y gustos tan diversos como 
Castelar (Discurso de recepción en la Academia Es- 
pañola), Cañete (Poetas hispano-americanos) y Me- 
néndez y Pelayo (Horacio en España). No ha sido 
menos afortunada su magistral imitación de Víctor 
Hugo, La oración por todos. Bello, por lo demás, es 
un espíritu literario tan vasto, luminoso y profundo, 
que da tono á la literatura americana, de la cual es 
patriarca por sus obras y por su influencia. 

Méjico, cuyo importante movimiento literario ha lla- 
mado la atención en España y ha sido ligeramente es- 
udiado por Revilla, cuenta también tres poetas emi- 



Estudios y Artículos 



nenies : Pesado, soberbio en sus poesías rel : giosas; 
Carpió, de gran fuerza y riqueza descriptiva, y Gui- 
llermo Prieto, el más nacional de todos, original, fe- 
cundo y poderoso, aunque desigual y desordenado. En 
Colombia, que posee, aun sobre Méjico, la más rica y 
brillante literatura hispano-americana, pueden pre- 
sentarse una media docena de poetas líricos de fuerza, 
llenos de originalidad y nervio. Así el ya citado Gu- 
tiérrez González, uno de los más ilustres y populares 
poetas americanos; José Eusebio Caro, tremendo 
azotador de los tiranos de su patria; Arboleda, Ra- 
fael Pombo, celebradísimo en América y España, 
autor de un espléndido canto Al Niágara, digno de 
competir con el de Heredia, aunque de índole muy 
diferente; y por último, Diego Fallón, de quien Cañé 
nos habla con tanto entusiasmo en su libro En viaje, 
transcribiendo íntegra su magnífica poesía La Luna. 
Ha escrito asimismo La palma del desierto, superior 
todavía á la citada, y grandemente aplaudida por la 
crítica más severa. Fallón se distingue por una ori- 
ginalidad admirablemente bien equilibrada. En el 
Ecuador, Numa Pompilio Liona, muy conocido en 
distintos países de Europa, sucede dignamente á 
Olmedo; y en nuestra república, Echeverría y Már- 
mol gozan de fama americana y europea. Bello ape- 
llida á Mármol gran poeta, y Menéndez Pelayo le 



Letras americanas 



559 



cuenta entre los ilustres poetas americanos. No men- 
ciono otros varios líricos muy distinguidos y cono- 
cidos en todas partes, como Zenea, Placido, Milanés, 
Palma y Mendive, en Cuba; Acuña, Flores, Peza, Sie- 
rra, Altamirano y Riva Palacio, en Méjico; Camacho, 
Baralt y José A. Calcaño, en Venezuela; y Miguel 
Antonio Caro (que se ha elevado á grande altura en 
su oda ha estatua del libertador)^ en Colombia; por- 
que sólo he querido llenar la lista de los poetas de 
primera línea, que deben figurar y figuran, aunque 
por distintos conceptos, al lado de Heredia y Olmedo. 
Por lo demás, es claro que ningún lírico americano ha 
alcanzado á la opulencia poética de un Byron ó de un 
Leopardi; pero no es esto necesario para quesea útil 
é interesante su estudio. 

Escritos en prosa, de amena literatura, hay muchos 
buenos en América, esparcidos en revistas y periódi- 
cos, motivo por el cual es difícil hacer de ellos un re- 
cuento en forma. Las impresiones son caras en nues- 
tro continente, el público lector escaso, y así autores 
ilustres y fecundos, como Rafael Pombo, se pasan la 
vida sin dar á luz un solo libro. 

Natural y explicable es, por cierto, que aun los más 
grandes escritores hispano-americanos sean, fuera de 
España, poco ó nada conocidos en Europa. Si este 
hecho prueba algo contra Gutiérrez Gonzálezó Fallón, 



Estudios y Artículos 



lo prueba igualmente contra Olmedo y Hcredia. aun 
prescindiendo de la ventaja que éstos llevan por más 
antiguos. Pero, en verdad, no prueba nada contra 
ninguno de ellos. Los autores pertenecientes á países 
de poca influencia y poder en el mundo, sufren una 
especie de capitis diminutio, entre otras razones, 
porque la pérdida ó falta de influencia política se 
traducen inmediatamente por olvido ó menosprecio 
de la lengua en que esas naciones hablan y escriben. 
Así en tiempos de la grandeza de España, las más 
ruines comedias españolas se traducían, imitaban y 
representaban por toda Europa, y hoy Sardou, ó cual- 
quier otro autorcejo francés, es más famoso y leído que 
el español Tamayo, incontestablemente superior á 
cuanto dramaturgo ha nacido en Francia en lo que 
llevamos de siglo. Un buen día, un amigo de Miguel 
Cané envía á éste un ejemplar de Sotileza, de Pereda. 
Cañé lo lee, quizá sin haber oído nombrar á ese autor, 
y se queda azorado al saber que hoy, en España, se es- 
criben cosas como esas, que él conceptúa dignas de 
Shakspeare. Y Cañé, que conoce al dedillo hasta los 
autores de cuarto orden de la literatura francesa, no 
puede menos, en su asombro, de prometer á Pereda 
un abrazo mudo, fuerte y largo para cuindo le en- 
cuentre á mano. Supongo que ya se lo habrá dado. 
Con mayor motivo, pues, ignoran en Europa lo que 



Letras americanas 



se escribe en las antiguas colonias españolas, que tan 
poco edificante espectáculo han ofrecido al mundo, 
desde su independencia acá, y de una de las cuales, 
la nuestra, dice Bouillet. en su Diccionario, que tiene 
cerca de dos millones de habitantes, en su mayor 
parte indios. 

Lo que en mi concepto mantiene y mantendrá aún 
por mucho tiempo en estado embrionario la litera- 
tura hispano-americana, es, como ya Vd. lo hace notar 
en su carta, la falta de uno. filosofía, esto es, de un 
pensamiento tradicional, propio y seguro, que in- 
forme y sirva de base, dándoles homogeneidad y jugo 
propio, á las creaciones artísticas. La filosofía, super- 
puesta á la poesía, y en cuanto engendra la llamada 
poesía filosófica, es un elemento perjudicial y funesto 
al arte, que en sí mismo tiene su fin trascendente ; 
pero como base y cimiento del espíritu de un pueblo, 
al cual nutre y da fuerzas para elevarse de la raíz 
exacta de la verdad á la suprema potencia de la inspi- 
ración poética, la filosofía es de todo punto necesaria. 
Hasta ahora, empero, nada más vago é inseguro, 
nada menos original y castizo que el pensamiento 
hispano-americano. Estamos, sin timón ni lastre, á 
merced de los más encontrados vientos de doctrina 
que soplan del continente europeo. 

Pero, en suma, mi persuasión es que si para hacer 

36 



jTÓ2 



Estudios y Artículos 



un guiso de gallina se necesita un gallina (i), 
nada estorba que, rindiendo homenaje á nuesto buen 
apetito, sin esperar que lo empollen, nos merende- 
mos el huevo. 

Quedo de V. antento y S. S. Q. S. M. B. 

Calixto Oyuela. 

Enero 22 de 1888 

(1) Se alude aqui á una expresión empleada por el general Mitre 
en el escrito que dió motivo á esta carta. 



ESPAÑA Y ECHEGARAY 



I 




ace días que con las iniciales P. G. vienen 
publicándose en un diario de la tarde algu- 
nos artículos críticos, á propósito del Mar 



sin orillas, de Echegaray. Como, á mi juicio, tanto 
las observaciones de crítica general, como las que se 
refieren á España y su actual cultura literaria, que 
dichos artículos contienen, son en gran, parte erró- 
neas y confusas, quiero oponer á ellas algunas consi- 
deraciones. 

No seré yo quien niegue que la crítica moderna es 
muy superior a la antigua. Lo he dicho y repetido 
muchas veces, cuando lo he juzgado oportuno. Pero 
los motivos que tengo para estimarla tanto, si no son 



S6. f 



Estudios y Artículos 



opuestos, son por lo menos diversos de los que el 
señor P. G. expone en sus artículos. La crítica 
del siglo pasado se había forjado una idea estrecha, 
antojadiza y convencional de la belleza, y todo cuan- 
to escapara a esa idea y á las reglas y preceptos de 
Aristóteles y Horacio, unas veces supuestos, otras 
mal interpretados, y casi siempre mal aplicados, 
como que no se tomaba en cuenta la diferencia de 
épocas, era irremediablemente condenado. Hoy, un 
estudio más profundo de las distintas civilizaciones, 
el aniquilamiento, debido á la explosión romántica, 
de tanto vano y írívolo precepto, y la nueva ciencia 
que con el nombre de Estética se cultiva, han esta- 
blecido un criterio más amplio y seguro, y se ha com- 
prendido que aun faltando á esos preceptos de ejecu- 
ción externa á que se atribuía tan desmesurada 
importancia, pueden realizarse obras de arte extraor- 
dinariamente hermosas. Hoy la crítica se apoya en 
sanas y elevadas consideraciones artísticas y filosófi- 
cas, y deja de lado retóricas cortapisas. Hé ahí su 
superioridad. 

Pero como todo tiene su defecto en este mundo, la 
crítica moderna, huyendo de lo nimio particular, é 
influida excesivamente por el espíritu prosaico y cien- 
tífico de la época, da con frecuencia en vagas ge- 
neralidades históricas y filosóficas, que la desvían 



España y Echegaray 



de su primordial objeto : la apreciación de la belleza. 

Y bien, ese defecto de la crítica contemporánea, es 
el que el señor P. G. ensalza en teoría y extrema to- 
davía en la práctica, presentándolo como su mejor 
timbre y corona. 

Comprendo muy bien que el espír'tu materialista 
desdeñe el arte y estime sus producciones como hi- 
jas de cerebros enfermizos; pero no comprendo que 
se le acepte como tal, y se le rinda homenaje, para 
meterlo luego por fuerza en el campo materialista y 
sujetarlo á clasificaciones de historia natural. Lo pri- 
mero es desatinado, pero franco y descubierto; lo 
segundo es mañoso y absurdo. 

Nada más espontáneo, entre todas las producciones 
del espíritu, que la producción artística. Nada puede 
rebelarse con mayor brío hasta contra el espíritu mis- 
mo de la época en que se produce. El elemento espon- 
táneo, acerca del cual pasa como sobre ascuas el señor 
P. G., tiene tal fuerza, que basta muchas veces para 
dar cuenta de esas inducciones inatacables debi- 
das á los elementos de tiempo y lugar, muy impor- 
tantes, sin duda, cuando se los mantiene en la esfera 
subordinada que les corresponde. Tan equivocado es 
el procedimiento, que el señor P. G. proclama como 
el único legítimo y fecundo, como el del que, toman- 
do en la mano una luz para examinar el valor de una 



5 66 



Estudios y Artículos 



joya, se olvidara del objeto que le llevaba, quedán- 
dose embebido en la contemplación de la luz. 

Al terminar este punto, no puedo menos de trans- 
cribir lo que sobre él dice Gustavo Flaubert en una 
de sus cartas á Jorge Sand, no hace mucho publica- 
das (Nonvelle Revue, i° de Enero de 1884): " Du 
temps de la Haye 011 était grammairien, du temps 
de Saint-Beuve et de Taine on est historien. Quand 
sera-t-on artiste, rien quartiste, mais bien artiste? 
Oü connaissez-vous un critique qui sinquiele de 
levuvre en soi d'une facón intense? On analyse tres 
fincment le milieu ou elle s'est produite et les cau- 
ses qui Vont amenée ; mais la poétique insciente? 
D'oü elle resulte? La composition, son style? Ja- 
máis". 

El distinguido crítico italiano Enrique Panzachi, 
comentando estas justísimas apreciaciones de Flau- 
bert, añade: "77 Flaubert parla della Francia, ma, 
mutatis nominibus, la gran lactina della nostra cri- 
tica storica e filosófica e dipinta nelle sue parole ". 

Sí; el espíritu científico y filosófico de la crítica 
contemporánea olvida casi siempre que desde el pun- 
to de vista artístico, que es el primordial, lo que im- 
porta es tasar y poner de relieve el valor estético, la 
suma de belleza que alcanza una obra determinada, 
dentro del ideal de belleza reinante en el mundo 



España y Echegaray 567 



civilizado. El estudio del medio ambiente es para ello 
una poderosa ayuda, pero no es más que un medio 
para llegar á dicha tasación y estimación de la obra : 
el fin es penetrar en sus más secretos organismos 
con seguro espíritu artístico ; es examinarla, desen- 
volverla y juzgarla en sí. 

Del olvido de estas sanas nociones, así como de 
algunas confusiones que le son completamente per- 
sonales, proviene la mayor parte de los errores en 
que incurre el señor P. G. En el Mar sin orillas, de 
Echegaray, ha querido ver un resultado fatal del 
actual medio español, y extraviado por este prejuicio, 
ha acomodado los hechos á su sistema y no ha visto 
que Echegaray y su Mar sin orillas (obra mala, en 
esto estamos conformes), lejos de ser resultantes 
fatales de la índole de la moderna sociedad española, 
es una verdadera y singular excepción, producida 
por ese elemento expontáneo sobre el cual pasa el 
señor P. G. como un relámpago. Una verificación 
minuciosa de los hechos presentados como indudables 
por el señor P. G., y un somero examen del camino 
recorrido y de las influencias sufridas por España, 
desde fines del siglo anterior, probarán ampliamente 
mis afirmaciones. 



5 68 



Estudios y Artículos 



II 



El señor P. G. se ha encontrado delante de este 
hecho: Echegaray es á la vez hombre de ciencia y 
de letras, ingeniero y poeta dramático ; y ha deduci- 
do que la culpa la tiene España ; que ello es debido 
al estado estacionario de la cultura española y sirve 
de comprobante á dicho estado. Hé ahí el primer 
error, ocasionado por la exageración de la crítica 
histórica y sus perjuicios. Si la cultura científica de 
España es inferior todavía á la de otras naciones 
europeas (lo que no puede negarse), no es en manera 
alguna debido á la falta de especialistas. En España 
los hay como en todas las demás partes de Europa, 
en la ciencia y en el arte. Además de los que el mis- 
mo señor P. G. cita, pueden mencionarse muchísi- 
mos otros, que no por ser menos famosos que Pas- 
teur y Spencer, dejan de ser especialistas. Son espe- 
cialistas en las enfermedades mentales, el doctor don 
Juan Giné y Portagas, y el doctor Ezquerdo ; en las 
del sistema nervioso, José Crous ; en las enfermeda- 
des de los niños, Benavente; como oculistas son dis- 
tinguidísimos Cervera, Caralt y Toro; como opera- 



España y Echegaray 



569 



dor goza, entre otros, de gran fama Federico Rubio; 
en anatomía sobresale José de Letamendi ; en los 
partos Juan Bull ; dedícanse exclusivamente al dere- 
cho criminal Gamaro, Caso, Escosura, Cabot, etc. ; 
al mercantil Durán y Bas ; al civil Andreu y Grau ; 
como analista químico Rioz y Pedraja; como botáni- 
cos Barna, Sánchez, etc. ; como geólogo, Vilanova ; 
como metafísico Nicolás Salmerón, inteligencia de 
primer orden; Campoamor, Núñez de Arce y Que- 
rol cultivan especialmente la poesía lírica, pues sólo 
como aficionado ha hecho ligeras excursiones á la filo- 
sofía el primero y á la poesía dramática el segundo ; 
Pérez Galdós no hace otra cosa que escribir novelas, 
así como Pereda y Alarcón ; Tamayo sólo es poeta 
dramático... y basta, porque la lista no tendría fin. 
i Dónde está, pues, la falta de especialización? 

Y ya que he escrito este prolijo vocablo, añadiré de 
paso que el hecho de que no exista en el vocabula- 
rio castellano, no prueba, como pretende el señor P. 
G., que en España no se conozca la cosa. Desde que 
existe especialidad, y, aunque no se halle en la última 
edición del Diccionario de la Academia (año 69) la 
voz especialista, es ella ya de uso común entre toda 
clase de gente, es porque la cosa se conoce. Si la de- 
ducción del señor P. G. fuera lógica, lo serían tam- 
bién las siguientes ; en español no existe la palabra 



Estudios y Artículos 



independización, luego España no es una nación in- 
dependiente ; en español no existe la palabra nacio- 
nalización, luego España no constituye una naciona- 
lidad; en francés no existe el substantivo escarmiento, 
ni el enérgico verbo escarmentar, luego en Francia no 
existe la idea á que responden, etc. He ahí adonde nos 
llevaría la lógica del señor P. G. Pero no hay tal : 
en el castellano no han entrado esas palabras quizá 
porque á la índole de este idioma repugnan las que 
más parecen propias para ejercicio de tartamudos, 
como especialización, independización (que nos obli- 
gan á cerrar los ojos), que para quien tiene la lengua 
bastante suelta para no necesitar de semejante disci- 
plina. De ahí que se prefiera un giro de dos ó tres pa- 
labras cuando se quieren expresar las ideas correspon- 
dientes á ellas. Del mismo modo, la llaneza y soltura 
del castellano rechaza esas volteretas de,/wé por esto 
que sucedió tal cosa, fué allí que murió fulano, como, 
imitandogroseramente al francés, escriben muchos en- 
tre nosotros ; y dice sencillamente : entonces sucedió 
tal cosa, allí murió fulano ; y si quiere dar mayor 
énfasis, usa el giro valiéndose del adverbio que co- 
rresponda. El castellano es sencillo, fácil y abierto, así 
en sus vocablos como en sus giros. 

Cuando esa no fuera la causa de no existir en el 
Diccionario de la Academia las voces especializar, 



España y Echegaray 57/ 



especialización, nada habría que extrañar, pues en 
el mejor y último Diccionario de la lengua fran- 
cesa, el de Littré, publicado años después del úl- 
timo de la Academia Española, sólo se hallan tales 
palabras como otros tantos neologismos, con su cruz 
correspondiente ; y aun es de advertir que el verbo 
spécialiser, de donde deriva el sustantivo specialisa- 
tion, no está en el sentido de profundizar especialmen- 
te un ramo determinado, darle preferencia, sino sólo 
en el muy diverso de señalar, de indicar una cosa con 
particularidad. Véase la prueba. 

Spécialiser (spe-si-a-li-zé) v. a. Néologisme. In- 
diquer a" une maniere spéciale. (Littré, Dictionnaire 
de la langue frangaise ). 

Aun dejando de lado esta diferencia de significa- 
ción, ya ve el señor P. G. que si al decir en castella- 
no especialización, se ve forzado á cometer neologismo, 
también lo comete al decir en francés (¡ en francés !) 
specialisation, specialiste, spécialiser. El no hallarse 
estas palabras en el Diccionario castellano, ni aun 
con la nota de neologismo, vaya en cambio de los 
años de anterioridad que dicho Diccionario cuenta ( 1 ). 

(1) A la hora que estos artículos se reimprimen, existe ya la duodéci- 
ma edición del Diccionario de la Academia. En ella se encuentra la 
palabra especialista, correctamente definida. 



Estudios y Artículos 



¿Será menester concluir, imitando al señor P. G., que 
en Francia tampoco conocen la cosa, ó que apenas 
están comenzando á columbrarla ? Si aceptáramos la 
lógica del señor. P. G., no habría otro remedio. 

Por otra parte, es absolutamente inaceptable que la 
especialidad quiera aplicarse con el mismo rigor á la 
ciencia que al arte. En la primera se adelanta casi 
exclusivamente á fuerza de estudio é investigación 
paciente, y no es mucho que cada ramo requiera un 
estudio profundo y especialísimo ; pero en el arte no 
sucede lo mismo. Es hijo de las facultades creadoras 
del espíritu, y todo lo que la ciencia tiene de analítica, 
tiene él de sintético ; para desenvolver estas facultades 
no se requieren grandes estudios, sino principalmen- 
te la observación de la naturaleza en lo que tiene de 
más poético é interesante, cierta práctica, y el estudio 
de los grandes modelos, que no son muchos. 

Así, dado que un mismo hombre esté dotado de fa- 
cultades correspondientes á diversos géneros litera- 
rios, los mismos estudios que le sirven para el uno, 
sírvenle para el otro, con corta diferencia en cuanto á 
la amplitud y dirección de ellos. La práctica, además, 
confirma plena é irrefutablemente esta teoría con 
ejemplos infinitos, antiguos, modernos y contemporá- 
neos, de todos los países civilizados, y demuestra que 
son imaginarios aquellos celos de las musas de que 



España y Echegaray 



573 



el señor P. G. nos habla. Tomemos algunos á la 
ventura. 

Goethe fué á la vez lírico y épico eminente. Cultivó 
con espléndido brillo el poema íilosóíico-enciclopédico 
en Fausto, y quizás con mayor el poema idílico en 
su incomparable Hermán y Dorotea. Fué poeta dra- 
mático, autor de una obra maestra de restauración 
helénica : Ifigenia. Fué, además, novelista, crítico y 
hasta botánico distinguido. Lessing fué autor dra- 
mático, insigne crítico y fabulista excelente. Schi- 
11er fue historiador, estético, poeta lírico y dramático 
de primer orden. 

Si en la dramática compuso el Guillermo Tell, mo- 
delo del género, en la lírica dejó el Canto de la cam- 
pana, una de las más espléndidas poesías que haya 
producido jamás el espíritu humano. No hemos teni- 
do noticia de que, con tal motivo, las musas se tira- 
sen de las greñas ; por lo contrario, en vez de casti- 
gar al presumido, se complacieron en ceñir cada una 
su corona á la noble frente del poeta. Macaulay, crítico 
soberano, fué á la vez historiador excelente, y aun escri- 
bió poesías de mérito, entre las cuales son magníficas 
su fragmento The Armada, y sus The Lays of an- 
cient Rome ; Swinburn, el más grande de los poetas 
ingleses contemporáneos, es lírico y dramático de 
fuerza, pues tan sobresalientes son sus Songs before 



Estudios y Artículos 



sunrisey sus Ballads, como su Atalanta in Calydon. 
Es, además, crítico notable, como lo prueban sus 
estudios sobre Shakspeare. En Francia, basta recor- 
dar que el autor de Les langues semitiques es el 
mismo de la Vie de Jesús y de Marc Auréle, y aun 
de algunas obras íilosófico-dramáticas. Carducci es 
crítico y poeta, sin que sea posible decir en qué ramo 
raya á mayor altura. 

ii Á qué proseguir ? <j No basta lo expuesto para de 
mostrar lo insostenible de la teoría del señor P. G. ? 
Si^tal ha sido y continúa siendo en el arte el proceder 
de los más eminentes ingenios de Alemania, Ingla- 
terra, Francia é Italia, sin que hayan dejado por ello 
de alcanzar la cumbre de la gloria literaria, i por qué 
exigir otra cosa de España, y atribuir su inferioridad 
supuesto que la haya en el arte hoy día) á lo que no 
ha impedido la superioridad de aquéllas ? i Cómo 
aceptar, en presencia de lo expuesto, que un pintor 
sólo ha de serlo de retratos, ó de paisajes, ó de tema 
histórico > i No es esto una exageración violentísima 
y parcial ? 

Pero se dirá que Echegaray no cultiva diversos 
géneros literarios, sino la ciencia y el arte. Es indu- 
dable; pero el mismo hecho, aducido por el señor P. G. , 
de que los españoles le ensalcen como á un hombre 
extraordinario, prueba evidentemente que Echegaray 



España y Echegaray 



575 



es la excepción y no la regla. Si eso fuera en España 
lo común y corriente, como piensa el señor P. G., el 
caso pasaría inadvertido, ó poco menos, é iría á con- 
fundirse con sus iguales. 

Hé ahí las consecuencias de la crítica histórica, y de 
su mal manejo. Todas las exageraciones se dan la mano. 
El señor P. G., por querer ser modernísimo y avan- 
zado, ha retrocedido hasta aquellos tiempos de es- 
peculación pura, en que, en vez de estudiarse los 
hechos para deducir un sistema, se inventaba un 
sistema para acomodar luego á él los hechos. Este 
procedimiento ha sido sepultado para siempre, y á 
ello se deben los progresos científicos de nuestra 
edad. El señor P. G. lo ha resucitado, y para aplicar 
su sistema de crítica histórica á Echegaray y á Mar 
sin orillas, ha forzado los hechos, confundido las 
teorías, y ha visto un efecto de la civilización española 
contemporánea en lo que debió ver, y en lo que sólo 
es posible" ver, una perfecta excepción. Veamos ahora 
si en las demás fases de su crítica le ha sucedido eso 
mismo. 



Estudios y Artículos 



III 



Antes de hablarnos del drama español en particu- 
lar, expone el Señor P. G. sus ideas sobre el drama 
en general, afirmando que el drama histórico perte- 
nece á un género falso. Para ello se ve obligado á 
envolver en su censura, como él mismo lo reconoce, á 
muchas de las más altas glorias literarias de diver- 
sas épocas y naciones. Pero esto no es más que una 
nueva y gran confusión en que el Señor P. G. incurre. 
Los dramas históricos pueden y deben dividirse en 
dos grandes grupos, que conviene deslindarcuidadosa- 
mente, distinguiéndolos, á la vez del drama legen- 
dario. Los que sólo tienen por objeto aprovechar la 
belleza artística que brinda un acontecimiento histó- 
rico, una gran lucha, que interesa y trasciende, por 
lo humano y universal de los sentimientos que la en- 
gendraron, á las más diversas épocas y naciones, for- 
man el primero y más grande, cultivado por los. me- 
jores ingenios, Shakspeare, Calderón Racine, etc. 
Los que se proponen especialmente reconstruir una 
época lejana, previo estudio, paciente y detenidísimo 
de su total civilización, constituyen el segundo, cuyo 



España y Echegaray 



Í77 



origen histórico es moderno, como que sólo arranca 
de principios de este siglo, siendo Walter Scott, en 
la novela, quien le dió impulso. Á este grupo perte- 
nece el Milagro en Egipto, de Echegaray, y sólo á 
él y á sus análogos son aplicables las apreciaciones 
del señor P. G. En los primeros, lo interesante no es 
el hecho histórico en sí mismo, sino la encarnación, 
en un personaje ó suceso conocidos, de una pasión 
humana, universal, constante. Así en Macbeth, lo in- 
teresante es el asombroso estudio de una ambición 
criminal, y si Shakspeare la encarnó en un personaje 
histórico, fué porque su feliz instinto le hizo compren- 
der que ello añadía interés á la obra. Con efecto, 
más conmueve al espectador la idea de que lo que 
está viendo ha sucedido en realidad, aunque en otra 
época, que el saber que es una mera invención del 
poeta. La ambición, el patriotismo, la heroicidad, en- 
carnados en grandes y conocidos personajes históricos, 
hieren más vivamente la imaginación, adquieren ma- 
yor grandeza y energía, y ofrecen un ejemplo más elo- 
cuente. Además, estos dramas toman casi siempre por 
asunto hechos y personajes que pertenecen á la misma 
civilización del pueblo para el cual se escriben. No 
es lo mismo para un español ver en escena á Guzmán 
el Bueno ó á Pelayo, que á Semiramis ó á Sesostris. 
Cuando se ponen en escena asuntos de una civilización 

37 



578 



Estudios y Artículos 



extraña, suelen los autores de esta clase curarse muy 
poco del color local, porque van en pos de la ver- 
dad moral, no de la verdad histórica. 

Dedúcese de lo expuesto, que los dramas históricos, 
que pertenecen al primer grupo, constituyen un gé- 
nero perfectamente legítimo y vivo, como que son 
hijosde sentimientos encendidos, de ideas universales, 
de las cuales participa el que escribe al encarnar di- 
chos sentimientos é ideas en personajes históricos, á 
fin de comunicarles mayor grandeza y eficacia. No 
necesita el autor ser ignorante para que las creacio- 
nes de este género tengan el sello de lo espontáneo y 
vivo. Si Shakspeare lo era (aunque no tanto como el 
señor P. G. imagina), no lo eran de ningún modo 
los autores de La vida es sueño, Fedra, etc., cu- 
yas obras no es posible clasificar de arqueológicas, 
pues pertenecen al primer grupo de que he ha- 
blado. 

Por lo demás, el drama histórico, así entendido (que 
no ha de confundirse con el drama histórico propia- 
mente dicho ), ha sido preferentemente cultivado por 
los más grandes dramaturgos de todas las épocas y 
países. La tragedia griega y la francesa no fueron 
sino históricas y mitológicas. La gran mayoría de 
los dramas de Shakspeare, muchos de Calderón, 
Goethe, Alfieri, etc., pertenecen á este número. ¿ Por 



España y Echegaray 



579 



qué ? Porque este género presenta una tela más 
grande, campo y perspectiva más vastos en qué desple- 
gar el vuelo de la fantasía, y la fantasía siempre es 
grande y voladora en los poetas proceres y en los 
pueblos meridionales y creadores. En Francia este 
drama no ha tenido suerte, fuera de las tragedias 
pseudo-clásicas artificiales á causa del pseudo-clasi- 
cismo en que están inspiradas. Su mayor ingenio es 
un autor cómico. < Por qué ? Porque la imaginación 
francesa dista mucho de ser rica y esplendorosa: por- 
que las dotes que le han tocado en suerte son el buen 
gusto, la deliccdeza, el arte (que á menudo raya en 
artificio), la finura; pero de ningún modo la intensi- 
dad y el gran vuelo poético: porque Francia, en una 
palabra, no es, absolutamente, en cuanto al arte y la 
literatura, una nación creadora. Así, mientras en Es- 
paña nace con el Quijote la novela moderna; con- 
Lope (conjuntamente con Shakspeare) el drama mo- 
derno; con el Romancero del cid, como lo reconocen. 
Hégel, la mejor epopeya natural y espontánea de 
los tiempos modernos, y con el Romancero general 
un monumento único en las literaturas europeas : 
{qué género ha creado Francia? <¿Á cuál ha dado nue- 
vo rumbo ? La comedias que en su gloria, ya florecía 
admirablemente en Tirso, Alarcón y Moreto, los cua- 
les presentan en El Desdén con el Desdén, La verdad 



Estudios y Artículos 



sospechosa y Marta la piadosa caracteres más ver- 
daderos, humanos é individuales que el teatro de 
Moliere. El movimiento romántico, que tan poderosa- 
mente repercutió en Francia, repercutió, y está dicho 
todo: nació en Alemania. Hé ahí la razón por qué en 
Francia no se ha cultivado con buen éxito el drama á 
que me refiero. Y aun es de advertir que el único gran 
poeta francés de imaginación rica y esplendorosa, y 
verdaderamente española (hasta en sus extravíos), 
Víctor Hugo, no ha escrito sino dramas históricos. 
Ruy Blas, Cronwel, Tor quemada, Hernani, Le roí 
samuse, etc., lo cual comprueba plenamente mi tesis. 



IV 



Particularizándose con España, cree ver el señor 
P. G. en el ensimismamiento patriótico español, en 
la rigidez de su espíritu nacional, forjado en la fra- 
gua de guerras seculares é incesantes, la explicación 
de que en el siglo actual la gran mayoría de las 
producciones dramáticas españolas de mérito sean 
histórico-nacionales. Voy á demostrar palpablemen- 
te que el primer hecho afirmado, la rigidez é intran- 



España, y Echegaray 



58i 



sigencia española es exageradísimo, y que el segun- 
do, la gran mayoría de dichos dramas, es absoluta- 
mente falso. 

No hablaré de la civilización española de siglos 
anteriores, porque sería asunto muy largo. Me bas- 
tará un rápido análisis del presente, arrancando de 
las postrimerías del pasado. 

España, como otras naciones, y aun más que ellas, 
ha venido sintiendo honda y eficazmente diversas 
influencias extranjeras durante todo el siglo. Á fines 
del pasado, la influencia francesa, iniciada con la an- 
terior introducción de la dinastía borbónica, se hizo 
sentir profundamente en las letras y en las costum- 
bres. La literatura española no fué más que un re- 
medo de la francesa ; esto es sabido de todo el mun- 
do. u Todo concurría, dice Quintana, á este efecto 
inevitable : nuestra corte en algún modo francesa ; 
el gobierno siguiendo las máximas y el tenor obser- 
vados en aquella nación, los conocimientos científi- 
cos, las artes útiles, los grandes establecimientos de 
civilización, los institutos literarios, todo se traía, 
todo se imitaba de allí; de allí el gusto en las mo- 
das, de allí el lujo en las casas, de allí el refina- 
miento en los banquetes: comíamos, vestíamos, bai- 
lábamos, pensábamos á la francesa". Tan cierto es 
esto, que Ramón de la Cruz, para componer sus sai- 



Estudios y Artículos 



nctcs con algo que no fuera francés, se vió obligado 
á descender á las últimas capas sociales de su na- 
ción. Esta influencia continuó en este siglo, y á 
mediados de él, España volvió á sentir nuevas influen- 
cias extranjeras con la entrada triunfal del romanti- 
cismo, traído de Francia por el duque de Rivas y 
Zorrilla, de Inglaterra por Espronceda. Más tarde 
pasó la corriente germánica pura por las letras espa- 
ñolas, dejando honda huella con Mora, Selgas, Sanz 
y Bécquer. 

Pero si esto ha sucedido en literatura, no es menos 
notable la influencia extranjera en materia filosófica. 
Los diversos sistemas filosóficos alemanes han sido 
estudiados y propagados con ardor por españoles 
eminentes. Estos sistemas han dejado huellas profun- 
das en España. Entre los hegelianos más distingui- 
dos figura Canalejas. El armonismo krausista tuvo 
un jefe prestigioso, Sanz del Río, que cuenta entre 
sus numerosos discípulos nada menos que á D. Nico- 
lás Salmerón. El furor por la filosofía alemana llegó á 
tal punto, que no se contentaron sus propagadores con 
las ideas, sino que trataron hasta de germanizar el 
castellano, introduciendo una jerga cuyo embolismo 
se vió obligado Valera á combatir en su discurso de 
recepción en la Academia Española. Ultimamente el 
krausismo ha sido herido de muerte en España por 



España y Echegaray 583 



Menéndez y Pelayo, en su Historia de los Heterodoxos 
españoles. Sin embargo, hoy mismo se cultiva allí con 
brío la filosofía alemana, sin que esto quiera decir 
que España deba felicitarse por ello. 

En presencia de estos hechos diversos y numero- 
sos, y otros que callo por no extenderme demasiado, 
yo pregunto: {Dónde está esa rigidez española, ese 
ensimismamiento nacional, esa oposición tenaz al 
modernismo, esa traba intelectual que le impide 
transformarse y adaptarse al molde moderno ? Es el 
caso de repetir con Bello, á los que se han juramen- 
tado para no hablar de España sino por medio de 
lugares comunes, que se repiten nada más que por- 
que hubo uno que los dijo primero : 

¡Oh siglo de los siglos, cuál machacas 
En tu almirez decrépitas ¡deas ! 

De esta errada idea de la civilización española 
contemporánea, deduce el señor P. G. las condicio- 
nes de los dramas que han de agradar á los espa- 
ñoles, y para apoyar su teoría con ejemplos prác- 
ticos, acomoda, como siempre, los hechos á su pre- 
concebido sistema, falseándolos hasta lo increíble. 
Dice, pues, que el teatro moderno español es, casi 
en su totalidad, una escuela de patriotismo, pues 



5 8 4 



Estudios y Artículos 



entre las obras dramáticas de mérito, la gran mayo- 
ría son histórico-nacionales. No hay verdad en tales 
afirmaciones. 

Observo, en primer lugar, que ni Don Juan Teno- 
rio, ni El Trovador, enumerados entre los dramas 
históricos por el señor P. G., pertenecen á semejante 
género. Ambos se basan en leyendas fantásticas y 
poéticas que nada tienen que ver con acontecimien- 
tos ni personajes históricos. En cuanto á Don Alva- 
ro, ni es drama histórico ni legendario. Su asunto 
es una pura ficción, que el autor coloca en tiempo de 
Carlos V, sin más objeto que procurarse, á usanza 
romántica, un vast.) campo y una época caballeresca 
en que desplegar su regia fantasía. Su objeto direc- 
to es la pintura moral de los castigos providenciales. 
i Qué tiene que ver esto con el drama histórico ? Tal 
nombre sólo conviene á los que tienen por objeto pin- 
tar una época ó suceso históricos, ó célebres persona- 
jes históricos {Guillermo Tell, Gnzmán el Bueno, 
etc.). 

En segundo lugar (y esto es más grave) el señor 
P. G. ha dejado fuera de cuenta á Edipo, de Martí- 
nez de la Rosa, todo el teatro de Moratín, el de Bre- 
tón de los Herreros, las tres obras maestras de Ayala 
algo de lo mejor que se ha escrito en este mundo), Los 
Amantes de Teruel, de Hartzenbusch (que es legen- 



España y Echegaray 585 



dario y pertenece, en todo caso, al primer grupo), 
Virginia (de asunto no nacional, como Edipo), La 
bola de nieve y Un Drama nuevo, entre otras, del 
gran Tamayo, todo el teatro de Narciso Serra y de 
Rodríguez Rubí, excepto Isabel, las obras de Sellés, 
uno de los autores más aplaudidos de la España ac- 
tual, El Gran Gáleo to, O locura ó santidad, Un 
milagro en Egipto (histórico, pero no nacional) y 
otras obras de Echegaray, que no cabe poner como 
ejemplos de la afición española á los dramas his- 
tóricos. 

Francamente, todo esto es demasiado para borrar- 
lo de una plumada, y tanto más extraño, cuanto el 
mismo señor P. G., en uno de sus últimos artículos, 
nos dice que conoce y aprecia alguno de los autores 
que dejo enumerados. (¡ contradicción singular !). 
Quiero creer que así sea, y que ame á España como 
afirma ; pero la verdad es que no se le conoce. Se 
conocen las obras y los autores, no para citarlos al 
aire, sino para tomarlos en cuenta cuando es necesa- 
rio, haciéndolos entrar como factores en el movimien- 
to de la civilización y del país á que pertenecen. Pe- 
ro dejar los más y hacer valer los menos, en igualdad 
de mérito, no se concibe. 

Afirmo, pues, en vista de los hechos aducidos, que 
si los dramas histórico-nacionales, dignos de tomarse 



lishidios y Artículos 



en cuenta en la literatura dramática española de este 
siglo, están en mayoría, lo están solamente con res- 
pecto á los dramas históricos en general, lo cual no 
prueba otra cosa que el acierto é instinto feliz de los 
dramaturgos españoles cuando escriben dramas his- 
tóricos. En efecto, el drama histórico más legítimo, 
es el nacional. Sólo en él cabe la inspiración, el ca- 
lor, la vida de que debe estar impregnada toda ver- 
dadera poesía ; sólo él puede ser popular, sólo él pue- 
de escapar á los inconvenientes del arte arqueológico 
expuestos por el mismo señor P. G. 

Deduce también el señor P. G. de la civilización es- 
pañola contemporánea imaginada por él, otros hechos 
no menos falsos : la hinchazón del lenguaje, el reme- 
do del siglo de oro, la forma enfática, y conceptuosa, 
etc. Todos estos podrán ser y son vicios de las me- 
dianías españolas, pero de ningún modo de los que 
en España logran mayores aplausos, de los ingenios 
distinguidos, únicos representantes legítimos de la 
nación á que pertenecen. Ahora bien, entre éstos, difí- 
cil será citar uno que incurra en tan feos vicios, con- 
denados hasta la saciedad en la misma España. Ni 
Tamayo, ni Valera, ni Pereda, ni Galdós, ni Núñez de 
Arce, ni Campoamor, ni Castelar, ni Cánovas, ni 
Menéndez y Pelayo, ni Alarcón, ni Pardo Bazán, ni 
Palacio Valdés, ni Alas, ni otros como ellos, son 



España y Echegaray 587 



reos de los delitos indicados. Estudian, sí, como 
Valera, los clásicos, sin perjuicio de ser modernísi- 
mos, y sólo con el justo deseo de depurar el caste- 
llano del deletéreo tinte francés que lo vició en el 
siglo pasado, y de darle la amplitud antigua y el 
sabor y colorido castizo y propio de la nación espa- 
ñola, en la medida de lo racional y posible dentro de 
la civilización moderna. Esto pretenden y esto están 
logrando en gran parte, sin dejar de ser modernos y 
originales. En cuanto á los discursos pronunciados 
en las Cortes y alabados en los periódicos por la be- 
lleza de su forma, no veo nada de particular, y sí 
sólo una consecuencia del amor de los españoles á la 
belleza de la forma, es decir, al arte, amor que hace 
de España una nación menos materialista y utilitaria 
que las demás de Europa, y de la tribuna española, 
como De Amicis lo reconoce, la primera del mundo. 



V 



Tócame ya hablar de la crítica del señor P. G. en 
lo que se refiere especialmente al Mar sin orillas. No 
es mi ánimo defenderlo como producción dramática, 



S S S Estudios y Artículos 



pues ya he dicho que me parece malo, y lo repito. 
Pero lo curioso del caso es que, pudiendo hacérsele 
cargos tan graves é ilevantables, el señor P. G. no 
acierta casi sino á formularlos injustos á su respecto. 

El señor P. G. ha querido juzgar á España y á 
Echegaray por una obra de este último, pues si bien 
declara que sería abusivo el atribuir á un solo autor 
la representación de una nacionalidad cualquiera, aña- 
de, en seguida, que Echegaray es el que mejor repre- 
senta al pueblo español, puesto que es el que más le 
agrada á éste, el que mejor combina los elementos que 
forman su gusto. Y bien, esto no es exacto. He dicho 
y repito que Echegaray es en España, por todos con- 
ceptos, una verdadera excepción. En efecto, no es 
posible citar un solo dramaturgo español contempo- 
ráneo de importancia que participe de su viciosa 
manera dramática, que le haya precedido ó le acom- 
pañe en su empeño de galvanizar el romanticismo. 
Tratándose de un autor tan aplaudido y celebrado 
en España, éste hecho es altamente significativo, 
y no ha debido pasar inadvertido para el señor 
P. G. i Por qué se celebra, pues, á Echegaray 
más que á ninguno ? i Porque representa mejor á 
España ? No tal, sino porque, vaya por donde vaya, 
tiene más talento que todos (no pongo en cuenta á 
Tamayo, há tiempo muerto para las letras). Por esa 



España y Echegaray 



589 



misma razón lleva más gente al teatro que ningún 
otro, entre nosotros, que no somos españoles. 

Echegaray apareció en circunstancias en que la es- 
cena española yacía en poder de la insulsez más sopo- 
rífera y déla más necia mojigatería ; y, naturalmente, 
el contraste fué grande, y se celebró como se celebra 
una borrasca en tiempo de epidemia, aunque cause 
grandes estragos. Además, Echegaray, á pesar de 
carecer de ciertas fundamentales facultades dramá- 
ticas, posee un gran brillo externo, casi siempre 
seductor y hermoso, muy propio para deslumhrar á 
pueblos como el español y los americanos, de ima- 
ginación viva y reflexión escasa. 

Pero toda vez que el señor P. G. quería servirse 
de Echegaray, debió elegir para su crítica una de sus 
mejores, y no una de sus peores obras. Elegir una de 
las más débiles de un autor, para juzgarle por entero, 
como al que mejor representa á su nación, no es acer- 
tado ni justo. 

Empieza el señor P. G. la crítica particular de Mar 
sin orillas censurando la latitud de la época señalada 
por el autor para la acción del drama. Nada más in- 
justo. Al decir época de Carlos V, ó de Felipe II, 
cualquiera que esté exento de mala voluntad, com- 
prende en el acto que se quiere indicar la época de 
transición entre los dos reinados, transición paulatina 



Estudios y Artículos 



y lenta, pues Felipe II fué sucediendo á Carlos V, 
por una serie de abdicaciones sucesivas, la última de 
las cuales fué la del trono de España. Además, el 
autor no ha pintado ni pretendido pintar sucesos ni 
personajes históricos. El asunto del drama es de pura 
invención suya. La historia no nos habla de Leonor 
ni de Leonardo, y Echegaray sólo ha querido pintar, 
como característico de esa época, el triunfo violento 
del sentimiento del honor sobre el sentimiento del 
amor. Aun aceptada, pues, la latitud que toma el 
señor P. G., no habría á este respecto motivo funda- 
do de censura. 

En cuanto á que no eran posibles en tiempo de Fe- 
lipe II, y después de Lepanto, las invasiones ds piratas 
berberiscos á las costas españolas, permítame el señor 
P. G. que, sin ánimo de ofenderle, y empleando una 
frase dirigida por él mismo á un escritor argentino, 
le diga que abusa de su incompetencia, en este punto. 
Las invasiones de piratas berberiscos continuaron 
mucho después de Lepanto y del reinado de Felipe II. 
Las costas de Valencia y Andalucía eran frecuente- 
mente asaltadas por ellos, y todavía en el siglo xvn 
eran numerosos los rescates realizados por los reden- 
tores de las religiones déla Trinidad y de la Merced. 
El poder turco, por otra parte, no quedó destruido de- 
finitivamente en la batalla de Lepanto ; pruébalo así 



España y Echegcray 



59 1 



el hecho de que al año siguiente, ya rehecha la Subli- 
me Puerta, pudo presentar en las aguas de Navarino 
una nueva armada, no menos numerosa y formidable 
que la primera. La reconquista de Túnez, realizada un 
año después de Lepanto por D. Juan de Austria, fué 
de tan corta duración, que á los dos años escasos Tú- 
nez y la Goleta caían nuevamente en poder de los mu- 
sulmanes. Oiga ahora el señor P. G. Dice La fuente : 

" La defensa fué heroica, y costó á los turcos la 
mitad de su ejército; pero Túnez y la Goleta cayeron 
en su poder (1 574), y para que no volvieran ya más 
al de los españoles, desmantelaron y demolieron aque- 
llas fortalezas que representaban una de las mayores 
glorias militares de Carlos V y don Juan de Austria, 
y quedaron desde entonces ( 1 =574, tres años después 
de Lepanto) convertidas en guaridas de piratas ber- 
beriscos, como Trípoli y Argel. 

" Temió con esto Felipe II por sus posesiones lito- 
rales de Italia y España, mantúvose á la defensiva 
de los ataques de los infieles hasta la muerte de Selín, 
y tuvo á bien ajustar con su sucesor, Amurat III, 
una tregua de tres años (1 578), que se fué prolon- 
gando sucesivamente, bien que mal cumplida por los 
turcos y africanos, que no cesaban de estragar con 
sus sistematizadas piraterías las costas italianas 

Y ESPAÑOLAS. " 



592 



Estudios y Artículos 



Si esto no basta, bastará lo siguiente, para justifi- 
car plenamente á Echegaray : Felipe II subió al tro- 
no de España en i 5 6 5 ; en 1 5 7 1 se dió la batalla de 
Lepanto, y en 1 5 7 5 , Cervantes, el manco deLepanto, 
era apresado al salir de Nápoles, guarnecida de tro- 
pas españolas, de cuya guarnición formara parte, por 
el arráez Dalí. Fué rescatado por los redentores de 
la Trinidad en 1 580. 

Respecto de la situación fundamental del Mar sin 
orillas, es muy diversa de la de Otelo y sus análo- 
gos. Otelo mata á Desdémona porque la juzga cul- 
pada, á pesar de que es inocente en el concepto de 
los demás que la rodean. Por lo contrario, todos 
juzgan meretriz á Leonor, menos Leonardo, quien 
tiene tanta fe en ella, que si se proclama inocente, 
está dispuesto á creer que su propia madre ha men- 
tido. Si luego la hace morir, no es porque la crea 
culpada, sino porque Leonor mismo confiesa que ha 
pisado en la mancebía, y cuando ella asegura que es 
honrada, ¡pues muere por honrada! replica Leonardo, 
porque su honor no puede consentir, ni la sombra de 
una mancha. Esta situación será tan violenta y falsa 
como se quiera, pero es muy diversa de la de Otelo. 

Tampoco es justo el cargo de las casualidades, de 
que hace mérito el señor P. G. La casualidad, coin- 
cidencia, ó como quiera llamarse, es un gran fac- 



España y Echegaray 



593 



tor en la vida humana, y no tiene por qué ser recha- 
zado en absoluto del drama, que es su reflejo. " La 
casualidad, y no el derecho, gobierna á los hombres", 
dice el jurisconsulto Bélime. Gran número de obras 
maestras fundan en la casualidad sus más trascen- 
dentales sucesos. Si fray Lorenzo llega al sepulcro de 
Julieta dos minutos antes, no muere ella ni Ro- 
meo. Si fray Juan, en la misma tragedia, no es ca- 
sualmente detenido en un convento de Verona, hu- 
biera efectuado su viaje á Mantua y avisado con 
tiempo á Romeo de la fingida muerte de Julieta. En 
tal caso, es probable que hubiesen llegado ambos á 
tener nietos en buena salud y concordia, en vez de 
matarse tan trágicamente en un cementerio, en la 
flor de la juventud y del amor. Si Emilia llega un 
momento antes al cuarto de Otelo, éste, informado 
por ella de lo que sucedía, no hubiera dado muerte 
áDesdémona, etc., etc. 

i A qué continuar ? Casi todos los demás cargos son 
por el estilo. Y sin embargo, ¡ había tanta tela en 
qué cortar ! 

Estos últimos desaciertos del señor P. G. me traen 
á la memoria lo que ciertos jugadores de billar lla- 
man la carambola del Papa. Consiste ésta, según 
ellos dicen, en colocar, para que juegue el Pontífice, 
dos bolas de billar sumamente juntas, y la tercera, 

38 



59t 



Estudios y Artículos 



que es con la que debe" jugarse, en frente y á corta 
distancia. Al más leve impulso, como fácilmente se 
comprende, la carambola queda hecha, y los circuns- 
tantes exclaman admirados: ¡Qué bien juega Su 
Santidad! El señor P. G. ha querido hacer con Mar 
sin orillas la carambola del Papa, y lo peor del caso 
es que ha dado pifia... y no ha hecho la carambola. 

No puedo poner fin á esta refutación de las críti- 
cas del señor P. G., sin hacerme cargo ligeramente de 
sus observaciones con respecto al empleo del verso ó 
la prosa en el drama, y á la fórmula en que pretende 
encerrar, en substancia, el drama español. 

Es lo primero materia de opiniones diversas entre 
escritores distinguidos, y quizá no tocara este punto 
á no obligarme á ello las evidentes inexactitudes en 
que cae el señor P. G. á su respecto. 

Mucho tendría que decir en cuanto al lirismo en 
el drama, que el señor P. G. parece rechazar absoluta- 
mente; pero trataré de ser breve y somero. Nunca he 
podido comprender la enemiga de algunos contra los 
arrebatos líricos contenidos en una acción dramática. 
El lirismo, como ha dicho un escritor eminente, no 
es en su origen otra cosa que la simple extensión de 
la palabra hablada. En mil circunstancias de la vida, 
sea cuando nos sumergimos en meditaciones pro- 
fundas, sea cuando alguna pasión violenta, impresio- 



España y Echegaray 



595 



nándonos con fuerza, excita vivamente nuestra ima- 
ginación, estallamos en verdaderos arranques líricos, 
expresados, á veces, por atrevidas imágenes. Ahora 
bien, si esto es una realidad en la vida, <j por qué ra- 
zón ha de desterrarse del drama, que es su pintura ? 
El empeño de convertir el arte en fotografía nos lleva 
hasta falsearle, negando caprichosamente la entrada 
á todo cuanto huela á pintura poética. En los mejores 
dramas de Shakspeare encuentra quien los estudia 
arranques líricos, pinturas y comparaciones prolijas 
(como en Julieta y Romeo), imágenes estupendas y 
versos magníficos. Y cuenta que nadie ha igualado al 
dramaturgo inglés en lo que toca á verdad de expre- 
sión dramática. Y si esto hace un poeta inglés, pro- 
duelo, como diría el señor P. G., de un medio natural- 
mente frío y reflexivo, ¿qué extraño que lo hagan en 
mayor escala los poetas españoles, representantes 
artísticos de uc pueblo esencialmente imaginativo é 
impetuoso? Lejos de falsear la expresión de los sen- 
timientos, trasladan al teatro lo que es una realidad 
palpitante en el pusblo español. La crítica histórica 
debió iluminarespecialmeníe en este punto al señor P. 
G., no para lamentar el resultado, sino para aplaudir 
que se obedezca á lo que es una verdad para la hu- 
manidad en general y para España en particular. Si 
es legítimo que el natural prosaísmo francés se refleje 



$g6 Estudios y Artículos 



en su comedia, legítimo es también que la poesía es 
pañola se refleje en su drama. Esto no quiere decir 
que no condene yo severamente el abuso del lirismo, 
su falsificación bombástica, y su inoportuno empleo 
por algunos poetas españoles, entre ellos Echegaray. 

En cuanto al uso de la prosa ó del verso, creo que 
bien hacen los franceses en adoptar la primera, y 
bien los españoles en inclinarse al segundo. Los ar- 
gumentos que opone á esto último el señor P. G. están 
todos basados en Echegaray y su Mar sin orillas, y 
son, por tanto, perfectamente nulos. Echegaray no 
ha dominado nunca el verso ; lucha siempre con él, y 
de ahí los ripios é infelices expresiones de que muchas 
veces tiene que valerse. No sucede lo mismo con los 
poetas españoles de raza, en quienes el verso parece 
algo instintivo: piensan en verso, como se ha dicho 
de Lope y Espronceda. Examine el señor P. G. aten- 
tamente El tanto por ciento, Consuelo, El tejado de 
vidrio, de López de Ayala, El haz de leña, de Núñez 
de Arce, y no hallará ripio alguno, y verá siempre 
admirablemente adaptados al romance y las redon- 
dillas, que tan sin motivo le incomodan, los más 
vehementes arrebatos de la pasión. El verso español se 
torna blanda cera en tales manos, y lejos de empeque- 
ñecer, realza sobre manera los afectos, les da mayor 
intensidad, y comunica á la obra dramática cierta 



España y Echegaray 



597 



idealidad artística perfectamente compatible con la 
realidad, elevándola de fotografía á pintura. No así 
en írancés. La rígida sintaxis de este idioma, y la 
falta de holgura, franqueza y libertad de su métrica, 
exigen del poeta dramático inmenso sacrificio. Cada 
mochuelo á su olivo. 

En cuanto á que Shakspeare, mezclando la prosa 
con el verso (lo cual es un procedimiento infantil que 
huele á zarzuela ú ópera cómica), no usaba sino 
el verso suelto, sin consonante ni asonante, el se- 
ñor P. G. incurre en una nueva y flagrante inexac- 
titud. Shakspeare usa en muchos pasajes el verso 
aconsonantado. Véase la prueba. Tomo á la ventura: 

Macbeth, acto I, escena I. Hablan las brujas: 

1. Witch. When shall we three meet aguin 

In thundcr, lightning, or in rain? 

2. Witch. When the hurlyburly's done, 

When the battle's lost and won. etc. 

Romeo y Julieta, acto I, escena V. Romeo, al ver 
por primera vez á Julieta, exclama embebecido: 

O, she doth tcach the torchcs to burn brightt 
Her beauty hangs upon the cheek of night 
Like a rich jewel in and Ethiop's car: 
Beauty too rich for use, for carth too dca,r! etc. 



Estudios y Artículos 



En la misma escena dice Romeo á Julieta : 

If I profane with my unworthicst hand 
This holy shrinc, thc gcntle fine is this, — 
My lips, two blushing pilgrims, rcady stand 
To smooth that rough touch with a tender kiss. 

No hay objeto en multiplicar los ejemplos. Por lo 
que toca á la falta de versos asonantados en Shak- 
speare, casi se me ha escapado de la pluma esta firma : 
Pero Grullo. Todo el mundo sabe que la asonancia 
es privilegio y riqueza exclusiva de la métrica espa- 
ñola; mal podía usarla Shakspeare en inglés. 

Después de decirnos el señor P. G., que en las ópe- 
ras, el autor no se preocupa nada de la acción, ni 
de los caracteres, ni de la verosimilitud ; que sólo 
pretende presentar algunas escenas violentas, inva- 
riables, en las cuales haya duelos, escenas de amor, 
envenenamientos, y algunos cadáveres en el último 
acto; es decir, después de afirmar de la ópera que, en 
cuanto al libreto, es la negación de todo arte, y hasta 
del sentido común, concluye declarando, que al estu- 
diar el prodigioso teatro español, mil veces ha que- 
rido salir de su pluma la siguiente fórmula : el poeta 
español concibe y ejecuta su drama como una ópera. 
¡ Vaya un prodigio de teatro ! Yo le juro al señor 
P. G. que cuantas veces se le ha venido á la pluma 



España y Echegaray S99 



la tal fórmula, se le ha venido una solemne mons- 
truosidad. Sí, esa es la palabra. Todos los poetas 
dramáticos distinguidos de España, aun los más 
dados al lirismo, han cuidado de la acción, de la 
verosimilitud y de los caracteres, en la medida de 
sus fuerzas. 

Caracteres notables (aunque no abunden, ni alcan- 
cen á los de Shakspeare) se hallan en Tirso, en Alar- 
cón, en Moreto, en Calderón, y en casi todos los 
dramaturgos eminentes de este siglo. La trama cal- 
deroriana tiene fama en el mundo por lo ingeniosa 
y bien llevada. Aun en Don Alvaro y El Trovador, 
tipos del drama romántico, si bien hay el exceso de 
lirismo propio de la escuela, los principales requisi- 
tos dramáticos están cuidadosamente observados. De 
Quintana, Martínez de la Rosa, Ayala, Tamayo, 
Núñez de Arce, y sus análogos, no se hable : no hay 
en ellos romanzas líricas, i Á qué conduce negar lo 
evidente ? < Por qué. aunque se condene el lirismo, 
se han de desconocer las verdaderas y admirables 
cualidades dramáticas que lo acompañan, y que sal- 
tan á los ojos ? 

He querido hacer este minucioso examen de los 
graves errores y confusiones en que el señor P. G. 
ha incurrido en sus diversos artículos, no para mover 
polémica (que, por otra parte, no rehuyo), sino para 



óoo 



Estudios y Artículos 



evitar, en la medida de mis fuerzas, los males que su 
propagación pudiera causar en nuestra literatura 
naciente; para protestar, una vez por todas, contra las 
rancias antiguallas francesas que, sin beneficio de 
inventario, venimos aceptando y propalando de tiem- 
po atrás acerca de España y su literatura, y por se- 
ñalar los extravíos á que da lugar la crítica histórica 
exagerada y mal manejada. 

El señor P. G. ha ensalzado como méritos preci- 
samente los defectos de esa crítica, los ha exagerado, 
ha forzado y desconocido bs hechos para amoldarlos, 
quieras que no, á su preconcebido sistema, y ha abu- 
sado enormemente de la generalización, olvidando el 
exámen atento, imparcial y sereno de los datos que 
deben servirle de cimiento. De ahí que su edificio, 
tan ambiciosamente construido, al más leve empuje 
del análisis se haya completa y estrepitosamente 
derrumbado.